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Homilías |
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San Juan de Ávila
Seminario Diocesano - 10 mayo 2008 |
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1.
Una vez más nos reunimos en nuestro
Seminario, para celebrar la fiesta sacerdotal más importante de la diócesis
después de la Misa Crismal: la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del Clero
secular español.
En
ella, como ya es habitual, ocupa un puesto destacado la acción de gracias por la
vida y ministerio de esta nutrida corona de sacerdotes, que celebran su
aniversario de sesenta, cincuenta y veinticinco años de sacerdocio. ¿¡Cómo no
venir a la Eucaristía a agradecer al Señor por las incontables gracias que él ha
derramado por medio de estos hermanos nuestros, a través de su predicación,
catequesis, celebración de la Misa y de la Penitencia, visitas a los enfermos,
atención a los necesitados del cuerpo y del espíritu!? Son tantos los beneficios
que la Iglesia ha recibido por el ministerio de estos hijos suyos, que sólo el
Sumo Sacerdote puede asumirlos y unirlos a la acción de gracias que él tributa
al Padre en cada Eucaristía. Nosotros, los ponemos ahora en sus manos de
Sacerdote primordial y eterno.
Junto a
la orientación de la Eucaristía, nuestra fiesta tiene este año tres
connotaciones especiales, de gran relieve: la inminencia del año santo de san
Pablo, la próxima celebración del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios y
el Plan Pastoral Diocesano sobre el cual hemos venido trabajando –sacerdotes y
laicos– durante el curso que está concluyendo. San Juan de Ávila puede y debe
ser nuestro Maestro para guiarnos en la comprensión y vivencia de estos tres
acontecimientos.
3. San
Juan de Ávila, en efecto, puede ser justamente calificado el san Pablo español o
el san Pablo, Apóstol de Andalucía. También la gran pasión de S. Juan de Ávila
fue la predicación. Lo recuerda el epitafio de su sepulcro: mesor eram:
era un predicador. Todos los lugares eran buenos para ejercer este ministerio:
la Iglesia, la calle, la catequesis con niños, los hospitales donde atendía a
los enfermos, las capillas y oratorios donde daba pláticas a los sacerdotes.
Impulsado por este celo recorrió palmo a palmo toda Andalucía: Sevilla, Granada,
Córdoba, Jaén, Baeza, etcétera.
Como
San Pablo, el gran contenido de su predicación fue Cristo y su Cruz salvadora.
Su modelo de predicación era el Apóstol de las gentes, al que trataba de imitar
sobre todo en el conocimiento del misterio de Cristo. Como él tuvo que sufrir
persecuciones y calumnias por el Evangelio; incluso la cárcel. Su predicación
tenía también el ardor de san Pablo. Baste recordar aquel sermón de fuego que
predicó en Granada, ante el Duque de Gandía, que presidía el cortejo fúnebre de
la emperatriz Isabel. Aquella palabra penetró e impresionó de tal modo a aquel
noble que le hizo cambiar completamente de vida, llegando a ser San Francisco de
Borja. No sorprende, por eso, que Fray Luis de Granada, que le conocía tan bien,
dijera que «las palabras que salían de su boca eran como saetas encendidas en su
corazón, y hacían arder también los corazones en los otros».
4. Su
principal libro de estudio, imitación y predicación fue, como en san Pablo, la
Sagrada Escritura y la Cruz. Él cumplió con exquisita fidelidad los consejos que
daba san Pablo a Timoteo, y que hemos proclamado en la primera lectura: estudiar
las Sagradas Escrituras, predicarlas sin miedo, llamar a los pecadores a la
conversión, no dejarse, ni seducir por los falsos vientos de reforma entonces
imperantes, ni intimidar por los inquisidores sospechosos. La norma de su
ministerio era ser fiel a Jesucristo por encima de todo.
San
Juan de Ávila es, pues, el modelo de sacerdote que Dios espera en este preciso
momento de la vida de la Iglesia, cuando ésta se prepara al año Jubilar paulino
y al Sínodo sobre la Palabra de Dios. Si la fuente de espiritualidad sacerdotal
es el ejercicio de nuestro ministerio configurado con Cristo Sacerdote –como ha
proclamado el Vaticano II y luego el magisterio de Pablo VI y Juan Pablo II–
hemos de dedicarnos con amor, ardor, empeño y pasión a la predicación en todas
sus formas: desde el primer anuncio, la catequesis y la homilía hasta toda
ocasión propicia para dar a conocer a Cristo. Esto exige una formación y un
estudio continuos, sobre todo de la Sagrada Escritura; y una meditación asidua y
constante de la Palabra de Dios. Hemos de penetrar su sentido, asimilarlo y
tratar de vivirlo, como san Juan de Ávila.
No cabe
duda de que después del Vaticano II hemos ido avanzando en el aprecio y cultivo
de la Sagrada Escritura. Pero sigue siendo imprescindible continuar con empeño
en ese camino. Precisamente, se publicaba estos días una encuesta sobre la
lectura de la Sagrada Escritura por parte de los fieles, con un resultado muy
triste: nuestros católicos son los que menos leen la Biblia en toda Europa. La
conclusión del estudio invita a reflexionar seriamente: la lectura de la Biblia
y la madurez y libertad de los pueblos guarda estrecha relación.
Pienso
que el estudio de los Lineamenta y –cuando se publique– del
Instrumentum laboris, puede ser un momento de gracia especial. Pidamos, a
san Juan de Ávila, que guíe a los pastores y fieles que vivimos en España en
este empeño de mejorar nuestra formación bíblica e intensificar nuestro
ministerio evangelizador.
5. Esta
petición tiene una urgencia añadida para nosotros. No porque nuestra formación
bíblica y el empeño evangelizador sea inferior. Sino porque tendremos que llevar
a la práctica –una vez que el Consejo Pastoral lo revise–, el Plan Pastoral
sobre la Iniciación cristiana que entre todos hemos preparado con el estudio y
reflexión del documento de trabajo «A vino nuevo, odres nuevos».
La nueva situación sociorreligiosa
de la diócesis es un desafío apasionante para dar un paso decidido y creativo en
la evangelización. Porque el gran reto «no es hacer cosas» sino «hacer
cristianos». Si la familia ya no es transmisora de la fe; si las nuevas
generaciones no se han incorporado a la práctica religiosa; si la mentalidad y
las costumbres de gran parte de nuestra gente ya no son cristianas, no podemos
acercarnos a ellas con una mentalidad, unos métodos y unos esquemas propios de
gente creyente y practicante. Las dificultades no faltarán pero no caigamos en
el desánimo, en la visión negativa ni en el inmovilismo. La palabra de
Jesucristo, proclamada en el Evangelio, tiene que llenarnos de audacia y
esperanza: él nos envía a anunciar su evangelio a nuestra gente; y nos dice que
no vamos solos; él va con nosotros. Que san Juan de Ávila interceda por
nosotros, para que descienda el Espíritu de Pentecostés y nos encienda en su
fuego y ardor. Amén. |
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Vigilia de Pentecostés
Catedral - 10 mayo 2008 |
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1. Hoy es una fiesta
muy señalada para todos nosotros y para la Iglesia, especialmente para la que
vive en la diócesis de Burgos. Porque hoy el Espíritu Santo nos va a hacer tres
grandes regalos: el bautismo de Sara y Mónica, la confirmación, además de ellas,
de un nutrido grupo que habéis venido desde vuestras parroquias y la Primera
comunión de Mónica y Sara.
2. El
primer gran regalo del Espíritu –precisamente en el día en que conmemoramos su
venida sobre los Apóstoles y María Santísima– es el Bautismo de estas dos
jóvenes: una española y otra ecuatoriana. Ha sido el Espíritu quien con su
gracia las ha traído hasta las aguas bautismales y el que dará fuerza a esas
aguas para que realicen unos prodigios asombrosos: les hará nacer a una nueva
vida –la vida divina–, convirtiéndoles en hijas de Dios; y además, destruirá en
ellas el pecado original y todos los pecados personales cometidos hasta ahora,
así como las consecuencias que de ellos derivan; les infundirá también las
virtudes de la fe, esperanza y caridad; les sellará con una marca imborrable,
garantía de su pertenencia a la Santísima Trinidad y de protección en toda
circunstancia de la vida; participaran en el sacerdocio de Jesucristo y en su
misión para que sean sus testigos y apóstoles en medio de los ambientes en que
la vida les vaya colocando.
Así
como en el orden natural nada hay más grande que la vida, en el orden
sobrenatural nada hay superior a la vida que comunica el Bautismo. Gracias a él
nos hacemos, de una forma misteriosa pero real, hijos de Dios, nos convertimos
en “otros Cristos”, nos hacemos templos del Espíritu Santo y nos convertimos en
miembros de la Iglesia. Por eso, estas dos chicas rezarán hoy por primera vez el
Padre Nuestro –que es la oración de los hijos de Dios– y recibirán por primera
vez el Cuerpo de Cristo.
Tenemos, pues, sobrados motivos para dar gracias al Espíritu Santo en esta
Vigilia de Pentecostés. A la vez, tenemos motivos para pedirle que realice en
nosotros una profunda renovación del espíritu de testigos y que nos haga
comprender que nos encontramos con una situación muy distinta a la que hasta
ahora hemos vivido y a la que tenemos que dar la respuesta que Él espera de
nosotros.
3. El
segundo regalo que hoy nos hace el Espíritu Santo es la Confirmación de este
grupo venido de distintas parroquias, además de estas dos nuevas cristianas.
Cuando yo os diga a cada uno de vosotros: “Recibe por esta señal el don del
Espíritu Santo», cada uno recibirá el Espíritu de Dios que había profetizado
Ezequiel, el mismo del que san Pablo decía que habita en nosotros y ora a favor
nuestro con gemidos inefables, el mismo que prometió Jesucristo a lo largo de su
vida y el mismo que de hecho recibieron los Apóstoles en el primer Pentecostés
de la historia.
Gracias
a ello, se hace patente ante nosotros que Pentecostés no es un suceso aislado ni
un hecho que pertenece a una supuesta edad de oro de la Iglesia, sino un
acontecimiento que se repite en distintos momentos de la historia y en cada
generación eclesial.
Por ser
el mismo Espíritu y por donarse con la misma finalidad, produce los mismos
efectos que en el Primer Pentecostés. Como decía Ezequiel, da vida a los huesos
secos de nuestra sociedad y de nuestro entorno; nos acompaña siempre, para que
difundamos por todas partes el buen olor de Cristo; nos da el agua viva con la
que regar y saciar los corazones sedientos de nuestros contemporáneos; nos da su
fuerza y su fortaleza para dar frutos abundantes de nueva vida: frutos de amor a
Dios y al prójimo, de convivencia pacífica con todos, de paz, de justicia, de
servicio –especialmente a los más necesitados–, de fortaleza para no rendirnos
ante las dificultades del ambiente y abrir nuevos caminos de evangelización.
Agradezcamos a Jesucristo que, con su Muerte y Resurrección, nos haya ganado el
Espíritu Santo y que, tras su Ascensión, nos le haya donado con los sacramentos,
especialmente los del Bautismo y Confirmación.
4. El
tercer regalo que hoy nos hace el Espíritu es la participación en la Eucaristía,
que Sara y Mónica reciben por primera vez, es decir, por primera vez reciben el
Cuerpo Eucarístico de Cristo. De este modo, llevan a su plenitud la vida que
nace en el Bautismo y se robustece en la Confirmación, se insertan completamente
en Cristo y en su Iglesia, y reciben el alimento con el que afrontar las nuevas
responsabilidades que han asumido al recibir el Bautismo y la Confirmación.
Todos nosotros hemos recibido el
Bautismo y la Primera Comunión; quizás alguno tenga pendiente la Confirmación.
Aprovechemos esta celebración para renovar nuestra conciencia de bautizados; los
compromisos que hemos asumido; renovemos la alegría de ser cristianos; y el
deseo de ser portadores de la luz y el amor de Cristo a este mundo nuestro, que
tiene de todo, pero que le falta lo más importante: Dios y su gracia. |
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Solemnidad de Pentecostés
Catedral - 11 mayo
2008 |
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1.
La solemnidad de Pentecostés lleva a
su término y culminación la Pascua. Después de haber celebrado durante cincuenta
días la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, las apariciones a
sus discípulos y su exaltación a la derecha del Padre, hoy irrumpe impetuosa la
presencia del Espíritu Santo, que es entregado por el Resucitado a los suyos,
para hacerles partícipes de su misma vida y construir con ellos el nuevo Pueblo
de Dios.
Pentecostés es, por tanto, el día en que Cristo otorga el Espíritu a su Iglesia,
el día en que la Iglesia realiza su gran epifanía o manifestación y el día en
que el Espíritu abre a la Iglesia a la expansión misionera.
2. El
Espíritu Santo es, ante todo, un don que Cristo Resucitado hace a la Iglesia;
don que es fruto de la Pascua. «Todavía no había dado el Espíritu, porque Jesús
no había sido glorificado», dice el Evangelio de san Juan, para indicar que el
Espíritu es fruto de la Pascua. Por eso, el Resucitado tuvo prisa para
comunicárselo a los suyos la misma tarde de Resurrección, cuando les dijo con
las palabras que hemos escuchado en el evangelio: «Recibid el Espíritu Santo. A
quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados y a quienes se los
retengáis, les serán retenidos». En realidad, ese Espíritu es el «aliento vital»
que exhaló Jesús sobre su Iglesia desde lo alto de la Cruz, en el momento de
pasar de este mundo al Padre. Un regalo nupcial del Esposo a su Esposa.
Por
eso, el Espíritu Santo no viene a dar el relevo a Cristo ni a ser su
antagonista. Muy al contrario, su función es llevar a plenitud la obra realizada
por Jesús; asegurar la presencia invisible y perenne de Cristo y de su obra;
«hacernos comprender la realidad misteriosa de su sacrificio y llevarnos al
conocimiento pleno de la verdad revelada» –como dice la oración sobre las
ofrendas–; ayudarnos a interiorizar y asimilar la salvación de Cristo, hacer
presente esta salvación a lo largo del tiempo y el espacio.
El
Espíritu es, por tanto, el gran colaborador de Cristo, su mejor mensajero, el
testigo más fiel de su Pascua Redentora. Por eso son tan extraordinarios los
frutos que comunica con su presencia: Él reúne a la Iglesia, dotando de vida
nueva a quienes se han incorporado a Jesucristo por la fe y el Bautismo; él
trasforma el interior de los creyentes, dándoles la posibilidad de decir: «Jesús
es el Señor» y de invocar a Dios como Abba, Padre; él cambia la vida de los
discípulos de Jesús, dándonos fuerza para vivir el amor mutuo y transformar el
mundo; él desciende sobre los dones de pan y vino para convertirlos en Cuerpo y
Sangre de Cristo, realizando la unidad con Cristo y de los discípulos entre sí,
y desciende además sobre la comunidad para convertirla en ofrenda agradable al
Padre y congregarla como comunidad de unidad y de paz.
Pidamos
hoy al Resucitado que nos envíe ese Espíritu para que realice en nosotros todos
estos frutos, nos convierta en verdaderos discípulos suyos y, luego, nos haga
testigos valientes de su Reino.
3. La
lectura del libro de los Hechos nos sitúa en la segunda gran realidad de este
día: Pentecostés es «fiesta de la Iglesia» con un título muy especial.
Pentecostés era una de las grandes fiestas judías, en la que el Pueblo de Dios
daba gracias por la cosecha y conmemoraba la promulgación de la Alianza en el
Sinaí y el nacimiento de Israel como pueblo. La donación del Espíritu el día de
estas dos conmemoraciones es la manifestación de que la Iglesia es el nuevo
Pueblo de Dios y la receptora de la nueva y definitiva Alianza.
El
evangelio nos presentaba ya a la Iglesia como criatura del Resucitado. El gesto
de Jesús de «exhalar su aliento» sobre los discípulos diciendo: «Recibid el
Espíritu Santo» es un gesto creador, que recuerda la creación del primer hombre.
Por eso, el Espíritu es «desde el comienzo, el alma de la Iglesia naciente»
–como dice con gran belleza el prefacio y el que sigue en ella realizando la
unidad, protegiéndola contra toda disgregación y regalándola nuevos carismas en
la historia de los hombres y de los pueblos.
La
lectura del libro de los Hechos nos presenta también la tercera faceta de
Pentecostés: el Espíritu lanza a la Iglesia a la gran empresa misionera de
predicar el evangelio no sólo a los judíos, sino también a los gentiles,
derribando todas las barreras étnicas, lingüísticas, culturales, políticas: «ya
no hay judío o gentil, libre o esclavo», sino una única raza: la de los hijos de
Dios; que habla una única lengua: la de la fraternidad y la del amor.
Eso
explica que san Pedro –y los demás apóstoles– se lancen inmediatamente a las
calles de Jerusalén a predicar la Buena Nueva y bautizar a partos, medos y
elamitas, a cretenses y árabes, a judíos de Jerusalén y de la diáspora. Como un
viento impetuoso que se lleva por delante todos los obstáculos, el Espíritu se
adueña de los Apóstoles y destruye su terquedad para captar la misión universal
recibida de Jesús, sus particularismos y su mentalidad estrecha. Y les lanza de
Jerusalén a Roma y de Roma al mundo entero.
Nosotros tenemos hoy especial necesidad de que Jesús nos envíe su Espíritu para
que nos abra a la nueva y apasionante realidad que se abre ante nosotros.
Necesitamos que el Espíritu nos haga comprender que la sociedad en la que
vivimos ya no es cristiana y hay que evangelizarla desde sus cimientos.
Necesitamos una mentalidad nueva, unos modos de proceder nuevos. Sobre todo,
necesitamos un nuevo ardor y un nuevo empuje apostólico.
Ante nuestras limitaciones y
carencias, lo que el Resucitado espera de nosotros no son las reacciones
negativas y desesperanzadas; sino que nos abramos a su Espíritu y nos dejemos
mover por Él. Por eso, todos nosotros hemos de clamar hoy con un especial
convencimiento: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y
enciende en ellos el fuego de tu amor». Espíritu Santo, ven; Espíritu Santo,
ven. Amén. |
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Celebración del 40 aniversario de la
fundación de la Facultad de Teología
Capilla de la Facultad - 14 mayo 2008 |
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1. Nos hemos reunido para celebrar
esta efemérides tan especial para nuestra querida Facultad de Teología. Para
ello, hemos escogido el marco de la Eucaristía, conscientes de que éste es el
marco más adecuado para conmemorar tan fausto acontecimiento. Puesto que
nosotros, igual que san Pablo, tenemos que elevar nuestro corazón en acción de
gracias al Padre, por las incontables gracias de estos cuarenta años. Son tantas
las gracias recibidas de Dios durante este tiempo, que sólo es posible
agradecérselas si las ponemos en las manos de su Hijo y Señor Nuestro,
Jesucristo, mientras celebra con nosotros su sacrificio eucarístico.
Ante
todo, hay que agradecer a Dios la creación de esta Facultad, que, con ésta y la
Sede de Vitoria, forman la Facultad de Teología del Norte de España y son la
primera Facultad creada en España después del concilio Vaticano II. En el
archivo del arzobispado –según he sabido– hay abundante material que, quizás un
día sea investigado convenientemente y publicado, en el que consta el interés de
la diócesis de Burgos para crear una Facultad de Teología. Esta documentación,
se remonta a los años cincuenta del siglo pasado, sobre los pasos dados por don
Luciano Pérez Platero. Él impulsó la biblioteca y, sobre todo, envió un nutrido
grupo de sacerdotes de la diócesis a diversas universidades de España y Europa,
para contar con una plantilla cualificada.
Luego
vinieron las gestiones de otras personas, entre ellas don Demetrio Mansilla, don
Segundo García de Sierra y don Nicolás López Martínez. Por fin, llegó la noticia
de la erección de la Facultad en febrero de 1967. Podemos exclamar con san
Pablo: «Bendito sea Dios, Padre, que nos ha bendecido», por habernos dado una
segunda oportunidad de tener Facultad de Teología en la diócesis, tras la
supresión de la Universidad en los años treinta. ¿Cómo no pedirle que sepamos
valorar este hecho y hacer todos los esfuerzos posibles para que se mantenga
cada vez más pujante?
2.
Desde entonces, han pasado por sus aulas varios miles de alumnos. Muchos de
ellos son laicos comprometidos cristianamente en tantas tareas sociales y
eclesiales; otros muchos ejercen su ministerio en nuestra diócesis y en otras de
España, Europa, América, África y Asia. Varios han recibido la confianza y
responsabilidad de la Santa Sede y han sido nombrados obispos, entre ellos,
Francisco Pérez, Rafael Cob, Isidro Barrio, Raúl Berzosa, antiguos sacerdotes de
Burgos; Juan José Asenjo, Obispo de Córdoba, el Padre Braulio, carmelita.
Nuestra
Facultad ha realizado dos importantes contribuciones a la teología y a la
Iglesia, a través de los Simposios Internacionales sobre el Sacerdocio y sobre
la Misión. A ello se une el gran acerbo de conferencias, artículos de revistas,
voces en Diccionarios, además de los libros de sus profesores.
Hay,
pues, muchos motivos para dar gracias a Dios.
3.
Junto a la acción de gracias, necesitamos avivar nuestra fe. Todos somos
conscientes de la situación en que nos encontramos. Muy similar a la de no pocas
Facultades Teológicas de la Iglesia, como consecuencia –sobre todo– de la grave
crisis vocacional que estamos padeciendo desde hace años. No podemos caer en el
desánimo, en el pesimismo y en, última instancia, en una visión negativa. Porque
denotaría falta de realismo humano y sobrenatural. No sería, en efecto, realista
alarmarse por una situación que –hemos de estar seguros de ello– terminará
normalizándose. Así como nadie se alarma por una gripe o una enfermedad, tampoco
debemos perturbarnos ante las dificultades presentes. Ahora hemos de recordar lo
que ocurre con la semilla durante el invierno: parece que está muerta, pero en
realidad crece para adentro y se prepara para la primavera y la cosecha.
Nosotros, en lugar de inquietarnos y perder la paz, hemos de procurar un
crecimiento cualitativo en la dedicación a la investigación y en las
publicaciones, y hacernos cada día más presentes en los foros intelectuales de
la ciudad y de otros lugares. Quizás sea también una oportunidad para ayudar a
otras iglesias que tienen vocaciones pero carecen de profesores bien formados.
Junto a
esta fe humana, necesitamos también confiar plenamente en Dios. Él no abandonó
al Pueblo de Israel en los grandes momentos de prueba, como fueron el desierto y
el exilio. Tampoco abandonó a la Iglesia en su largo y tortuoso caminar por las
trochas de la historia. Muy al contrario: estaba allí con su ayuda, aunque a
veces parecía ausente. Pidamos al Señor que aumente nuestra fe y nuestra
confianza en él.
4. Más
aún, necesitamos mirar al futuro con renovada ilusión. Esta efemérides ha de
llevarnos a formularnos algunas preguntas fundamentales: ¿Qué espera Dios de
nosotros en este momento preciso de la historia? ¿Qué nos está reclamando la
nueva evangelización de la diócesis, de España y de Europa? ¿Cuál debe ser
nuestra aportación específica a la Iglesia y a la sociedad, ante los retos que
nos plantean el relativismo, el laicismo, el giro antropológico, la
postmodernidad, la secularización, la caída de una sociedad y la emergencia de
otra?
Todas
las circunstancias eran adversas: no era la hora de pescar, no habían pescado
nada durante toda la noche, Jesús sabía mucho menos de pesca que ellos
–pescadores de oficio–. Pero hicieron lo que Él les mandó. Y cogieron una enorme
redada de peces. Seamos discípulos de Jesús más fieles, más creyentes, más
obedientes a su palabra, más confiados en su poder… y seremos testigos de los
mismos prodigios.
No
contemos sólo o principalmente con nuestras cualidades y habilidades, que son
tan exiguas como los cinco panes y los dos peces con que contaban los apóstoles
para dar de comer a una muchedumbre hambrienta. Pongamos esas cualidades y
habilidades en las manos del Señor y volveremos a recoger doce cestos, después
de haber saciado a muchedumbres aún mayores. ¿Recordáis la situación de la que
partió Benedicto XVI? Y ya veis lo que ha ocurrido en su último viaje a los
Estados Unidos.
Acudamos a nuestra Madre para
unirnos a su canto del Magnificat y proclamar las grandezas que Dios ha hecho
por nuestro medio, gracias a que ha mirado «nuestra pequeñez» y nos ha prestado
su auxilio permanente. |
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Profesión solemne tres Religiosas
Convento de Canónigas de S. Agustín, de Sta. Dorotea - 18
mayo 2008 |
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1.
Dentro de unos momentos, en nombre
de la Iglesia y en presencia de esta comunidad, os preguntaré si queréis hacer
la profesión perpetua en la Orden de Canónicas Regulares de san Agustín; si
estáis dispuestas a esforzaros firmemente en alcanzar la caridad perfecta para
con Dios y con el prójimo según la Regla y Constitución de la Orden Canonical;
si deseáis ser una orante de la Iglesia y vivir en pobreza, castidad y
obediencia a imitación de Jesucristo y de su Madre, la Virgen; si es vuestro
deseo desposaros con el Hijo de Dios Altísimo.
Después
de vuestra respuesta afirmativa, cantaremos las letanías de los santos,
rogándoles que os ayuden a cumplirlo. Luego diré la solemne oración
consecratoria y se os entregará el anillo de la fidelidad. Por último, la Madre
Priora, en nombre de la Iglesia y de la Orden, recibirá vuestros votos solemnes,
ratificaré públicamente que formáis parte de esta comunidad para compartir todo
con ella y que sois miembros de la Orden de las Canónigas Regulares Lateranense
de san Agustín; y os hará esta sencilla y, a la vez, solemne recomendación:
«Desempeñad fielmente la misión de vida contemplativa que la Iglesia os
encomienda según nuestro espíritu y carisma».
2. Toda
la bella liturgia de la Profesión Solemne que estamos celebrando, muestra la
realidad de vuestra vida de consagradas en esta Orden tan querida de Canónigas
de san Agustín. Por eso, mi homilía de hoy ha de ser necesariamente breve y con
la clara intención de ayudaros a vosotras y a todos a participar con fruto en
esta liturgia, que celebramos en el contexto de la Eucaristía el día en que
honramos de modo especial a la Santísima Trinidad.
3.
Querría servirme de las palabras con que la Madre Priora concluía la
ratificación de vuestro compromiso: «Desempeñad fielmente la misión de la vida
contemplativa que la Iglesia os recomienda». Es una invitación cariñosa a que
seáis almas contemplativas y a que veáis en ello un servicio a la Iglesia.
4. Ser almas contemplativas es lo mismo que convertir toda la vida en oración.
Lo que decía san Pablo: «ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de
Dios». Se trata de convertir toda vuestra existencia en un acto de culto
permanente al Padre; de haceros ofrenda permanente agradable a Dios; de
convertir el trabajo, el descanso, la vida de comunidad, los mil pequeños
servicios que nos pide la fraternidad, las dificultades inherentes a la vida,
las limitaciones vuestras y de las demás hermanas, en una palabra: todo, en algo
grato a Dios.
5. Esta
vida de contemplación tiene unos cauces regios, que están recomendados por la
Iglesia, las Constituciones y la experiencia de tantas hermanas vuestras que os
han precedido a lo largo de los siglos. Son la participación piadosa y
consciente en la Eucaristía de cada día, el rezo consciente y devoto de la
Liturgia de las Horas, con la que prolongáis durante el día el sacrificio de
alabanza y acción de gracias que brota de la Eucaristía, la oración personal
prolongada ante el Santísimo Sacramento; las jaculatorias que vais desgranando a
lo largo de la jornada; el ofrecimiento de pequeños sacrificios que realicéis
por la conversión de los pecadores; la petición por las necesidades de la
Iglesia, de la diócesis; la oración por las vocaciones al estado sacerdotal y
religioso.
6.
¿Cómo no ver en todo esto un servicio maravilloso a la vida y misión de la
Iglesia? Así como los jardines y parques son los pulmones con los que se renueva
el aire de las ciudades; así ocurre con vuestra oración contemplativa: se
convierte en el aire sobrenatural con que se purifican los pulmones de la
sociedad y de la Iglesia. Rezad, sí; rezad, rezad. Un político español –buen
cristiano–, le decía en una ocasión a un sacerdote: «Padre, las cosas no van
bien, porque somos pocos los que rezamos, y los que rezamos, rezamos poco».
7. La
Madre Priora añadía: «Desempeñad fielmente la misión de la vida contemplativa…
según nuestro espíritu y carisma». Efectivamente, vosotras tenéis un camino
específico que es el que tenéis que recorrer para agradar a Dios. Salirse de él,
sería un verdadero descamino, aunque pudiera parecer otra cosa. En términos
abstractos, puede haber otros caminos mejores; como ocurre con el celibato
respecto al matrimonio. Pero en el caso de un padre, la castidad matrimonial es
el camino más perfecto para él, no el celibato. Así ocurre con vuestra vida: el
mejor camino de una monja canóniga de san Agustín es el que Dios le dio a través
del carisma del Fundador. Carisma que no ha quedado superado con los años,
aunque en cada momento histórico tenga sus peculiaridades. De esta fidelidad
dependerá vuestra felicidad y que Dios os siga enviando vocaciones. Por eso,
estudiad y meditad vuestras Constituciones y vuestra Regla, que es donde está
guardado el carisma. Amadlas y vividlas con todo cariño.
8. Hoy
es el día de la Santísima Trinidad. Un día en el que recordamos que la vida
intratrinaria es una vida de amor, porque Dios es amor. Amor que el Padre tiene
al Hijo y éste al Padre; amor tan profundo que origina una Persona: la del
Espíritu Santo.
Este
amor increado e infinito ha querido comunicarse a nosotros: nosotros somos fruto
del amor de Dios y tenemos como último destino la participación eterna en ese
misterio de amor de las tres divinas Personas. Esa corriente fue interrumpida
por el pecado de Adán y lo sería también por los pecados graves que nosotros
podemos cometer. Pero Dios se ha encargó de restablecer esa comunión con la
venida del Hijo: porque «tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo
Unigénito». Este Hijo nos reconcilió con el Padre con su Muerte y Resurrección
Redentoras; y nos reconcilia siempre que acudimos al sacramento de la
Penitencia. Este debe ser el motor, el alma de vuestra vida: querer vivir el
amor a Dios, querer vivir del amor de Dios.
9. Pidamos a la Santísima Virgen,
cuyo mes estamos celebrando, que interceda por nosotros, para que sigamos su
ejemplo de fidelidad y obediencia a los planes de Dios. Si así lo hacemos,
podremos repetir con Ella las palabras del Magnificat: «Proclama mi alma la
grandeza del Señor… porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí». Obras que
quizás Dios sólo conozca; pero obras verdaderamente grandes. |
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Bendición del nuevo Abad de San Pedro de
Cardeña
Monasterio de S. Pedro de Cardeña - 18
mayo 2008 |
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1.
Nos hemos congregado aquí esta tarde
por un motivo muy entrañable: constituir al Padre Jesús, en nombre de la
Iglesia, abad de este querido y apreciado monasterio. Con la solemne Bendición
que luego le impartiré en nombre y representación de la Iglesia, la comunidad de
san Pedro de Cardeña contará oficialmente con un nuevo Padre para que cuide de
cada uno de sus miembros como solícito pastor espiritual y material. De este
modo, los monjes de este monasterio le prestarán la obediencia y adhesión
debidas, viendo en él, con los ojos de la fe, lo que dicen las Constituciones de
la Orden: el que «hace las veces de Cristo».
Nuestra
celebración ha de ser, ante todo, una ferviente acción de gracias a Dios, que al
dar a la comunidad un nuevo Padre Abad, ha colmado el estado de orfandad que
dejó la muerte –tan inesperada como santa– del Padre Marcos. Por eso, es muy
lógico que vengamos a celebrar la Eucaristía, único modo adecuado de dar gracias
a Dios por este don.
Es
lógico que la comunidad esté contenta y feliz. Nosotros nos unimos también a ese
gozo, porque san Pedro de Cardeña está profundamente vinculado con la historia
de Burgos y de los burgaleses. Yo estoy seguro de que desde aquí han bajado
hasta nosotros muchísimas gracias a lo largo de la historia; incluida la actual.
¡Cuánta oración y cuánto sacrificio de estos monjes en este monasterio por
nosotros! ¡Cuántos huéspedes y visitantes hemos recibido el buen ejemplo de
ellos! ¿Cómo no estar contentos al ver asegurada su continuidad y su testimonio
ejemplar? Demos, pues, gracias a Dios con gran contento y alegría.
2.
Querido Padre Jesús: dentro de unos momentos, siguiendo una antigua tradición de
los Santos Padres, le preguntaré sobre algunos motivos y condiciones que lleva
consigo el ejercicio abacial. Entre otras, le haré estas preguntas: ¿Quieres…
guardar diligentemente la Regla de San Benito e instruir diligentemente a tus
hermanos para que hagan lo mismo? ¿Quieres custodiar los bienes de este
monasterio y administrarlos con prudencia a favor de los hermanos, de los pobres
y de los peregrinos?
3. La
primera exigencia y compromiso del abad es guardar y hacer guardar la Regla y
las Constituciones por las que se rige el monasterio. Son ellas, en efecto, el
cauce a través del cual se trasmite el carisma fundacional y, como consecuencia,
conservan expedito el camino específico que ha de recorrer un monje para amar a
Dios y al prójimo y llegar a las más altas cimas de la santidad. La historia
general y particular puede exigir adaptaciones. Pero el carisma ha de quedar a
salvo de ellas. Más aún, debe informarlas y vivificarlas. De otro modo, el
Espíritu Santo se sentiría defraudado y dejaría de suscitar vocaciones. La sal
se habría desvirtuado y ya no serviría para dar sabor a los alimentos ni para
conservarles de la corrupción. La mejor manera de estar al día es permanecer
anclados en la entraña del carisma fundacional.
Vuestro
carisma fundamental es el silencio orante, una oración que no es interrumpida
por ninguna otra conversación que no sea la hablar con Dios, Uno y Trino. La
contemplación es vuestro camino ordinario. Una contemplación que se apoya, según
establece la Regla de San Benito por la que os regís, en el famoso «ora et
labora», en la oración y en el trabajo hecho oración.
Los
cauces ordinarios del «ora» se concretan en la celebración y participación
piadosa y consciente en el Santo Sacrificio de la Misa; en la Liturgia de las
Horas, hecha con perfección y fervor, santificando así las diversas horas del
día y prolongando durante ellas el sacrificio de alabanza que brota de la
Eucaristía; la «lectio divina», que os pone en contacto permanente con la
Sagrada Escritura y que tanto bien ha hecho a lo largo de los siglos; la oración
personal prolongada ante el Santísimo Sacramento; la presencia de Dios a lo
largo del día; el amor confiado y ferviente a la Santísima Virgen.
El otro
eje de vuestra vida es el «trabajo» manual o intelectual. Es un modo de no ser
gravosos a la Orden, de guardar el tan necesario equilibrio físico y psíquico y
de imitar a Jesucristo, que pasó la vida trabajando: primero en el taller de san
José y luego en el ministerio de la predicación. Pediremos al Señor que ayude al
Padre Jesús a guardar esta Regla y para que sea un modelo en el que puedan
mirarse sus monjes.
4. Al
Padre Abad corresponde gestionar responsablemente los bienes del monasterio para
que puedan servir para el sostenimiento de los hermanos, y la ayuda a los pobres
y los peregrinos de hoy y de mañana. Los monasterios benedictinos y los que de
ellos derivan, siempre han tenido muy presentes a los pobres y a los huéspedes.
Esta tradición, lejos de haberse interrumpido, tiene hoy un vigor especial.
Son
muchas las personas que a lo largo del año son huéspedes de este Monasterio.
Unos lo son durante algunas horas, otros durante un tiempo más prolongado.
Vienen a buscar entre sus muros la paz del alma, el silencio reconfortante y la
serenidad que les arrebata el tráfago del mundo actual. No olvidéis nunca que
sois un faro en la noche y que es inmenso el bien que podéis hacer siendo fieles
a vuestro carisma.
El
hospedaje que piden estos huéspedes y la limosna que piden los nuevos pobres que
pasan por aquí, son, sobre todo, espirituales. Hay mucha gente inmensamente
pobre en medio de la abundancia material. Lo tienen todo, pero les falta todo:
porque les falta amor en su matrimonio, comprensión y acogida de los más
próximos, y tienen sin sentido y vacío en su vida y en su trabajo, falta de una
fe verdadera en Dios; todo ello, sin contar las consecuencias que de ahí se
derivan. ¡Sed, pues, muy generosos en la acogida a estos nuevos huéspedes y sed
muy compasivos con estos nuevos pobres! Padre Jesús: ¡qué tarea tan hermosa le
encomienda el Señor!
Que la Santa María, tan querida en
toda la Orden Trapense, sea siempre la madre que le proteja y ayude para servir
fielmente a los que su Hijo le ha dado como hermanos e hijos. |
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Solemnidad del Corpus Christi
Plaza de Santa María - 25 mayo 2008 |
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1.
Acabamos de escuchar dos relatos muy
antiguos: la carta de san Pablo a los Corintios, escrita unos veinte años
después de la Ascensión del Señor a los Cielos, y el evangelio de san Juan, de
finales del siglo primero. Uno y otro, aunque con distinta perspectiva, nos
llevan hasta la Eucaristía y nos enseñan que ella estuvo desde los orígenes en
el centro de la vida de la Iglesia.
San
Pablo, que se dirige a la comunidad de Corinto marcada por divisiones, no
encuentra un argumento más convincente para recomendar la unidad eclesial, que
la celebración recta de la Eucaristía y la comunión del Cuerpo y la Sangre de
Cristo. Su argumentación no puede ser más clara ni vigorosa: no hay más que un
solo Pan eucarístico del que comemos todos; por ello, aunque sea distinta
nuestra profesión, nuestra posición social o nuestras ideas…, la comunión en el
Cuerpo de Cristo realiza la unidad del Cuerpo de la Iglesia.
Esta
unión eclesial no es simbólica o metafórica, pues sería una unión ficticia y
aparente, sino unión real y verdadera. Superamos las divisiones y las
diferencias porque es real la comunión eucarística del Cuerpo y Sangre de
Cristo. Sin la fuerza aglutinante de Cristo-Cabeza mediante la comunión
sacramental, la unidad de la Iglesia sería imposible o pura apariencia.
San
Juan, el teólogo, da la justificación de esta maravillosa realidad. Su
pensamiento es profundo, pero claro. El Pan que comemos no es un simple pan
material; ni siquiera el pan del maná, con que Yahvé sostuvo a su Pueblo en la
travesía del desierto. El pan que comemos es el Pan que ha bajado del Cielo, es
decir: el Verbo Encarnado. Este Pan se ha hecho Carne verdadera, –verdadero
hombre, no apariencia– y comida verdadera y necesaria para el hombre. Por eso,
comunica la vida divina, la vida eterna: «el que come mi Carne y bebe mi Sangre
tiene vida eterna». Esta vida no sólo afecta al alma, al espíritu, sino que
alcanza a nuestro cuerpo. Porque al que come esa Carne, «Yo le resucitaré en el
último día». La Eucaristía nos introduce, por tanto, en la vida trinitaria,
porque la vida que comunica es la vida que el Padre da al Hijo y el Hijo nos da
a nosotros. Esta participación se da «ya» en esta vida, aunque de modo
imperfecto; será plena y perfecta después de la Resurrección.
2. Toda
esto no es una novela, porque toda la tradición de la Iglesia ha visto en las
palabras de Pablo y de Juan la doctrina de la presencia real de Cristo en las
especies eucarísticas. «Una presencia –como explicó muy claramente el Papa Pablo
VI– que se llama “real” no por exclusión, como si las otras forma de presencia
no fueran reales; sino por antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace
sustancialmente presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre». Por eso,
podía concluir Juan Pablo II: «La fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos
conscientes de que estamos ante Cristo mismo». Cada uno, de nosotros puede decir
–en la más radical verdad– que Cristo es contemporáneo nuestro, que puede hablar
con él, que puede confiarse a él, que puede comulgarle a él y llegar a una
comunión personal con él que no admite parangón con ninguna otra comunión
personal.
La fe
de la Iglesia ha precisado, ayudada por los teólogos, que esa presencia no se
limita al momento de la celebración, sino que perdura mientras duran las
sagradas especies. Por eso, guardamos esas especies en el Sagrario, con el fin
de llevárselas en comunión a los moribundos y enfermos y adorarle en el
sagrario. La procesión del Corpus Christi testimonia maravillosamente esta fe:
porque la Sagrada Hostia que pondré en el ostensorio para adorarla y
procesionarla, la hemos consagrado en la misa; y terminada la procesión, la
guardaremos en el Sagrario de la Catedral.
3.
Queridos hermanos: celebremos con fe y devoción la santa Misa; participemos con
piedad y fervor en la misa y en la comunión; adoremos con fe y amor la
Eucaristía reservada en el Sagrario. Esto no es pietismo ni espiritualismo, sino
fe: fe verdadera.
Precisamente, porque es fe verdadera, nos lanza a la misión de anunciar
valientemente a Jesucristo en nuestro mundo y se convierte en proyecto de
justicia y solidaridad. La verdadera fe eucarística es un modo de ser que pasa
de Jesús al cristiano y, por el testimonio de éste, se irradia en la sociedad y
en la cultura.
El
Siervo de Dios Juan Pablo II enseñó que para verificar la autenticidad de la
celebración existe una señal: el «compromiso activo en la edificación de una
sociedad más equitativa y fraterna». Por eso se preguntaba: ¿Por qué no afrontar
con generosidad alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo? Y añadía:
«Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres
humanos, en las enfermedades que flagelan a los Países en desarrollo, en la
soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los
emigrantes» (Carta Mane nobiscum Domine, nn. 27-28).
Por
eso, la Iglesia ha querido hacer de la Solemnidad del Corpus Christi el día de
la Eucaristía y el día de Cáritas. Hermanos: no separemos la Eucaristía del
compromiso por la promoción de la justicia, la paz y la solidaridad con nuestro
mundo; especialmente, con los más pobres. Si comemos a Cristo en la Eucaristía y
nos convertimos en él, el fuego de su amor abrasará nuestras vidas y nos llevará
a un compromiso permanente para transformar las estructuras de pecado y crear
otras nuevas, donde se refleje el verdadero rostro de Dios y del hombre.
Sigamos participando con fe y fervor
en la Santa Misa: contestando con fuerza y claridad, comulgando –si estamos bien
dispuestos–, y comprometiéndonos con Cristo a ser sus testigos ante todos,
especialmente ante los más necesitados. |
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Fiesta del Curpillos
Monasterio de las Huelgas -
30 mayo 2008 |
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1.
Una vez más hemos venido a este
barrio de Huelgas para celebrar la tradicional fiesta del Curpillos. Es de
agradecer que nuestros antepasados nos hayan legado una fiesta tan profundamente
cristiana, en la que los elementos folclóricos y ornamentales están al servicio
del culto a la Sagrada Eucaristía. Al servirnos de ellos, queremos confesar que
Jesucristo está presente entre nosotros y por ello todo nos parece poco para
honrarle, adorarle y aclamarle como nuestro Dios y Señor.
2. ¡Qué
hermoso es contemplar esta multitud congregada ante Jesucristo Sacramentado!
Aquí estamos todos: los pobres y los ricos, los sanos y los enfermos, los
jóvenes y los ancianos, los solteros y los casados, los de unas ideas y los de
otras. Jesucristo realiza su gran revolución: la superación de todas las
diferencias, realizando una unidad que las trasciende todas y las gana por
elevación. Así como en una familia todos son hermanos aunque haya diversidad de
edades, de situación económica y de posición social, así sucede en esta familia
eucarística: la fraternidad unifica y supera todas las diferencias. No es
extraño que este espectáculo produjese una profunda impresión entre los
ciudadanos del imperio romano, cuando veían juntos a esclavos y a libres, a
judíos y a griegos, a los de la casa imperial y a sus criados.
3. Se
equivocan, por tanto, los que piensan que la práctica de nuestra fe católica es
semilla de división y de enfrentamientos entre los que no la comparten.
Seguramente que aquí hay personas de distintas nacionalidades. A ninguno se le
ha pedido un carné o una acreditación. Porque para participar en la Eucaristía
basta con estar bautizado y no haber roto la comunión con la Iglesia. Eso
explica que en torno a la Eucaristía no haya nativos e inmigrantes, gentes que
están en su casa y gentes que son invitados. Aquí todos estamos en nuestra
propia casa, porque todos estamos reunidos y unidos en torno a un único Pan:
Cristo en la Eucaristía. Él nos considera a todos iguales, porque a todos se nos
entrega del mismo modo y con el mismo amor.
4. La
Eucaristía se convierte así en escuela de caridad y de fraternidad. Aquí
aprendemos a acogernos como hermanos, a tratarnos como hermanos, a ayudarnos
como hermanos, a perdonarnos como hermanos, a pedir perdón por no comportarnos
–a veces– como hermanos y a implorar la ayuda de Dios para rectificar y vivir el
don inefable de la unidad y de la fraternidad.
Esta
fraternidad comienza por nosotros y se dirige, en primer término, a nosotros.
Por eso, cada vez que participamos en la Eucaristía hemos de preguntarnos si nos
preocupamos de los hermanos en la fe que pasan hambre, necesidad, enfermedad,
soledad, abandono, malos tratos, dificultades en el matrimonio o cualquiera otra
situación de dolor y de sufrimiento. La gran revolución operada en nosotros por
el Bautismo, que nos hace a todos hijos del mismo Padre y hermanos de los demás,
no puede quedarse en meras palabras. Necesita que la llevemos a la práctica
diaria de nuestra vida. No podemos comportarnos como extraños ni como
indiferentes ante el dolor y la necesidad de los demás.
Lo
recordaba el Papa el domingo pasado: «Los que se nutren con el Pan de Cristo
–decía–, no pueden ser indiferentes ante aquellos que ahora carecen del pan de
cada día. Hay tantos padres y madres que a duras penas consiguen ganarlo para sí
mismos y para sus hijos… La Iglesia no solamente reza diciendo “danos hoy el pan
de cada día, sino que siguiendo el ejemplo de su Señor se empeña de múltiples
maneras en “multiplicar los cinco panes y los dos peces”, en innumerables
iniciativas de promoción humana y de compartir, para que a nadie le falte lo
necesario para vivir».
5. Pero
la fraternidad y caridad que brota de la Eucaristía va más allá de los que
participamos en ella o de los que tenemos la misma fe. Se extiende a todos los
hombres, sin distinción de razas, credos y culturas. Allí donde hay alguien que
tiene necesidad: de pan, de cultura, de justicia, de paz, de amor…, allí hemos
de llegar nosotros. Nuestra fe ha de llevarnos a reconocer a Jesucristo en las
Sagradas Especies. Pero ha de llevarnos también a reconocerlo en cualquier
necesitado que se cruce en el camino de nuestra vida.
Por
eso, hay que seguir construyendo fábricas y puestos de trabajo; creando
guarderías, colegios y universidades; levantando hospitales y clínicas bien
dotadas; extendiendo la ayuda y protección a los ancianos y a las personas
dependientes; elevando el nivel de los salarios mínimos; en una palabra: dando
respuesta eficaz a los problemas reales de los hombres y de las mujeres con
quienes compartimos alegrías, penas e ilusiones.
6.
Desde esta perspectiva, ¡que es la verdadera!, se comprende la gravedad social
que comporta impedir o dificultar a los católicos la proyección de su fe a la
vida pública, y tratar de confinarla en las sacristías y en las conciencias.
Porque se le priva a esa sociedad de toda la capacidad de bien y de amor de
muchos millones de personas. Sin embargo, a nadie se nos oculta que hoy existe
esta intención en ciertos poderes públicos y privados, que detentan el poder
político, económico o mediático. En el fondo, no quieren perder sus privilegios.
Y como saben la inmensa fuerza trasforma-dora que tiene la fe en Jesucristo para
crear una sociedad cada vez más humana, más igualitaria, más solidaria y más
fraterna y –por ello– más libre y menos manipulable, tratan de impedirlo, aunque
no se atrevan a confesar sus reales intenciones.
7. Los
cristianos hemos de ser conscientes de todo esto y no ceder al conformismo y a
la componenda, por miedo o por cobardía. ¡Es la hora de sentirnos orgullosos de
nuestra fe y de nuestra religión! La hora de exigir que respeten esa fe y esa
religión. La hora de no consentir que nos traten como a parias de la sociedad o
ciudadanos de segunda categoría, la hora de reclamar respeto desde los medios
estatales de comunicación –que se pagan con nuestros impuestos–, en una palabra:
la hora de pasar a una fe consciente y adulta.
8. ¡Pobres de nosotros, si
contáramos con nuestras solas fuerzas! Por fortuna, contamos con la fuerza y la
presencia de Jesucristo. La Eucaristía es la garantía de esta presencia y de
esta fuerza. Jesús se ha quedado con nosotros para recorrer con nosotros el
camino de nuestra peregrinación por este mundo. Con esa fuerza que no es poder,
ni dominio, sino amor, seremos capaces de ser buenos y eficaces ciudadanos y
colaborar en la construcción de una sociedad más libre, menos desigual y más
fraternal. |
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Un cardenal apasionado por la verdad
Cope - 4 myo
2008 |
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Hace unos días se celebró en Roma el
funeral del cardenal Alfonso López Trujillo, fallecido a los setenta y dos años.
Era el presidente del Pontificio Consejo para la Familia, es decir, el
Ministerio de la Iglesia que se ocupa especialmente de todo lo referente al
cuidado de los esposos, la familia y también la defensa de la vida.
Fue una gran manifestación de
amistad y fraternidad, realzada por la presencia del Papa y de muchos
cardenales, de los cuales varios habían venido de fuera de Roma. También fue
numeroso el número de obispos. Yo fui uno de ellos. Porque el Cardenal López
Trujillo fue durante bastantes años el Presidente con el que trabajé como
Secretario General del Consejo para la Familia. Yo fui llamado a este Consejo
con su antecesor el Cardenal Gagnon.
El
Papa, apenas vuelto de Estados Unidos, quiso hacerse presente en el funeral,
aunque fue presidido por el cardenal Sodano, en su calidad de Decano de los
Cardenales. En la homilía, el Papa subrayó, sobre todo, el tesón y la valentía
con que el Cardenal López Trujillo se había empeñado en la defensa de la familia
y de la vida. «¿Cómo no poner de relieve, en este momento, el celo y la pasión
con que trabajó durante esos casi dieciocho años, llevando a cabo una incansable
actividad en defensa y promoción de la familia y del matrimonio cristiano? ¿Cómo
no agradecerle la valentía con que defendió los valores innegociables de la vida
humana?».
Benedicto XVI quiso poner de manifiesto que el aprecio y empeño por los bienes
de la familia y del matrimonio lo había aprendido en su propio hogar. Sus padres
supieron dedicarse plenamente a él y a sus hermanos. «Cuando en mi trabajo
–recordó el Papa, repitiendo palabras del cardenal– hablo de los ideales del
matrimonio y de la familia, me resulta natural pensar en la familia de la que
provengo, porque a través de mis padres pude constatar que es posible realizar
ambos».
Estas
palabras tienen un significado especial, si tenemos en cuenta que las pronunció
años después de la muerte de su madre. Dios le hizo experimentar el dolor que
supone perder al ser que uno más quiere a la edad de cuarenta y cuatro años y
después de haber pasado para una enfermedad muy dolorosa. De esta experiencia se
sirvió el Señor para darle la fortaleza que habría de necesitar en no pocas
ocasiones para vivir el lema de su escudo episcopal: «Caritas in veritate, la
caridad unida a la verdad».
Porque
en su defensa de la intangibilidad de toda vida humana, del compromiso entre el
hombre y la mujer en el matrimonio y de la familia, tuvo que hacer frente a
situaciones difíciles. Más aún, se podría afirmar que las dificultades han
formado parte de todo su ministerio al frente del Consejo para la Familia.
A nadie
se le oculta, en efecto, que el mundo actual es, en no pocas ocasiones, un mundo
en el que impera la tergiversación. Los medios de comunicación y los grupos de
presión económica y política se esfuerzan en presentar lo que objetivamente son
males radicales, como bienes dignos de respeto e impulso, como si fuesen pasos
en la promoción de la libertad y de la dignidad de la persona. El tiempo se
encarga luego de mostrar la limitación y la vileza que conllevan. Defender los
valores auténticos de la familia, del matrimonio y de la vida exige ir
contracorriente y sobreponerse a la opinión pública. El Cardenal López Trujillo
nunca tuvo miedo a estas exigencias y supo sacrificar su honra en aras de la
fidelidad a Jesucristo.
Yo estoy seguro de que el Señor
habrá acogido en su seno a este servidor bueno y fiel. Que nuestras oraciones le
ayuden a purificarse de las deficiencias y debilidades que acompañan a toda
existencia humana. |
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¿Hacer de cristianos sin ser cristianos?
Cope - 11 mayo 2008 |
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En una ocasión, alguien me formuló
con toda intencionalidad la siguiente pregunta: –¿Puede dar calor un radiador
apagado? Superado un primer desconcierto, respondí: no. Mi interlocutor
insistió, ahora desvelando su intención: –Entonces, ¿puede un cristiano
presentar a otros su fe, si él no es cristiano? La respuesta era igualmente
clara, pero quedó en el aire.
Estas
preguntas me han rondado estos días, ante la inminencia del bautismo de chicas
jóvenes, a las que ayer conferí los tres sacramentos de la Iniciación Cristiana
en la Catedral. Hoy me ha vuelto a ocurrir, con motivo de la celebración del
«Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar». De todos modos, no soy yo
el único en pensar así, porque los obispos de la CEAS, en su mensaje para este
día se formulan –ciertamente de modo más técnico, pero no menos contundente– la
misma pregunta, tomando como punto de referencia la formación que poseen los
católicos de España.
El
mensaje va a la raíz y no se anda con paños calientes. Ante todo, clarifican que
la «formación cristiana» es mucho más que poseer unos conocimientos religiosos.
Aun siendo imprescindible conocer las verdades de la fe, es necesario «que esas
verdades pasen de la cabeza al corazón» y «transformen sus sentimientos según
los sentimientos de Cristo». Sólo así –aquí viene como anillo al dedo la
pregunta del principio– «cada cristiano podrá llegar a pensar, sentir, hablar y
actuar de acuerdo con su dignidad de hijo de Dios, tanto en sus relaciones con
los hermanos como en las distintas actividades sociales».
En
otros términos, sólo quien es cristiano puede ser apóstol, anunciar a
Jesucristo, presentarle como una propuesta digna de ser acogida y seguida. El
apóstol cristiano, en efecto, no es un vendedor de electrodomésticos o material
informático. Si así fuera, bastaría que tuviera unos conocimientos técnicos
sobre los productos que trata de vender y una cierta capacidad de persuasión.
Pero el apóstol de Jesucristo no es eso. ¡Es un discípulo y un testigo! Es un
comunicador, sí, pero de la Buena Noticia de Jesucristo Salvador. Quienes sólo
conocen a Jesucristo de lejos, de oídas o por un libro «es imposible que puedan
ser luz del mundo y testigos de su salvación», dice el documento episcopal antes
citado.
Más
aún, tendrá una visión con frecuencia deformada del cristianismo y de la
Iglesia, ya que sus criterios no serán los del Evangelio ni su doctrina la de la
Iglesia. Al contrario, se dejará llevar por las opiniones de los demás, por los
criterios al uso y por las presentaciones parciales y sesgadas que circulan por
los caminos de lo políticamente correcto. El resultado final será el que me
planteaba mi interlocutor: como él está apagado, no puede calentar a los demás.
Decía antes, que los obispos no
emplean paños calientes a la hora de juzgar la situación. Ciertamente reconocen
que hay muchas cosas positivas en tantos seglares cristianos de España. Pero
reconocen también que «deberíamos hacer un esfuerzo por revisar los procesos de
formación cristiana que estamos llevando a cabo en estos momentos con la mejor
buena voluntad». Y dan el siguiente criterio para dicha revisión: en ocasiones
«hemos formado a los miembros de nuestras comunidades para impartir catequesis,
para la preparación de las celebraciones litúrgicas, para impulsar la actividad
caritativa y social», pero «nos ha faltado» algo que es decisivo: «hacer
cristianos adultos en la fe, enamorados de Jesucristo y de su Iglesia, y
convencidos de la dimensión secular de la vocación laical». En pocas palabras:
«se ha dado prioridad al “hacer” sobre el “ser” y se han formado personas que
saben hacer cosas, pero que no tienen sólidamente afirmadas las convicciones y
motivaciones cristianas». |
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Comunicación y dignidad de la persona
Cope - 18 mayo 2008 |
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El
pasado 4 de mayo, se celebró la Jornada Mundial de las comunicaciones sociales.
Su lema no podía ser más significativo: «Los medios de comunicación social: en
la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la verdad para
comunicarla».
Efectivamente, los medios de comunicación tienen hoy un poder tan formidable,
que condicionan, para bien y para mal, a las personas y a la sociedad. Hasta el
punto de haberse convertido en parte constitutiva de las relaciones
interpersonales y de los procesos sociales, económicos, políticos y religiosos.
Si a esto añadimos la potencialidad que les ha dado la vertiginosa evolución
tecnológica, no es difícil comprender que los medios de comunicación son parte
integrante del gran desafío del momento presente: qué es el hombre y cuál es el
sentido de su vida y actividad.
Desde
esta perspectiva se comprende bien que los medios de comunicación puedan hacer
aportaciones de gran trascendencia para el conocimiento de los hechos y de la
difusión del saber. Pero que también puedan ser usados para someter al hombre a
lógicas dictadas por los intereses dominantes del momento y para fines
ideológicos o económicos ilegítimos.
Esta
ambigüedad no es meramente una hipótesis de trabajo. De hecho, hoy se ve que,
con el pretexto de representar la realidad, hay medios de comunicación que se
usan para legitimar e imponer modelos distorsionados de vida personal, familiar
o social. Igualmente, por el afán desmedido de ampliar la audiencia, se están
llevando, con demasiada frecuencia, por los caminos de la trasgresión, la
vulgaridad, la violencia, la difamación y la corrupción.
En otro
orden de cosas, hay medios de comunicación cuyo único horizonte es la
implantación de modelos de desarrollo en los que sólo importa el logro de metas
económicas. De este modo, aunque alardeen de sensibilidad social e igualdad, en
vez de disminuir el abismo económico y tecnológico que separa a los países ricos
y pobres, lo aumentan. Por fortuna, existen también otros medios de comunicación
que se proponen metas de justicia y desarrollo dignos del hombre.
Esta
compleja y fascinante situación ha dado lugar a que crezca cada día más el
número de los que reclaman una ética de los medios de comunicación social y
postulan que en las aulas de periodismo se imparta una seria formación infoética.
Esta percepción se hace aún más vigorosa al comprobar que hoy son campos
habituales de información cuestiones tan básicas y fundamentales como la vida
humana, el matrimonio, la familia, la educación, las grandes cuestiones
contemporáneas relativas a la paz, la justicia y la conservación de la
naturaleza, entre otras. Punto esencial y aglutinante de esta infoética es la
centralidad y dignidad inviolable del ser humano. Todo informador tiene que
hacer una opción radical y decidida por la persona humana y por el respeto a su
dignidad.
Por
eso, tanto ellos como los medios de comunicación social no pueden convertirse en
altavoces del materialismo económico y del relativismo ético, verdaderas plagas
de nuestro tiempo. Al contrario, pueden y deben ser altavoces de la verdad sobre
el hombre y defensores de la misma ante quienes tratan de negarla o destruirla.
La experiencia de las grandes dictaduras del siglo pasado son una premonición
profética del final desastroso al que pueden conducir unos medios de
comunicación social puestos al servicio exclusivo del poder económico o
político. El «gran hermano» y «la granja» estarían cada día más próximos si, en
la estructura de la globalización, los medios de comunicación olvidasen el
servicio a la persona humana y a la sociedad y optasen por someterse a los
poderes fácticos, cada día más fuertes y poderosos.
Confiemos en que existan siempre
comunicadores valientes y testigos auténticos de la verdad del hombre. Incluida
la de su dimensión religiosa. |
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Famoso, mujeriego y converso
Cope - 25 mayo 2008 |
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Eduardo
Verástegui es un actor televisivo y cantante mexicano que provoca el entusiasmo
de la gente joven. Nació hace 33 años en un pueblecito al norte de México.
Comenzó a estudiar derecho en la Universidad, pero al cabo de un año lo abandonó
para perseguir el sueño de ser actor y cantante. Marcha a Ciudad de México y
allí se consolida como actor latino de moda, entra en el mundo de la telenovela
y da el salto a la industria latina cinematográfica. Se traslada a Miami y graba
su primer disco como solista.
Un día,
mientras viaja a Los Ángeles para promocionar su disco, conoce en el avión a un
directivo de la Fox, que le invita a un casting para un largometraje. Le dan el
papel y se traslada a Hollywood. Allí tiene su primera experiencia radical:
después de conseguir durante diez años todo lo que pensaba que le haría feliz,
siente un profundo vacío. «Estaba triste e insatisfecho. Me faltaba algo. Por
aquel entonces no sabía qué».
Mientras tanto, exprime el precio de la fama con sobredosis de sexo, fiestas e
incluso algo de droga. Esto le lleva a perder la perspectiva de la realidad y a
vivir en un profundo relativismo. Como suele ocurrir en esos ambientes, sus
amistades, lejos de ayudarle, le meten cada vez más en el abismo de las fiestas
y de la nada. «Me di cuenta que yo era como un galgo que perseguía una falsa
liebre en las carreras. Cuando llegué a morderla, me quedé herido porque era de
metal. Estaba persiguiendo una mentira».
Un día
tiene un encuentro con Jarmine, la profesora de inglés que durante seis meses le
ponen los de la Fox. Esta mujer católica le hace ir al fondo de su vida y
despierta en él las preguntas últimas. El actor siempre se había sentido
católico, pero su trato con Jarmine le descubre que su catolicismo es una
etiqueta cultural, casi vacía de contenido y, desde luego, carente de
convicciones. Verástegui recuerda el día que, terminadas las clases, se
despidió, dejándole la herida abierta: «¿qué estás haciendo con tu vida?»
Comenzó a llorar en un rincón de la casa y no cesó en varios días. «Temblaba por
dentro», confiesa él.
Tenía
necesidad de encontrar alguien que hablara español para compartir todo lo que
sentía y el arrepentimiento por una vida tan alejada de Dios. Le pusieron en
contacto con un sacerdote, que comenzó a ayudarle y a dejarle libros. Empieza a
ir a misa diariamente. Otro sacerdote, el Padre Francisco, le propone una
confesión general. Tras una larga preparación, Verástegui hace una confesión de
tres horas. El actor la califica como su segunda conversión: «Comprendí que no
había nacido para actor u otra cosa, sino para conocer, amar y servir a
Jesucristo».
Con la
audacia del converso, vende todos sus bienes y decide irse a Brasil como
misionero. Pero el sacerdote le hace descubrir que Hollywood es el lugar donde
Dios le espera para que anuncie la Buena Nueva. Verástegui, con Leo Severino,
crea «Metanoia Films» para hacer películas al servicio de la esperanza y
dignidad humanas. «Bella» es la primera cinta de esta compañía. De ella se ha
hablado mucho durante estos meses en toda América. Incluso ganó el Festival de
Toronto contra todo pronóstico. Verástegui ha creado también un estudio bíblico
para actores y directores y un lugar en Hollywood para los que buscan algo más
que la fama.
Desde hace cinco años, el mujeriego
latin lover vive, feliz y radiante, la castidad, reza el rosario y va a
misa todos los días. Es el referente contra-cultural en los corrillos de
Holywood. Se siente libre de verdad e inmensamente feliz. |
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Agenda |
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Mayo de 2008 |
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1. |
Participa en la ordenación
episcopal de Mons. Juan Ignacio Arrieta Ochoa de Chinchetru, Secretario
del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, en la Basílica de
San Pedro del Vaticano. |
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3. |
Preside
Administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San Juan
de Ortega de Burgos. |
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4. |
Celebra la Santa Misa a
internos del Centro Penitenciario. Por la tarde preside el rito de
entrega del Padre nuestro y la Eucaristía a comunidades neocatecumenales
en la parroquia de San Martín de Porres. |
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5. |
Consejo de
Gobierno. |
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6. |
Reunión de obispos de
Castilla y León en Valladolid. |
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7. |
Visitas.
Recibe, entre otros, a la delegación de familia. Por la tarde administra
el sacramento de la confirmación en la parroquia de Santa María la Real
y Antigua de Burgos.
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8. |
Visitas. Rueda de prensa
para la campaña a favor de la Iglesia Católica en la Declaración de la
Renta. Revisión de la Visita Pastoral con los sacerdotes del
arciprestazgo de Vena en los salones de la parroquia de San Gil. Por la
tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San
Lesmes Abad de Burgos. |
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9. |
Visitas. Visita a sacerdotes
enfermos en el hospital y en sus casas. Por la tarde administra el
sacramento de la confirmación en la parroquia de San Cosme y San Damián
de Burgos. |
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10. |
San Juan de Ávila. Preside
la conferencia impartida por D. Sebastián Taltabull, Secretario de la
Comisión de Pastoral de la C.E.E., y la Eucaristía en el Seminario con
motivo de la fiesta del patrono del clero secular español y en la
conmemoración de los 25, 50 y 60 años de ministerio sacerdotal de
algunos presbíteros. Por la tarde administra los sacramentos de la
Iniciación Cristiana a dos adultas y el sacramento de la confirmación a
jóvenes de distintas parroquias en la Catedral. Por la noche participa
en la Vigilia de Pentecostés en la parroquia de San Pedro y San Felices. |
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11. |
Solemnidad de Pentecostés.
Preside la Santa Misa en la Catedral con motivo del día del Apostolado
seglar. |
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12. |
Consejo de Gobierno.
Visitas. Por la noche preside la procesión de antorchas y el rezo del
santo Rosario en la parroquia de Fátima. |
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13. |
Participa en el Rosario de
la Aurora de la Virgen de Fátima y preside la Eucaristía en la Catedral.
Visitas. Por la tarde saluda a un grupo de peregrinos alemanes con su
obispo en la Catedral. |
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14. |
Visitas. Por
la tarde preside los actos organizados con motivo del día de la Facultad
de Teología en su cuarenta aniversario: acto cultural, Eucaristía y
conferencia impartida por Mons. Roland Minnerath, Arzobispo de Dijon. |
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15. |
Visitas.
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16. |
Visitas.
Por la tarde
administra el sacramento de la confirmación en Lerma. |
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17. |
Preside la Eucaristía del Encuentro
diocesano de monaguillos en el Seminario. Por la tarde administra el sacramento
de la confirmación en Arcos de la Llana a jóvenes del arciprestazgo de San Juan
de Ortega. |
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18. |
Preside la profesión solemne
de tres religiosas canónigas de San Agustín en la Iglesia de Santa
Dorotea. Por la tarde bendice al nuevo Abad del Monasterio de San Pedro
de Cardeña. Administra el sacramento de la confirmación en Villasur de
Herreros a jóvenes del arciprestazgo de San Juan de Ortega. |
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19. |
Consejo de Gobierno.
Visitas. |
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21. |
Visitas.
Comisión Permanente del Consejo Episcopal de Gobierno. Por la tarde
administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San
Pablo. |
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22. |
Visitas.
Recibe, entre otros, al alcalde de Poza de la Sal. Por la tarde
inauguración de la nueva Casa Sacerdotal. |
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23. |
Visitas. Por la tarde
participa en los actos organizados con motivo del cuarenta aniversario
de inicio del Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid. |
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24. |
Preside la santa Misa de la
Sabatina en la Catedral para pedir por la Iglesia en China. Recibe a los
gigantillos y danzantes en el Arzobispado. Por la tarde administra el
sacramento de la confirmación en la parroquia de Nuestra Señora de las
Nieves. |
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25. |
Solemnidad del Corpus
Christi. Preside la Eucaristía en la plaza de Santa María de la Catedral
y la procesión por las calles de la ciudad con el Santísimo. Por la
tarde preside las exequias del sacerdote D. Pedro López Ruiz en Olmos de
Atapuerca. |
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26. |
Reunión de obispos de
Castilla y León con el Consejero de Educación en Valladolid. |
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27. |
Visitas. Consejo de
Gobierno. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la
parroquia de la Inmaculada. |
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28. |
Visitas. | | | |