El Arzobispo

 

Homilías

San Juan de Ávila

Vigilia de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés

Celebración del 40 aniversario de la fundación de la Facultad de Teología

Profesión solemne de tres Religiosas

Bendición del nuevo Abad de San Pedro de Cardeña

Solemnidad del Corpus Christi

Fiesta del Curpillos

Mensajes

Un cardenal apasionado por la verdad

¿Hacer de cristianos sin ser cristianos?

Comunicación y dignidad de la persona

Famoso, mujeriego y converso

 

 

Agenda

Mayo de 2008

 

Homilías

San Juan de Ávila

Seminario Diocesano - 10 mayo 2008

1. Una vez más nos reunimos en nuestro Seminario, para celebrar la fiesta sacerdotal más importante de la diócesis después de la Misa Crismal: la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del Clero secular español.

En ella, como ya es habitual, ocupa un puesto destacado la acción de gracias por la vida y ministerio de esta nutrida corona de sacerdotes, que celebran su aniversario de sesenta, cincuenta y veinticinco años de sacerdocio. ¿¡Cómo no venir a la Eucaristía a agradecer al Señor por las incontables gracias que él ha derramado por medio de estos hermanos nuestros, a través de su predicación, catequesis, celebración de la Misa y de la Penitencia, visitas a los enfermos, atención a los necesitados del cuerpo y del espíritu!? Son tantos los beneficios que la Iglesia ha recibido por el ministerio de estos hijos suyos, que sólo el Sumo Sacerdote puede asumirlos y unirlos a la acción de gracias que él tributa al Padre en cada Eucaristía. Nosotros, los ponemos ahora en sus manos de Sacerdote primordial y eterno.

Junto a la orientación de la Eucaristía, nuestra fiesta tiene este año tres connotaciones especiales, de gran relieve: la inminencia del año santo de san Pablo, la próxima celebración del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios y el Plan Pastoral Diocesano sobre el cual hemos venido trabajando –sacerdotes y laicos– durante el curso que está concluyendo. San Juan de Ávila puede y debe ser nuestro Maestro para guiarnos en la comprensión y vivencia de estos tres acontecimientos.

3. San Juan de Ávila, en efecto, puede ser justamente calificado el san Pablo español o el san Pablo, Apóstol de Andalucía. También la gran pasión de S. Juan de Ávila fue la predicación. Lo recuerda el epitafio de su sepulcro: mesor eram: era un predicador. Todos los lugares eran buenos para ejercer este ministerio: la Iglesia, la calle, la catequesis con niños, los hospitales donde atendía a los enfermos, las capillas y oratorios donde daba pláticas a los sacerdotes. Impulsado por este celo recorrió palmo a palmo toda Andalucía: Sevilla, Granada, Córdoba, Jaén, Baeza, etcétera.

Como San Pablo, el gran contenido de su predicación fue Cristo y su Cruz salvadora. Su modelo de predicación era el Apóstol de las gentes, al que trataba de imitar sobre todo en el conocimiento del misterio de Cristo. Como él tuvo que sufrir persecuciones y calumnias por el Evangelio; incluso la cárcel. Su predicación tenía también el ardor de san Pablo. Baste recordar aquel sermón de fuego que predicó en Granada, ante el Duque de Gandía, que presidía el cortejo fúnebre de la emperatriz Isabel. Aquella palabra penetró e impresionó de tal modo a aquel noble que le hizo cambiar completamente de vida, llegando a ser San Francisco de Borja. No sorprende, por eso, que Fray Luis de Granada, que le conocía tan bien, dijera que «las palabras que salían de su boca eran como saetas encendidas en su corazón, y hacían arder también los corazones en los otros».

4. Su principal libro de estudio, imitación y predicación fue, como en san Pablo, la Sagrada Escritura y la Cruz. Él cumplió con exquisita fidelidad los consejos que daba san Pablo a Timoteo, y que hemos proclamado en la primera lectura: estudiar las Sagradas Escrituras, predicarlas sin miedo, llamar a los pecadores a la conversión, no dejarse, ni seducir por los falsos vientos de reforma entonces imperantes, ni intimidar por los inquisidores sospechosos. La norma de su ministerio era ser fiel a Jesucristo por encima de todo.

San Juan de Ávila es, pues, el modelo de sacerdote que Dios espera en este preciso momento de la vida de la Iglesia, cuando ésta se prepara al año Jubilar paulino y al Sínodo sobre la Palabra de Dios. Si la fuente de espiritualidad sacerdotal es el ejercicio de nuestro ministerio configurado con Cristo Sacerdote –como ha proclamado el Vaticano II y luego el magisterio de Pablo VI y Juan Pablo II– hemos de dedicarnos con amor, ardor, empeño y pasión a la predicación en todas sus formas: desde el primer anuncio, la catequesis y la homilía hasta toda ocasión propicia para dar a conocer a Cristo. Esto exige una formación y un estudio continuos, sobre todo de la Sagrada Escritura; y una meditación asidua y constante de la Palabra de Dios. Hemos de penetrar su sentido, asimilarlo y tratar de vivirlo, como san Juan de Ávila.

No cabe duda de que después del Vaticano II hemos ido avanzando en el aprecio y cultivo de la Sagrada Escritura. Pero sigue siendo imprescindible continuar con empeño en ese camino. Precisamente, se publicaba estos días una encuesta sobre la lectura de la Sagrada Escritura por parte de los fieles, con un resultado muy triste: nuestros católicos son los que menos leen la Biblia en toda Europa. La conclusión del estudio invita a reflexionar seriamente: la lectura de la Biblia y la madurez y libertad de los pueblos guarda estrecha relación.

Pienso que el estudio de los Lineamenta y –cuando se publique– del Instrumentum laboris, puede ser un momento de gracia especial. Pidamos, a san Juan de Ávila, que guíe a los pastores y fieles que vivimos en España en este empeño de mejorar nuestra formación bíblica e intensificar nuestro ministerio evangelizador.

5. Esta petición tiene una urgencia añadida para nosotros. No porque nuestra formación bíblica y el empeño evangelizador sea inferior. Sino porque tendremos que llevar a la práctica –una vez que el Consejo Pastoral lo revise–, el Plan Pastoral sobre la Iniciación cristiana que entre todos hemos preparado con el estudio y reflexión del documento de trabajo «A vino nuevo, odres nuevos».

La nueva situación sociorreligiosa de la diócesis es un desafío apasionante para dar un paso decidido y creativo en la evangelización. Porque el gran reto «no es hacer cosas» sino «hacer cristianos». Si la familia ya no es transmisora de la fe; si las nuevas generaciones no se han incorporado a la práctica religiosa; si la mentalidad y las costumbres de gran parte de nuestra gente ya no son cristianas, no podemos acercarnos a ellas con una mentalidad, unos métodos y unos esquemas propios de gente creyente y practicante. Las dificultades no faltarán pero no caigamos en el desánimo, en la visión negativa ni en el inmovilismo. La palabra de Jesucristo, proclamada en el Evangelio, tiene que llenarnos de audacia y esperanza: él nos envía a anunciar su evangelio a nuestra gente; y nos dice que no vamos solos; él va con nosotros. Que san Juan de Ávila interceda por nosotros, para que descienda el Espíritu de Pentecostés y nos encienda en su fuego y ardor. Amén.

 

Vigilia de Pentecostés

Catedral - 10 mayo 2008

1. Hoy es una fiesta muy señalada para todos nosotros y para la Iglesia, especialmente para la que vive en la diócesis de Burgos. Porque hoy el Espíritu Santo nos va a hacer tres grandes regalos: el bautismo de Sara y Mónica, la confirmación, además de ellas, de un nutrido grupo que habéis venido desde vuestras parroquias y la Primera comunión de Mónica y Sara.

2. El primer gran regalo del Espíritu –precisamente en el día en que conmemoramos su venida sobre los Apóstoles y María Santísima– es el Bautismo de estas dos jóvenes: una española y otra ecuatoriana. Ha sido el Espíritu quien con su gracia las ha traído hasta las aguas bautismales y el que dará fuerza a esas aguas para que realicen unos prodigios asombrosos: les hará nacer a una nueva vida –la vida divina–, convirtiéndoles en hijas de Dios; y además, destruirá en ellas el pecado original y todos los pecados personales cometidos hasta ahora, así como las consecuencias que de ellos derivan; les infundirá también las virtudes de la fe, esperanza y caridad; les sellará con una marca imborrable, garantía de su pertenencia a la Santísima Trinidad y de protección en toda circunstancia de la vida; participaran en el sacerdocio de Jesucristo y en su misión para que sean sus testigos y apóstoles en medio de los ambientes en que la vida les vaya colocando.

Así como en el orden natural nada hay más grande que la vida, en el orden sobrenatural nada hay superior a la vida que comunica el Bautismo. Gracias a él nos hacemos, de una forma misteriosa pero real, hijos de Dios, nos convertimos en “otros Cristos”, nos hacemos templos del Espíritu Santo y nos convertimos en miembros de la Iglesia. Por eso, estas dos chicas rezarán hoy por primera vez el Padre Nuestro –que es la oración de los hijos de Dios– y recibirán por primera vez el Cuerpo de Cristo.

Tenemos, pues, sobrados motivos para dar gracias al Espíritu Santo en esta Vigilia de Pentecostés. A la vez, tenemos motivos para pedirle que realice en nosotros una profunda renovación del espíritu de testigos y que nos haga comprender que nos encontramos con una situación muy distinta a la que hasta ahora hemos vivido y a la que tenemos que dar la respuesta que Él espera de nosotros.

3. El segundo regalo que hoy nos hace el Espíritu Santo es la Confirmación de este grupo venido de distintas parroquias, además de estas dos nuevas cristianas. Cuando yo os diga a cada uno de vosotros: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo», cada uno recibirá el Espíritu de Dios que había profetizado Ezequiel, el mismo del que san Pablo decía que habita en nosotros y ora a favor nuestro con gemidos inefables, el mismo que prometió Jesucristo a lo largo de su vida y el mismo que de hecho recibieron los Apóstoles en el primer Pentecostés de la historia.

Gracias a ello, se hace patente ante nosotros que Pentecostés no es un suceso aislado ni un hecho que pertenece a una supuesta edad de oro de la Iglesia, sino un acontecimiento que se repite en distintos momentos de la historia y en cada generación eclesial.

Por ser el mismo Espíritu y por donarse con la misma finalidad, produce los mismos efectos que en el Primer Pentecostés. Como decía Ezequiel, da vida a los huesos secos de nuestra sociedad y de nuestro entorno; nos acompaña siempre, para que difundamos por todas partes el buen olor de Cristo; nos da el agua viva con la que regar y saciar los corazones sedientos de nuestros contemporáneos; nos da su fuerza y su fortaleza para dar frutos abundantes de nueva vida: frutos de amor a Dios y al prójimo, de convivencia pacífica con todos, de paz, de justicia, de servicio –especialmente a los más necesitados–, de fortaleza para no rendirnos ante las dificultades del ambiente y abrir nuevos caminos de evangelización.

Agradezcamos a Jesucristo que, con su Muerte y Resurrección, nos haya ganado el Espíritu Santo y que, tras su Ascensión, nos le haya donado con los sacramentos, especialmente los del Bautismo y Confirmación.

4. El tercer regalo que hoy nos hace el Espíritu es la participación en la Eucaristía, que Sara y Mónica reciben por primera vez, es decir, por primera vez reciben el Cuerpo Eucarístico de Cristo. De este modo, llevan a su plenitud la vida que nace en el Bautismo y se robustece en la Confirmación, se insertan completamente en Cristo y en su Iglesia, y reciben el alimento con el que afrontar las nuevas responsabilidades que han asumido al recibir el Bautismo y la Confirmación.

Todos nosotros hemos recibido el Bautismo y la Primera Comunión; quizás alguno tenga pendiente la Confirmación. Aprovechemos esta celebración para renovar nuestra conciencia de bautizados; los compromisos que hemos asumido; renovemos la alegría de ser cristianos; y el deseo de ser portadores de la luz y el amor de Cristo a este mundo nuestro, que tiene de todo, pero que le falta lo más importante: Dios y su gracia.

 

Solemnidad de Pentecostés

Catedral - 11 mayo 2008

1. La solemnidad de Pentecostés lleva a su término y culminación la Pascua. Después de haber celebrado durante cincuenta días la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, las apariciones a sus discípulos y su exaltación a la derecha del Padre, hoy irrumpe impetuosa la presencia del Espíritu Santo, que es entregado por el Resucitado a los suyos, para hacerles partícipes de su misma vida y construir con ellos el nuevo Pueblo de Dios.

Pentecostés es, por tanto, el día en que Cristo otorga el Espíritu a su Iglesia, el día en que la Iglesia realiza su gran epifanía o manifestación y el día en que el Espíritu abre a la Iglesia a la expansión misionera.

2. El Espíritu Santo es, ante todo, un don que Cristo Resucitado hace a la Iglesia; don que es fruto de la Pascua. «Todavía no había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado», dice el Evangelio de san Juan, para indicar que el Espíritu es fruto de la Pascua. Por eso, el Resucitado tuvo prisa para comunicárselo a los suyos la misma tarde de Resurrección, cuando les dijo con las palabras que hemos escuchado en el evangelio: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados y a quienes se los retengáis, les serán retenidos». En realidad, ese Espíritu es el «aliento vital» que exhaló Jesús sobre su Iglesia desde lo alto de la Cruz, en el momento de pasar de este mundo al Padre. Un regalo nupcial del Esposo a su Esposa.

Por eso, el Espíritu Santo no viene a dar el relevo a Cristo ni a ser su antagonista. Muy al contrario, su función es llevar a plenitud la obra realizada por Jesús; asegurar la presencia invisible y perenne de Cristo y de su obra; «hacernos comprender la realidad misteriosa de su sacrificio y llevarnos al conocimiento pleno de la verdad revelada» –como dice la oración sobre las ofrendas–; ayudarnos a interiorizar y asimilar la salvación de Cristo, hacer presente esta salvación a lo largo del tiempo y el espacio.

El Espíritu es, por tanto, el gran colaborador de Cristo, su mejor mensajero, el testigo más fiel de su Pascua Redentora. Por eso son tan extraordinarios los frutos que comunica con su presencia: Él reúne a la Iglesia, dotando de vida nueva a quienes se han incorporado a Jesucristo por la fe y el Bautismo; él trasforma el interior de los creyentes, dándoles la posibilidad de decir: «Jesús es el Señor» y de invocar a Dios como Abba, Padre; él cambia la vida de los discípulos de Jesús, dándonos fuerza para vivir el amor mutuo y transformar el mundo; él desciende sobre los dones de pan y vino para convertirlos en Cuerpo y Sangre de Cristo, realizando la unidad con Cristo y de los discípulos entre sí, y desciende además sobre la comunidad para convertirla en ofrenda agradable al Padre y congregarla como comunidad de unidad y de paz.

Pidamos hoy al Resucitado que nos envíe ese Espíritu para que realice en nosotros todos estos frutos, nos convierta en verdaderos discípulos suyos y, luego, nos haga testigos valientes de su Reino.

3. La lectura del libro de los Hechos nos sitúa en la segunda gran realidad de este día: Pentecostés es «fiesta de la Iglesia» con un título muy especial. Pentecostés era una de las grandes fiestas judías, en la que el Pueblo de Dios daba gracias por la cosecha y conmemoraba la promulgación de la Alianza en el Sinaí y el nacimiento de Israel como pueblo. La donación del Espíritu el día de estas dos conmemoraciones es la manifestación de que la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios y la receptora de la nueva y definitiva Alianza.

El evangelio nos presentaba ya a la Iglesia como criatura del Resucitado. El gesto de Jesús de «exhalar su aliento» sobre los discípulos diciendo: «Recibid el Espíritu Santo» es un gesto creador, que recuerda la creación del primer hombre. Por eso, el Espíritu es «desde el comienzo, el alma de la Iglesia naciente» –como dice con gran belleza el prefacio y el que sigue en ella realizando la unidad, protegiéndola contra toda disgregación y regalándola nuevos carismas en la historia de los hombres y de los pueblos.

La lectura del libro de los Hechos nos presenta también la tercera faceta de Pentecostés: el Espíritu lanza a la Iglesia a la gran empresa misionera de predicar el evangelio no sólo a los judíos, sino también a los gentiles, derribando todas las barreras étnicas, lingüísticas, culturales, políticas: «ya no hay judío o gentil, libre o esclavo», sino una única raza: la de los hijos de Dios; que habla una única lengua: la de la fraternidad y la del amor.

Eso explica que san Pedro –y los demás apóstoles– se lancen inmediatamente a las calles de Jerusalén a predicar la Buena Nueva y bautizar a partos, medos y elamitas, a cretenses y árabes, a judíos de Jerusalén y de la diáspora. Como un viento impetuoso que se lleva por delante todos los obstáculos, el Espíritu se adueña de los Apóstoles y destruye su terquedad para captar la misión universal recibida de Jesús, sus particularismos y su mentalidad estrecha. Y les lanza de Jerusalén a Roma y de Roma al mundo entero.

Nosotros tenemos hoy especial necesidad de que Jesús nos envíe su Espíritu para que nos abra a la nueva y apasionante realidad que se abre ante nosotros. Necesitamos que el Espíritu nos haga comprender que la sociedad en la que vivimos ya no es cristiana y hay que evangelizarla desde sus cimientos. Necesitamos una mentalidad nueva, unos modos de proceder nuevos. Sobre todo, necesitamos un nuevo ardor y un nuevo empuje apostólico.

Ante nuestras limitaciones y carencias, lo que el Resucitado espera de nosotros no son las reacciones negativas y desesperanzadas; sino que nos abramos a su Espíritu y nos dejemos mover por Él. Por eso, todos nosotros hemos de clamar hoy con un especial convencimiento: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Espíritu Santo, ven; Espíritu Santo, ven. Amén.

 

Celebración del 40 aniversario de la fundación de la Facultad de Teología

Capilla de la Facultad - 14 mayo 2008

1. Nos hemos reunido para celebrar esta efemérides tan especial para nuestra querida Facultad de Teología. Para ello, hemos escogido el marco de la Eucaristía, conscientes de que éste es el marco más adecuado para conmemorar tan fausto acontecimiento. Puesto que nosotros, igual que san Pablo, tenemos que elevar nuestro corazón en acción de gracias al Padre, por las incontables gracias de estos cuarenta años. Son tantas las gracias recibidas de Dios durante este tiempo, que sólo es posible agradecérselas si las ponemos en las manos de su Hijo y Señor Nuestro, Jesucristo, mientras celebra con nosotros su sacrificio eucarístico.

Ante todo, hay que agradecer a Dios la creación de esta Facultad, que, con ésta y la Sede de Vitoria, forman la Facultad de Teología del Norte de España y son la primera Facultad creada en España después del concilio Vaticano II. En el archivo del arzobispado –según he sabido– hay abundante material que, quizás un día sea investigado convenientemente y publicado, en el que consta el interés de la diócesis de Burgos para crear una Facultad de Teología. Esta documentación, se remonta a los años cincuenta del siglo pasado, sobre los pasos dados por don Luciano Pérez Platero. Él impulsó la biblioteca y, sobre todo, envió un nutrido grupo de sacerdotes de la diócesis a diversas universidades de España y Europa, para contar con una plantilla cualificada.

Luego vinieron las gestiones de otras personas, entre ellas don Demetrio Mansilla, don Segundo García de Sierra y don Nicolás López Martínez. Por fin, llegó la noticia de la erección de la Facultad en febrero de 1967. Podemos exclamar con san Pablo: «Bendito sea Dios, Padre, que nos ha bendecido», por habernos dado una segunda oportunidad de tener Facultad de Teología en la diócesis, tras la supresión de la Universidad en los años treinta. ¿Cómo no pedirle que sepamos valorar este hecho y hacer todos los esfuerzos posibles para que se mantenga cada vez más pujante?

2. Desde entonces, han pasado por sus aulas varios miles de alumnos. Muchos de ellos son laicos comprometidos cristianamente en tantas tareas sociales y eclesiales; otros muchos ejercen su ministerio en nuestra diócesis y en otras de España, Europa, América, África y Asia. Varios han recibido la confianza y responsabilidad de la Santa Sede y han sido nombrados obispos, entre ellos, Francisco Pérez, Rafael Cob, Isidro Barrio, Raúl Berzosa, antiguos sacerdotes de Burgos; Juan José Asenjo, Obispo de Córdoba, el Padre Braulio, carmelita.

Nuestra Facultad ha realizado dos importantes contribuciones a la teología y a la Iglesia, a través de los Simposios Internacionales sobre el Sacerdocio y sobre la Misión. A ello se une el gran acerbo de conferencias, artículos de revistas, voces en Diccionarios, además de los libros de sus profesores.

Hay, pues, muchos motivos para dar gracias a Dios.

3. Junto a la acción de gracias, necesitamos avivar nuestra fe. Todos somos conscientes de la situación en que nos encontramos. Muy similar a la de no pocas Facultades Teológicas de la Iglesia, como consecuencia –sobre todo– de la grave crisis vocacional que estamos padeciendo desde hace años. No podemos caer en el desánimo, en el pesimismo y en, última instancia, en una visión negativa. Porque denotaría falta de realismo humano y sobrenatural. No sería, en efecto, realista alarmarse por una situación que –hemos de estar seguros de ello– terminará normalizándose. Así como nadie se alarma por una gripe o una enfermedad, tampoco debemos perturbarnos ante las dificultades presentes. Ahora hemos de recordar lo que ocurre con la semilla durante el invierno: parece que está muerta, pero en realidad crece para adentro y se prepara para la primavera y la cosecha.

Nosotros, en lugar de inquietarnos y perder la paz, hemos de procurar un crecimiento cualitativo en la dedicación a la investigación y en las publicaciones, y hacernos cada día más presentes en los foros intelectuales de la ciudad y de otros lugares. Quizás sea también una oportunidad para ayudar a otras iglesias que tienen vocaciones pero carecen de profesores bien formados.

Junto a esta fe humana, necesitamos también confiar plenamente en Dios. Él no abandonó al Pueblo de Israel en los grandes momentos de prueba, como fueron el desierto y el exilio. Tampoco abandonó a la Iglesia en su largo y tortuoso caminar por las trochas de la historia. Muy al contrario: estaba allí con su ayuda, aunque a veces parecía ausente. Pidamos al Señor que aumente nuestra fe y nuestra confianza en él.

4. Más aún, necesitamos mirar al futuro con renovada ilusión. Esta efemérides ha de llevarnos a formularnos algunas preguntas fundamentales: ¿Qué espera Dios de nosotros en este momento preciso de la historia? ¿Qué nos está reclamando la nueva evangelización de la diócesis, de España y de Europa? ¿Cuál debe ser nuestra aportación específica a la Iglesia y a la sociedad, ante los retos que nos plantean el relativismo, el laicismo, el giro antropológico, la postmodernidad, la secularización, la caída de una sociedad y la emergencia de otra?

Todas las circunstancias eran adversas: no era la hora de pescar, no habían pescado nada durante toda la noche, Jesús sabía mucho menos de pesca que ellos –pescadores de oficio–. Pero hicieron lo que Él les mandó. Y cogieron una enorme redada de peces. Seamos discípulos de Jesús más fieles, más creyentes, más obedientes a su palabra, más confiados en su poder… y seremos testigos de los mismos prodigios.

No contemos sólo o principalmente con nuestras cualidades y habilidades, que son tan exiguas como los cinco panes y los dos peces con que contaban los apóstoles para dar de comer a una muchedumbre hambrienta. Pongamos esas cualidades y habilidades en las manos del Señor y volveremos a recoger doce cestos, después de haber saciado a muchedumbres aún mayores. ¿Recordáis la situación de la que partió Benedicto XVI? Y ya veis lo que ha ocurrido en su último viaje a los Estados Unidos.

Acudamos a nuestra Madre para unirnos a su canto del Magnificat y proclamar las grandezas que Dios ha hecho por nuestro medio, gracias a que ha mirado «nuestra pequeñez» y nos ha prestado su auxilio permanente.

 

Profesión solemne tres Religiosas

Convento de Canónigas de S. Agustín, de Sta. Dorotea - 18 mayo 2008

1. Dentro de unos momentos, en nombre de la Iglesia y en presencia de esta comunidad, os preguntaré si queréis hacer la profesión perpetua en la Orden de Canónicas Regulares de san Agustín; si estáis dispuestas a esforzaros firmemente en alcanzar la caridad perfecta para con Dios y con el prójimo según la Regla y Constitución de la Orden Canonical; si deseáis ser una orante de la Iglesia y vivir en pobreza, castidad y obediencia a imitación de Jesucristo y de su Madre, la Virgen; si es vuestro deseo desposaros con el Hijo de Dios Altísimo.

Después de vuestra respuesta afirmativa, cantaremos las letanías de los santos, rogándoles que os ayuden a cumplirlo. Luego diré la solemne oración consecratoria y se os entregará el anillo de la fidelidad. Por último, la Madre Priora, en nombre de la Iglesia y de la Orden, recibirá vuestros votos solemnes, ratificaré públicamente que formáis parte de esta comunidad para compartir todo con ella y que sois miembros de la Orden de las Canónigas Regulares Lateranense de san Agustín; y os hará esta sencilla y, a la vez, solemne recomendación: «Desempeñad fielmente la misión de vida contemplativa que la Iglesia os encomienda según nuestro espíritu y carisma».

2. Toda la bella liturgia de la Profesión Solemne que estamos celebrando, muestra la realidad de vuestra vida de consagradas en esta Orden tan querida de Canónigas de san Agustín. Por eso, mi homilía de hoy ha de ser necesariamente breve y con la clara intención de ayudaros a vosotras y a todos a participar con fruto en esta liturgia, que celebramos en el contexto de la Eucaristía el día en que honramos de modo especial a la Santísima Trinidad.

3. Querría servirme de las palabras con que la Madre Priora concluía la ratificación de vuestro compromiso: «Desempeñad fielmente la misión de la vida contemplativa que la Iglesia os recomienda». Es una invitación cariñosa a que seáis almas contemplativas y a que veáis en ello un servicio a la Iglesia.
4. Ser almas contemplativas es lo mismo que convertir toda la vida en oración. Lo que decía san Pablo: «ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios». Se trata de convertir toda vuestra existencia en un acto de culto permanente al Padre; de haceros ofrenda permanente agradable a Dios; de convertir el trabajo, el descanso, la vida de comunidad, los mil pequeños servicios que nos pide la fraternidad, las dificultades inherentes a la vida, las limitaciones vuestras y de las demás hermanas, en una palabra: todo, en algo grato a Dios.

5. Esta vida de contemplación tiene unos cauces regios, que están recomendados por la Iglesia, las Constituciones y la experiencia de tantas hermanas vuestras que os han precedido a lo largo de los siglos. Son la participación piadosa y consciente en la Eucaristía de cada día, el rezo consciente y devoto de la Liturgia de las Horas, con la que prolongáis durante el día el sacrificio de alabanza y acción de gracias que brota de la Eucaristía, la oración personal prolongada ante el Santísimo Sacramento; las jaculatorias que vais desgranando a lo largo de la jornada; el ofrecimiento de pequeños sacrificios que realicéis por la conversión de los pecadores; la petición por las necesidades de la Iglesia, de la diócesis; la oración por las vocaciones al estado sacerdotal y religioso.

6. ¿Cómo no ver en todo esto un servicio maravilloso a la vida y misión de la Iglesia? Así como los jardines y parques son los pulmones con los que se renueva el aire de las ciudades; así ocurre con vuestra oración contemplativa: se convierte en el aire sobrenatural con que se purifican los pulmones de la sociedad y de la Iglesia. Rezad, sí; rezad, rezad. Un político español –buen cristiano–, le decía en una ocasión a un sacerdote: «Padre, las cosas no van bien, porque somos pocos los que rezamos, y los que rezamos, rezamos poco».

7. La Madre Priora añadía: «Desempeñad fielmente la misión de la vida contemplativa… según nuestro espíritu y carisma». Efectivamente, vosotras tenéis un camino específico que es el que tenéis que recorrer para agradar a Dios. Salirse de él, sería un verdadero descamino, aunque pudiera parecer otra cosa. En términos abstractos, puede haber otros caminos mejores; como ocurre con el celibato respecto al matrimonio. Pero en el caso de un padre, la castidad matrimonial es el camino más perfecto para él, no el celibato. Así ocurre con vuestra vida: el mejor camino de una monja canóniga de san Agustín es el que Dios le dio a través del carisma del Fundador. Carisma que no ha quedado superado con los años, aunque en cada momento histórico tenga sus peculiaridades. De esta fidelidad dependerá vuestra felicidad y que Dios os siga enviando vocaciones. Por eso, estudiad y meditad vuestras Constituciones y vuestra Regla, que es donde está guardado el carisma. Amadlas y vividlas con todo cariño.

8. Hoy es el día de la Santísima Trinidad. Un día en el que recordamos que la vida intratrinaria es una vida de amor, porque Dios es amor. Amor que el Padre tiene al Hijo y éste al Padre; amor tan profundo que origina una Persona: la del Espíritu Santo.

Este amor increado e infinito ha querido comunicarse a nosotros: nosotros somos fruto del amor de Dios y tenemos como último destino la participación eterna en ese misterio de amor de las tres divinas Personas. Esa corriente fue interrumpida por el pecado de Adán y lo sería también por los pecados graves que nosotros podemos cometer. Pero Dios se ha encargó de restablecer esa comunión con la venida del Hijo: porque «tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo Unigénito». Este Hijo nos reconcilió con el Padre con su Muerte y Resurrección Redentoras; y nos reconcilia siempre que acudimos al sacramento de la Penitencia. Este debe ser el motor, el alma de vuestra vida: querer vivir el amor a Dios, querer vivir del amor de Dios.

9. Pidamos a la Santísima Virgen, cuyo mes estamos celebrando, que interceda por nosotros, para que sigamos su ejemplo de fidelidad y obediencia a los planes de Dios. Si así lo hacemos, podremos repetir con Ella las palabras del Magnificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor… porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí». Obras que quizás Dios sólo conozca; pero obras verdaderamente grandes.

 

Bendición del nuevo Abad de San Pedro de Cardeña

Monasterio de S. Pedro de Cardeña - 18 mayo 2008

1. Nos hemos congregado aquí esta tarde por un motivo muy entrañable: constituir al Padre Jesús, en nombre de la Iglesia, abad de este querido y apreciado monasterio. Con la solemne Bendición que luego le impartiré en nombre y representación de la Iglesia, la comunidad de san Pedro de Cardeña contará oficialmente con un nuevo Padre para que cuide de cada uno de sus miembros como solícito pastor espiritual y material. De este modo, los monjes de este monasterio le prestarán la obediencia y adhesión debidas, viendo en él, con los ojos de la fe, lo que dicen las Constituciones de la Orden: el que «hace las veces de Cristo».

Nuestra celebración ha de ser, ante todo, una ferviente acción de gracias a Dios, que al dar a la comunidad un nuevo Padre Abad, ha colmado el estado de orfandad que dejó la muerte –tan inesperada como santa– del Padre Marcos. Por eso, es muy lógico que vengamos a celebrar la Eucaristía, único modo adecuado de dar gracias a Dios por este don.

Es lógico que la comunidad esté contenta y feliz. Nosotros nos unimos también a ese gozo, porque san Pedro de Cardeña está profundamente vinculado con la historia de Burgos y de los burgaleses. Yo estoy seguro de que desde aquí han bajado hasta nosotros muchísimas gracias a lo largo de la historia; incluida la actual. ¡Cuánta oración y cuánto sacrificio de estos monjes en este monasterio por nosotros! ¡Cuántos huéspedes y visitantes hemos recibido el buen ejemplo de ellos! ¿Cómo no estar contentos al ver asegurada su continuidad y su testimonio ejemplar? Demos, pues, gracias a Dios con gran contento y alegría.

2. Querido Padre Jesús: dentro de unos momentos, siguiendo una antigua tradición de los Santos Padres, le preguntaré sobre algunos motivos y condiciones que lleva consigo el ejercicio abacial. Entre otras, le haré estas preguntas: ¿Quieres… guardar diligentemente la Regla de San Benito e instruir diligentemente a tus hermanos para que hagan lo mismo? ¿Quieres custodiar los bienes de este monasterio y administrarlos con prudencia a favor de los hermanos, de los pobres y de los peregrinos?

3. La primera exigencia y compromiso del abad es guardar y hacer guardar la Regla y las Constituciones por las que se rige el monasterio. Son ellas, en efecto, el cauce a través del cual se trasmite el carisma fundacional y, como consecuencia, conservan expedito el camino específico que ha de recorrer un monje para amar a Dios y al prójimo y llegar a las más altas cimas de la santidad. La historia general y particular puede exigir adaptaciones. Pero el carisma ha de quedar a salvo de ellas. Más aún, debe informarlas y vivificarlas. De otro modo, el Espíritu Santo se sentiría defraudado y dejaría de suscitar vocaciones. La sal se habría desvirtuado y ya no serviría para dar sabor a los alimentos ni para conservarles de la corrupción. La mejor manera de estar al día es permanecer anclados en la entraña del carisma fundacional.

Vuestro carisma fundamental es el silencio orante, una oración que no es interrumpida por ninguna otra conversación que no sea la hablar con Dios, Uno y Trino. La contemplación es vuestro camino ordinario. Una contemplación que se apoya, según establece la Regla de San Benito por la que os regís, en el famoso «ora et labora», en la oración y en el trabajo hecho oración.

Los cauces ordinarios del «ora» se concretan en la celebración y participación piadosa y consciente en el Santo Sacrificio de la Misa; en la Liturgia de las Horas, hecha con perfección y fervor, santificando así las diversas horas del día y prolongando durante ellas el sacrificio de alabanza que brota de la Eucaristía; la «lectio divina», que os pone en contacto permanente con la Sagrada Escritura y que tanto bien ha hecho a lo largo de los siglos; la oración personal prolongada ante el Santísimo Sacramento; la presencia de Dios a lo largo del día; el amor confiado y ferviente a la Santísima Virgen.

El otro eje de vuestra vida es el «trabajo» manual o intelectual. Es un modo de no ser gravosos a la Orden, de guardar el tan necesario equilibrio físico y psíquico y de imitar a Jesucristo, que pasó la vida trabajando: primero en el taller de san José y luego en el ministerio de la predicación. Pediremos al Señor que ayude al Padre Jesús a guardar esta Regla y para que sea un modelo en el que puedan mirarse sus monjes.

4. Al Padre Abad corresponde gestionar responsablemente los bienes del monasterio para que puedan servir para el sostenimiento de los hermanos, y la ayuda a los pobres y los peregrinos de hoy y de mañana. Los monasterios benedictinos y los que de ellos derivan, siempre han tenido muy presentes a los pobres y a los huéspedes. Esta tradición, lejos de haberse interrumpido, tiene hoy un vigor especial.

Son muchas las personas que a lo largo del año son huéspedes de este Monasterio. Unos lo son durante algunas horas, otros durante un tiempo más prolongado. Vienen a buscar entre sus muros la paz del alma, el silencio reconfortante y la serenidad que les arrebata el tráfago del mundo actual. No olvidéis nunca que sois un faro en la noche y que es inmenso el bien que podéis hacer siendo fieles a vuestro carisma.

El hospedaje que piden estos huéspedes y la limosna que piden los nuevos pobres que pasan por aquí, son, sobre todo, espirituales. Hay mucha gente inmensamente pobre en medio de la abundancia material. Lo tienen todo, pero les falta todo: porque les falta amor en su matrimonio, comprensión y acogida de los más próximos, y tienen sin sentido y vacío en su vida y en su trabajo, falta de una fe verdadera en Dios; todo ello, sin contar las consecuencias que de ahí se derivan. ¡Sed, pues, muy generosos en la acogida a estos nuevos huéspedes y sed muy compasivos con estos nuevos pobres! Padre Jesús: ¡qué tarea tan hermosa le encomienda el Señor!

Que la Santa María, tan querida en toda la Orden Trapense, sea siempre la madre que le proteja y ayude para servir fielmente a los que su Hijo le ha dado como hermanos e hijos.

 

Solemnidad del Corpus Christi

Plaza de Santa María - 25 mayo 2008

1. Acabamos de escuchar dos relatos muy antiguos: la carta de san Pablo a los Corintios, escrita unos veinte años después de la Ascensión del Señor a los Cielos, y el evangelio de san Juan, de finales del siglo primero. Uno y otro, aunque con distinta perspectiva, nos llevan hasta la Eucaristía y nos enseñan que ella estuvo desde los orígenes en el centro de la vida de la Iglesia.

San Pablo, que se dirige a la comunidad de Corinto marcada por divisiones, no encuentra un argumento más convincente para recomendar la unidad eclesial, que la celebración recta de la Eucaristía y la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Su argumentación no puede ser más clara ni vigorosa: no hay más que un solo Pan eucarístico del que comemos todos; por ello, aunque sea distinta nuestra profesión, nuestra posición social o nuestras ideas…, la comunión en el Cuerpo de Cristo realiza la unidad del Cuerpo de la Iglesia.

Esta unión eclesial no es simbólica o metafórica, pues sería una unión ficticia y aparente, sino unión real y verdadera. Superamos las divisiones y las diferencias porque es real la comunión eucarística del Cuerpo y Sangre de Cristo. Sin la fuerza aglutinante de Cristo-Cabeza mediante la comunión sacramental, la unidad de la Iglesia sería imposible o pura apariencia.

San Juan, el teólogo, da la justificación de esta maravillosa realidad. Su pensamiento es profundo, pero claro. El Pan que comemos no es un simple pan material; ni siquiera el pan del maná, con que Yahvé sostuvo a su Pueblo en la travesía del desierto. El pan que comemos es el Pan que ha bajado del Cielo, es decir: el Verbo Encarnado. Este Pan se ha hecho Carne verdadera, –verdadero hombre, no apariencia– y comida verdadera y necesaria para el hombre. Por eso, comunica la vida divina, la vida eterna: «el que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna». Esta vida no sólo afecta al alma, al espíritu, sino que alcanza a nuestro cuerpo. Porque al que come esa Carne, «Yo le resucitaré en el último día». La Eucaristía nos introduce, por tanto, en la vida trinitaria, porque la vida que comunica es la vida que el Padre da al Hijo y el Hijo nos da a nosotros. Esta participación se da «ya» en esta vida, aunque de modo imperfecto; será plena y perfecta después de la Resurrección.

2. Toda esto no es una novela, porque toda la tradición de la Iglesia ha visto en las palabras de Pablo y de Juan la doctrina de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. «Una presencia –como explicó muy claramente el Papa Pablo VI– que se llama “real” no por exclusión, como si las otras forma de presencia no fueran reales; sino por antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre». Por eso, podía concluir Juan Pablo II: «La fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo». Cada uno, de nosotros puede decir –en la más radical verdad– que Cristo es contemporáneo nuestro, que puede hablar con él, que puede confiarse a él, que puede comulgarle a él y llegar a una comunión personal con él que no admite parangón con ninguna otra comunión personal.

La fe de la Iglesia ha precisado, ayudada por los teólogos, que esa presencia no se limita al momento de la celebración, sino que perdura mientras duran las sagradas especies. Por eso, guardamos esas especies en el Sagrario, con el fin de llevárselas en comunión a los moribundos y enfermos y adorarle en el sagrario. La procesión del Corpus Christi testimonia maravillosamente esta fe: porque la Sagrada Hostia que pondré en el ostensorio para adorarla y procesionarla, la hemos consagrado en la misa; y terminada la procesión, la guardaremos en el Sagrario de la Catedral.

3. Queridos hermanos: celebremos con fe y devoción la santa Misa; participemos con piedad y fervor en la misa y en la comunión; adoremos con fe y amor la Eucaristía reservada en el Sagrario. Esto no es pietismo ni espiritualismo, sino fe: fe verdadera.

Precisamente, porque es fe verdadera, nos lanza a la misión de anunciar valientemente a Jesucristo en nuestro mundo y se convierte en proyecto de justicia y solidaridad. La verdadera fe eucarística es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por el testimonio de éste, se irradia en la sociedad y en la cultura.

El Siervo de Dios Juan Pablo II enseñó que para verificar la autenticidad de la celebración existe una señal: el «compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna». Por eso se preguntaba: ¿Por qué no afrontar con generosidad alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo? Y añadía: «Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres humanos, en las enfermedades que flagelan a los Países en desarrollo, en la soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los emigrantes» (Carta Mane nobiscum Domine, nn. 27-28).

Por eso, la Iglesia ha querido hacer de la Solemnidad del Corpus Christi el día de la Eucaristía y el día de Cáritas. Hermanos: no separemos la Eucaristía del compromiso por la promoción de la justicia, la paz y la solidaridad con nuestro mundo; especialmente, con los más pobres. Si comemos a Cristo en la Eucaristía y nos convertimos en él, el fuego de su amor abrasará nuestras vidas y nos llevará a un compromiso permanente para transformar las estructuras de pecado y crear otras nuevas, donde se refleje el verdadero rostro de Dios y del hombre.

Sigamos participando con fe y fervor en la Santa Misa: contestando con fuerza y claridad, comulgando –si estamos bien dispuestos–, y comprometiéndonos con Cristo a ser sus testigos ante todos, especialmente ante los más necesitados.

 

Fiesta del Curpillos

Monasterio de las Huelgas - 30 mayo 2008

1. Una vez más hemos venido a este barrio de Huelgas para celebrar la tradicional fiesta del Curpillos. Es de agradecer que nuestros antepasados nos hayan legado una fiesta tan profundamente cristiana, en la que los elementos folclóricos y ornamentales están al servicio del culto a la Sagrada Eucaristía. Al servirnos de ellos, queremos confesar que Jesucristo está presente entre nosotros y por ello todo nos parece poco para honrarle, adorarle y aclamarle como nuestro Dios y Señor.

2. ¡Qué hermoso es contemplar esta multitud congregada ante Jesucristo Sacramentado! Aquí estamos todos: los pobres y los ricos, los sanos y los enfermos, los jóvenes y los ancianos, los solteros y los casados, los de unas ideas y los de otras. Jesucristo realiza su gran revolución: la superación de todas las diferencias, realizando una unidad que las trasciende todas y las gana por elevación. Así como en una familia todos son hermanos aunque haya diversidad de edades, de situación económica y de posición social, así sucede en esta familia eucarística: la fraternidad unifica y supera todas las diferencias. No es extraño que este espectáculo produjese una profunda impresión entre los ciudadanos del imperio romano, cuando veían juntos a esclavos y a libres, a judíos y a griegos, a los de la casa imperial y a sus criados.

3. Se equivocan, por tanto, los que piensan que la práctica de nuestra fe católica es semilla de división y de enfrentamientos entre los que no la comparten. Seguramente que aquí hay personas de distintas nacionalidades. A ninguno se le ha pedido un carné o una acreditación. Porque para participar en la Eucaristía basta con estar bautizado y no haber roto la comunión con la Iglesia. Eso explica que en torno a la Eucaristía no haya nativos e inmigrantes, gentes que están en su casa y gentes que son invitados. Aquí todos estamos en nuestra propia casa, porque todos estamos reunidos y unidos en torno a un único Pan: Cristo en la Eucaristía. Él nos considera a todos iguales, porque a todos se nos entrega del mismo modo y con el mismo amor.

4. La Eucaristía se convierte así en escuela de caridad y de fraternidad. Aquí aprendemos a acogernos como hermanos, a tratarnos como hermanos, a ayudarnos como hermanos, a perdonarnos como hermanos, a pedir perdón por no comportarnos –a veces– como hermanos y a implorar la ayuda de Dios para rectificar y vivir el don inefable de la unidad y de la fraternidad.

Esta fraternidad comienza por nosotros y se dirige, en primer término, a nosotros. Por eso, cada vez que participamos en la Eucaristía hemos de preguntarnos si nos preocupamos de los hermanos en la fe que pasan hambre, necesidad, enfermedad, soledad, abandono, malos tratos, dificultades en el matrimonio o cualquiera otra situación de dolor y de sufrimiento. La gran revolución operada en nosotros por el Bautismo, que nos hace a todos hijos del mismo Padre y hermanos de los demás, no puede quedarse en meras palabras. Necesita que la llevemos a la práctica diaria de nuestra vida. No podemos comportarnos como extraños ni como indiferentes ante el dolor y la necesidad de los demás.

Lo recordaba el Papa el domingo pasado: «Los que se nutren con el Pan de Cristo –decía–, no pueden ser indiferentes ante aquellos que ahora carecen del pan de cada día. Hay tantos padres y madres que a duras penas consiguen ganarlo para sí mismos y para sus hijos… La Iglesia no solamente reza diciendo “danos hoy el pan de cada día, sino que siguiendo el ejemplo de su Señor se empeña de múltiples maneras en “multiplicar los cinco panes y los dos peces”, en innumerables iniciativas de promoción humana y de compartir, para que a nadie le falte lo necesario para vivir».

5. Pero la fraternidad y caridad que brota de la Eucaristía va más allá de los que participamos en ella o de los que tenemos la misma fe. Se extiende a todos los hombres, sin distinción de razas, credos y culturas. Allí donde hay alguien que tiene necesidad: de pan, de cultura, de justicia, de paz, de amor…, allí hemos de llegar nosotros. Nuestra fe ha de llevarnos a reconocer a Jesucristo en las Sagradas Especies. Pero ha de llevarnos también a reconocerlo en cualquier necesitado que se cruce en el camino de nuestra vida.

Por eso, hay que seguir construyendo fábricas y puestos de trabajo; creando guarderías, colegios y universidades; levantando hospitales y clínicas bien dotadas; extendiendo la ayuda y protección a los ancianos y a las personas dependientes; elevando el nivel de los salarios mínimos; en una palabra: dando respuesta eficaz a los problemas reales de los hombres y de las mujeres con quienes compartimos alegrías, penas e ilusiones.

6. Desde esta perspectiva, ¡que es la verdadera!, se comprende la gravedad social que comporta impedir o dificultar a los católicos la proyección de su fe a la vida pública, y tratar de confinarla en las sacristías y en las conciencias. Porque se le priva a esa sociedad de toda la capacidad de bien y de amor de muchos millones de personas. Sin embargo, a nadie se nos oculta que hoy existe esta intención en ciertos poderes públicos y privados, que detentan el poder político, económico o mediático. En el fondo, no quieren perder sus privilegios. Y como saben la inmensa fuerza trasforma-dora que tiene la fe en Jesucristo para crear una sociedad cada vez más humana, más igualitaria, más solidaria y más fraterna y –por ello– más libre y menos manipulable, tratan de impedirlo, aunque no se atrevan a confesar sus reales intenciones.

7. Los cristianos hemos de ser conscientes de todo esto y no ceder al conformismo y a la componenda, por miedo o por cobardía. ¡Es la hora de sentirnos orgullosos de nuestra fe y de nuestra religión! La hora de exigir que respeten esa fe y esa religión. La hora de no consentir que nos traten como a parias de la sociedad o ciudadanos de segunda categoría, la hora de reclamar respeto desde los medios estatales de comunicación –que se pagan con nuestros impuestos–, en una palabra: la hora de pasar a una fe consciente y adulta.

8. ¡Pobres de nosotros, si contáramos con nuestras solas fuerzas! Por fortuna, contamos con la fuerza y la presencia de Jesucristo. La Eucaristía es la garantía de esta presencia y de esta fuerza. Jesús se ha quedado con nosotros para recorrer con nosotros el camino de nuestra peregrinación por este mundo. Con esa fuerza que no es poder, ni dominio, sino amor, seremos capaces de ser buenos y eficaces ciudadanos y colaborar en la construcción de una sociedad más libre, menos desigual y más fraternal.

Mensajes

Un cardenal apasionado por la verdad

Cope - 4 myo 2008

Hace unos días se celebró en Roma el funeral del cardenal Alfonso López Trujillo, fallecido a los setenta y dos años. Era el presidente del Pontificio Consejo para la Familia, es decir, el Ministerio de la Iglesia que se ocupa especialmente de todo lo referente al cuidado de los esposos, la familia y también la defensa de la vida.

Fue una gran manifestación de amistad y fraternidad, realzada por la presencia del Papa y de muchos cardenales, de los cuales varios habían venido de fuera de Roma. También fue numeroso el número de obispos. Yo fui uno de ellos. Porque el Cardenal López Trujillo fue durante bastantes años el Presidente con el que trabajé como Secretario General del Consejo para la Familia. Yo fui llamado a este Consejo con su antecesor el Cardenal Gagnon.

El Papa, apenas vuelto de Estados Unidos, quiso hacerse presente en el funeral, aunque fue presidido por el cardenal Sodano, en su calidad de Decano de los Cardenales. En la homilía, el Papa subrayó, sobre todo, el tesón y la valentía con que el Cardenal López Trujillo se había empeñado en la defensa de la familia y de la vida. «¿Cómo no poner de relieve, en este momento, el celo y la pasión con que trabajó durante esos casi dieciocho años, llevando a cabo una incansable actividad en defensa y promoción de la familia y del matrimonio cristiano? ¿Cómo no agradecerle la valentía con que defendió los valores innegociables de la vida humana?».

Benedicto XVI quiso poner de manifiesto que el aprecio y empeño por los bienes de la familia y del matrimonio lo había aprendido en su propio hogar. Sus padres supieron dedicarse plenamente a él y a sus hermanos. «Cuando en mi trabajo –recordó el Papa, repitiendo palabras del cardenal– hablo de los ideales del matrimonio y de la familia, me resulta natural pensar en la familia de la que provengo, porque a través de mis padres pude constatar que es posible realizar ambos».

Estas palabras tienen un significado especial, si tenemos en cuenta que las pronunció años después de la muerte de su madre. Dios le hizo experimentar el dolor que supone perder al ser que uno más quiere a la edad de cuarenta y cuatro años y después de haber pasado para una enfermedad muy dolorosa. De esta experiencia se sirvió el Señor para darle la fortaleza que habría de necesitar en no pocas ocasiones para vivir el lema de su escudo episcopal: «Caritas in veritate, la caridad unida a la verdad».

Porque en su defensa de la intangibilidad de toda vida humana, del compromiso entre el hombre y la mujer en el matrimonio y de la familia, tuvo que hacer frente a situaciones difíciles. Más aún, se podría afirmar que las dificultades han formado parte de todo su ministerio al frente del Consejo para la Familia.

A nadie se le oculta, en efecto, que el mundo actual es, en no pocas ocasiones, un mundo en el que impera la tergiversación. Los medios de comunicación y los grupos de presión económica y política se esfuerzan en presentar lo que objetivamente son males radicales, como bienes dignos de respeto e impulso, como si fuesen pasos en la promoción de la libertad y de la dignidad de la persona. El tiempo se encarga luego de mostrar la limitación y la vileza que conllevan. Defender los valores auténticos de la familia, del matrimonio y de la vida exige ir contracorriente y sobreponerse a la opinión pública. El Cardenal López Trujillo nunca tuvo miedo a estas exigencias y supo sacrificar su honra en aras de la fidelidad a Jesucristo.

Yo estoy seguro de que el Señor habrá acogido en su seno a este servidor bueno y fiel. Que nuestras oraciones le ayuden a purificarse de las deficiencias y debilidades que acompañan a toda existencia humana.

 

¿Hacer de cristianos sin ser cristianos?

Cope - 11 mayo 2008

 

En una ocasión, alguien me formuló con toda intencionalidad la siguiente pregunta: –¿Puede dar calor un radiador apagado? Superado un primer desconcierto, respondí: no. Mi interlocutor insistió, ahora desvelando su intención: –Entonces, ¿puede un cristiano presentar a otros su fe, si él no es cristiano? La respuesta era igualmente clara, pero quedó en el aire.

Estas preguntas me han rondado estos días, ante la inminencia del bautismo de chicas jóvenes, a las que ayer conferí los tres sacramentos de la Iniciación Cristiana en la Catedral. Hoy me ha vuelto a ocurrir, con motivo de la celebración del «Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar». De todos modos, no soy yo el único en pensar así, porque los obispos de la CEAS, en su mensaje para este día se formulan –ciertamente de modo más técnico, pero no menos contundente– la misma pregunta, tomando como punto de referencia la formación que poseen los católicos de España.

El mensaje va a la raíz y no se anda con paños calientes. Ante todo, clarifican que la «formación cristiana» es mucho más que poseer unos conocimientos religiosos. Aun siendo imprescindible conocer las verdades de la fe, es necesario «que esas verdades pasen de la cabeza al corazón» y «transformen sus sentimientos según los sentimientos de Cristo». Sólo así –aquí viene como anillo al dedo la pregunta del principio– «cada cristiano podrá llegar a pensar, sentir, hablar y actuar de acuerdo con su dignidad de hijo de Dios, tanto en sus relaciones con los hermanos como en las distintas actividades sociales».

En otros términos, sólo quien es cristiano puede ser apóstol, anunciar a Jesucristo, presentarle como una propuesta digna de ser acogida y seguida. El apóstol cristiano, en efecto, no es un vendedor de electrodomésticos o material informático. Si así fuera, bastaría que tuviera unos conocimientos técnicos sobre los productos que trata de vender y una cierta capacidad de persuasión. Pero el apóstol de Jesucristo no es eso. ¡Es un discípulo y un testigo! Es un comunicador, sí, pero de la Buena Noticia de Jesucristo Salvador. Quienes sólo conocen a Jesucristo de lejos, de oídas o por un libro «es imposible que puedan ser luz del mundo y testigos de su salvación», dice el documento episcopal antes citado.

Más aún, tendrá una visión con frecuencia deformada del cristianismo y de la Iglesia, ya que sus criterios no serán los del Evangelio ni su doctrina la de la Iglesia. Al contrario, se dejará llevar por las opiniones de los demás, por los criterios al uso y por las presentaciones parciales y sesgadas que circulan por los caminos de lo políticamente correcto. El resultado final será el que me planteaba mi interlocutor: como él está apagado, no puede calentar a los demás.

Decía antes, que los obispos no emplean paños calientes a la hora de juzgar la situación. Ciertamente reconocen que hay muchas cosas positivas en tantos seglares cristianos de España. Pero reconocen también que «deberíamos hacer un esfuerzo por revisar los procesos de formación cristiana que estamos llevando a cabo en estos momentos con la mejor buena voluntad». Y dan el siguiente criterio para dicha revisión: en ocasiones «hemos formado a los miembros de nuestras comunidades para impartir catequesis, para la preparación de las celebraciones litúrgicas, para impulsar la actividad caritativa y social», pero «nos ha faltado» algo que es decisivo: «hacer cristianos adultos en la fe, enamorados de Jesucristo y de su Iglesia, y convencidos de la dimensión secular de la vocación laical». En pocas palabras: «se ha dado prioridad al “hacer” sobre el “ser” y se han formado personas que saben hacer cosas, pero que no tienen sólidamente afirmadas las convicciones y motivaciones cristianas».

 

Comunicación y dignidad de la persona

Cope - 18 mayo 2008

El pasado 4 de mayo, se celebró la Jornada Mundial de las comunicaciones sociales. Su lema no podía ser más significativo: «Los medios de comunicación social: en la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la verdad para comunicarla».

Efectivamente, los medios de comunicación tienen hoy un poder tan formidable, que condicionan, para bien y para mal, a las personas y a la sociedad. Hasta el punto de haberse convertido en parte constitutiva de las relaciones interpersonales y de los procesos sociales, económicos, políticos y religiosos. Si a esto añadimos la potencialidad que les ha dado la vertiginosa evolución tecnológica, no es difícil comprender que los medios de comunicación son parte integrante del gran desafío del momento presente: qué es el hombre y cuál es el sentido de su vida y actividad.

Desde esta perspectiva se comprende bien que los medios de comunicación puedan hacer aportaciones de gran trascendencia para el conocimiento de los hechos y de la difusión del saber. Pero que también puedan ser usados para someter al hombre a lógicas dictadas por los intereses dominantes del momento y para fines ideológicos o económicos ilegítimos.

Esta ambigüedad no es meramente una hipótesis de trabajo. De hecho, hoy se ve que, con el pretexto de representar la realidad, hay medios de comunicación que se usan para legitimar e imponer modelos distorsionados de vida personal, familiar o social. Igualmente, por el afán desmedido de ampliar la audiencia, se están llevando, con demasiada frecuencia, por los caminos de la trasgresión, la vulgaridad, la violencia, la difamación y la corrupción.

En otro orden de cosas, hay medios de comunicación cuyo único horizonte es la implantación de modelos de desarrollo en los que sólo importa el logro de metas económicas. De este modo, aunque alardeen de sensibilidad social e igualdad, en vez de disminuir el abismo económico y tecnológico que separa a los países ricos y pobres, lo aumentan. Por fortuna, existen también otros medios de comunicación que se proponen metas de justicia y desarrollo dignos del hombre.

Esta compleja y fascinante situación ha dado lugar a que crezca cada día más el número de los que reclaman una ética de los medios de comunicación social y postulan que en las aulas de periodismo se imparta una seria formación infoética. Esta percepción se hace aún más vigorosa al comprobar que hoy son campos habituales de información cuestiones tan básicas y fundamentales como la vida humana, el matrimonio, la familia, la educación, las grandes cuestiones contemporáneas relativas a la paz, la justicia y la conservación de la naturaleza, entre otras. Punto esencial y aglutinante de esta infoética es la centralidad y dignidad inviolable del ser humano. Todo informador tiene que hacer una opción radical y decidida por la persona humana y por el respeto a su dignidad.

Por eso, tanto ellos como los medios de comunicación social no pueden convertirse en altavoces del materialismo económico y del relativismo ético, verdaderas plagas de nuestro tiempo. Al contrario, pueden y deben ser altavoces de la verdad sobre el hombre y defensores de la misma ante quienes tratan de negarla o destruirla. La experiencia de las grandes dictaduras del siglo pasado son una premonición profética del final desastroso al que pueden conducir unos medios de comunicación social puestos al servicio exclusivo del poder económico o político. El «gran hermano» y «la granja» estarían cada día más próximos si, en la estructura de la globalización, los medios de comunicación olvidasen el servicio a la persona humana y a la sociedad y optasen por someterse a los poderes fácticos, cada día más fuertes y poderosos.

Confiemos en que existan siempre comunicadores valientes y testigos auténticos de la verdad del hombre. Incluida la de su dimensión religiosa.

 

Famoso, mujeriego y converso

Cope - 25 mayo 2008

Eduardo Verástegui es un actor televisivo y cantante mexicano que provoca el entusiasmo de la gente joven. Nació hace 33 años en un pueblecito al norte de México. Comenzó a estudiar derecho en la Universidad, pero al cabo de un año lo abandonó para perseguir el sueño de ser actor y cantante. Marcha a Ciudad de México y allí se consolida como actor latino de moda, entra en el mundo de la telenovela y da el salto a la industria latina cinematográfica. Se traslada a Miami y graba su primer disco como solista.

Un día, mientras viaja a Los Ángeles para promocionar su disco, conoce en el avión a un directivo de la Fox, que le invita a un casting para un largometraje. Le dan el papel y se traslada a Hollywood. Allí tiene su primera experiencia radical: después de conseguir durante diez años todo lo que pensaba que le haría feliz, siente un profundo vacío. «Estaba triste e insatisfecho. Me faltaba algo. Por aquel entonces no sabía qué».

Mientras tanto, exprime el precio de la fama con sobredosis de sexo, fiestas e incluso algo de droga. Esto le lleva a perder la perspectiva de la realidad y a vivir en un profundo relativismo. Como suele ocurrir en esos ambientes, sus amistades, lejos de ayudarle, le meten cada vez más en el abismo de las fiestas y de la nada. «Me di cuenta que yo era como un galgo que perseguía una falsa liebre en las carreras. Cuando llegué a morderla, me quedé herido porque era de metal. Estaba persiguiendo una mentira».

Un día tiene un encuentro con Jarmine, la profesora de inglés que durante seis meses le ponen los de la Fox. Esta mujer católica le hace ir al fondo de su vida y despierta en él las preguntas últimas. El actor siempre se había sentido católico, pero su trato con Jarmine le descubre que su catolicismo es una etiqueta cultural, casi vacía de contenido y, desde luego, carente de convicciones. Verástegui recuerda el día que, terminadas las clases, se despidió, dejándole la herida abierta: «¿qué estás haciendo con tu vida?» Comenzó a llorar en un rincón de la casa y no cesó en varios días. «Temblaba por dentro», confiesa él.

Tenía necesidad de encontrar alguien que hablara español para compartir todo lo que sentía y el arrepentimiento por una vida tan alejada de Dios. Le pusieron en contacto con un sacerdote, que comenzó a ayudarle y a dejarle libros. Empieza a ir a misa diariamente. Otro sacerdote, el Padre Francisco, le propone una confesión general. Tras una larga preparación, Verástegui hace una confesión de tres horas. El actor la califica como su segunda conversión: «Comprendí que no había nacido para actor u otra cosa, sino para conocer, amar y servir a Jesucristo».

Con la audacia del converso, vende todos sus bienes y decide irse a Brasil como misionero. Pero el sacerdote le hace descubrir que Hollywood es el lugar donde Dios le espera para que anuncie la Buena Nueva. Verástegui, con Leo Severino, crea «Metanoia Films» para hacer películas al servicio de la esperanza y dignidad humanas. «Bella» es la primera cinta de esta compañía. De ella se ha hablado mucho durante estos meses en toda América. Incluso ganó el Festival de Toronto contra todo pronóstico. Verástegui ha creado también un estudio bíblico para actores y directores y un lugar en Hollywood para los que buscan algo más que la fama.

Desde hace cinco años, el mujeriego latin lover vive, feliz y radiante, la castidad, reza el rosario y va a misa todos los días. Es el referente contra-cultural en los corrillos de Holywood. Se siente libre de verdad e inmensamente feliz.

 

Agenda

 

Mayo de 2008

1.

Participa en la ordenación episcopal de Mons. Juan Ignacio Arrieta Ochoa de Chinchetru, Secretario del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

3.

Preside Administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San Juan de Ortega de Burgos.

4.

Celebra la Santa Misa a internos del Centro Penitenciario. Por la tarde preside el rito de entrega del Padre nuestro y la Eucaristía a comunidades neocatecumenales en la parroquia de San Martín de Porres.

5.

Consejo de Gobierno.

6.

Reunión de obispos de Castilla y León en Valladolid.

7.

Visitas. Recibe, entre otros, a la delegación de familia. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de Santa María la Real y Antigua de Burgos.

8.

Visitas. Rueda de prensa para la campaña a favor de la Iglesia Católica en la Declaración de la Renta. Revisión de la Visita Pastoral con los sacerdotes del arciprestazgo de Vena en los salones de la parroquia de San Gil. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San Lesmes Abad de Burgos.

9.

Visitas. Visita a sacerdotes enfermos en el hospital y en sus casas. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San Cosme y San Damián de Burgos.

10.

San Juan de Ávila. Preside la conferencia impartida por D. Sebastián Taltabull, Secretario de la Comisión de Pastoral de la C.E.E., y la Eucaristía en el Seminario con motivo de la fiesta del patrono del clero secular español y en la conmemoración de los 25, 50 y 60 años de ministerio sacerdotal de algunos presbíteros. Por la tarde administra los sacramentos de la Iniciación Cristiana a dos adultas y el sacramento de la confirmación a jóvenes de distintas parroquias en la Catedral. Por la noche participa en la Vigilia de Pentecostés en la parroquia de San Pedro y San Felices.

11.

Solemnidad de Pentecostés. Preside la Santa Misa en la Catedral con motivo del día del Apostolado seglar.

12.

Consejo de Gobierno. Visitas. Por la noche preside la procesión de antorchas y el rezo del santo Rosario en la parroquia de Fátima.

13.

Participa en el Rosario de la Aurora de la Virgen de Fátima y preside la Eucaristía en la Catedral. Visitas. Por la tarde saluda a un grupo de peregrinos alemanes con su obispo en la Catedral.

14.

Visitas. Por la tarde preside los actos organizados con motivo del día de la Facultad de Teología en su cuarenta aniversario: acto cultural, Eucaristía y conferencia impartida por Mons. Roland Minnerath, Arzobispo de Dijon.

15.

Visitas.

16.

Visitas. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en Lerma.

17.

Preside la Eucaristía del Encuentro diocesano de monaguillos en el Seminario. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en Arcos de la Llana a jóvenes del arciprestazgo de San Juan de Ortega.

18.

Preside la profesión solemne de tres religiosas canónigas de San Agustín en la Iglesia de Santa Dorotea. Por la tarde bendice al nuevo Abad del Monasterio de San Pedro de Cardeña. Administra el sacramento de la confirmación en Villasur de Herreros a jóvenes del arciprestazgo de San Juan de Ortega.

19.

Consejo de Gobierno. Visitas.

21.

Visitas. Comisión Permanente del Consejo Episcopal de Gobierno. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San Pablo.

22.

Visitas. Recibe, entre otros, al alcalde de Poza de la Sal. Por la tarde inauguración de la nueva Casa Sacerdotal.

23.

Visitas. Por la tarde participa en los actos organizados con motivo del cuarenta aniversario de inicio del Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid.

24.

Preside la santa Misa de la Sabatina en la Catedral para pedir por la Iglesia en China. Recibe a los gigantillos y danzantes en el Arzobispado. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de Nuestra Señora de las Nieves.

25.

Solemnidad del Corpus Christi. Preside la Eucaristía en la plaza de Santa María de la Catedral y la procesión por las calles de la ciudad con el Santísimo. Por la tarde preside las exequias del sacerdote D. Pedro López Ruiz en Olmos de Atapuerca.

26.

Reunión de obispos de Castilla y León con el Consejero de Educación en Valladolid.

27.

Visitas. Consejo de Gobierno. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de la Inmaculada.

28.

Visitas.