Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

Carta Pastoral 2004

Carta pastoral

Echad las redes
(Lc. 5,4)

A los sacerdotes, colaboradores del Obispo

Burgos, Cuaresma 2003

 

Introducción

1. Objetivo primero: fomentar las vocaciones al sacerdocio ministerial

2. Objetivo segundo: preocupación por el presbiterio

3. Objetivo tercero: potenciar la pastoral familiar

4. Objetivo cuarto: pastoral sacramental en clave evangelizadora

5. Objetivo quinto: la emigración

Con María, estrella de la evangelización

 
 
 

Queridos sacerdotes:

Introducción

Los obispos y los presbíteros participan, cada uno en su grado, del mismo y único sacerdocio y ministerio de Cristo (cf. PO 7) y forman, en cada una de las Iglesias locales, un solo presbiterio (cf. PO 8). En el seno de la comunidad que Dios ha confiado a su cuidado de Pastor, el obispo tiene la mayor responsabilidad en el anuncio de la Palabra salvadora, en la celebración de los sagrados misterios y en la edificación de la comunidad en la caridad (cf. LG cap. III; y CD todo él); pero los presbíteros son sus necesarios y próvidos colaboradores en el ministerio (cf. PO 8). Por eso, el obispo es padre y amigo de sus sacerdotes, y los sacerdotes son hermanos y amigos de su obispo (cf. LG 28; PO 8).

Esta teología, hoy ya feliz y pacíficamente poseída, justifica y explica que mi primera Carta pastoral, como obispo de Burgos, vaya dirigida a vosotros, sacerdotes. Si todos los diocesanos formamos la gran familia de los hijos de Dios en Burgos, gracias al Bautismo, vosotros y yo estamos unidos por un nuevo vínculo, también de orden sacramental: el sacramento del Orden. Todos vosotros, en plena actividad pastoral o jubilados, mayores y jóvenes, sanos y enfermos, incardinados en la diócesis o en otra jurisdicción eclesiástica, religiosa o secular, colaboráis de una manera u otra, en la atención de esta diócesis burgense. Nada más lógico, por tanto, que abriros a vosotros mi corazón, para haceros partícipes de mis preocupaciones pastorales.

Estos sentimientos han ido consolidándose a medida que pasaban los meses, estudiando las Constituciones sinodales, hablando con vosotros y visitando las comunidades cristianas. En efecto, vine a Burgos sin ningún plan preconcebido, salvo el de servir a la diócesis de la mejor manera posible, a pesar de mis limitaciones. Me dije a mí mismo que los planes pastorales debían nacer de la comprobación de la realidad y de su valoración a la luz de la fe. En estos meses, cortos pero intensos, he tenido la oportunidad de visitar no pocas parroquias, rurales y urbanas, de escucharos a muchos de vosotros y oír a otras personas –religiosos y seglares–, interesadas en la marcha de la diócesis.

El paso del tiempo confirmará, corregirá o substituirá las impresiones que ahora están más en primer plano. Mientras tanto, deseo manifestaros –como ya lo hice recientemente a quienes os representan en el Consejo del Presbiterio–, algunas prioridades pastorales a las que debemos dedicarnos con particular empeño ya desde ahora. No se trata de un nuevo proyecto pastoral y, menos aún, de un proyecto definitivo. Como decía antes, mi objetivo es mucho más modesto, pues sólo pretendo manifestaros los sentimientos más radicales y profundos que ahora anidan en mi corazón de Pastor de esta diócesis.

Brevemente, se pueden resumir en estos cinco puntos: 1.º) el fomento de las vocaciones al sacerdocio ministerial; 2.º) la preocupación por los sacerdotes del presbiterio, en activo o jubilados; 3.º) la pastoral familiar; 4.º) la pastoral sacramental en línea evangelizadora; y 5.º) la pastoral con los inmigrantes.

 

1.   Objetivo primero: fomento de las vocaciones al sacerdocio ministerial

1.1. Situación vocacional de la diócesis. De todos es conocida la situación  en que se encuentra la diócesis de Burgos con relación a las vocaciones sacerdotales, religiosas y, en general, de una especial dedicación. No se trata de ser alarmistas; pero parece claro que dicha situación contrasta con la historia de nuestra diócesis y que no se puede prolongar, sobre todo si se tiene en cuenta su profunda dimensión misionera. Como todos sabemos, Burgos tiene cerca de 2000 (dos mil) misioneros esparcidos por los cinco continentes. Esta dimensión –a la que no debemos renunciar– comporta tener presente no sólo el número de fieles burgaleses existentes actualmente y los que tendremos en un futuro inmediato y a medio plazo, sino el relevo sacerdotal y religioso que hemos de asegurar a otras iglesias, sobre todo de América.

1.2. Próximo futuro. Por otra parte, durante los próximos años se va a verificar el siguiente fenómeno: mientras llegarán a la edad de la jubilación promociones muy nutridas, serán muy cortas las de ordenaciones. Este hecho, unido al relativo envejecimiento que presenta la media de nuestro presbiterio, nos creará un problema no pequeño de atención a nuestras comunidades. A ello habrá que añadir las nuevas urgencias que nos planteará la debida atención al fenómeno creciente de la inmigración y la reevangelización de las generaciones jóvenes.

Estamos urgidos, por tanto, a realizar una intensa pastoral vocacional, al ser los sacerdotes «insustituibles» y su presencia en las comunidades «condición esencial de la vida de la Iglesia, y no sólo de buena organización». (Instrucción de la Congregación del Clero -2002), El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, n. 2; cf. también Constituciones Sinodales nn. 238-241).

1.3. Metas. La meta que os propongo es la siguiente: suscitar 15 vocaciones anuales para el Seminario Mayor y 25 para el Seminario Menor. A primera vista puede parecer excesiva, pero en realidad no lo es, puesto que ni siquiera corresponde a una vocación por cada una de las parroquias urbanas de Burgos, Miranda y Aranda, y de las cabeceras de comarca.

1.4. La vocación, don de Dios que hemos de pedir. Todos hemos de sentirnos comprometidos en este empeño, aunque no todos podamos realizar las mismas tareas. Hay, ciertamente, acciones que están en las manos de todos y todos hemos de llevarlas a cabo y, además, son las más importantes. La principal es obedecer al mandato del Señor, cuando nos dijo: «La mies es abundante, los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies, que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37s). La vocación, en efecto, es un don de Dios, porque Él es quien llama a trabajar en su Viña y lo hace a quien quiere y cuando quiere. Nosotros somos meros colaboradores; pero colaboradores activos, no cadáveres. Nuestra primera colaboración es pedirle ese Don para nuestra diócesis. Y pedírselo con las mismas condiciones que Él nos urgió: con fe, con confianza y con perseverancia. Insistiría en la confianza, porque «el que pide, recibe, el que busca, encuentra, al que llama, se le abre» (Mt 7, 7-8); porque si ningún padre de la tierra da una piedra al hijo que le pide pan, muchísimo menos lo hará nuestro Padre celestial (cf. Mt 7,9-11).

1.5. Oración vocacional. Yo os invito a las siguientes acciones: a) dedicar una de las peticiones de la oración de los fieles de la Misa, especialmente los domingos, por las vocaciones; b) hacerlo también en las Preces de los Laudes y de las Vísperas, cuando rezamos la Liturgia de las Horas, individualmente o en forma comunitaria; c) rezar todos los días el Santo Rosario con esta intención; y d) ofrecer –los que estéis enfermos o pasando alguna dificultad– vuestros sufrimientos por las vocaciones.

1.6. La parroquia, comunidad oracional. Además, es preciso implicar en la oración a todos los miembros de la Parroquia. Los que tenéis comunidades religiosas de vida contemplativa, debéis hacerles partícipes de estas intenciones, y pedirles que recen y se sacrifiquen intensamente por ellas. Pero aunque no tengáis comunidades contemplativas contáis, sin duda, con almas privilegiadas que están muy cerca de Dios. A través de la labor de confesonario y de dirección espiritual debéis sugerirles que pidan a Dios muchas y santas vocaciones. Además de estas almas santas, hay otras muchas que están dispuestas a rezar y sacrificarse por las vocaciones si les proporcionamos cauces adecuados. En este sentido, desearía vivamente que en todas las parroquias donde haya un número suficiente de fieles –no hace falta que sean muchos– se tenga todos los jueves del año Exposición y Vela al Santísimo. Cada uno de vosotros concretará el modo y el tiempo de hacerlo, observando fielmente el Ritual de la Sagrada Comunión y del Culto a la Eucaristía fuera de la Misa (nn. 95-96; cf. también n.87.89).

Como veis, se trata de crear un gran clima oracional por las vocaciones en toda la diócesis y esto con carácter sostenido.

1.7. Actividades vocacionales. Pero no basta rezar. Como dicen en esta tierra, «a Dios rogando, y con el mazo dando»; es decir, oración y trabajo pastoral. Oración vocacional intensa y pastoral vocacional intensa.

Pastoral con la Juventud. El trabajo de promoción vocacional se ha de centrar, como es lógico, sobre todo en la pastoral juvenil. La juventud se caracteriza por la generosidad y entrega a los grandes ideales. Cambian las expresiones, pero permanece el fondo. Esta generosidad y entrega se canaliza hoy, sobre todo, en todas las formas de Voluntariado, especialmente en el que se relaciona con los pobres y marginados. Es preciso hacer una gran convocatoria a acciones concretas y bien definidas. Más allá y por encima de las reales dificultades, es necesario tener metas grandes y ambiciosas. Necesitamos la magnanimidad del labrador, que siembra entre fríos y calores, soñando en un fruto lejano; luego, comprueba que Dios le premia con una cosecha proporcionada a la cantidad de tierra sembrada y cuidada.

Voluntariado cristiano. Estas formas de Voluntariado hay que cristianizarlas. En este sentido: es preciso que los jóvenes descubran que esa preocupación generosa y desprendida por los demás es una exigencia y un fruto necesario de su fe cristiana. Además, no podemos contentarnos con que hagan lo mismo que hacen los voluntarios no cristianos; por eso, hay que hablarles de oración, vida sobrenatural, frecuencia de sacramentos, apostolado y, lógicamente, plantear la vocación a los que veamos que Dios puede estar llamando al sacerdocio. «No tengáis miedo a llamar a los jóvenes», ha dicho el Papa en muchas ocasiones; añadiendo que Dios llama a muchos más de los que nos imaginamos.

Grupos juveniles parroquiales. Además del voluntariado están los grupos juveniles que tenéis en las parroquias: grupos juveniles de Posconfirmación, tantos grupos de Confirmandos, además de otros. Se trata de realizar una labor personalizada. Hay que procurar hablar con ellos uno a uno. Ciertamente, es preciso cultivar el grupo y lo comunitario, pero sin que se diluya la persona y su responsabilidad. No todos, en efecto, han recibido los mismos dones ni todos responden con idéntica generosidad; por eso, hay que cultivar uno a uno, proponiéndoles metas concretas de vida espiritual. No se trata, pues, de entretenerles, sino de formarles. Si hacemos una labor seria de acompañamiento espiritual, surgirán chicos que pueden hacer unos días de ejercicios espirituales, o una convivencia, o un campamento, o una peregrinación, etc. De entre ellos siempre habrá alguno a quien Dios dé la vocación. Ya se entiende que el tema vocacional no puede estar ausente, antes al contrario, de esta tarea de acompañamiento.

Colegios. Además de la pastoral juvenil en las parroquias, es preciso potenciarla también en los Colegios Públicos y Privados, con materiales adecuados de apoyo y la exposición abierta y expresa del tema vocacional. En este sentido, tienen una especial importancia los colegios llevados por Congregaciones religiosas y los que dependen de la Diócesis. La enseñanza de la religión y la atención espiritual de los alumnos deben tener prioridad en esas instituciones. Igualmente se debe estudiar la manera de que la enseñanza de las demás asignaturas esté en consonancia con el proyecto docente del centro que, en la inmensa mayoría de los casos, será el principal motivo de que estén allí esos alumnos.

Niños. Junto a la Pastoral Juvenil hay que cultivar la Pastoral vocacional infantil. Es verdad que los tiempos han cambiado con respecto a los nuestros; pero no tanto como para pensar que Dios no llama a los niños.

La vocación, la llamada, es la tarea personal e intransferible que Dios asigna a cada hombre, concediéndole el bagaje de cualidades necesario para llevarla a término. Desde esta perspectiva se entiende bien que todas las personas tienen una vocación, que compromete toda su existencia, extensiva e intensivamente. Ese proyecto está establecido por Dios desde toda la eternidad, de modo que pueda decirse, con entera propiedad, que uno nace para ser casado, sacerdote, apóstol célibe. Como es lógico, esa realidad se le revela –se le da a conocer– a la persona en la historia. Lo ordinario es que sea paulatina y adaptada a la edad y demás circunstancias. No es impropio, por tanto, pensar ni decir que Dios llama a los niños; lo impropio sería que les llamara como a una persona mayor. Les llama como niño, es decir, de modo incipiente.

Por otra parte, nuestra propia experiencia atestigua que si tenemos niños que frecuenten la misa, la confesión y la comunión, que hagan una visita al Santísimo y un poco de apostolado acomodado a su edad y situación, germinará la semilla que ha puesto en su alma el Divino Sembrador. En este sentido, es conveniente recordar la interesante labor vocacional llevada adelante por las escuelas de monaguillos; la mayor parte de las parroquias hacen en este campo una labor que debe seguir cuidándose.

Delegaciones. Las Delegaciones de Pastoral Juvenil, Pastoral Familiar, Catequesis y Enseñanza apoyarán –con materiales adecuados– las propuestas que les formulen desde las parroquias. No se trata, pues, de que las Delegaciones centralicen la labor de cada parroquia –aunque deberá existir un mínimo de coordinación–, sino de que apoyen la labor que se realiza en la base, es decir, en las respectivas comunidades.

La cosecha es segura. Estoy seguro de que Dios bendecirá abundantemente nuestra preocupación vocacional, porque Él nunca se deja ganar en generosidad y hace multiplicar la semilla al ciento por uno. Como os decía antes, necesitamos la fe del labrador para superar las inclemencias y los rigores del frío y del calor. Todos los  tiempos son buenos cuando son tiempos de Dios; el nuestro es, por tanto, bueno porque también es de Dios, que sigue presente y actuante con la fuerza de su Espíritu. Entre esos frutos, no será el más pequeño el de la renovación de nuestra juventud sacerdotal, aunque algunos estemos ya entrados en años. La alegría que producen los hijos y los nietos en la familia, esa misma alegría la experimentaremos nosotros con la llegada de nuevas vocaciones al presbiterio.

 

2.   Objetivo segundo: preocupación por todo el presbiterio

El concilio Vaticano II –sobre todo LG 28 y PO– y luego todos los documentos magisteriales sobre el sacerdocio, especialmente Pastores dabo vobis, han insistido en que el obispo ha de querer de verdad a sus sacerdotes y preocuparse de todos ellos en las diversas facetas de su vida: la humana, la intelectual, la espiritual, la pastoral, etc. En plena coherencia con esta doctrina y dando rienda suelta a lo que desde siempre ha sido una de mis predilecciones, deseo dedicar a todos los miembros del presbiterio –tanto si están en activo como si están jubilados por razones de edad, salud, etc.– mi principal preocupación. No sé si acertaré; pero puedo aseguraros que no me faltará voluntad ni empeño. Por otra parte, soy plenamente consciente de que sin vosotros yo no puedo hacer nada serio. La diócesis y las parroquias serán lo que seáis vosotros.

2.1. Vivienda digna. Por eso, me interesa que viváis en una vivienda digna y bien atendida. Ya veremos entre todos qué fórmulas adoptamos, pero quede claro ya desde ahora, que deseo que trabajéis en unas condiciones adecuadas.

2.2. Una cierta vida en común. Deseo también que viváis en determinados núcleos de población, que pueden ser, entre otros, las cabeceras de comarca. Si en otros momentos la ciudad se fue a vivir a los campos, la evolución demográfica va hoy desde los pueblos a la ciudad y cabeceras de comarca. No podemos ir contra la historia. Afortunadamente, disponemos de medios de transporte y servicios de comunicación que permiten atender muy bien a todas las comunidades cristianas sin necesidad de vivir en núcleos excesivamente reducidos. No se trata de que nosotros vivamos más cómodamente y desatendamos a los fieles, sino de que los atendamos mejor, aunque con modos nuevos. Esta redistribución del clero rural y urbano se hará según el diseño de las UAPs.

Esto traerá consigo la posibilidad de llevar una cierta vida en común, rezar juntos, etc. en línea con la última instrucción sobre los párrocos a la que antes me he referido, en la que se dice que «para profundizar en la vida sacramental y en la formación permanente, es de gran estímulo una vida fraterna entre los sacerdotes, que no sea simple convivencia bajo el mismo techo, sino comunión en la oración, en los proyectos compartidos y en la cooperación pastoral, junto con el valor de la amistad recíproca y con el obispo» (n.30)

2.3. Formación doctrinal permanente. Además del cuidado de la faceta humana, me interesa cuidar también la formativa. Ya veremos tiempos y modos. Pero deseo que la formación permanente sea cada vez más eso: verdadera formación y permanente. La sociedad está en un proceso de cambio acelerado y constante, surgen nuevos y graves problemas de tipo ético y moral, cambian las sensibilidades culturales, etc. Nosotros tenemos que ir al ritmo de esos cambios y formarnos para no quedar desfasados en el ministerio y descolgados de la sociedad.

2.4. Formación espiritual permanente. Y, por supuesto, la espiritual. Vosotros y yo somos conscientes de que no es importante el que planta ni el que riega sino el que da el incremento; y que si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Por eso, necesitamos una vida espiritual recia y profunda. Ser hombres de oración, que rezan a diario y con fervor creciente la Liturgia de las Horas, que celebran todos los días la Eucaristía en sus comunidades, que hacen oración ante el Santísimo un día y otro. «En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en íntimos: “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn. 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica» (TMI 32).

En efecto, «la espiritualidad sacerdotal exige respirar un clima de cercanía al Señor Jesús, de amistad, encuentro personal, de misión ministerial ‘compartida’, de amor, servicio a su Persona en la ‘persona’ de la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa» (PDV, n. 25). Un sacerdote así se convierte –como sabéis por propia experiencia– en imán que atrae a las almas, y terminará haciendo de su comunidad una comunidad orante, con todo lo que esto comporta.

Para que esta labor diaria sea posible, necesitamos momentos y temporadas de silencio para escuchar e interiorizar la Palabra de Dios para no trabajar en vano. Los retiros mensuales son ocasiones privilegiadas para conseguir ese silencio. Igualmente los Ejercicios Espirituales, que debemos hacer con frecuencia; a ser posible, todos los años. Desde ahora os animo a que programéis de tal modo las cosas que, además de unos días de descanso, hagáis un aparte durante el año para los Santos Ejercicios. Desde la Delegación del Clero se programarán fechas abundantes y predicadores selectos; sin que nada obste a otras válidas iniciativas. Lo importante es que no dejemos de hacerlo. No tengamos miedo a animarnos y a ayudarnos en este sentido.

 

3.  Objetivo tercero: potenciar la pastoral familiar

La familia es la base de la sociedad y de la Iglesia. Sin una familia verdaderamente cristiana nunca cosecharemos frutos abundantes y bien sazonados. Esto tiene hoy especialmente vigencia, porque las presiones sociales contrarias son enormes y los criterios y conductas que se han ido introduciendo en la mentalidad y en las costumbres casi han socavado sus cimientos; cuando menos, los han removido. Baste pensar, por ejemplo, en las desuniones de tantos matrimonios, en los abundantes divorcios, en las uniones de hecho, etc.; sin contar los hijos de las adolescentes, los métodos de contracepción y  el aborto.

3.1. Familias verdaderamente cristianas. Todos estos fenómenos están reclamando de nosotros una pastoral paciente y medular sobre la familia (cfr. Constituciones Sinodales n. 379), en la que se vaya a lo que son cuestiones nucleares, de modo que vuelvan a florecer las familias verdaderamente cristianas. No es que no existan. Pero no podemos ni queremos engañarnos sobre la realidad.

Al decir familias verdaderamente cristianas, hay que hablar de familias creyentes y practicantes; unidas para siempre; abiertas con generosidad a los hijos; trasmisoras de la fe; promotoras de vocaciones al estado religioso y sacerdotal; unidas a otras familias para resolver los problemas de sus hijos: desde la educación, hasta el empleo del tiempo libre, las vacaciones, etc., etc. Todos nosotros tenemos la experiencia de que nuestra familia fue el primer seminario que nos enseñó a rezar, a trabajar, a preocuparnos de los demás, a enreciar nuestra voluntad y a tantas otras cosas.

3.2. Preparación para el noviazgo. Para ello será preciso una paciente y constante labor de formación, que ha de comenzar desde la misma adolescencia, para que, cuando los chicos y las chicas despierten a la vida y al amor, puedan hacer la opción vocacional a la que Dios les llama: a la mayoría, al matrimonio; pero a algunos, también al sacerdocio, al celibato apostólico o al estado religioso. Están bien y son imprescindibles los llamados Cursillos prematrimoniales; pero son limitados, porque en ese momento los novios han concretado ya todos los pormenores de la boda. Por otra parte, la preparación remota –la que se recibió en el propio hogar– siendo muy oportuna –si fue bueno el ambiente creado por los padres–, es insuficiente para las exigencias de hoy. Es imprescindible, por tanto, no contentarnos con esta preparación inmediata, es necesario pasar a la preparación próxima, la etapa de los jóvenes que se preparan para comprometer su amor como verdadera entrega. Su finalidad es que los novios cristianos vivan ese momento como lo que realmente es: un tiempo de madurez y capacidad para el don de sí, un tiempo de gracia, además, en el que comprueban si son capaces de compartir para siempre el proyecto de vida que comporta el Matrimonio cristiano.

Por otra parte, los novios no pueden recorrer ese itinerario solos, sino acompañados por nuestra ayuda sostenida y la gracia de la oración, la confesión frecuente y la comunión también frecuente. Aunque la tarea no es sencilla, no puede ser más sugestiva.

3. 3. Prioridad del domingo. Habrá que fomentar también un medio que ha sido siempre –ya desde las primeras comunidades cristianas– de primera importancia: la Eucaristía del Domingo. El sentido de la obligación de conciencia está basado en la misma exigencia interior que los cristianos han sentido desde los primeros siglos, superando dificultades de distancias y aun prohibiciones civiles. «Es el caso de los mártires de Abitinia, en África proconsular que respondieron a sus acusadores: “Sin temor alguno hemos celebrado la Cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley”; “Nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor” (Dies Domini, n. 46)».

Donde sea posible, será conveniente participar padres e hijos en la misma celebración eucarística. ¡Qué espectáculo más hermoso ver juntos en la iglesia –y no faltan ejemplos, aunque no sean abundantes– a los unos y a los otros! Quizás no sea inoportuno pensar en una  semejante a la que tenemos para los niños y los jóvenes. Incluso puede no ser descartable –en algunos supuestos– refundir la misa de niños en una «misa para las familias» que tengan hijos en la edad de catequesis.

Tampoco esto resultará fácil. Pero es una de las señas de identidad irrenunciables para la Iglesia; e Iglesia doméstica es la familia.

3.4. Movimientos familiares. Dentro de la pastoral familiar, será muy conveniente despertar y potenciar Movimientos Familiares de todo tipo, crear nuevas iniciativas que salgan al paso de las necesidades hoy existentes, potenciar la predicación y catequesis sobre la familia, etc.

 

4.   Objetivo cuarto: pastoral sacramental en clave evangelizadora

Los sacramentos son los grandes instrumentos que el Verbo Encarnado ha entregado a su Iglesia  para santificar a los hombres de todos los tiempos, lugares y situaciones. Su necesidad es tan perentoria que sin ellos es imposible la vida cristiana: desde su nacimiento, por el Bautismo, hasta su consolidación y robustecimiento con la Eucaristía, y su recuperación con la Penitencia.

4.1. El Bautismo. Es preciso seguir impulsando la pastoral de los sacramentos de la Iniciación cristiana, y, en concreto, la del Bautismo (cf. Constituciones Sinodales nn. 345 –347). Este sacramento, redescubierto por el Vaticano II, tiene una importancia trascendental en la vida de cada cristiano y de la Iglesia entera. Por eso, ha de ser preparado concienzudamente con los padres y padrinos mediante encuentros personales, charlas, etc., en los que haya oportunidad de exponerles la naturaleza, dignidad, consecuencias y compromisos que entraña el Bautismo y la consiguiente responsabilidad que comporta pedir a la Iglesia que bautice a sus hijos. No se trata de poner obstáculos, sino de que nuestros fieles comprendan que ser cristiano es un nombre de dignidad y de misión. Nuevamente vuelve a salir la pastoral familiar.

4.2. La Confirmación. Todavía no tengo suficiente experiencia personal, ni he recibido la información necesaria de vuestra parte para evaluar debidamente la pastoral de Confirmación. De todos modos, por los datos que me habéis ido aportando, quizás pueda deducirse que es muy similar a la de otras diócesis y, por ello, que requiere una adecuada labor de discernimiento. Entre todos iremos viendo lo que conviene hacer. De todos modos, os animo a que sigáis en el esfuerzo de una catequesis que no se contente con trasmitir verdades –aunque también haya que trasmitirlas–, sino que se nutra del espíritu catecumenal y, en consecuencia, vaya introduciendo poco a poco a los confirmandos en la vida litúrgica y en el apostolado. Para conseguirlo, resultará necesario el trato personal al que me refería en 1.7. No podemos conformarnos con una preparación en la que una buena parte de los confirmados se ausente de la Eucaristía a los pocos domingos de haber recibido el don del Espíritu Santo.

4.3. La Reconciliación y la Penitencia. El sacramento de la Penitencia es otra prioridad sacramental. El don más grande que Dios nos ha otorgado es el de habernos reconciliado con Él por la Sangre de su Hijo. Sin ese horizonte, toda la historia de la salvación, además de incomprensible, queda devaluada. Como ha dicho un importante teólogo moderno, «el perdón es el milagro mayor, más incomprensible del amor de Dios». Dios queda rebajado cuando se rebaja su capacidad de actuar como Padre de un hijo pródigo, al que quiere recuperar para su amor y sentar consigo en el banquete eucarístico que ha preparado el otro Hijo. El hombre tampoco queda realzado cuando se disimula su realidad pecadora, porque se le priva de oír la palabra que llama a la conversión y recibir la misericordia sacramental, que le rescata de una vida indigna de su condición de hijo de Dios, y le devuelve la dignidad perdida. No es buen médico el que disimula la gravedad de su paciente, sino el que trata de poner todos los medios a su alcance para sanarle.

Llamada a la conversión. Hemos de llamar a nuestros cristianos a la conversión, con cariño y comprensión, pero con fortaleza. A la conversión a Dios, rico en misericordia, que no quiere la muerte del pecador, sino su salvación. Es, por tanto, una llamada a la apertura y acogida de la misericordia divina, la cual es fuente de esa paz y alegría que busca todo corazón humano, y sólo encuentra si retorna a la casa paterna. ¡Qué bien supo expresarlo la experiencia amarga, y luego agradecida, de san Agustín!

Celebración del sacramento. Esa vuelta a la casa paterna pasa en el actual momento de la historia de la salvación por el sacramento de la Reconciliación, único modo para recuperar la gracia santificante y la amistad con Dios. En los pocos meses que llevo en la diócesis, me habéis repetido lo que conocía de otras latitudes: una cierta indiferencia o menor aprecio de no pocos cristianos hacia este maravilloso sacramento. No es éste el momento de detenernos en este punto y quizás haya que volver a él en otra ocasión más adecuada. Pero, desde ahora, deseo manifestaros que es mi intención potenciar al máximo este sacramento. Dejadme que os diga, queridos hermanos, que nunca haremos bastante para facilitar el encuentro de cada persona con el Dios bueno y rico en misericordia. Os animo, en línea con lo que pide el Papa en Misericordia Dei, a que determinéis unos horarios generosos y lo más adecuados posible para responder a las necesidades de los fieles. Es oportuno que tales horarios se coloquen a la entrada de la Iglesia para que los conozcan los fieles y que, cuando sea preciso variarlos, se les comunique de la forma más eficaz posible. No basta la simple disponibilidad para atender a los fieles en el confesonario, hay que fomentar positivamente la práctica gozosa de este sacramento de la misericordia, invitando, exhortando y hablando con frecuencia de él.

Padres, médicos y maestros. De este modo, podremos realizar la función más importante que, como ministros, nos compete en el sacramento es la reconciliación; la cual consiste, como todos sabemos, en reconciliar a los pecadores con Dios, pronunciando en nombre de Cristo la palabra que perdona: «Yo te absuelvo de tus pecados».

Pero el ejercicio santo de este sacramento requiere que seamos padres, médicos y  maestros de los penitentes que se nos acerquen. Como todos sabemos, las almas necesitan ser acogidas, comprendidas, ayudadas, sanadas y orientadas. Nunca ponderaremos bastante la importancia de tener entrañas de misericordia para los que se acercan al sacramento, sobre todo si esto ocurre tras una larga ausencia o cuando las culpas son especialmente numerosas o graves. No es suficiente, por tanto, limitarse a una celebración fría y aséptica, sino que hemos de ser capaces de dar la orientación precisa, el remedio oportuno y el consejo adaptado con los que cauterizar las heridas causadas por el pecado y abrir horizontes de vida cristiana. En cada penitente hemos de saber descubrir un alma con tantas posibilidades de amor como la Samaritana y la Magdalena. En este clima brotará de inmediato el acompañamiento y la dirección espiritual, que tantos beneficios ha reportado a las almas en los últimos siglos y que en España encuentra una formidable confirmación en los grandes santos y maestros espirituales de nuestro Siglo de Oro. ¡Cuántas vocaciones al estado matrimonial, religioso y sacerdotal se han despertado y consolidado al calor de la dirección espiritual impartida con ocasión del sacramento de la Penitencia! Quizás no sea superfluo reconsiderar si estamos sacando todas las virtualidades vocacionales de los niños, adolescentes y jóvenes que se acercan al sacramento de la Penitencia con una cierta regularidad.

4.4. Evangelización y sacramentos. Sin embargo, los sacramentos son inseparables de la Palabra de Dios, porque, además de dar la fe, la presuponen y alimentan; y la fe se suscita, acrecienta y robustece por la Palabra de Dios. Por eso, existe una interacción irrenunciable entre Palabra y Sacramento, según el principio de «por la Palabra a la fe, por la fe al sacramento». Sin una renovación de la pastoral profética y evangelizadora es imposible una verdadera renovación sacramental. De ahí que sea mi intención potenciar lo más posible la una y la otra.

En la pastoral profética juega un papel primordial la homilía, sobre todo la dominical, pero también la de otros tiempos litúrgicos, como la Cuaresma, que estamos en vísperas de comenzar. La celebración eucarística del domingo, que incluye la homilía, es, probablemente, la acción pastoral más importante de cuantas realiza el presbítero a lo largo de la semana. La liturgia del año litúrgico ofrece muchas posibilidades para que abordemos temas tan importantes como el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, el pecado-la misericordia-la reconciliación, el Matrimonio.

No obstante, la pastoral profética incluye también la catequesis, entendida en sentido amplio y teniendo como marco un catecumenado más o menos estructurado o fluido. Como aconteció ya en los grandes momentos catequéticos de la Iglesia, la dimensión sacramental de la catequesis es imprescindible cuando son adultos quienes se acercan a los sacramentos de la Iniciación cristiana. Sin embargo, en el marco de la nueva evangelización, quizás valga la pena verificar hasta qué punto y en qué grado se da aquello a lo que aludía el Vaticano II, cuando se refería a  (PO 4). De todos modos, ante la creciente –y en no pocos casos, alarmante– ignorancia de las últimas generaciones, que muchos de vosotros me habéis manifestado con preocupación, es preciso dar a la catequesis un decidido impulso, tomando como ocasión, sobre todo, la preparación de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Matrimonio.

 

5.  Objetivo quinto: la emigración

Desde mi llegada a Burgos he visto en la calle y en los alrededores de Cáritas un número significativo de personas, cuyos rostros denotan que no son españoles de nacimiento. La prensa, local y nacional, da cuenta cada día del fenómeno creciente de la inmigración en Castilla y León y, como es lógico, en Burgos. Según los expertos, esta tendencia irá en aumento. Se está verificando ahora, sólo que a la inversa, el fenómeno que tantos compatriotas nuestros vivieron en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, cuando se vieron obligados a buscar trabajo en otras naciones de Europa o en otras regiones de España.

El castellano ha sido siempre un pueblo abierto, hospitalario y caballeroso. Además, espoleado por su profunda fe cristiana, ha realizado grandes gestas, como patentiza el incontable número de religiosos y religiosas que han salido de estas tierras para evangelizar gentes y tierras de otros continentes. Los frutos de promoción humana están a la vista de cuantos recorren cualquiera de las naciones de América del Centro y del Sur y no pocas de África y Asia.

Por razones, pues, de historia y de fe, no podemos renunciar a lo que es una de nuestras señas de identidad humana y cristiana. Al contrario, hemos de recoger esta herencia y salir al encuentro de quienes han venido a nuestra tierra para promocionarse, poniéndonos a su lado para ayudarles a que alcancen sus objetivos. A todos se nos alcanza las dificultades que conlleva dejar el propio país y la propia casa –a veces, incluso la propia familia– e insertarse en un ambiente laboral, cultural, social y religioso tan distinto. Esto se hace especialmente arduo cuando se habla una lengua distinta o se profesa otra religión.

Tendremos que estar todos muy atentos a este nuevo fenómeno y darle las respuestas concretas que vayamos viendo oportunas y realizables. Cáritas y otras organizaciones eclesiales tendrán no poco que hacer en este sentido. Pero ya desde ahora quiero manifestaros que la atención a los emigrantes será una de mis prioridades pastorales y que recibiré gustoso cuantas sugerencias e iniciativas se os ocurran.

 

Con María, estrella de la Evangelización

Antes de terminar, quiero dirigir mis ojos y los vuestros a María, estrella de la Evangelización. A ellas confío estas líneas, redactadas con un afecto sincero y como expresión de mi total sintonía con vosotros. «Que cada uno, en el ejercicio cotidiano del ‘munus’ pastoral, pueda gozar del auxilio de la Reina de los Apóstoles y sepa vivir en profunda comunión con Ella… ¡Consuela saber que ‘junto a nosotros está la Madre del Redentor, que nos introduce en el misterio de la ofrenda redentora de su divino Hijo. Ad Iesum per Mariam: que éste sea nuestro programa diario de vida espiritual y pastoral» (cf. El Presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, palabras finales).

Queridos hermanos sacerdotes. Antes de terminar quiero agradeceros de antemano vuestra leal colaboración; pues estoy seguro que compartís las mismas preocupaciones que os he expuesto y que desde ahora las hacéis todavía más propias. Gracias, pues, y mucho ánimo, ¡que el Señor está con nosotros!

Burgos, Cuaresma 2003

†  Francisco Gil

   

Carta Pastoral 2004