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1.
Hace dos años llegué a la diócesis. Durante ellos, he tenido ocasión de entrar
en contacto directo con muchas comunidades de nuestra Iglesia local, gracias a
la celebración de la Confirmación, las fiestas patronales, la visita pastoral a
varios arciprestazgos y en otras circunstancias. He hablado también con muchos
miembros del presbiterio, he visitado todas las comunidades de vida
contemplativa y he tenido la oportunidad de encontrarme con no pocos seglares.
A medida que iba pasando el tiempo y
verificaba la realidad de la vida diocesana se me iba imponiendo una convicción:
Burgos tiene unas profundas raíces cristianas, pero necesita también una
reevangelización a fondo. La lectura de las Constituciones Sinodales, la
celebración del Congreso Nacional de Misiones del año pasado y la exhortación
apostólica "La Iglesia en Europa" me han confirmado en que la hora de la
misión ha llegado también para nuestra diócesis.
2.
Con esa convicción os escribo esta Carta Pastoral a vosotros, sacerdotes, que
sois mis directos colaboradores. Confío que Dios me conceda escribir pronto otra
a los seglares, parte esencial de la Iglesia e imprescindibles en la nueva
evangelización. La he dividido en cuatro partes y algunas consideraciones
finales. La primera expone a grandes rasgos la situación nueva en que se
encuentra nuestra iglesia. La segunda desarrolla los modos y métodos nuevos de
la acción evangelizadora: si la situación ha cambiado profundamente, no podemos
responder con modos y métodos propios de una época de cristiandad. La tercera se
detiene en los que tenemos la misión de guías en la evangelización: los
pastores. La cuarta señala las grandes acciones que hemos de emprender a
corto y medio plazo, acciones que no han de considerarse como algo puntual
sino como partes del enunciado "la hora de la misión" ha llegado. Finalmente, la
conclusión es una llamada a la fe y a la confianza en el poder de Dios.
I. Realidad profundamente nueva
3.
Nuestra Iglesia se encuentra, al igual que las demás Iglesias locales de Europa,
ante una situación de fe y vida cristiana profundamente diferente a la de hace
algunos decenios. Sin ignorar tantos aspectos positivos de nuestro mundo
-algunos de los cuales fueron recogidos en las Constituciones Sinodales (cf. CS
8)-, hemos de constatar que el laicismo, incluso bajo la forma de
fundamentalismo, avanza de modo lento y progresivo. Muchos cristianos nuestros
ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana. Crece
la dificultad de vivir la propia fe en Jesucristo, pues el contexto social y
cultural desdeña y amenaza el proyecto de vida cristiana. En algunos ambientes
públicos es más fácil declararse increyente o agnóstico que fiel cristiano.
También en nuestros ambientes se tiene tantas veces la impresión de que lo obvio
sería no creer o vivir como si Dios no existiera.
4.
El diagnóstico que Juan Pablo II hace respecto al futuro en Europa, es
sustancialmente aplicable a nuestra diócesis: ese futuro se contempla más con
temor que como deseo y se tiene miedo a afrontarlo. Muestras de este miedo son
el dramático descenso de los nacimientos, la disminución alarmante de las
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, el rechazo a tomar decisiones
definitivas que se refleja especialmente en la vida matrimonial, etcétera. De
ahí nacen, entre otras consecuencias, las graves crisis familiares y el
deterioro del concepto mismo de familia, el crecimiento de la indiferencia
ética, una búsqueda obsesiva del propio interés, y la falta de apoyo afectivo
que experimentan muchas personas mayores, las cuales se sienten más infelices y
solas aunque tengan más bienes materiales.
5.
Esta situación no es algo coyuntural o epidérmica, pues hunde sus raíces en la
amplia aceptación de una antropología sin Dios y sin Cristo, que lleva a
considerar al hombre como el centro absoluto de la realidad y situarse
falsamente en el lugar de Dios. Destronado Dios del corazón del hombre, éste
empequeñece su identidad y misión según la medida de su propia mezquindad. En
ese caldo de cultivo ha ido creciendo el relativismo conceptual y moral, el
pragmatismo a toda costa y la configuración de la existencia al margen de Dios,
de modo que son muchos, sobre todo jóvenes, los que viven como si Dios no
existiera.
6.
Más aún, desde hace algún tiempo, asistimos en nuestro país al nacimiento de una
nueva cultura, difundida y potenciada por los medios de comunicación social:
televisión, radio, prensa, cine, música, etc. que llegan masivamente a las
familias y grupos. A través de ellos, sobretodo de la televisión, se está
difundiendo una concepción de la existencia humana y una organización social en
oposición con el Evangelio y con la dignidad de la misma persona humana. Parte
importante de esta nueva cultura es el agnosticismo religioso, que hunde sus
raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos
inalienables de cada persona.
7.
Precisamente, es esta nueva realidad cultural, la que da la medida de la
gravedad de la situación, y nos obliga a afrontar la evangelización de nuestra
diócesis con hondura y amplitud de horizontes. La cultura del mundo occidental,
aunque siga teniendo raíces cristianas, ya no está inspirada por los valores del
humanismo cristiano y está siendo suplantada por otra de corte laicista y
pagano. Este cambio cultural es tan importante que condiciona nuestra
respuesta de pastores y nos hace percibir que el Señor nos convoca a una gran
tarea: realizar una renovación profunda -y, por ello, sostenida y a largo
plazo- de nuestra diócesis, sin perdernos en acciones puntuales.
II. Nueva acción pastoral
8.
Si la situación es profundamente nueva, los modos de nuestra acción pastoral
también han de serlo. Sin embargo, sería un error querer inventar un programa
nuevo, como si la Iglesia fuese nuestra y como si nosotros fuéramos los que
realizamos la salvación de los hombres. No cabe duda de que todos sentimos un
fuerte reclamo a hacer depender la eficacia de nuestra acción pastoral de
nuestros métodos, estructuras y programas apostólicos. Pero hemos de resistir
esta insidia. Porque "el programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el
Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que
hay que conocer, amar e imitar para vivir en Él la vida trinitaria y transformar
con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste" (Novo
millennio ineunte, 29). En nuestra Iglesia local, ciertamente, tendremos que
marcarnos objetivos y metas concretas, que dimanan del mismo Evangelio, para que
éste llegue a nuestros hombres y mujeres, pero esas prioridades serán siempre y
sólo concreciones de "conocer, imitar y amar" a Jesucristo.
1. Pastoral
misionera
9.
Precisamente, porque nuestro programa de acción es Jesucristo, Muerto y
Resucitado, la primera característica de nuestra pastoral ha de consistir en ser
misionera. Ya no basta una pastoral pensada y orientada exclusivamente
a la conservación de la fe y el cuidado de la comunidad cristiana. Es necesario
también -incluso es lo más necesario- salir al encuentro de todos los
hombres y mujeres de nuestro tiempo para anunciarles que Jesucristo sigue siendo
su único Salvador y que el Evangelio es una propuesta capaz de dar sentido a su
vida y con una vitalidad capaz de crear una sociedad nueva en la que el respeto
y la promoción de la dignidad de toda persona humana sea algo más que una
declaración de principios desmentida luego por los hechos.
Las palabras de Jesús a sus
Apóstoles en el momento de la misión ad gentes: "Id al mundo entero,
predicad el evangelio a todas las gentes, bautizándoles en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19-20) no sólo tienen pleno sentido para
nosotros sino que cobran acentos de urgencia y apremio. Sí, cada uno de nosotros
ha de sentirse urgido a anunciar el Evangelio a cuantos viven en nuestra Iglesia
local y compartir con ellos nuestra fe en Jesucristo.
10.
Este anuncio será el primero en el caso de los no bautizados y de los
que, habiendo recibido el Bautismo, se han alejado y viven al margen de la
Iglesia. Tal anuncio será distinto, pero también verdadero y renovado, cuando se
haga a tantos que, incluso siendo practicantes habituales, tienen una fe que ha
quedado estancada en la primera formación cristiana.
Puede parecer que es una exageración
hablar de un primer anuncio o anuncio ad gentes en nuestra Iglesia local,
salvo en el caso de algunas minorías muy poco significativas de inmigrantes. Sin
embargo, es preciso concienciarse de que no son sólo personas que han venido de
otros países y culturas las que no han oído hablar de Jesucristo. Existe también
un porcentaje significativo de adultos y de niños en edad escolar nacidos en
nuestra tierra que no han recibido el Bautismo o no han sido evangelizados. No
disponemos de estadísticas al respecto, pero la pastoral de Primera Comunión y
Confirmación atestigua que no se trata de casos aislados. Por eso, ya desde
ahora tenemos que ir pensando en la creación del Catecumenado por etapas,
tanto para adultos propiamente dichos como para niños y adolescentes no
bautizados.
11.
Con todo, el grupo más importante de los destinatarios de nuestra evangelización
continuará siendo el de los cristianos que nunca han olvidado del todo su fe,
pero la han dejado como en suspenso o no logran integrarla en su vida laboral,
familiar y social. El camino de su encuentro con Cristo y de su inserción
eclesial pasa necesariamente por un anuncio renovado de la fe. En consecuencia,
nuestras homilías dominicales, la celebración de las exequias, la preparación
del Bautismo, Primera Comunión, Confirmación han de renovarse profundamente. Así
mismo, la preparación al Matrimonio no podrá ya reducirse a los cursillos
prematrimoniales -aunque éstos sigan siendo necesarios-, sino que ha de
orientarse a una pastoral prematrimonial que comience en el momento en
que el amor brota en los jóvenes y se prolongue a lo largo de todo el noviazgo.
Esta pastoral ha de ser misionera, puesto que debe proponer claramente la
grandeza y exigencias del Matrimonio cristiano.
Un tema recurrente del anuncio del
Evangelio es el de la Resurrección, piedra de toque para marcarla diferencia
entre los que seguimos a Jesucristo y los que no creen en Él. Según las últimas
estadísticas sobre las creencias de los católicos, existe un porcentaje muy
elevado de personas, incluso bautizadas, que no creen en la Resurrección de los
muertos o piensan -por contacto con otras culturas, sobre todo orientales- que
es más creíble la reencarnación. Lógicamente, estos tampoco pueden creer de
verdad en la Resurrección de Jesucristo, como Cabeza de una humanidad nueva que
está destinada a participar con Él en la gloria eterna. Ahora bien, si no se
cree en la Resurrección de Jesucristo, pierde su hondo sentido la celebración de
la Eucaristía, del Domingo, de la Pascua anual, del Bautismo y de las Exequias.
¿Qué resta entonces de un cristianismo al que se le amputa la Eucaristía, el
Domingo y la Pascua?
12.
Esto no quiere decir que la nueva pastoral misionera lleve a prescindir
completamente de la pastoral ordinaria como de algo anquilosado y superado. Con
todo, sería igualmente dañino no advertir que los cambios en nuestra Iglesia
han sido tantos y tan grandes que necesitamos asumir el coraje de la
novedad del Espíritu y la voluntad decidida de emprender un camino nuevo.
Porque son muchos los niños, jóvenes y adultos que no conocen a Jesucristo ni su
Evangelio y carecen de una mínima experiencia de Iglesia. Además, no son pocos
los bautizados que -incluso participando de modo habitual en la Eucaristía y aun
en las organizaciones parroquiales- no aceptan verdades básicas de la fe y moral
cristianas.
2. Pastoral
laical
13.
Uno de los mayores logros del Concilio Vaticano II ha sido el redescubrimiento y
revalorización del Bautismo. El Bautismo nos hace hijos en el Hijo (cf. GS 22);
nos da una participación real en la consagración y misión sacerdotal de
Jesucristo; nos introduce en la Iglesia, como Pueblo de Dios y Cuerpo Místico;
nos otorga una radical igualdad; y nos destina a la misma plenitud de la vida
divina y a la misma gloria. Por eso, todos los bautizados están llamados a
convertir su entera existencia en un acto de culto agradable a Dios, a
participar en las acciones sagradas y a dar testimonio de Jesucristo con su
palabra y su vida. En otras palabras, todos los bautizados son llamados a la
santidad y al apostolado (Cf. LG, cap. IV y ChFL).
14.
La inmensa mayoría de los fieles recibe de Dios la vocación a santificarse y
hacer apostolado en y desde el matrimonio y las tareas seculares
honestas: el trabajo, la cultura, la política, la economía, el arte, el deporte,
etc. Todo ese complejo mundo que llamamos 'realidades temporales', constituye la
trama en la que los fieles laicos encuentran la materia de su realización como
cristianos.
Por eso, es muy importante tener
presente que Dios ha querido que los laicos no sólo puedan participar en tareas
intraeclesiales, sino también y sobre todo que sean fermento del mundo en y
desde las tareas seculares. "A los laicos pertenece por propia vocación buscar
el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven
en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones del
mundo, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con
las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a
cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu del Evangelio, de modo
que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del
mundo y de este modo manifiesten a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con
el testimonio de su vida, en la fe, la esperanza y la caridad" (LG 32). La
exhortación Christifideles laici lo ha recordado en fechas más recientes:
"Los laicos, para que puedan responder a su vocación, deben considerar las
actividades de la vida ordinaria como ocasión de unión con Dios y de
cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres,
llevándoles a la comunión con Dios en Cristo" (ChFL 17).
15.
Redescubrir esta vocación de los laicos puede ayudar a que se sientan llamados a
la tarea evangelizadora y se incorporen a ella gozosamente. Puede servir también
para que superen una concepción demasiado individualista.
Por eso, teniendo en cuenta la
doctrina de estos y los demás documentos del Magisterio, hemos de hacer una
llamada insistente y específica a los laicos en el apostolado con su familia,
con los amigos y compañeros de profesión, con todas las personas que Dios le
pone en el camino de su vida. La meta y el horizonte es posibilitar que todos
los laicos sin excepción participen en la tarea de difundir el evangelio
en su propio ambiente, de modo que se ordene según el querer de Dios. Esta
característica, que podemos llamar bautismal o eclesial, es otra característica
esencial de la nueva pastoral. Desde esta perspectiva se percibe con
claridad, que no somos convocados para organizar estructuras sino para
transformar las personas y sus actividades, de forma que cada una de ellas
convierta su lugar habitual de vida, en el lugar de su encuentro con
Dios y de acción evangelizadora.
16.
Este planteamiento, que es un evidente retorno a las fuentes, puede carecer de
vistosidad, pero es el verdaderamente eficaz y el único que puede devolver al
cristiano su condición de fermento en la masa. De este apostolado, en
efecto, habrán de salir -a medio y largo plazo- matrimonios llenos de
generosidad en la transmisión de la vida, padres y madres que comuniquen la fe a
sus hijos con tanta sencillez como eficacia, jóvenes que oigan la llamada de
Dios a servirle en los hermanos, trabajadores que defiendan con eficacia los
derechos de sus compañeros, profesores que eduquen a sus discípulos en el
respeto y la convivencia con todos, hombres y mujeres que cuiden amorosamente de
la vida humana en todas sus fases y situaciones, políticos que sean
constructores eficaces de una nueva sociedad, empresarios que creen puestos de
trabajo y traten con respeto y aprecio a sus empleados; y así sucesivamente.
17.
Los pastores tenemos ante nosotros la apasionante tarea de predicar esta
doctrina de modo permanente e intentar llevarla a la práctica en la pastoral
ordinaria. La homilía de cada domingo, la catequesis en todos sus niveles, la
predicación con motivo de las más variadas ocasiones han de hacerse eco
constante de ella. Los grupos parroquiales pueden beneficiarse de esta
perspectiva. Tenemos la certeza de que no nos faltará nunca la gracia de Dios
para conseguirlo.
3. Pastoral de
pequeñas comunidades
18.
Desde hace unos años, todos constatamos que decrece el número de los que
participan en las diversas actividades pastorales. Esto se nota con más crudeza
en los jóvenes de uno y otro sexo. Incluso los mismos niños frecuentan menos la
catequesis, la misa dominical y el sacramento de la Penitencia. Más de uno de
vosotros me ha comentado, por ejemplo, que no hace muchos años era masiva la
asistencia a los Ejercicios Cuaresmales y bastante más numerosa que ahora la
presencia de los jóvenes en la pastoral juvenil.
Ante esta situación es preciso
insistir menos en la que podríamos llamar `pastoral de masas' y poner el acento
en la `pastoral de pequeñas comunidades'. Evidentemente, la `pastoral de masas'
tiene todavía pleno sentido en no pocos casos; por ejemplo, en la celebración
del domingo, de los funerales, de algunos actos de piedad popular, etc. En estos
supuestos, no sólo no podemos minusvalorar la pastoral dirigida a la entera
comunidad cristiana, sino que debemos poner un creciente interés y sacarle todo
el partido pastoral posible. Por ello es preciso revalorizar la Pastoral de las
Primeras Comuniones, del Matrimonio y de las Exequias, dado que en ellas
contamos siempre con la presencia de muchos cristianos, bastante de los cuales
no practican habitualmente.
19.
Sin embargo, la acción pastoral será, cada vez más, una pastoral con grupos poco
numerosos. Poco numerosos serán los monaguillos, los catequistas, los que
participen en el rezo de Laudes o Vísperas, los que frecuenten el sacramento de
la Penitencia, los que recen el Santo Rosario, los que asistan a las novenas o
triduos, los que formen parte de la Acción Católica general o especializada, los
miembros de la Adoración Nocturna, los que integren los grupos de oración,
pastoral juvenil y familiar, los que trabajen en la Caritas parroquial,
Conferencias de san Vicente de Paúl y la Legión de María, los que deseen
formarse en la doctrina social de la Iglesia, etc.
20.
El escaso número de los que participen en estos y otros posibles apostolados no
puede llevarnos a una sensación de fracaso, tristeza o incluso desesperanza.
Rechacemos estos sentimientos como una tentación sutil y paralizante que,
si no reaccionáramos con energía, nos llevaría irremediablemente al pesimismo
nostálgico, a la desilusión y al abandono. ¡Es la hora de actuar con sentido
positivo y con nueva ilusión y compensar la cantidad con la calidad
tanto de las personas que integran los grupos como de nuestro empeño y atención
pastoral! Convenzámonos de que la levadura siempre ha sido una parte muy
pequeña -casi insignificante- respecto a la masa; pero con energía
suficiente para fermentarla y convertirla en pan sazonado.
Parte de esta calidad es redescubrir
a Cristo, muerto y resucitado, Señor de la propia vida y de la historia, y
convertir la pastoral con esos grupos en una acción atractiva, incisiva y
exigente, de modo que les formemos bien doctrinal y apostólicamente, y se
comprometan en un apostolado vibrante y capilar. Como señaló el Sínodo
diocesano, es urgente "pasar de cristianos que cumplen a comunidades que
evangelizan" (Constituciones Sinodales, n. 26) y lograr que la dimensión
apostólica y misionera de nuestra fe desemboque en un compromiso vital y social
(cf. CS 184, 185) de todos serio y sostenido.
4. Pastoral de
personas más que de estructuras
21.
Durante mucho tiempo la acción pastoral de la Iglesia ha acentuado las
estructuras y programas. Sin negar la necesidad y conveniencia de un mínimo de
estructuras y programas, parece que ha llegado el tiempo de orientar la acción
pastoral hacia las personas concretas. En el fondo se trata de dar
primacía a la persona sobre las estructuras y poner éstas al servicio de
aquélla. Este tipo de pastoral tiene como punto de apoyo básico el diálogo
afectuoso y cordial entre el pastor y cada una de las ovejas que tiene
encomendadas. Dado que este diálogo ha de estar animado y sostenido por la
caridad pastoral, exige, ante todo, una actitud de acogida, cordialidad y
comprensión hacia cada persona con la que nos relacionamos.
22.
La vida parroquial -y, más en general, la acción pastoral- ofrece una gama muy
variada de situaciones y contactos. A veces se trata de contactos más o menos
institucionales, como la petición del bautismo, la notificación del deseo de
contraer matrimonio, la inscripción para la confirmación. Otras veces son
encuentros de mero trámite, como solicitar una partida, encargar una misa, pedir
un impreso, preguntar la hora de un acto de culto. No faltan las ocasiones en
que entra en juego un asunto relevante, por ejemplo, la muerte de un ser
querido, un conflicto conyugal, el nacimiento del primer hijo, la pérdida del
empleo. Todas estas y tantas otras ocasiones han de ser aprovechadas, cuando
menos, para crear espacios de relación humana y de cercanía, y provocar una
simpatía hacia lo que nosotros representamos.
Sin embargo, muchas veces es posible
dar un paso más y proponer la primera invitación a la fe a los no-bautizados o
la invitación a reiniciar la práctica cristiana a quienes están bautizados pero
se han alejado durante algún tiempo de la vida litúrgica y oracional de la
Iglesia.
Un tercer canal se establece con los
que se preparan a recibir los sacramentos de la Primera Comunión,
Confirmación y Matrimonio. La pastoral no puede quedarse en la preparación
grupal sino que ha de llegar a cada uno de los miembros del grupo. Por
eso, no se contenta con impartir una serie de catequesis doctrinales y realizar
algunas acciones comunes, sino que hace un seguimiento personal de cada uno de
los niños de primera comunión y de los confirmandos, con el fin de ayudarles a
interiorizar lo que van aprendiendo en la catequesis y a difundirlo entre sus
compañeros mediante un apostolado sencillo y efectivo. Este seguimiento implica
un contacto personal habitual. De este modo se imprime un dinamismo vital
a la fe y ayuda a realizar la necesaria unidad entre doctrina y vida.
Otro canal de esta pastoral es el de
los grupos apostólicos que existen en las parroquias. Todos sabemos que
nos acecha el riesgo de rebajar la exigencia personal, la vibración apostólica y
el compromiso, y que la acción pastoral no llegue hasta la interioridad de cada
uno de los que integran el grupo apostólico. Sin duda, es más fácil enseñar y
programar para todo el grupo, dejando que se diluya la responsabilidad y el
compromiso personal. Si cediéramos a esta tentación, pasarían los años sin que
se diera un verdadero progreso de vida cristiana y los miembros de los diversos
grupos apostólicos se replegarían sobre sí mismos y dejarían de incidir
eficazmente en el medio familiar, laboral y social en que se mueven. Por eso, es
imprescindible hacer un seguimiento personal y situar a cada uno frente a
sus compromisos bautismales.
Todavía existe un último canal que
es fruto, de alguna manera, de los anteriores. Es el que nos proporciona ese
grupo heterogéneo de personas de diversas edades y situaciones que han recibido
más dones del Espíritu y responden con generosidad especial. Si se hace el
debido seguimiento con cada persona, el mismo Espíritu hará madurar cristianos
adultos para las distintas vocaciones de la vida cristiana: el sacerdocio, la
vida consagrada, el matrimonio y el celibato apostólico.
Esta pastoral de personas es
tan sencilla en sus formas como compleja y rica en el espacio que concede a la
creatividad, al espíritu de iniciativa y a la vibración de cada uno de los
pastores. Ciertamente, los frutos de esta pastoral no influyen, a corto plazo,
de modo decisivo en la modificación de las grandes cifras y estadísticas; pero
tiene una eficacia extraordinaria y es sumamente adaptada a las
necesidades y urgencias de nuestro tiempo. Como todos sabemos, pese a
encontrarnos en el mundo de la globalización y de los medios de comunicación de
masas, existe hoy una gran carencia y, por tanto, necesidad- de relación
entre las personas, incluso entre las que viven en un ámbito tan propicio
como el de la propia familia. Esto explica que haya muchos hombres y mujeres
hambrientas de que alguien les escuche con interés, les tome en consideración,
les comprenda y trate de ayudarles. Nosotros hemos de ser esas personas y
salirles al encuentro con una actitud muy humana, muy acogedora y muy servicial.
La afabilidad, la cordialidad y el interés serán el mejor vehículo para
mostrarles un Dios cercano, que se interesa por su persona y situaciones.
5. Pastoral a
largo plazo
23.
Han pasado muchos años desde que Pío XII afirmase que "es todo un mundo el que
hay que convertir de selvático en humano y de humano en divino". Sus palabras,
lejos de perder vigencia, son aún más actuales. Baste pensar, por ejemplo, en la
aceptación general del aborto, de la eutanasia, de la experimentación con
embriones humanos, del divorcio, de la equiparación de la unión de dos personas
del mismo género al matrimonio, del control radical de la natalidad, de la
difusión generalizada de relaciones sexuales fuera del matrimonio, del ateísmo
práctico, etc. Si a esto añadimos la enorme ignorancia religiosa de muchos de
nuestros fieles, especialmente de las nuevas generaciones, el constante
bombardeo con mensajes paganos a que están sometidos a través de los medios de
comunicación social, y la más que notable secularización de la vida, es fácil
comprender que la pastoral de la nueva evangelización ha de ser profunda y
continua, no motivada por los resultados inmediatos. Se trata, en efecto, de
rehacer todo el tejido antropológico, familiar, social y eclesial de nuestras
comunidades.
24.
En muchos casos será preciso recorrer el mismo itinerario de los labradores de
nuestra tierra, que han de roturar el terreno y luego labrarlo, sembrarlo y
cultivarlo para que haya cosecha. Sería equivocada la pretensión de realizar una
labor superficial y acelerada para recoger frutos inmediatos. Lo que Dios espera
ahora de nosotros es una siembra abundante de su Palabra, una paciencia sin
límites para no forzar su maduración, un trabajo de sol a sol sin esperar
frutos, y una confianza plena en que éstos llegarán como y cuando el Señor
quiera y, además, con mucha mayor abundancia que la que nosotros podíamos soñar.
La nueva pastoral es, por tanto, una
pastoral de largo alcance y, por eso, una pastoral hecha con hondura,
amplitud de horizontes y que dará frutos abundantes sólo después de tiempo y
esfuerzo. Pero es una pastoral apasionante, pues tal vez nunca los hombres y
mujeres han tenido tanta hambre de Dios.
III. Pastores renovados
1. Grandes
creyentes y grandes orantes
25.
Si la nueva situación que vive nuestra Iglesia local reclama planteamientos
pastorales nuevos, éstos reclaman, a su vez, pastores renovados. Nosotros
hemos de ser, ante todo, pastores profundamente creyentes; pastores que
se acercan con humildad y frecuencia a recibir el perdón misericordioso de Dios
en el sacramento de la Reconciliación y tienen la experiencia de lo que
implica el acompañamiento personal; pastores que conocen y aman
apasionadamente a Jesucristo; pastores que, cuando hablan, comunican vida,
como fruto de un profundo trato con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en la
Sagrada Escritura, en la oración litúrgica y en la reflexión profunda y
creyente de la teología.
26.
La nueva situación reclama, por tanto, una gran renovación interior, santidad
de vida y reforma sacerdotal. Las palabras proféticas del Concilio Vaticano
II mantienen su plena vigencia: "Si es cierto que la gracia de Dios puede llevar
a cabo la obra de la salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo,
de ley ordinaria Dios prefiere mostrar sus maravillas por obra de
quienes, dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima
unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: "Pero
ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gá 2, 20) (PO 12). Por eso, el
mismo Concilio no dudaba en concluir que "sus fines pastorales de renovación
interna de la Iglesia, de difusión del Evangelio y del diálogo con el mundo
actual" dependían en buena medida de esta santidad de los presbíteros (cf. Ib.).
27.
Juan Pablo II ha insistido recientemente en estas ideas, enseñando que la
santidad es la primera prioridad pastoral del nuevo milenio y el "fundamento de
la programación pastoral" (NMI 30). Más aún, haciéndose eco de quienes pueden
pensar que esto es "algo poco práctico", responde: "poner la programación
pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias" (Ib.).
Los pastores de la nueva evangelización tenemos que ser maestros, pero sobre
todo testigos, pues el hombre de hoy sigue más a los que viven que a los que
predican. Más en concreto, nuestros fieles han de ver que nuestra Eucaristía de
cada día la celebramos con verdadera piedad y fervor, que nos preparamos para
celebrarla y damos luego gracias. Han de constatar que somos hombres de oración,
que dedicamos cada día largos espacios a estar con el Señor ante el Sagrario;
que rezamos cada día la Liturgia de las Horas, haciendo con ellos,
eventualmente, los Laudes o las Vísperas. Efectivamente, los salmos y las
lecturas del Oficio son un maravilloso e inigualable alimento espiritual y el
mejor modo de prolongar durante la jornada la alabanza y acción de gracias que
damos a Dios en la Eucaristía.
2. Trabajadores
incansables
28.
Me urge, sin embargo, hacer una importante precisión. La verdadera piedad no
tiene nada que ver con el pietismo y con la huida de las tareas
pastorales. Al contrario, el encuentro personal con Dios -si es verdadero-
impulsa a una entrega más generosa y sacrificada, a gastarnos y desgastarnos por
las ovejas que nos han sido encomendadas, a hacer por la familia de Dios lo que
hace un buen padre por la suya. La nueva evangelización requiere trabajadores
incansables que no se dejen vencer por el ambiente aburguesado y edulcorado
que nos rodea. Es verdad que los que trabajáis en el medio rural podéis tener la
sensación de que escasea el trabajo ministerial, salvo los días festivos. Será
preciso buscar nuevas fórmulas para que a nadie le falte una dedicación pastoral
plena. Necesitaremos todos más imaginación e iniciativa para tener abundante
trabajo ministerial. Quizás facilite esta tarea la reestructuración de la
diócesis en Vicarías Territoriales, pues en cada una de ellas hay una ciudad y
varias cabeceras de comarca que aportan un campo suficiente de trabajo para
todos, si se distribuyen bien las tareas.
La reflexión y estudio de los
problemas pastorales, la programación de metas concretas y exigentes, la
búsqueda de nuevas metodologías y la revisión crítica de nuestros proyectos son
parte importante de este trabajo pastoral, que luego habrá que continuar en el
empeño diario para llevarlos a la práctica.
3. Hombres de
esperanza
29.
Los pastores de la nueva evangelización necesitaremos cultivar con esmero la
virtud de la esperanza. En efecto, las sirenas del desánimo y del
pesimismo nos reclaman hoy con una fuerza especial y es previsible que su
seducción sea aún mayor en los próximos años. Porque no es fácil, sobre todo
cuando ya está avanzada la jornada de nuestra vida, asumir que nuestro esfuerzo
parece haber sido baldío, que se han derrumbado esquemas mentales y pastorales
por los que habíamos luchado con tesón y, sobre todo, que buena parte de nuestra
sementera parece caer en el camino del rechazo y del menosprecio.
¡Es la hora de pensar en el
ministerio público del Maestro y advertir que Él salió a sembrar con generosidad
la semilla de su Palabra, sabiendo de antemano que la mayor parte caería en el
camino, en pedregal y entre espinas! También es la hora de volver a meditar la
vida apostólica de san Pablo que él mismo nos resume en la segunda carta a los
fieles de Corinto y que sigue impresionando a la vuelta de veinte siglos. "Cinco
veces he recibido de los judíos los 39 golpes; tres veces he sido azotado con
varas; una vez, apedreado; tres veces he naufragado; he pasado un día y una
noche en los abismos del mar; viajes incontables, con peligros de ríos, peligros
de salteadores, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros
en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre los
falsos hermanos; trabajo y fatiga, a menudo noches sin dormir, hambre y sed,
días sin comer muchas veces, frío y desnudez; y, a parte, la solicitud por todas
las iglesias" (2 Co 11, 24-28). Él no fue insensible a tanto sufrimiento y tuvo
necesidad de que el Señor le dijera en más de una ocasión: "Te basta mi gracia".
No obstante, siguió peleando el buen combate de la predicación hasta el final de
su vida (cf. 2 Tim 4, 7-8).
30.
La esperanza que necesitamos no es un superficial optimismo que ignora o
minusvalora las dificultades y los problemas y se refugia ingenuamente en la
búsqueda de una fórmula mágica para los colosales problemas de nuestro tiempo.
Esto no es esperanza, sino simpleza. Nuestra esperanza brota exclusivamente
de las palabras que nos dice Jesús: "¡Yo estoy con vosotros!", "¡no tengáis
miedo!", "Yo he vencido al mundo". Sí, la roca de nuestra esperanza es la
presencia del Resucitado en nuestro ministerio; en ella han de romper todas las
olas del pesimismo y la desesperanza. Si Él está con nosotros, ¿quién contra
nosotros?, podemos parafrasear al apóstol.
4. Formados de
modo permanente
31.
Otra característica de los nuevos pastores ha de ser la de una esmerada
formación doctrinal y apostólica. Gracias a Dios, una parte importante del clero
de nuestra diócesis ha pasado por las aulas de la Facultad de Teología y
obtenido el correspondiente título académico. Con todo, el dinamismo de nuestro
ministerio y de nuestra vida exigen que la formación prosiga de modo armónico en
todas sus dimensiones: humana, doctrinal, apostólica y espiritual. La sociedad
en que vivimos es muy abierta y dinámica y está planteando continuos problemas a
los que es preciso dar una respuesta adecuada. Baste pensar en lo que ocurre en
campos como la bioética, el matrimonio, la justicia social, las relaciones entre
las diversas culturas y religiones. Por otra parte, la teología se abre a nuevos
modos de presentar el Misterio de Dios, más acordes con la mentalidad de
nuestros contemporáneos. La liturgia y la catequesis conocen sugestivos
desarrollos y profundizaciones. La pastoral abre nuevos campos. La
espiritualidad experimenta un renacimiento y da lugar a una amplia literatura.
32.
Nuestro ministerio profético, sacramental y pastoral no pueden quedar al margen
de todo este panorama doctrinal, pues, además de sufrir un gran empobrecimiento
y hasta una parálisis, dejarían de responder a los planes de Dios y nos harían
pastores ineficaces. Esta formación permanente, complementada con el estudio
personal, que ya se viene impartiendo en la diócesis, deberá conocer nuevos
desarrollos y encontrar nuevos modos y medios para que sea todavía más eficaz.
Este será un modo concreto de hacer operativa la propuesta del Consejo Diocesano
de Pastoral, del pasado septiembre, de potenciar la formación de los sacerdotes,
tanto en la línea de su renovación como de su formación permanente.
5. Hombres de
comunión
33.
Por último, los pastores de la nueva evangelización han de estar hondamente
penetrados de una espiritualidad de comunión, pues "el gran desafío que tenemos
ante nosotros en el nuevo milenio es hacer de la Iglesia la casa y la escuela de
la comunión" (NMI 43). La comunión, en efecto, encarna y manifiesta el misterio
de la Iglesia, en cuanto que es fruto y manifestación del amor que brota en el
corazón del Padre y se nos comunica por medio del Espíritu que Jesús nos da,
para hacer de nosotros "un solo corazón y una sola alma" (Hech 4, 32). Por eso,
aunque hagamos muchas cosas, todas ellas serían inútiles si faltara la caridad,
el ágape (cf. 1 Co 13,2).
34.
Actualmente existen ya muchos órganos de comunión eclesial. Baste pensar, por
ejemplo, en el Sínodo de los Obispos, en las Conferencias Episcopales, y en los
Consejos Presbiteral y Pastoral de las diócesis. Pero estas estructuras servirán
de poco y serán cuerpos sin almas y "máscaras de comunión más que sus modos de
expresión y crecimiento" (NMI 43), si no están animados por el amor, real y
efectivo, de los unos hacia los otros y de todos al Padre por Cristo en el
Espíritu.
35.
Juan Pablo II ha especificado algunos rasgos esenciales de la espiritualidad de
comunión. El punto de partida es el de una "mirada del corazón sobre todo al
misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida
también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado" (NMI 43). De ahí,
brotará la "capacidad de sentir con el hermano de fe en la unidad profunda del
cuerpo místico y, por tanto, como `uno que me pertenece', para saber compartir
sus alegrías y sufrimientos, para intuir sus deseos y atender sus necesidades,
para ofrecerle una verdadera y profunda amistad" (Ib). En lógica coherencia,
nacerá en nosotros "la capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el
otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un `don para mí"' (Ib.). El
resultado final será la acogida del hermano tal cual es y el rechazo de las
tentaciones de egoísmo que nos acechan y engendran desconfianza, envidia y
rivalidad.
36.
En este clima, el Consejo de Presbiterio y los diversos consejos Pastorales
cobran un relieve extraordinario, aunque no se inspiren en los criterios de la
democracia parlamentaria. Porque llevan a "una escucha recíproca y eficaz entre
Pastores y fieles, manteniéndolos, por un lado, unidos a priori en todo lo que
es esencial y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo
opinable hacia opciones ponderadas y compartidas" (NMI 45) ¡Cuántos bienes se
derivarán de una comunión real y efectiva entre nosotros!
IV Orientaciones programáticas
37.
A la luz de lo anteriormente expuesto es preciso trazar algunas líneas
programáticas de acción que nos orienten y guíen durante los próximos años en la
reevangelización de nuestra diócesis.
1.
Revalorización del domingo
38.
Desde los tiempos apostólicos, el domingo ha sido el eje sobre el cual ha girado
la vida de las comunidades cristianas. Juan Pablo II no se cansa de repetirlo y
nos ha regalado un documento magnífico: la Carta Dies Domini. En la
exhortación "La Iglesia en Europa", tan importante para nosotros, expresa este
deseo: "Renuevo la invitación a recuperar el sentido profundo del día del
Señor, para que sea santificado con la participación en la Eucaristía y con
el descanso lleno de fraternidad y regocijo cristiano. Que se celebre como
centro de todo el culto" (EE, 82). No puede ser de otra manera, puesto que el
Domingo es el día de la Resurrección y de las apariciones del Resucitado, el
cual convoca a los suyos para celebrar en la Eucaristía su triunfo sobre el
pecado y la muerte. La Eucaristía dominical, con su doble mesa de la Palabra y
del Pan, debe ocupar el centro de toda nuestra acción pastoral con los
que ya han recibido los sacramentos de la iniciación.
39.
Esta centralidad del domingo y de la Eucaristía exige dar la mayor importancia
posible a la preparación de la celebración, a la misma celebración
y a los demás ámbitos sobre los que ella se proyecta. En este sentido es
necesario crear o perfeccionar equipos de liturgia bien formados, que sean
capaces de proclamar bien las lecturas, realizar con perfección el canto -en
particular el salmo responsorial-, hacer las moniciones pertinentes y cumplir
los demás servicios litúrgicos. Así lo señalan las Constituciones Sinodales,
cuando dicen que es preciso "promover y fomentar desde la delegación de Liturgia
la creación de equipos de liturgia a nivel parroquial y arciprestal, creando
cauces suficientes para garantizar una formación adecuada e integral" (CS 328).
En esta misma línea es preciso dar
gran importancia a la homilía, tanto en lo que respecta a su preparación
remota y próxima como a su realización. Dado que la homilía es, de hecho, el
medio primordial para la educación de la fe de la comunidad cristiana, cada uno
de los pastores tiene ante Dios la gravísima responsabilidad de esmerarse en sus
contenidos y lenguajes, como ya he indicado más arriba.
40.
Todas estas orientaciones van enmarcadas y completadas en lo que establecen las
Constituciones Sinodales sobre el número de misas, el descanso, la
caridad y las celebraciones en ausencia del sacerdote (CS 385-390).
2. Comunidades
de oración
41.
Nuestras comunidades parroquiales tienen que llegar a ser auténticas escuelas de
oración. Ciertamente, las comunidades religiosas y los que han recibido la
llamada a una especial consagración se pan distinguido siempre por su vida de
oración. Sin embargo, la dimensión orante es común a todos los discípulos de
Jesús, puesto que É1, además de un gran orante, fue un Maestro de oración y nos
instó a ser adoradores del Padre sin interrupción. Por otra parte, sin una
verdadera vida de oración los fieles "no sólo serían cristianos mediocres, sino
cristianos con riesgo" (NMI 34). Correrían, en efecto, el riesgo de que su fe se
debilitara progresivamente hasta caer en el indiferentismo religioso o en las
redes de las sectas. Por eso, es preciso "que la educación en la oración se
convierta, de alguna manera, en un punto determinante de todo programa pastoral"
(NMI, ib.).
42.
Para conseguir este objetivo, hemos de ir hacia la instauración, en todas las
parroquias de cierta entidad, del rezo de los Laudes y/o de las Vísperas, de
modo que los salmos vuelvan a resonar en nuestras comunidades como resonaron en
las de los primeros siglos. Esta implantación ha de seguir una pedagogía
adecuada y gradual; quizás puede comenzarse por los tiempos fuertes de Adviento,
Cuaresma y Pascua, o los domingos o un día concreto de la semana. Cada uno verá
el ritmo que conviene a su comunidad, aunque todos hemos de hacer propia esta
reflexión de Juan Pablo II: "Está quizás más cercano de cuanto se cree, el día
en que en la comunidad cristiana se conjuguen los múltiples compromisos
pastorales y de testimonio en el mundo con [...] el rezo de Laudes y Vísperas" (NMI
34). De alguna manera es recuperar una tradición que algunos habéis conocido en
vuestras parroquias o en la de vuestro pueblo.
43.
Junto a la oración litúrgica, en las parroquias han de florecer Grupos de
oración. El método de la lectio divina puede ser un buen instrumento.
Dentro de los Grupos de oración
merecen especial interés los eucarísticos. Urge impulsar la Adoración
Eucarística ante el Santísimo Sacramento Expuesto, la Adoración
Nocturna y otras.
3. El primer
anuncio de la fe: el Catecumenado
44.
En primer lugar, es preciso afrontar la evangelización de los adultos y de los
niños en edad escolar que no están bautizados. Esto comporta la instauración del
Catecumenado, tanto en la modalidad de adultos propiamente tales, como en la de
niños y adolescentes que están en el periodo escolar. Deseo que una y otra se
vayan implantando en las parroquias de la Capital, de Aranda y Miranda y de las
demás poblaciones que tienen una cierta entidad. Más adelante se darán unas
orientaciones generales -que aparecerán en el Boletín- sobre el Catecumenado que
luego se completarán por medio de las Delegaciones de Liturgia y Catequesis.
4. El anuncio de
la fe a los ya bautizados
45.
Además del primer anuncio de la fe a los que todavía no han recibido el
Bautismo, hemos de realizar una profunda evangelización con los que ya están
bautizados, tanto si han perdido la fe y/o son increyentes en la práctica, como
si continúan creyendo pero están alejados de la práctica religiosa. Incluso con
los que practican de modo habitual, pero necesitan vigorizar su fe para que ésta
influya realmente en su vida profesional, familiar y social y les convierta en
fermento de la masa. Este anuncio continuado de la fe se realiza,
principalmente, mediante los contactos personales e institucionales, la
catequesis de Confirmación y Comunión, la catequesis de jóvenes y adultos, la
preparación al Matrimonio y la homilía dominical.
46.
El núcleo central de la catequesis en todas sus modalidades y niveles
es el Misterio de Cristo Muerto y Resucitado tal como lo presenta la Sagrada
Escritura, lo celebra la Liturgia y lo propone la Tradición viva de la Iglesia.
Consiguientemente, este patrimonio y demás textos eclesiales ha de estar
medularmente presente en la predicación homilética y en la catequesis, tanto en
lo relativo a los contenidos como en la metodología.
Por otra parte, el Catecismo de
la Iglesia Católica es el Libro base de la catequesis que ha de
seguirse en todos los niveles y sectores, hechas las oportunas adaptaciones en
cada caso. A los pastores nos corresponde realizarlas personalmente o usar las
ya existentes, pero respetando siempre los contenidos y metodología de dicho
Catecismo. La catequesis no se limita a impartir un bloque de verdades sino que
trata de introducir en la vivencia del Misterio de Cristo. Esta orientación
catecumenal tiene -como señalan las Constituciones Sinodales- especial
importancia en la catequesis de Confirmación (CS 348), Comunión (CS 357-359) y
Matrimonio (CS 380-384).
5. Selección y
formación de los catequistas
47.
Esta catequesis sólo es posible si contamos con equipos de catequistas bien
formados y comprometidos. Los catequistas son los testigos de la fe
ante los catecúmenos y ante los que ya han recibido el Bautismo. No sólo
transmiten las verdades de la fe sino que testifican esta fe con su vida. Su
importancia es, por tanto, extraordinaria y exige que sean bien
seleccionados y cuidadosamente formados. Los criterios para esta
selección y formación han de ser, entre otros, los siguientes: una recta y
sólida formación doctrinal, la participación regular en la liturgia -sobre todo
en la Eucaristía del domingo-, y una vida coherente con su condición cristiana.
Los pastores hemos de tener la clara conciencia de que la formación de los
catequistas ocupa una parte importante de nuestro tiempo y que el fruto
apostólico de nuestro ministerio está en íntima relación con la calidad de
nuestros catequistas.
Los pastores y catequistas debemos
ser conscientes de que no es suficiente trabajar por y para Dios
sino, sobre todo, trabajar en lo que Dios quiere. Permitidme, pues, que insista
en que nosotros somos únicamente instrumentos frágiles y débiles, aunque
queridos y amados por Dios. El gran protagonista es Él.
6. La dimensión
caritativo-social
48.
Junto al anuncio de la fe, hemos de potenciar la dimensión de la caridad
en nuestras comunidades. "Este es un ámbito que caracteriza de modo decisivo la
vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral [...] Si
verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo
descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido
identificarse: `He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me
habéis dado de beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo y me habéis
vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme' (Mt
25, 3536). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página
de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia
comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la
ortodoxia" (NMI 49).
49.
Ciertamente, nadie puede quedar excluido del amor de un sacerdote. Pero
"ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los
pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción
preferencial por ellos" (Ib). Ahora bien, este amor preferencial no es simple
filantropía sino caridad cristiana y comporta "reconocer que las personas valen
por sí mismas, cualesquiera que sean sus condiciones económicas, culturales o
sociales en que se encuentren, ayudándolas a valorar sus propias capacidades"
(EE 86).
Se abre aquí un inmenso abanico que
incluye a los pobres de solemnidad, los emigrantes, los desempleados, los
enfermos, los ancianos que se encuentran solos, los matrimonios rotos o en
crisis, las madres con dificultades para llevar a término su embarazo, los
explotados sexualmente y todo ese amplio espectro de la marginación.
50.
Mención especial merecen los alejados de Dios por el pecado. Nadie es más pobre
que quien se ha marchado de la casa del Padre o ha roto sus lazos de filiación
con él. Por eso, ir en busca de los pecadores, acogerles con misericordia,
perdonarles paternalmente los pecados en el sacramento de la reconciliación,
curar sus heridas y abrirles horizontes de esperanza no sólo forma parte del
amor preferencial a los pobres sino que ocupa la primacía en el amor de un
corazón sacerdotal. ¡Sólo nosotros podemos perdonar los pecados y nadie como
nosotros puede ejercer las funciones de médico y maestro espiritual de los
hombres!
7. Dimensión
apostólica y misionera de la parroquia
51.
Aunque muchos cristianos no tienen conciencia de ello, la dimensión apostólica o
misionera de todo bautizado es tan fundamental que de ella dependerá que
la Iglesia sea o no fermento del mundo y sal de la tierra. Dada la situación en
que nos encontramos, es imprescindible que la dimensión misionera esté presente
-de modo continuo e insistente- en todas las iniciativas parroquiales,
comenzando por los niños y, en su caso, por los catecúmenos. Mientras los
cristianos no posean verdadero empuje misionero y apostólico no podremos hacer
una labor pastoral eficaz.
En esta perspectiva, asumo con
agrado la propuesta de Consejo Diocesano de Pastoral, cuando sugería que fuese
tarea prioritaria que las parroquias, arciprestazgos y diócesis den paso al
"nosotros parroquial" y a un nuevo modelo de parroquia. La potenciación de los
Consejos Pastorales, que dicho Consejo proponía como otra gran urgencia,
encuentra aquí su plena justificación.
8. Pastoral
familiar
52.
La pastoral familiar ocupa hoy un lugar privilegiado. No se trata de hacer ésta
o aquella acción, sino de crear una nueva cultura de la familia, porque
el desafío es cultural. Hoy, en efecto, lo que se presenta como alternativa de
la familia tradicional y cristiana es un nuevo modelo de familia, donde
se postula, por ejemplo, la familia monoparental, sin hijos, entre dos personas
del mismo género y con un compromiso de amor que dura mientras pervive el amor
sentimental. Este "nuevo modelo" ha calado en amplios sectores de la sociedad,
especialmente entre los jóvenes. El resultado es un gravísimo deterioro del
matrimonio y de la familia. Por eso, además de tomar conciencia de este
fenómeno, hemos de tener la audacia de reproponer como realidad maravillosa el
amor mutuo, exclusivo y de por vida entre un hombre y una mujer; el don
inigualable de los hijos; la familia como ámbito supremo de sociabilidad y como
santuario donde nace y se desarrolla toda vida desde el momento de su concepción
hasta el de su muerte natural.
53.
Todo esto conlleva superar la equiparación entre pastoral familiar y
pastoral de Cursillos prematrimoniales y charlas de formación a matrimonios,
y dar paso a una pastoral matrimonial que comienza en la edad del
noviazgo y se extiende a la vida nueva que surge con el matrimonio. Dentro de
esta última, cada día será más necesaria una pastoral especializada en ayudar a
los matrimonios que se encuentran en situación conflictiva o irregular. Otras
uniones, aunque no formen familia ni sean equiparables al matrimonio, también
han de ser objeto de nuestra pastoral. La Delegación de la Familia tiene aquí un
reto importante de cara al inmediato y próximo futuro.
9. Compromiso
socio-político
54.
La actividad del cristiano tiene siempre una dimensión social y política, puesto
que todas sus acciones y omisiones influyen, de modo positivo o negativo, en el
ordenamiento de las realidades humanas: la familia, la cultura, la economía, la
política, el deporte, etc. Es verdad que algunos se dedican de modo profesional
a la política de partidos y al sindicalismo. Pero esto no lleva consigo que los
demás no deban preocuparse con responsabilidad de los ámbitos en los que se
desenvuelve su vida familiar, profesional y social. Como hemos recordado los
obispos españoles, "la fe que profesamos no es algo privado, sino que es
constitutiva y esencialmente pública y por consiguiente tiene implicaciones
políticas" (CLIM 52).
Los laicos cristianos han de ser
conscientes del papel irrenunciable que les corresponde en el ordenamiento de la
sociedad y actuar en todos los ámbitos de decisión: desde un comité de empresa,
a un sindicato, un partido político, una asociación de vecinos o una junta
vecinal. La responsabilidad sociopolítica del laico cristiano no se agota en el
ejercicio democrático y responsable del voto. Ciertamente, ese es un momento de
especial responsabilidad, puesto que deben elegir a quienes, según su conciencia
rectamente formada, defienden mejor los derechos de la persona humana y respetan
más sus creencias religiosas. Pero es preciso que, de modo individual y
asociado, actúen en cualquiera de las estructuras y niveles sociales.
55.
Hoy son campos de especial importancia los del matrimonio, la familia, la
libertad de enseñanza, la libertad para ejercer la propia religión, y los
órganos de decisión de los partidos políticos en todos sus niveles: local,
regional y nacional. Es una grave irresponsabilidad ausentarse de esos areópagos
o actuar de modo incompetente.
56.
Dada la escasa sensibilidad que tienen muchos católicos en este campo, es
imprescindible "invitar y animar a los padres para que participen en las
asociaciones de padres" (CS 194), "fomentar y ayudar a las asociaciones
juveniles" (CS 195), "fomentar especialmente el compromiso cristiano desde los
centros de enseñanza confesionalmente católicos" (CS 198) y "crear y potenciar
pequeñas comunidades de referencia en las parroquias que apoyen e iluminen desde
la fe y la vida a los miembros que participen en los programas concretos de
caridad y compromiso sociopolítico" (CS 207).
Los pastores tenemos la
responsabilidad de realizar una constante y seria formación de los laicos en el
campo sociopolítico, que despierte sus conciencias, las ilumine con una doctrina
recta, las forme en la responsabilidad y las proyecte hacia una acción decidida
y valiente.
10. Los jóvenes
57.
Es un hecho que una gran mayoría de jóvenes -de uno y otro sexo- están alejados
de la fe y vida de la Iglesia y tiene una gran falta de formación cristiana.
Dado que ellos son el porvenir de la Iglesia y de la sociedad, es urgente
afrontar este problema. Los sacerdotes jóvenes encuentran aquí un campo
especialmente apto, por tener en común con ellos la edad, mentalidad,
sensibilidad y sintonía; aunque los padres han de percibir que esta tarea de la
educación de la fe de sus hijos es una coronación de su propia paternidad.
El Sínodo diocesano dio algunas
orientaciones (cf. CS 64-67). Pero es preciso hacer una apuesta decidida por
este sector y ser muy creativos y ambiciosos. "No se ha de tener miedo a ser
exigentes con ellos en lo que atañe a su crecimiento espiritual. Se les debe
indicar el camino de la santidad, estimulándoles a tomar decisiones
comprometidas en el seguimiento de Jesús, fortalecidos con una vida sacramental
intensa" (EE 62).
58.
Todos somos conscientes de la gran dificultad que comporta la pastoral juvenil
en un ambiente tan enrarecido moralmente como el actual. Pero somos conscientes
también de que los jóvenes tienen una gran capacidad de generosidad, idealismo y
deseos de cosas grandes. Por otra parte, la pujanza del voluntariado
demuestra que hay muchos jóvenes, de uno y otro sexo, dispuestos a entregar su
tiempo, energías e ilusiones a favor de los más necesitados.
11. El
compromiso con la cultura
59.
La Iglesia ha realizado una enorme labor en el campo de la cultura. A lo largo
de los siglos, creó escuelas y universidades, construyó hospitales, impulsó las
artes plásticas, apoyó a los poetas, escultores y pintores, e impulsó la ciencia
y la literatura. Sin embargo, con el paso de los siglos y la llegada de la
modernidad descuidó este campo o, cuando menos, lo impulsó con menor decisión.
Así se explica que hoy no se oigan tantas voces cristianas como sería deseable
en las diversas ramas del saber: la filosofía, la historia, la literatura, la
técnica, el arte, las ciencias de la información, etc.
60. Esta realidad no ha
estado ausente de nuestra Iglesia local. Por eso, es urgente asumir un decidido
compromiso con la cultura, puesto que hemos de crear una sociedad nueva que
tenga como base la dignidad de la persona humana y como horizonte la igualdad de
todos los hombres, con independencia de su credo, cultura, etnia o geografía.
Dentro de este compromiso con la cultura se enmarca la atención pastoral a los
sectores intelectuales de diverso signo, a los profesores y alumnos de la
Universidad, Escuelas Técnicas y Colegios, a los dirigentes empresariales y
sindicales, a los políticos, etc. El compromiso es tan decidido, que he creado
una Vicaría específica: la Vicaría de Cultura y Sociedad, para que dé un
decidido impulso a este importantísimo y vasto sector.
Conclusión
61.
La Iglesia que vive en Burgos es un testigo cualificado de que nuestras raíces
culturales, sociales y religiosas son cristianas. La fe ha penetrado de tal modo
en las gentes y actividades de nuestra tierra, que Burgos no es pensable fuera
de este contexto cristiano. Sólo él explica la creación y conservación de
nuestra sin par catedral, de nuestro riquísimo patrimonio pictórico, escultórico
y arquitectónico, de nuestras abadías y cenobios, del inestimable fondo
archivístico y bibliográfico, de instituciones tan emblemáticas como los
hospitales de Barrantes, la Concepción y del Rey, de Colegiatas y monasterios
tan famosos como Covarrubias, Silos y la Cartuja de Miraflores, de tantas
ermitas como esmaltan nuestra geografía, de incontables familias ricas en
santidad y en hijos, de tantos hombres y mujeres esparcidas por los cinco
continentes cuya gran mayoría son misioneros católicos, etc. Sin miedo a la
exageración puede afirmarse que Jesucristo ha dado sentido a la familia, al
trabajo, a las alegrías, al dolor y a la muerte y a la vida entera de nuestros
hombres y mujeres.
62.
Sin embargo, toda esta maravillosa realidad corre un serio peligro de
perderse o de sufrir daños irreparables, pues las nuevas generaciones no
siguen a Jesucristo o le miran como un líder humano o uno más entre los diversos
fundadores de religiones.
Nosotros sabemos bien que Jesucristo
no es una figura histórica que ya pasó, ni un Mesías más de los muchos que han
aparecido a lo largo de los siglos, ni un puro hombre, todo lo genial que se
quiera, pero hombre al fin y al cabo. Sabemos que Él es el Hijo amado del Padre
y el enviado por Él al mundo para redimirlo, el único Salvador, el que
nos ha amado a cada uno de nosotros hasta el extremo de dar la vida, el que ha
triunfado ya del pecado y de la muerte y nos ha incorporado a ese triunfo, el
que un día nos hará resucitar para nunca más volver a morir. Además, sabemos
que, sin mérito de nuestra parte y por pura benevolencia suya, hemos sido
llamados para darle a conocer y hacerle amar de todos, incluidas las nuevas
generaciones de hombres y mujeres que se van incorporando a la vida e
historia de nuestra tierra.
63.
Nosotros hemos de asumir el compromiso -¡gozosísimo compromiso!- de empeñar en
tan apasionante tarea nuestro tiempo, nuestras cualidades, nuestras
ilusiones, nuestros proyectos, en una palabra: nuestra entera existencia
sacerdotal sin regatear esfuerzos, fatigas, incomprensiones y dificultades.
Sabemos que personalmente estamos
llenos de flaquezas, debilidades y limitaciones. Pero contamos con la
presencia y el poder de Cristo que quiere estar junto a nosotros para
fortalecer nuestra fe, sostener nuestra esperanza, fecundar nuestra caridad,
alimentarnos con el Pan de su Palabra y de su Cuerpo, reconciliarnos con su
perdón y librarnos del derrotismo, del pesimismo y de las falsas utopías.
Ante la gran crisis que
estamos padeciendo, Él nos repite las mismas palabras que a los primeros
apóstoles: "¡no tengáis miedo!", "Yo he vencido al mundo", "Yo estoy con
vosotros", "Yo os envío para que deis fruto abundante".
Pertrechados con estas palabras, nos
viene a decir también el Maestro: "Remad mar adentro y echad las redes para
pescar". Echadlas en todos los mares del mundo: en el mar de los hombres y
mujeres que han venido de otras naciones en las que no oyeron hablar de Mí, en
el de los que se bautizaron cuando eran niños pero ahora viven como si Yo no
existiera, en el de los jóvenes que han de abrirse a mi evangelio, en el de las
personas adultas que necesitan ser confirmadas en la fe, en el de los
intelectuales, en el de los pobres y enfermos. Echad mis redes, no las
vuestras. Y echadlas donde y como Yo os mando. Echadlas fiados en
mi Palabra, no en vuestros cálculos.
64.
Nosotros echaremos las redes llenos de confianza y seguros de hacer una gran
redada, pues serán unas redes de obediencia a nuestro Señor y estarán
iluminadas por la luz que desprende la que es la "Estrella de la nueva
evangelización": María. Ella, que estuvo presente en la primera evangelización y
en las diversas etapas de la historia evangelizadora, seguirá ayudándonos para
que su Hijo sea anunciado, celebrado y vivido en estos momentos transcendentales
de nuestra diócesis.
Burgos, 7 de octubre, festividad de
Nuestra Señora del Rosario
†
FRANCISCO GIL
Arzobispo de Burgos
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