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Homilías |
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Fiesta de Todos los Santos
Cementerio de San José - 1 noviembre 2002 |
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1.
“Después de esto apareció una muchedumbre inmensa que nadie podría contar
(...) con vestiduras blancas y palmas en sus manos.
El
libro del apocalipsis presenta como parte del cortejo de Cristo “una
muchedumbre inmensa”: tantos y tantos familiares a quienes veneramos hoy con
nuestra visita a los cementerios. El Símbolo
de los Apóstoles, resumen fiel de la fe de aquellos primeros seguidores de
Cristo y antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma1
profesa: “Creo en la Comunión de los Santos en el perdón de los pecados, en
la resurrección de la carne y en la vida eterna”. Son verdades cristianas que
tienen en esta jornada una especial actualidad.
Celebramos
hoy la solemnidad de Todos los Santos. Evocamos la memoria de los que nos han
precedido y han alcanzado ya su destino definitivo, la felicidad eterna: el
gozar para siempre del amor de Dios en el Cielo, el verle “tal cual es” (1
Jn 3, 2). La Iglesia, con su magisterio infalible, canoniza a algunos fieles que
han destacado en la práctica de las virtudes y expone su doctrina y su vida
como modelo para los que aún estamos aquí. Pero no son ellos los únicos que
están en el Cielo: hay muchos más, “una muchedumbre inmensa”, ya que
“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad” (I Tim 2, 4).
Son
tantas las personas santas que, sin llamar la atención, han amado a Dios sobre
todas las cosas y han entregado su vida en servicio del prójimo. La muchedumbre
es realmente inmensa: sacerdotes, religiosos y religiosas que han seguido con
fidelidad su vocación; profesionales honrados que han convertido su trabajo en
oración al hacerlo movidos por el amor de Dios: madres y padres de familia que
se han olvidado de sí mismos y han servido a los demás y muy en concreto a los
propios hijos... Allí se encuentran tantos que han sufrido en este mundo, sin
que sepamos explicar el porqué: víctimas de la guerra o del terrorismo, niños
fallecidos en su inocencia, enfermos, pobres o abandonados.
La
“Comunión de los santos” nos recuerda que la Iglesia está formada por los
que están en el cielo, por los que está en el purgatorio y por los que estamos
en la tierra. Existe entre todos ellos una comunicación de bienes espirituales.
Con palabras de Pablo VI: “Existe entre los fieles –tanto entre quienes ya
son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que
peregrinan todavía en la tierra– un constante vínculo de amor y un abundante
intercambio de todos los bienes”.
Cuentan
cómo en una ocasión, al final de su vida, ya muy enferma por la tuberculosis,
Santa Teresita del Niño Jesús caminaba penosamente por el jardín de su
convento. Al ver cómo sufría, la carmelita que la acompañaba le propuso
sentarse, pero ella prefirió seguir y le explicó: “Ando por un misionero.
Pienso que en mitad de la selva o del desierto habrá alguno muy cansado, casi
al límite de sus fuerzas y yo ando por él. Ofrezco este esfuerzo mío para que
Dios aumente su fuerza”.
2. Este
dogma tan consolador tiene una especial aplicación para los fieles difuntos:
rezar por ellos. Estamos aquí no en una mera reunión social; ni siquiera en un
homenaje o un emocionado recuerdo de los seres queridos que ya no están entre
nosotros. Nos encontramos aquí para rezar por ellos.
La
Iglesia unió desde fechas muy antiguas la celebración de Todos los Santos y la
conmemoración de los fieles difuntos. A1 recuerdo de los que ya estaban en el
Cielo se unió así el de los ya fallecidos que podrían estar en el purgatorio.
La Iglesia quiere que se rece especialmente por ellos. La Iglesia permite a los
sacerdotes celebrar por este motivo en esa fecha de los difuntos tres veces la
Santa Misa en sufragio por los difuntos.
Con
la muerte, que es la separación de alma y cuerpo no acaba todo. A la muerte
sigue el Juicio particular y ya el alma separada del cuerpo recibe premio o
castigo por sus obras en el Cielo, o en el Infierno. Muchas de ellas, antes de
gozar de Dios se purifican en el Purgatorio. Su sufrimiento ciertamente es
grande, pero totalmente diverso del que existe en el Infierno, porque es
preparación a la dicha del Cielo.
Acabado
el curso de esta vida, el ser humano ya no es capaz de merecer. Las almas del
Purgatorio necesitan especialmente nuestra ayuda para que se acorte su
purificación y vayan cuanto antes a gozar de Dios. Y, con ese fin, ofrecemos
sufragios: el sacrificio eucarístico, en primer lugar, y tantas otras
devociones con las que se pueden ganar indulgencias aplicables por nosotros
mismos o por los difuntos.
Cuando
la mente humana ha perdido toda capacidad para conocer el más allá, nuestra fe
nos hace ciertos de la grandeza de muestra vocación: estos cuerpos vencidos por
la enfermedad y la muerte volverán a la vida. ¡Creo en la resurrección de la
carne! Cristo ha resucitado; Él es la garantía de nuestra resurrección
gloriosa.
Continuamos
ahora el sacrificio de la Misa. La ofrecemos por los difuntos: por los más
cercanos y también por los más lejanos ya que todos son hermanos nuestros en
Cristo. Y sabemos que la Virgen llevará estas oraciones a la presencia de su
Hijo. Ella es nuestra Madre y a Ella acudimos para que ayude a todas las almas
del Purgatorio. Que así sea.
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Día del Reservado
Seminario de San José - 10 noviembre 2002 |
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Queridísimo
Sr. Rector y Superiores del Seminario, queridos sacerdotes concelebrantes.
Queridísimos seminaristas y queridas familias y amados todos:
Es
una gran alegría celebrar hoy, aquí esta fiesta de Jesús: el Santísimo,
reservado en nuestro Sagrario. Es uno de los primeros recuerdos que tengo del
Seminario. También allá, en el Seminario de Murcia, celebrábamos en esta
misma fecha y por los mismos motivos esta festividad que nos hacía, ya desde
los primeros días del ingreso en el Seminario, tener un punto de referencia
importante en nuestra vida de preparación hacia el sacerdocio.
Quisiera
en estas palabras guiarme de la mano de San Juan evangelista para reflexionar y
hacer oración juntos en torno a Jesús en la Eucaristía. Juan era un chaval
como vosotros, más o menos de vuestra edad, cuando seguía a Juan Bautista en
la búsqueda de la verdad y del bien. Y esto es lo que cada uno de vosotros ha
recibido en esos hogares cristianos: esa perspicacia para conectar con el bien,
con la bondad, con la verdad. Y un buen día pasó Jesús junto a él y él,
escuchando la palabra de su maestro el Bautista, supo detectar en Jesús el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y un tanto tímidos, él y su
amigo Andrés, se decidieron seguir a Jesús. El Señor, que bien sabía los
sentimientos que albergaban sus corazones, se volvió hacia ellos, y como
provocando el encuentro, les preguntó: “¿A quién buscáis, qué queréis?”.
Ellos, manifestando el deseo de estar con él, contestaron: “Señor, ¿donde
vives?” “Venid y lo veréis”. Este es el diálogo que nos relatan los
evangelios en los que describe Juan su primer encuentro con Jesús. Su corazón
quedó prendado del Maestro.
“Venid
y veréis”. Jesús les hizo participar de su vida, los hizo sus amigos. Fueron
tratándole y conociéndole, cada vez más dispuestos a dejarse condicionar toda
la existencia por el Maestro, por Jesús de Nazaret. Pero Jesús tenía que dar
un estirón a aquellos corazones nobles, buenos y
generosos; debían pasar de un plano de amistad normal y espontánea a un
plano de entrega total, de esa entrega que sólo se explica en la medida en que
uno se deja arrebatar por Dios. Por eso, cuando ya llevaban un cierto tiempo con
Él, Jesús les habló de la Eucaristía; les dijo que Él era el pan vivo
bajado del cielo, que quien comiera de ese pan viviría para siempre. Ellos
entendieron muy bien, y empezaron a vivir un momento de crisis, un momento de
vacilación, porque el salto que se les pedía era desde la amistad humana a la
entrega plena a Dios. Algunos empezaron a vacilar en su decisión de seguir a
Jesús. Incluso los Apóstoles comenzaron a estar especialmente inquietos. En
este momento Jesús les abordó decididamente: “¿También vosotros queréis
iros?” (Jn 6, 67). Este fue el momento del gran crecimiento en la fe. Ellos
sabían que podían confiar plenamente en Cristo, era el amigo, pero en ese
momento reciben la gracia de esa decisión de entrega y, por boca de Pedro, le
manifiestan: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y
nosotros hemos creído’’ (Jn 6, 68s). No entienden cómo va a ser posible
que coman su cuerpo y beban su sangre, pero creen. Ese salto en su fe desde la
amistad humana a la entrega a su Dios y Señor, hará posible que sean ministros
de Cristo el día de mañana con una disponibilidad total, no basada simplemente
en el condividir los proyectos sino en asumirlos, rendidamente entregados. Por
eso, cuando llega el momento de la Última Cena y Cristo les anuncia su pasión
y muerte, y adelanta en un día aquella realidad, transformando el pan en su
propio cuerpo entregado y el vino en su sangre vertida por la redención del
mundo, los Apóstoles asienten y participan con naturalidad en el misterio en el
que ya habían creído. Entonces, sólo quien no está unido a Cristo por la
gracia, por la amistad, necesita ausentarse, porque había roto aquel vínculo
de amor. Él, que durante los años de la predicación había abierto su corazón
y su intimidad a los apóstoles y les había dado acceso a su propia intimidad,
les revelaba y manifestaba ahora su plena donación por ellos y por toda la
Iglesia.
Este
cuerpo entregado, esta sangre vertida, derramada para la redención de los
pecados: ahí está Jesús significándonos el vértice del sentido de su vida.
Y revelándonos también el sentido de la vida de la Iglesia. Una donación
total, una donación que requiere ministros que van a ser ellos, los Apóstoles.
Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía (…). Este
cáliz es el nuevo testamento en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto
en memoria mía” (1 Cor 11, 25). Cristo en el sacrificio de la Cruz no se
realiza de una vez para siempre en la
historia indicando ya todos los parámetros de la existencia de la vida de la
Iglesia, sino que en esa noche de la Cena del Señor quedará para su Iglesia
como el tesoro que la va configurando y la va concreando
Hoy,
en esta Eucaristía, en esta conmemoración especialísima de nuestro Reservado,
de Cristo entre nosotros, estamos secundando la voluntad de Cristo. Y
estamos señalando el ápice de nuestra amistad con Cristo. Ya sé que cada
uno de vosotros sois amigos de Jesús, como Juan, el evangelista, el discípulo
amado. Pero si sois amigos de Cristo, esa amistad ha de crecer y desarrollarse
en una progresión creciente y en ese trato con Jesús en la Eucaristía
encontraremos el término de nuestro amor y, a la vez, la dinámica de ese
crecimiento en la amistad. Porque, en la Eucaristía, no sólo está realmente
presente aquel mismo Cristo que recorrió las calles de este mundo, las plazas,
los caminos, los sembrados…, sino que también nos está indicando las leyes
de ese crecimiento. Y el crecimiento está exigiendo una donación y una
entrega.
Queridos
seminaristas: Jesús en la Eucaristía, en el sagrario, es el centro de nuestra
vida. Se hará presente en cada celebración eucarística. Pero ese momento
central del día tiene que iluminar todas nuestras actividades y toda nuestra
existencia: desde lo más sencillo y normal de un día –clases, trabajo,
estudio, relaciones, deporte…– a esos otros momentos de la oración, de la
reflexión, del dejar que el Señor se nos cuele en el corazón y nos vaya
pidiendo más y más. Ahí, en ese diálogo de escucha y respuesta es donde se
va configurando humana y sobrenaturalmente
ése que un día va a recibir la imposición de las manos para servicio del
pueblo santo de Dios.
Queridas
familias: una vocación surgida de vuestro hogar no es mérito del todo vuestro,
pero sí habéis tenido mucho que ver. Al formar un hogar cristiano, cada uno de
vosotros ha sido un instrumento apto para que el Señor pueda depositar esa
elección y para que vuestro hijo, vuestros hijos, puedan detectar esa llamada.
Con la gracia de Dios, habéis creado el ámbito propicio para corresponder a
ella. Juan el Evangelista había seguido a Juan Bautista porque ya había
recibido en su familia aquella orientación noble, sana, leal del hogar de sus
padres. Por eso fue posible aquel encuentro con Cristo, y secundaron con
generosidad la respuesta a la gracia para que aquello culminara en un fruto
maduro. Cuando Juan Evangelista reclina su cabeza en el pecho del Señor en la
Última Cena, había ya conquistado las cimas de la amistad con Cristo y
estaba llegando a la intimidad de esa comunicación con Cristo en el
misterio eucarístico.
Que
cada uno de vosotros –esposos, esposas– que todo el hogar que componéis con
vuestros hijos, continúe siendo ese hogar en el que la Eucaristía –la santa
Misa, la visita al Santísimo, la oración desde su hogar, o caminando por las
calles de la ciudad y divisando aquella torre o aquella iglesia o aquella espadaña–,
sea el centro. Que sepáis hablar a Cristo de lo que es el tesoro de vuestro
hogar, vuestros hijos, y que a la vez les sostengáis con vuestra oración.
Nadie puede sostener la vocación de los seminaristas y de los sacerdotes con
medios humanos. No es posible perseverar en el bien, en el seminario ni en el
sacerdocio por intereses naturales, sin acudir a los medios sobrenaturales. Sólo
y en la medida en que Cristo penetra en nuestros corazones y nuestra amistad con
el Señor se hace recia y fuerte, adquiere sentido esa entrega de donación
total e incondicionada en bien del pueblo santo de Dios. Muchas gracias por
vuestra vida cristiana, por vuestra nobleza y lealtad para con Dios. Un esfuerzo
más para que ese hogar a la vez que es fuente de bien para vuestros hijos, sea
también fuente de ayuda y correspondencia para la respuesta de ellos cada día.
Y
ahora quiero referirme al Seminario, este otro hogar que, con el vuestro,
secunda la llamada que Dios ha hecho a cada uno de vuestros hijos. El Rector y
los formadores saben bien que el centro de la formación humana y espiritual de
los que se preparan para el sacerdocio es el sacrificio de Cristo que se nos
hace presente en la Eucaristía. Son ellos, los mismos superiores, los que
clavados tantas veces ante Jesús, presente en el Sagrario imploran esas gracias
para ellos y para cada uno de los seminaristas y luego a través del coloquio,
la formación, el trato, van orientándolos y guiándolos hacia metas
superiores. Muchas gracias, señor Rector y formadores del Seminario, por
vuestra entrega. Una entrega que no es de tiempo parcial, sino que requiere
también una dedicación total, plena, de todas vuestras horas, pero sobre todo
de vuestras ilusiones, de vuestros pensamientos, de vuestras aspiraciones. Que
este mismo misterio eucarístico conforme las relaciones de cada uno de vosotros
con los seminaristas.
No
quiero olvidar tampoco a los profesores, que dais ese aporte de la ciencia, de
la formación humana y junto a él, sabéis proporcionar el testimonio de una
vida cristiana coherente. No ignoráis que en esa formación lo más decisivo es
la calidad de vuestro trato, de vuestro cariño, de vuestra amistad. Porque cada
uno de los seminaristas se siente bien querido por todos los que trabajáis en
su formación y, por eso, tienen la nobleza de la apertura, de la confianza al
hablar de sus alegrías y penas, de sus dificultades y de sus luchas. Ese clima
de amistad y confianza es precisamente el que emana de la Eucaristía; es la
confianza en el trato que Jesús tuvo con sus apóstoles y
que ahora nos entrega como programa de toda nuestra vida. Pedimos a Jesús,
entregado en el misterio de su Cuerpo y Sangre que hoy celebramos, que cada uno
de vosotros –con la alegría de corresponder a esa llamada de Dios– (crezcáis
y uséis) (crezca y use) todos los medios que tiene a su disposición.
Muchas
gracias a todos los demás colaboradores. También a quienes hacen trabajos de
limpieza, de acogida…, a todos cuantos desarrollan en estas tareas grandes o
aparentemente sencillas. Sabed, todos cuantos colaboráis con vuestra ayuda para
que esta casa salga adelante, que estáis haciendo un trabajo que no se puede
pagar con unas recompensas materiales: estáis haciendo un gran servicio a toda
la diócesis. Muchas gracias a todos los colaboradores.
Alabado
sea el Señor Sacramentado. Sea por siempre bendito y alabado.
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Día del Reservado
En las Vísperas - 9 noviembre 2002 |
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Con
vuestra licencia, soberano Señor sacramentado.
Queridos
hermanos:
Aquí,
ante el Señor expuesto en la custodia, la Iglesia, Pueblo sacerdotal, es
especialmente consciente del bien de su entrega y de su permanencia en la donación
a través de la historia. Recordamos y apreciamos aquella promesa de Cristo:
“Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt
28, 20). Con estas palabras de Jesús resucitado antes de subir al Cielo, la
Iglesia tiene garantizada la eficacia de todo su quehacer a lo largo de la
historia. Es mucho y grande el trabajo que supone la misión que ha recibido,
pero tiene la certeza de contar con su dueño y fundador para la realización de
tal misión.
Tú,
Jesús, eres el Emmanuel, el Dios con nosotros, desde tu Encarnación hasta el
final de los tiempos, pasando por ese momento en que quisiste que tu pasión
salvadora permaneciera presente en nuestros altares. Los signos de tu presencia
en el Antiguo Testamento eran eso, signos de algo que anunciaban. La columna de
nube protectora, el Maná que alimentaba a tu pueblo… eran manifestaciones de
la presencia de Dios que habían de desarrollarse y cuajar en esta maravilla de
tu presencia real y sustancial en tu pueblo.
Tú
eres entre nosotros la Eucaristía, la acción de gracias que surgiendo de todos
nuestros corazones se aúna en ese sacrificio tuyo para glorificación del
Padre. Y la Eucaristía ha quedado para toda la Iglesia como centro y fuente de
su vida. Por ello, el Concilio Vaticano II nos recuerda que ahí tenemos
nosotros como pueblo santo de Dios esa fuente, esa raíz de toda la vida
cristiana (cfr. LG 11). A ella se ordenan todos los demás sacramentos y desde
ella manan todas las virtualidades para que los sacramentos sean fecundos. Toda
actividad ministerial tiene en la Eucaristía su centro y convergencia. Por eso,
en este memorial de la Pasión de Cristo y de su presencia real entre nosotros
se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. Cristo, nuestra Pascua (cfr
PO 5).
Para
todos los fieles, por tanto, pero muy especialmente para los presbíteros, el
sacrificio eucarístico es centro y raíz de su vida cristiana (PO 14). Lo es de
hecho, aunque nosotros no nos diéramos cuenta. Pero Cristo quiere que vivamos
conscientemente esa dádiva y esa raíz y fundamento de toda nuestra vida de
comunión con Él. Por ello, el conocer y asimilar en nuestra existencia esta
realidad de tu entrega vivifica, no ya sólo la Iglesia sustancialmente sino
nuestras vidas personales, convirtiéndolas en vidas de ministros y de
cristianos santos que realizan conscientemente esa virtualidad transformadora
del sacrificio de Cristo.
“Sabed
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
Este don, este regalo del amor de Dios hecho presente en nuestra historia es un
bien que nosotros como Iglesia de Cristo debemos acoger, respetar y defender,
porque nuestra adhesión al misterio viene a través de la fe. Y todo lo que
deforma la fe destruye esa magnanimidad de su entrega a nosotros y de nuestra
acogida. Por esto, la Iglesia a través de toda la historia ha defendido como
don precioso la realidad del misterio eucarístico frente a cualquier deformación
que pudiera minimizarlo, destruirlo en nuestros corazones.
Esta
mañana celebrábamos la santa Misa renovando, haciendo de nuevo presente de
manera incruenta, el único Sacrificio de la Cruz. Es el sacrificio de Cristo el
que se hace actual a través de la fuerza poderosa de representar a Cristo y de
realizar sacramentalmente cuanto Él nos mandó: “Hacedlo en memoria mía”.
Más tarde, al concluir la Eucaristía, Tú Señor, te has quedado expuesto en
esta custodia, acompañado por la oración y el cariño de tantos y tantos
corazones: los alumnos del seminario, sus familias y todos aquellos que han
podido sumarse a esta celebración tan querida en esta ciudad de la fiesta del
Reservado. Sabemos que estás aquí.
A
lo largo de los siglos el Magisterio de la Iglesia, fiel a la misión de
transmitir la verdad que Tú nos has dejado, ha clarificado siempre y defendido
inexorablemente esa fe sobre la verdad de este sacramento. Algunos han querido
reducirla a signo de tu presencia, Señor. Y ciertamente es signo, pero no es sólo
signo, sino realidad, presencia real a través de este sacramento. Otros
hubieran querido limitar esa presencia al término de la celebración eucarística.
La
fe de la Iglesia se ha mantenido inalterable a través de los siglos. Ha
profundizado cada vez con una mayor penetración de luz y de fe en el misterio y
en todo momento ha tratado de clarificar y rechazar los errores que podían
darse. Dios está aquí. El mismo Cristo que nació en Belén, que vivió en
Nazaret, que predicó e hizo milagros por toda Palestina, que murió en la cruz,
que resucitó y que ascendió a los cielos. Tú, Señor, estás aquí con tu
cuerpo, sangre, alma y divinidad; verdadera, real y sustancialmente presente,
como nos recuerda el Catecismo de la Doctrina Cristiana (cfr. C.E.C. 1374).
Coherentemente
con esta fe –como nos recuerda la Mysterium
fidei– “la Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de
adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la
misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado
las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con
solemnidad, llevándolas en procesión” (MF 56). Esta misma certeza hacía
exclamar a Santa Teresa: “Mas a ésta” –aludía a sí misma– “habíale
dado el Señor tan viva fe, que cuando oía decir a algunas personas que
quisieran ser en el tiempo que andaba Cristo por nuestro mundo, parecíale a
ella que teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento como
entonces, qué más se les daba” (Camino
de Perfección, 34, 6).
Queridos
hermanos esta realidad que afirmamos con todo el corazón, con nuestra adhesión
firme a la fe que profesa la Iglesia, puede tener en la práctica algunos
peligros. Como seres humanos nos acostumbramos a todo y podemos acostumbrarnos a
esta inefable presencia de Cristo Eucaristía entre nosotros. Por eso, yo me
pido a mí mismo, os pido a vosotros seminaristas -en esta casa que es para
vosotros proyección de cada uno de vuestros hogares en la preparación de
vuestro sacerdocio–, pido a mis queridos hermanos sacerdotes y a todos lo que
aquí en torno a la custodia manifestamos con nuestra presencia el amor a
Cristo, os pido a todos, sacerdotes y seglares, que viváis cada día la Santa
Misa como lo más importante, como centro de vuestra vida, como la fuente de
toda vuestra actividad. Para nosotros los sacerdotes que tantas cosas tenemos
que realizar en nuestro ministerio, y a veces tan diversas, es la Eucaristía lo
más importante, porque su fecundidad llegará a todas las demás tareas. Y es
desde ella y con ella, en la que podremos ser y llevar esos frutos cuajados de
santidad. Os pediría a todos, a vosotros seminaristas, y a todos los que
participamos frecuentemente en la Eucaristía que aprendamos a ofrecernos a
nosotros mismos juntamente con Cristo Hostia, sabiendo que sólo así nuestro
ofrecimiento será agradable a Dios Padre. Os pido que convirtáis toda vuestra
vida en un sacrificio de alabanza a Dios, y que llenéis de Cristo todas
vuestras actividades diarias. Esa es la ley de la eficacia redentora. El,
Cristo, es la vid, y nosotros los sarmientos, y nuestra fecundidad es tal,
cuando permaneciendo en la vid, transmitimos la energía y la vida que recibimos
de esa cepa.
“Sabed
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20):
Vamos a procurar estar también nosotros contigo. Acompañándote cuando nos sea
posible físicamente o al menos con el corazón cercano; procurando suplir con
nuestro amor la falta de amor que pueda darse en otros, el abandono en que
frecuentemente te encuentras en tantos sitios. Haznos aprender junto a Ti en
esta escuela de entrega que es tu amor a los hombres; que éste, el amor de
entrega, sea la ley de nuestra vida.
Y
en esa vela de amor estará sin duda siempre presente tu Madre, Santa María.
Ella nos enseñará a tratar cada día con más cariño a Cristo Jesús en la
Eucaristía. Nuestra vida identificada con la de Cristo terminará siendo una
hostia agradable al Padre. Cristo ha abierto la posibilidad haciéndonos entrega
de su vida y pidiéndonos asentir con nuestros corazones y nuestra fe plenamente
a su entrega, asumiendo, a través de su vida, todas y cada una de nuestras
vidas que así adquieren la grandeza de la vida de Cristo para gloria de Dios
Padre. Amén.
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Mensajes |
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Es bueno y saludable rezar por los difuntos
Cope - 6 noviembre
2002 |
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Cuando rezamos el Credo,
nunca decimos «creo en la muerte». En cambio, decimos siempre «creo en la
resurrección de la carne», «creo en la resurrección de los muertos». Lo
hacemos así, no porque los cristianos neguemos el hecho incuestionable y
universal de la muerte, o desconozcamos que «el máximo enigma de la vida
humana es la muerte» (Vaticano II, GS 18). Lo hacemos porque nuestra fe nos
asegura que «del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre
los muertos, y que vive para siempre, igualmente, los justos después de su
muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado» (Catecismo, n. 989). Un
prefacio de la misa de difuntos lo dice con gran belleza y confianza: «la vida
de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se trasforma, y, al deshacerse nuestra
morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo». La
fe en la resurrección de los muertos –elemento esencial de la fe cristiana comporta
una visión de la muerte. Ésta no es el final del camino, ni tiene la última
palabra, como si fuera la dueña y señora de la vida humana. No. La muerte es sólo
el final del camino por la tierra. Por eso, cuando cerramos los ojos a la vida
con minúscula, los abrimos a la Vida, con mayúscula. Con mayúscula, porque ya
no habrá más llanto, ni dolor, ni otra vida mortal y otra muerte. La muerte
nos inserta a los cristianos en la eternidad feliz de Dios, si morimos en su
amistad. ¡Sería terrible que la resurrección fuera para eterna condenación!
La muerte es, pues, el paso a la plenitud de la vida verdadera. Eso explica que
la Iglesia, invirtiendo la lógica de los hombres, llame ‘día del
nacimiento’ (dies natalis) a lo que
los humanos llamamos ‘día de la muerte’.
No
nos equivocamos, pues, cuando en la liturgia funeraria despedimos así al
esposo, hermano o al amigo: «Hasta pronto, hasta el Cielo». Ni cuando vamos al
cementerio a rezar por nuestros seres queridos o cuando decimos que «un día
nos volveremos a ver». Menos aún, cuando ofrecemos oraciones, indulgencias y
limosnas en sufragio por nuestros difuntos.
Sabemos,
en efecto, que el justo se encuentra con Dios en el mismo momento de la muerte,
pero nadie puede ser recibido en la intimidad de Dios –que eso es el cielo si
antes no se ha purificado de las consecuencias personales de todos sus pecados.
La Iglesia llamada Purgatorio a esta
purificación final de los elegidos. Una purificación que es completamente
distinta del castigo de los condenados, pues los que están en el Purgatorio ya
están salvados definitivamente, aunque tengan que esperar algún tiempo antes
de ver a Dios. El Purgatorio es un minicielo, no un Infierno pequeño.
Nosotros
podemos abreviar ese ‘tiempo’, ofreciendo sufragios por ellos. El mejor de
todos, con diferencia Infinita, es el sacrificio de la Misa. Luego, están las
indulgencias plenarias que podemos lucrar y aplicar por ellos. La Iglesia, Madre
amorosísima, nos facilita tanto las cosas que cada día podemos ganar una
indulgencia plenaria haciendo alguna de estas cosas –y cumpliendo las
condiciones requeridas rezar el rosario, hacer el Vía crucis, leer o escuchar
la Sagrada Escritura durante media hora, visitar durante media hora al Santísimo
Sacramento. Durante el mes de noviembre, además, ganamos indulgencia plenaria
si durante los días uno al octavo visitamos devotamente el cementerio y
encomendamos, al menos mentalmente, a los difuntos; y el día dos, si visitamos
una iglesia u oratorio y allí rezamos el Padre Nuestro y el Credo.
Como
Pastor de la diócesis os animo a aumentar vuestro amor a los fieles difuntos en
general y, de modo especial, a los vuestros. Sed agradecidos y generosos.
Llevadles, si podéis, una flor. Pero llevadles, sobre todo, la mejor de todas
las flores: una oración, una Misa, una indulgencia plenaria.
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El nuevo Rosario
Cope - 13 noviembre 2002 |
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Juan
Pablo II tiene la buena costumbre de regalarnos sorpresas agradables. La última
es muy reciente. Como sabemos bien en la patria del fundador del Rosario, Santo
Domingo, esta popularísima devoción tenía hasta ahora quince decenas o
misterios, agrupados en tres series: gozosos, dolorosos y gloriosos. Desde la
carta apostólica del Papa del pasado octubre, en la que Juan Pablo II declaraba
Año del Rosario al que va desde ese
mes hasta el mismo del año que viene, los misterios y decenas son veinte y se
agrupan en cuatro series: las ya señaladas
y la de los misterios ‘luminosos’. La novedad tiene un valor especial, pues procede de un Papa que, además
de ser un enamorado de la Virgen, lo es también del Rosario; de hecho, lo
considera su oración preferida y a la que ha acudido para confiarle grandes
preocupaciones y problemas a lo largo de su vida, incluido su ya largo
pontificado. No es aventurado pensar, por tanto, que no es una corazonada del Papa sino fruto maduro de muchas reflexiones y, sobre
todo, de su propia experiencia personal. Estoy seguro que Juan Pablo II ha
rezado muchas veces estos misterios antes de haberlos propuesto a los fieles.
Aunque
han pasado aún pocos días, a mí me resultan ya familiares. Más aún, me he
preguntado a mí mismo, cómo hemos podido pasar tanto tiempo sin ellos. En
efecto, en el Rosario ‘clásico’ pasábamos directamente desde Nazaret a la
oración de Jesús en el huerto, la noche de su Pasión. Quedaba vacío ese
importantísimo tiempo que llamamos Vida Pública, durante el cual Jesús se
manifestó como Mesías, realizó muchos signos prodigiosos que lo probaban,
anunció con palabras y hechos el Reino de Dios y avanzó hacia el momento
supremo de entregar su vida en la cruz para la salvación de los hombres. Ahora
ese vacío queda colmado con los nuevos misterios.
El
Papa ha elegido cinco momentos sobresalientes de esa Vida Pública de Jesús 1.
su Bautismo en el Jordán, 2. su autorrevelación en las bodas de Caná, 3. su
anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión, 4. su Transfiguración y
5. la institución de la Eucaristía, expresión sacramental de su muerte y
resurrección. Al rezar estos misterios según desea el Papa, es decir, meditándolos,
iremos profundizando en su hondo significado: Jesús, al solidarizarse en el
Jordán con todos los pecadores, parece un pecador más; pero el Padre revela
que es su Hijo y que hemos de escucharle como a su Enviado. Luego, al convertir
el agua en vino en Caná, Él mismo se manifiesta y proclama que es el Mesías
revelado por el Padre. Durante sus correrías apostólicas por toda Palestina,
su predicación es una llamada permanente a cambiar de vida y abrirnos a la
misericordia de Dios. En el Tabor, entreabre la puerta de la gloria de su futura
Resurrección, para que su muerte ignominiosa no haga vacilar a los Apóstoles.
Por último, antes de irse de esta tierra, nos deja su presencia permanente en
la Eucaristía. Animémonos a rezar el ‘nuevo’ Rosario a solas, en familia y
en la parroquia. ¡Hay tantas y tan importantes cosas por las que pedir y
suplicar!
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Día de la "Iglesia diocesana"
Cope - 20 diciembre 2002 |
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Uno
de los principales redescubrimientos doctrinales del concilio Vaticano II es el
de la Iglesia como signo e instrumento universal de salvación. La Iglesia es el
lugar por antonomasia para que el designio querido por el Padre y realizado por
el Hijo sea actualizado en un perenne ‘aquí’ y ‘ahora’ por el Espíritu
Santo, para que todos los hombres puedan llegar a la plenitud de hijos de Dios y
participar un día en la vida y gozo eterno de la Santísima Trinidad.
Si
miramos a nuestra propia existencia, no nos resultará difícil comprobar que
todo esto se ha hecho realidad en nosotros. De la Iglesia, en efecto, hemos
recibido la Palabra de Dios, los sacramentos, los mil cuidados que una buena
madre dispensa a sus hijos. En la Iglesia recibimos el Bautismo, la Primera
comunión, la Bendición de nuestro matrimonio, el perdón de nuestros pecados,
el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Ella nos acogerá también a la hora de nuestra
muerte y nos entregará a la Iglesia del Cielo. Sin miedo a exagerar, podemos
decir que ‘nuestra vida’ habría
sido ‘otra’ vida, de no haber
nacido y crecido en la Iglesia.
La
Iglesia es una realidad divina, invisible y peregrina hacia la Patria del Cielo.
Pero es también humana, visible y presente en este mundo. Está esparcida por
toda la tierra y, a la vez, se reúne cada domingo en torno al altar para
celebrar la Eucaristía. Es universal y local al mismo tiempo, hasta el punto de
que no existiría si se le amputara una de esas dos dimensiones. Por eso podemos
hablar con toda justeza de ‘la Iglesia que vive en Burgos’. Cada uno de los
fieles de España puede decir lo mismo de su diócesis: en ella vive la única
Iglesia de Cristo, la que es presidida por el Colegio de los Obispos, unidos
con y bajo la autoridad del Papa, Vicario de Cristo y Sucesor de Pedro.
Hoy
se celebra en toda España esta maravillosa verdad, mediante una efeméride que
lleva por título “Día de la Iglesia Diocesana”. Para nosotros, ‘día de
la Iglesia que vive en Burgos’. El lema de este año no puede ser más
adecuado para expresar que esa Iglesia la formamos todos y la sacamos adelante entre
todos: “Iglesia con todos y entre todos”, dice ese lema. Los fieles de
esta Iglesia burgalesa hemos dado pasos importantes y nos sentimos más Iglesia
que hace algunos años. ¡Es preciso proseguir en ese camino y hacerlo con
creciente responsabilidad!
Un
modo concreto es participar cada día más
y mejor en la parroquia, en las asociaciones y movimientos apostólicos, en
otras instituciones eclesiales, tanto en la vida litúrgica como en la oración
común, el apostolado y las obras sociales y caritativas. También contribuyendo
a su sostenimiento material: construcción de nuevas parroquias, conservación
de las muchas ya existentes, mejora de los servicios pastorales, ayuda a otras
iglesias más necesitadas, y un largo etcétera.
Os
animo a amar cada vez a esta Iglesia que vive en Burgos, a defenderla, a
extenderla, a mejorar su rostro y a ayudarla con la misma y, si cabe, aun mayor
generosidad que os caracteriza. Yo os lo agradezco de antemano y os repito lo ya
sabéis: que Dios nunca se deja ganar en generosidad.
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Servir reinando
Cope - 24 noviembre 2002 |
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Celebramos
hoy la fiesta de Cristo Rey del Universo. Con ella ponemos la última piedra del año
litúrgico, más aún, de toda la creación, puesto que Cristo es la piedra
angular que sostiene y remata el gran edificio de la creación redimida. No hay
duda de que Cristo es esa piedra, porque, además de haber creado todo, lo ha
vuelto a recrear, cuando perdió el primitivo sentido y la grandeza originaria
que le había dado. El precio no pudo ser más caro, y no lo habría pagado si
su amor no hubiera sido infinito, sin medida. Pero el Dios de los cristianos es
un Dios de amor. Por eso, aunque no nos necesita para nada, quiere a toda costa
introducirnos en su misma casa, en su misma familia, sin otra finalidad que la
de hacernos felices para siempre.
¿Por
qué, entonces, algunos se empeñan en que Cristo no reine en los diseños
generales del mundo, en la cultura, en la economía, en la convivencia, en el
arte, en la política, en la familia, en una palabra en lo que es la tierra de
los hombres? ¿Por qué otros se ponen nerviosos hasta con la misma expresión
‘Cristo-Rey’? ¿Por qué los más fanáticos se conjuran para declararle la
oposición y la lucha sin tregua en todos esos frentes? Seguramente que la mayor
parte lo hace porque lucha contra un molino de vientos, es decir, contra un
Cristo que no es el verdadero. El Cristo del Evangelio –el único real– es
un Cristo que es perfecto Dios, pero que no alardea de ello; es poderoso, más aún,
omnipotente, pero emplea su poder para servir a todos, especialmente a los más
necesitados del alma y del cuerpo; sabía de antemano el caso que tantos hombres
le iban a hacer, y no dudó en dar la vida por ellos; vino para no recibir nada
sino para darlo todo; desea establecer un reinado en el que la ley suprema es el
amor, incluso a los enemigos. El que conoce a ese Cristo no puede sino abrirse a
Él.
Pero
además de los que se oponen por desconocimiento del rostro verdadero de Cristo,
otros lo hacen porque no están dispuestos a salir de su egoísmo, de su ambición,
de su soberbia, de su afán de dominar a los demás. En ese caldo de cultivo ¿cómo
puede nacer la semilla del reinado de Cristo, que es una semilla de servicio y
de entrega a los demás? La oposición a Cristo surge así de una falsa
autoafirmación, de una errónea concepción de lo que es la verdadera grandeza
del hombre. El hombre no se hace grande a base de tener más, de mandar más, de
imponerse más, de explotar más; sino a base de servir más, entregarse más,
darse más. Ésa es la grandeza del hombre, tal y como se la revela Cristo. Por
eso, lejos de oponerse a Cristo, el hombre debe acogerle y escucharle, porque sólo
Él es capaz de revelarle su grandeza y la sublimidad de su vocación, como ha
recordado lapidariamente el Vaticano II (GS 22).
El
reino de Cristo no es, pues, un programa político y sería blasfemo
identificarlo con él. El reino de Cristo es de otra naturaleza, por más que
deba reflejarse también en la concepción de toda acción política y social.
El Reino de Cristo es un reino donde todos saben convivir con todos, donde todos
saben disculpar y perdonar todo y siempre, donde, sin decir que lo malo es bueno
y viceversa, no obstante el mal se combate no con otro mayor, sino con mayor
bien; el odio no se mata con más odio, sino con amor; la guerra no se gana con
otra guerra más poderosa, sino con la dulzura de la comprensión, la tolerancia
y el perdón. Los cristianos estamos convocados a construir este reino. El
camino es tan sencillo como arduo: reinar sirviendo.
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Entrevistas |
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Para la Hoja Diocesana "Sembrar" |
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¿Cómo
ha percibido la diócesis en estos primeros meses al frente de la misma? ¿Qué
destacaría en estas primeras impresiones? ¿Qué le ha llamado más la atención?
• Mis primeras impresiones son las de que Burgos es una diócesis grande.
Grande en extensión, grande en sus gentes, grande en el número y calidad de
sus sacerdotes, grande en la cuantía y ubicación de sus misioneros, grande en
virtudes humanas, grande en su patrimonio artístico-cultural, grande en la
dispersión y despoblación del medio rural, grande en los retos que tiene
planteados como Iglesia local. Una de las cosas que he percibido desde el primer
momento es la capacidad de acogida y de las profundas raíces cristianas que
poseen su gente. Desde otra perspectiva, también me ha impresionado los retos
que nos plantean las generaciones más jóvenes.
Celebramos
el ‘Día de la Iglesia Diocesana’ ¿Tienen los cristianos suficiente
conciencia de su pertenencia a la Iglesia local?
• Una de las cosas que se perciben de inmediato al llegar a Burgos es que
la gente se siente ‘muy burgalesa’, si se me permite la expresión. Quiere a
su tierra, su catedral, sus iglesias y monumentos, sus tradiciones, sus romerías,
sus manifestaciones populares. Basta leer la prensa local para darse cuenta del
gran número de noticias relacionadas con todo esto. Por otra parte, cuando he
visitado las diversas parroquias, he percibido que existe una gran cercanía y
sintonía entre los fieles y sus pastores, y viceversa. Todo esto lleva consigo
la conciencia de que se es miembro de la Iglesia local que vive en Burgos.
Aunque todavía no tengo perspectiva suficiente –por el poco tiempo que llevo
viviendo aquí–, no me parece precipitado afirmar que todavía es largo el
camino que debemos recorrer. No olvide que la conciencia de ‘ser Iglesia’
sigue siendo una verdadera novedad para muchos cristianos, puesto que no es
infrecuente que identifiquen la Iglesia con la Iglesia Jerárquica. Por otra
parte, no es fácil articular las dos dimensiones de la única Iglesia: la
universal y la local.
Las
vocaciones están siendo su ‘obsesión’ ¿Qué tenemos que hacer para que en
nuestra diócesis surjan vocaciones?
• Me alegro que haya percibido que mi ‘obsesión’, mi santa ‘obsesión’,
son las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Esta ‘obsesión’ se
debe a no pocos factores. En primer lugar, a la necesidad de asegurar la
celebración eucarística y el sacramento de la reconciliación a todas las
comunidades cristianas; así como atender ¡ojalá pudiera llegarse a una atención
de uno a uno¡ a todos los enfermos, jóvenes, matrimonios que se encuentran en
una situación difícil y a los niños y jóvenes. El pastor tiene que llegar a
las ovejas concretas, a los hombres y mujeres de carne y hueso, con nombre y
apellidos. Esto lleva consigo que haya clero abundante. No para que haga lo que
corresponde a los seglares, sino para que forme a éstos para hacer lo que les
corresponde. Que es mucho.
Por otra parte, Burgos es una diócesis misionera. De nosotros dependen
otras iglesias locales, especialmente de América. La carencia o abundancia de
vocaciones aquí repercute necesariamente en otras latitudes. No podemos dejar
de oír estas voces. Porque todos somos Iglesia, la misma y única Iglesia, la
Iglesia de Jesucristo.
¿Qué podemos hacer para suscitar las vocaciones? Lo primero tomar cada
vez más conciencia de que las vocaciones son un don de Dios, no una conquista
nuestra. Ese don hay que pedirlo, como Jesucristo nos instó. Si queremos tener
más vocaciones, todos hemos de rezar más y mejor. Esta oración ha de ser con
los labios y con el cuerpo. Es decir, que hemos de mortificarnos, ofrecer
sacrificios, horas de esfuerzo y de trabajo, enfermedades y contratiempos por el
crecimiento de las vocaciones. Cuando hablo de oración y sacrificio no me
refiero sólo a los sacerdotes, sino a todo el pueblo cristiano, puesto que el
responsable de las vocaciones es la comunidad cristiana entera: el obispo, los
sacerdotes, los religiosos y los simples fieles. Por eso, hemos de hacer de
nuestras parroquias comunidades orantes por las vocaciones.
Pero no basta con rezar y mortificarse. Es necesario que todos trabajemos
más en la promoción de las vocaciones, impulsando la pastoral juvenil a todos
los niveles, el trato con los universitarios, la promoción de la vida en la
familia y la intensificación de la vida cristiana.
Me hace mucha ilusión pensar en un presbiterio diocesano embarcado en
esta maravillosa tarea. Soy plenamente consciente que el crecimiento
cuantitativo y cualitativo de vocaciones sólo puede llegar de la mano del
presbiterio. No quiero ni siquiera insinuar que el presbiterio no estuviera
trabajando ya en esta dirección. Lo que deseo es que ese trabajo se
intensifique y expanda.
¿Una
de las notas de nuestra diócesis es la gran cantidad de misioneros ¿Le ha
sorprendido?
•
No me ha sorprendido del todo, porque es algo que conoce todo el mundo.
La diócesis de Burgos va asociada a las misiones desde hace mucho tiempo. Más
que sorprenderme, me ha impactado al ver mi responsabilidad en proseguir e
impulsar estos derroteros. A esto me refería en la pregunta anterior.
Los
seglares ¿tienen que implicarse más en las tareas de la Iglesia?
•
La Iglesia –como ha puesto de relieve el Vaticano II– es el Pueblo de
Dios jerárquicamente organizado. Los seglares son, pues, Iglesia. Si tenemos en
cuenta que ellos son la inmensísima mayoría de miembros de la Iglesia,
comprenderá el grandísimo papel que les corresponde en la misión de la
Iglesia. La parte que les corresponde a los seglares en la misión de la Iglesia
es tan grande, que la Iglesia tendrá otro rostro el día en que ellos la asuman
con toda responsabilidad y hondura. Sin embargo, me gustaría añadir que la
misión de los seglares en la Iglesia no se mide única o principalmente por su
participación en tareas más o menos eclesiásticas, sino por su compromiso
con la vida familiar, el trabajo, la política, la cultura, las diversiones,
etc. Es claro que también pueden y deben realizar tareas intra eclesiales. Pero
el gran lugar donde el seglar cristiano ha de realizar su misión son las tareas
seculares, dado que son las que les son específicas. ¡Es todo un mundo el que
tenemos por delante!
Usted
llega a Burgos procedente del Pontificio Consejo de la Familia. ¿Pasa por la
familia la solución a las ‘crisis’ de la Iglesia?
•
Si la familia es la ‘Iglesia doméstica’, en frase –que es mucho más
que una frase– del Vaticano II no es fácil entender que entre familia e
Iglesia hay una simbiosis tan perfecta, que todo lo positivo y negativo de la
una repercute necesariamente en la otra. Si tenemos muchas familias que sean
verdaderamente cristianas, tendremos una Iglesia más viva, más pujante, más
misionera, con más vocaciones.
¿Se
ve la Iglesia de forma adecuada y suficiente en los medios de comunicación?
•
Si se refiere a si los medios de comunicación reflejan con la debida
amplitud, constancia y rigor las noticias que produce la Iglesia –no sólo las
que produce el Papa, los obispos, los sacerdotes– me parece que la respuesta
ha de ser que la Iglesia genera muchas más noticias y de signo muy distinto al
que se les da en una buena parte de los medios de comunicación. Me parece que
éstos tienen más tendencia a dar más cobertura a los sucesos puntuales de
tipo negativo. Creo que aquí tenemos un reto importante. Mi opinión es que no
hay mala voluntad por parte de los medios; quizás nosotros debamos aprender a
comunicar mejor.
¿Cuáles
son los retos de la Iglesia a corto y medio plazo?
•
El de la evangelización, en la línea señalada por Juan Pablo II desde
hace varios años y, más recientemente, en la Novo millennio Ineunte. Todos los
que tenemos alguna responsabilidad en la Iglesia estamos urgidos a dar a conocer
a Jesucristo con gozo, claridad y constancia. Jesucristo es la gran noticia que
el mundo necesita conocer. Esa evangelización es más urgente para las
generaciones más jóvenes, las cuales han crecido en un ambiente más
secularizado y menos religioso. ¡Un motivo más para buscar vocaciones, es
decir, nuevos evangelizadores!
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Para la revista de los PP. Salesianos "IGLU" |
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¿Quién es Vd. y qué relación tiene o
ha tenido hasta ahora con este tema de la familia?
Soy
murciano de nacimiento, formado en el seminario diocesano y después en Roma en
la Universidad Gregoriana y en la Academia de S. Alfonso. Presenté la tesis
doctoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra sobre el
Matrimonio y la familia en el Concilio Vaticano II. He sido canónigo
Penitenciario en Albacete y en Valencia y posteriormente Subsecretario en el
Pontificio Consejo para la familia y finalmente Secretario. También he sido
profesor de esa materia en la Facultad de Teología de Valencia y en Roma en el
Instituto Juan Pablo II y en la Universidad de la Santa Cruz.
En
el Pontificio Consejo para la Familia ¿cuáles fueron los retos presentados a
las familias cristianas? ¿por qué?
Hubo
un periodo más sereno y positivo cuando la tarea se centraba fundamentalmente
en ayudar a que los organismos pastorales de la Iglesia agilizasen la formación
de los agentes para una pastoral activa y positiva sobre los valores y bienes
del matrimonio y la familia, que, por lo general, se vivían pacíficamente en
una cultura humana y cristiana. Ya aparecía la incidencia pastoral de la
contestación contra la Encíclica Humanae
vitae y un concepto de amor matrimonial que desvinculaba la comunión y la
transmisión de la vida.
Más
tarde y, abonado el terreno por esta debilitación de la vida cristiana, ha
surgido el ataque en toda regla a la institución como tal, no negándola, sino
descoyuntándola. Despojándola de sus contenidos esenciales de unidad en la
entrega y respeto en su orientación natural a la transmisión de la vida. Las
dificultades no han nacido por la flaqueza humana –que siempre ha existido–
sino por la perversión del orden conyugal.
¿Cuál
es, en la sociedad actual, el papel, la influencia y la importancia de la
familia?, y ¿en la vida de los jóvenes?
Es
fundamental. Ahora y siempre. Porque la familia es la base sobre la que se
asienta la sociedad. Nunca se insistirá lo suficiente sobre este punto. Si los
cimientos se consolidan, todo queda consolidado; en cambio, si los cimientos se
mueven, socavan o destruyen todo se derrumba. Así se explica que en el fondo de
tantas crisis sociales se encuentre la debilitación o destrucción de la
familia. Por eso, si se quieren poner remedios eficaces –insisto en lo de
eficaces, no aparentes y efímeros– es preciso reconstruir el tejido de la
familia.
Siendo
los jóvenes parte de la familia y encontrándose en una edad en la que todavía
no suelen tener criterios plenamente definidos y están conformando sus hábitos
mentales y relacionales, la familia juega un papel aún más importante para
ellos. La experiencia lo confirma. De hecho, en un ambiente familiar
desequilibrado y carente de valores, suelen escasear los chicos serenos,
equilibrados, trabajadores y solidarios.
Desde
esta constatación, ¿cuáles son los retos que Vd. cree que deben trabajar y
vivir las familias cristianas en la sociedad de hoy, principalmente aquí en
nuestra diócesis, para ser significativas?
En
primer lugar, descubrir la dimensión auténticamente cristiana de la vocación
matrimonial; pues esto les hace redescubrir todo el valor social de las
realidades humanas. Eso implica, saber que la comunión conyugal es signo de la
unión de Cristo y la Iglesia; lo cual no sólo no elimina la grandeza del amor
y la entrega conyugal, sino que la calidad de esta entrega presenta y predispone
mejor a la grandeza del misterio de Cristo que reflejan. Por ello creo que lo
primero de todo es que los cristianos redescubran el valor natural de la
institución con los elementos esenciales que la integran: entrega, fidelidad,
lealtad, amor conyugal, espíritu de sacrificio. No se pueden abaratar estas
exigencias y querer rellenar los vacíos con un amor impreciso y sentimentaloide
que no dura más allá de la emoción sensible.
El
segundo reto propio y específico de los cristianos es asumir lo que significa
el don sacramental. El amor de los esposos cristianos participa de la fuerza y
del poder configurador del amor de Cristo. Es imposible llegar al amor verdadero
que exige la entrega matrimonial, sin la fuerza del amor de Cristo; porque el
amor no es usufructuarse de los demás, sino darse, donarse al otro. En esta línea
se entiende bien que la oración y la recepción de los sacramentos para los
esposos cristianos es condición de fidelidad. No olvide que, en el fondo, están
comprometidos a reflejar en sus vidas algo que es más grande de lo que pueden
con sus fuerzas meramente humanas. Necesitan la ayuda de Dios. Y esa ayuda llega,
sobre todo, por los medios indicados.
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Agenda |
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Noviembre de 2002 |
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1. |
Solemnidad de Todos los
Santos: Por la tarde preside la Eucaristía en el Cementerio de Burgos. |
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3. |
Parroquia San Martín de Porres de Burgos: preside la Eucaristía con motivo
de la fiesta patronal. Por la tarde, en las Franciscana Misioneras de Villimar,
celebra la Santa Misa con el Movimiento Familiar Cristiano. |
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4. |
Visitas. Recibe, entre otros, al Consejo Evangélico de Burgos. Celebra la
Eucaristía en la Parroquia de San Vicente Mártir en la Ventilla. |
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6. |
Visitas. Reunión con el Consejo de Gobierno. |
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7. |
Visitas. Teatro Principal: visita la
Exposición de Biblia.
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8. |
Reunión con la Comisión de Templos. Al
final de la mañana tiene una entrevista con el Rector de la Universidad de
Burgos. |
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9. |
Visita las casas parroquiales de
Castrojeriz y Villadiego. Por la tarde preside la Eucaristía en la Iglesia de
San Cosme y San Damián de Burgos con motivo de la beatificación de Mª de la
Pasión, fundadora de las Franciscanas Misioneras. |
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10. |
Seminario San José: Fiesta del Reservado. Preside la Eucaristía por la mañana
y las Vísperas por la tarde. |
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11. |
Reunión en la Casa de la Iglesia con
los nuevos arciprestes. Por la tarde, en los Hnos. Maristas de Fuentes Blancas
se reúne
con varios sacerdotes que ejercen su ministerio en los pueblos. Foro de Laicos:
asiste a la convocatoria de la Comisión Permanente. |
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12. |
Acompaña a los presidentes de las
comunidades autónomas de Castilla y León y La Rioja en una visita a la
Catedral. |
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13. |
Visitas. Consejo de Gobierno. Por la
tarde asiste a la presentación de la Carta Apostólica “El Rosario de la
Virgen María”, en la Facultad de Teología. |
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14. |
Visitas: recibe, entre otros, al Decano
de la Facultad de Teología, al Padre Asistente General de los Jesuitas y al
Delegado de Pastoral Vocacional. Bendice los locales restaurados de COPE Burgos.
Por la tarde celebra la Eucaristía en la parroquia del Espíritu Santo de
Burgos. |
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15. |
Visitas. Por la tarde se desplaza a
Briviesca. Visita la residencia de ancianos y celebra la Eucaristía. |
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16. |
Franciscanas Misioneras de
Villímar:
participa de una reunión con la HOAC. |
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17. |
Confirmaciones en la parroquia de San
Nicolás de Bari en Miranda de Ebro. |
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18-22. |
Asiste a la LXXIX Asamblea Plenaria
de la Conferencia Episcopal Española. |
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23. |
Residencia sacerdotal: participa de la
cena con los residentes |
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25. |
Reunión con el Consejo de Gobierno y
con el Colegio de Consultores. |
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26. |
Firma en el
Ayuntamiento de Burgos las escrituras para la cesión del terreno en
“Fuentecillas” donde se erigirá una nueva parroquia. Por la tarde, en la
Casa de la Iglesia, se reúne con una representación de los “Cursillos de
Cristiandad”. |
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27. |
Visitas. |
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28-30. |
Participa en el Congreso
Internacional de Cristología en Murcia. |
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