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Homilías |
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Novena a santo Domingo de la Calzada
Catedral de Sto. Domingo de la Calzada - 7 mayo 2009 |
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1.
Esta tarde no vengo a
hablaros de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada. La
conocéis mejor que yo. Vengo a hablaros de algo que explica la vida y
actividad de vuestro santo Patrono. Concretamente, de su vida profunda
de oración y contemplación.
2. Como todos sabemos, a la
muerte de sus padres, Domingo quiso ingresar en los monasterios de
Valvanera y de san Millán de la Cogolla. y otro eran monasterios
benedictinos de gran renombre y pujanza, focos potentísimos que hacían
honor al lema de san Benito: «ora et labora», es decir: «reza y
trabaja», que es una magnífica síntesis de vida cristiana.
Ese lema ha hecho que la
vida de los monjes de san Benito sea, por una parte, una vida de
intensísima oración, teniendo como eje central la Misa Conventual de
cada día –o de comunidad– y el rezo de las diversas horas del Oficio
Divino; los cuales se completan con la lectura asidua y meditada de la
Palabra de Dios y una tierna devoción a la Santísima Virgen. Y, por
otra, una vida dedicada al estudio de las ciencias sagradas y al trabajo
relacionado con el campo y la huerta. Eso explica que en la España de la
Reconquista –época a la que pertenece nuestro santo– fueran grandes
re-pobladores de estas tierras nuestras y enseñaran a talar los bosques,
a convertirlos en tierras de labrantío y a cultivar las hortalizas, las
frutas y los cereales.
Este era el ideal de vida
que atraía a santo Domingo. No pudo realizarlo. Pero, como tenía alma
contemplativa, en lugar de desanimarse, se construyó –digamos– su propio
monasterio; retirándose como ermitaño al bosque de Ayuela, bien conocido
para todos vosotros. Allí pasó muchas horas en profunda oración y
contemplación.
3. Ahora bien, la vida de oración y contemplación es vida de profunda
actividad interior y trato con Dios. Por eso, desarrolla en quienes la
practican un profundo amor al prójimo. Unas veces, este amor se
manifiesta rezando por las necesidades espirituales de las personas,
especialmente de las más necesitadas; otras, en obras de asistencia
caritativa; otras, ejerciendo con competencia profesional y espíritu de
servicio su propio trabajo, por ejemplo: un médico, una enfermera, un
profesor, un abogado, un empresario, un agricultor, una madre de
familia; otras, saliendo al paso de las necesidades coyunturales que se
presentan, como sucede ahora, dando salida a las madres solteras para
que saquen adelante su maternidad o ayudando con más generosidad a las
personas más afectadas por la actual crisis económica.
Este tipo de respuesta es el
que dio santo Domingo de la Calzada. Primero, ayudó al obispo Gregorio,
que había venido a Calahorra como enviado papal para combatir una plaga
de langosta que asolaba los territorios navarros y riojanos; luego,
empleó todo su tiempo e ingenio en ayudar a los peregrinos de Santiago.
Esto le llevó a construir un complejo integrado por un hospital, un pozo
y una iglesia; más tarde, el templo dedicado al Salvador y Santa María;
finalmente, la construcción de la calzada que une Nájera con Redecilla.
Esta obra se hizo tan famosa, que hoy nuestro santo es conocido
precisamente con el apellido «de la Calzada».
4. Queridos hermanos: la
vida y situación de estas tierras –y del mundo en general– son muy
distintas de las de santo Domingo. Por no salirnos del Camino de
Santiago, pensemos en la enorme diferencia que existe entre los actuales
albergues y las penosísimas circunstancias en que se desplazan los
peregrinos de entonces. La situación económica de esta tierra, no tiene
nada que ver con la que vivió santo Domingo. Vosotros disfrutáis de un
nivel de vida envidiable y él vivió en medio de carencias y penuria.
Sin embargo, los hombres y
mujeres de esta tierra siguen teniendo las mismas necesidades y
carencias que las de entonces: persiste el dolor, la enfermedad, la
muerte, el cansancio, los disgustos familiares, la inquietud por el más
allá, los enfrentamientos familiares y sociales, en una palabra: siguen
en pie las grandes preguntas, las grandes necesidades, las grandes
inquietudes de todos los tiempos.
También sigue en pie la gran
respuesta: la necesidad que todos tenemos de Dios. El hombre, por mucho
que alardee de moderno, ilustrado y progresista, es un gran menesteroso.
Somos mucho más pobres y pequeños de lo que –a veces– pensamos. Una
simple gripe o una enfermedad imprevista nos deja fuera de juego. No
digamos cosas más graves.
Necesitamos a Dios. No hay
nada ni nadie que pueda suplirlo. Necesitamos contar con Él, pedirle
ayuda, implorar su auxilio, confiarnos a su cuidado y providencia, dejar
en Él nuestras preocupaciones y problemas.
5. ¿Cómo y dónde? La
respuesta nos la da santo Domingo: en la oración, en la participación en
la misa del domingo, en el rezo del santo Rosario, en la comunión y
confesión frecuente, en la adoración al Santísimo Sacramento. Todos esos
son medios para relacionarnos con Dios. A veces, nos imaginamos que es
muy difícil, por no decir, imposible relacionarnos con Dios. Y no es
verdad.
Dios está en todas partes.
Dios está de modo particular en nuestra iglesia. Por eso, siempre y en
todas partes, podemos hablar con Él, contarle nuestras cosas, decirle lo
que nos pasa, pedirle que nos ayude y proteja. ¡¡Y eso es rezar, eso es
hacer oración!! Se puede hacer oración mientras se ara o fumiga la viña
desde el tractor; mientras se hacen las labores de casa; cuando damos un
paseo por el campo y contemplamos su belleza. Se puede rezar antes y
después de las comidas, cuando vamos a acostarnos y cuando nos
levantamos, cuando empezamos a trabajar y cuando terminamos. Se puede
rezar solos o en familia. ¡Qué maravilloso es rezar en familia!
6. Pero qué duda cabe, que el
lugar por excelencia –ojo, no digo único– para rezar es la iglesia. Más
en concreto, la misa de cada domingo. ¿Cómo rezar en la misa? Escuchando
con atención la Palabra y la homilía del sacerdote, tratando de
quedarnos con algo y luego llevarlo a la práctica.
También, contestando lo que
nos corresponde, por ejemplo: amén//, Señor, ten piedad//, Cordero de
Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz//, Señor, no soy digno
de que entres en mi casa//, el Padre Nuestro. Y haciendo con fe y
devoción los gestos: la señal de la cruz, al entrar y salir de la
iglesia –que no sea un garabato–, la genuflexión –que sea un acto de
adoración–, poniéndonos de rodillas o de pie, según corresponda. Un modo
maravilloso es la comunión, si estamos en gracia de Dios y en ayunas;
porque podemos hablar directamente con el mismo Dios presente en nuestro
pecho.
Queridos hermanos: no dejéis
de rezar. Rezad mucho y rezad bien. No tengamos miedo a caer en la
beatería, porque el peligro de hoy no es ese, sino el olvidarnos de que
Dios existe y dejar de tratarle como una persona viva. Si rezamos así,
seremos muy serviciales para los demás, muy solidarios con sus
necesidades, muy buenos vecinos, en una palabra: seremos cristianos como
Cristo quiere que seamos.
Que santo Domingo de la
Calzada, gran rezador y gran ayudador de los necesitados, nos ayude a
comprenderlo. Que la Virgen de Valvanera nos alcance la gracia de
llevarlo a la práctica. Y, uno y otra, nos conduzcan por las sendas del
Cielo.
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Entierro de don Luis Espiga González
Parroquia de S. Cosme y S. Damián - 2 mayo 2009 |
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1. Por segunda vez en pocos
meses, el Señor ha visitado a la familia de nuestro presbiterio
diocesano con dos muertes especialmente dolorosas; pues han tenido lugar
en accidente de circulación. La primera fue en Navidades, con el
fallecimiento de don Luis Seco; la segunda, el pasado jueves, con la
muerte del querido Luis Espiga.
Aunque seamos cristianos y,
muchos de nosotros, sacerdotes, no dejamos de ser hombres. Al contrario,
nuestra fe nos hace más humanos. Por eso, a nosotros también nos afectan
–más aún, nos afectan de modo especial– este tipo de acontecimientos. Y
tampoco los comprendemos.
Sin embargo, no nos
rebelamos. Muy al contrario, aceptamos los planes de Dios, que es
nuestro Padre y sabe más que nosotros lo que nos conviene y cuál es el
momento y las circunstancias mejores para que finalice nuestro
peregrinar en este mundo. Por eso, besamos la mano paternal de Dios y
confiamos el alma de nuestro hermano Luis para que la purifique cuanto
antes de todas sus faltas y la lleve a gozar de él en la gloria; en
espera de volverse a juntar con este cuerpo, hoy sin vida, en el día
glorioso de nuestra resurrección, al final de los tiempos.
2. Mientras nos consolamos
con esta perspectiva de fe, queremos acercarnos a la Palabra de Dios
para que sea ella la que nos descubra el mensaje que la muerte de don
Luis aporta a nuestra vida.
Pienso que la primera
iluminación se refiere a la fidelidad. Luis dijo «sí» al Señor –como
sacerdote– hace cuarenta años, el día de su ordenación sacerdotal. Luego
se lo repitió en los diversos ministerios que el mismo Señor –a través
de los diversos obispos que han regido esta diócesis– le fue confiando.
Y ha muerto como sacerdote, después de haber sido profundamente feliz y
haberse entregado a los demás. Demos, pues, gracias a Dios por esta
fidelidad y pidámosle que nos confirme a nosotros –especialmente, a los
sacerdotes– en la fidelidad a nuestra propia vocación. Si él abriera por
un momento sus ojos y sus labios, nos diría con pleno convencimiento:
¡¡Sed fieles, vale la pena!!
3. Junto a la fidelidad, la
vigilancia. Luis había venido a Burgos a realizar algunas cosas
rutinarias. Como lo había hecho tantísimas veces. Pero en esta ocasión,
Dios quiso que el regreso no fuera rutinario, sino el último en esta
vida. Seguramente que él iba pensando en comer, como todos los días, y
ultimar luego la preparación de la homilía para las misas de hoy y de
mañana. Sin embargo, ha ido a celebrar su última misa ante el Padre.
¡Realmente se cumple al pie de la letra la Palabra de nuestro Señor!:
«Vigilad, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del Hombre»
La muerte de don Luis nos enseña, por tanto, que hay que estar siempre
preparados; es decir, en amistad con Dios y con el alma limpia de toda
falta grave. Quizás alguno de nosotros deba sacar el propósito de
acercarse al sacramento de la Penitencia, para reconciliarse con Dios y
recibir la gracia santificante.
4. A mí, personalmente, la
muerte de don Luis me ha traído a la memoria unas palabras del gran Juan
Pablo II. Comentando él su atentado con un amigo, hacía esta reflexión.
«Como el Señor me ha llamado a pilotar la nave de su Iglesia con tantos
años por delante, no he de tener prisa para realizar las reformas que
esta Iglesia necesita. Sin embargo, el atentado me ha descubierto que
podía haberme ido de este mundo sin haberme estrenado como Papa» Y
añadió: «He aprendido la lección de que no puedo perder ni un minuto
para hacer lo que Dios quiere que haga».
La muerte de don Luis,
quizás pueda recordarnos a cada uno de nosotros, lo que el atentado
recordó a Juan Pablo II, a saber: que el tiempo no es nuestro sino de
Dios y que, por tanto, hemos de actuar con sentido de urgencia. Es
decir, hemos de poner en práctica lo que el Señor espera de nosotros,
sin esperar mejores momentos y mejores circunstancias; porque esos
momentos y esas circunstancias no están en nuestras manos.
5. Finalmente, la muerte de don
Luis vuelve a avivar la urgencia de promover vocaciones al sacerdocio.
Él estaba todavía en plenitud de facultades y estaba atendiendo muchas
comunidades cristianas. Su marcha, abre un nuevo hueco, que hay que
llenar desde hoy mismo. Cada vez que muere un sacerdote, nuestro
presbiterio se queda doblemente huérfano: porque nos deja un hermano y
porque ese hermano no es sustituido por otro que tome el relevo. Pidamos
al Señor que aumente nuestra caridad apostólica para promover vocaciones
al sacerdocio. Esa promoción lleva consigo dos cosas inseparables: más
oración –porque las vocaciones las concede el Señor– y más acción
nuestra, para que sepamos ayudar a escuchar y a responder a los que
reciben la llamada del Señor.
6. Hermanos: todos nosotros
sabemos por experiencia que el pecado nos acompaña como la sombra al
cuerpo, a pesar de nuestra buena voluntad. Y que a lo largo de una vida
va aumentando –junto con nuestras buenas obras– el contrapeso de
nuestras deficiencias. Don Luis no era una excepción. Por eso, sigamos
ofreciendo sufragios por su eterno descanso y para que el Señor le
purifique cuanto antes de todas sus faltas, para que pueda contemplar su
rostro paternal. ¡Es la mejor obra de caridad y el mejor testimonio de
afecto que podemos ofrecerle!
7. Que la Santísima Virgen,
cuyo mes acabamos de comenzar, acoja el alma de nuestro hermano y se la
presente a su Hijo, el Resucitado, para que nuestro hermano Luis se
funda con él en un abrazo eterno.
Amén.
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Fiesta de S. Juan de Ávila
Seminario diocesano - 11 mayo
2009 |
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En una familia muy numerosa,
en la que conviven las generaciones de los abuelos, hijos y nietos se
suceden con la misma naturalidad que mana el agua de una fuente, los
acontecimientos agradables y adversos. Eso explica que nuestro
Presbiterio diocesano llorara apenas una semana la muerte de nuestro
hermano Luis Espiga y ese mismo Presbiterio se alegre hoy con la
celebración gozosa y festiva de este grupo de hermanos que celebran sus
bodas de diamante, oro y plata sacerdotales. Entonces dábamos gracias a
Dios por el hermano fallecido, hoy lo hacemos por este ramillete de
hermanos, que han gastado su vida en el ministerio al que Jesucristo
Sacerdote les llamó un día; y hoy renuevan a sus pies, su compromiso de
fidelidad hasta la muerte.
Aunque lo repito todos los
años, siempre me parece imprescindible dar gracias al Señor por los
incontables frutos que Él ha producido a través de su predicación y
catequesis con niños y adultos, con tantas horas pasadas en el
confesonario, por la atención a los enfermos y a los matrimonios, por la
preocupación real por los pobres y necesitados, por tantas iniciativas
que han puesto en práctica –una con fruto desigual–, y, sobre todo, por
la celebración de la Sagrada Eucaristía, con la que han hecho presente
en sus comunidades el Misterio Pascual de Jesucristo y su eficacia
redentora. En ellos se ha cumplido al pie de la letra lo que hemos leído
en el Evangelio: «El que permanece en Mí, ése da fruto abundante».
La celebración de este año
está enmarcada por el ya inminente comienzo del Año Sacerdotal, que el
Papa ha convocada para conmemorar el 150 aniversario de la muerte del
Cura de Ars y que se celebrará entre el próximo 19 de junio, Solemnidad
del Sagrado Corazón de Jesús, y la misma Solemnidad de 2010. Un año que
servirá «para redescubrir la belleza e importancia del Sacerdocio y de
cada sacerdote y que tendrá como lema «Fidelidad de Cristo, fidelidad
del Sacerdote». No se trata de un acontecimiento espectacular, pero que
persigue –según una Carta de la Congregación del Clero a los Obispos–
«una renovación interior en el redescubrimiento alegre de la propia
identidad, de la fraternidad en el propio presbiterio, de la relación
sacramental con el propio obispo».
El Papa en la homilía del
pasado 3 de mayo, en la ordenación de presbíteros romanos, que el
Delegado del Clero nos ha remitido por correo electrónico, consciente de
su importancia, decía: «Quisiera tocar un punto que llevo
particularmente en el corazón: la oración y su relación con el
sacrificio. Hemos visto que ser ordenados sacerdotes significa entrar de
manera sacramental y existencial en la oración de Cristo por los
“suyos”.
De aquí se deriva para
nosotros, presbíteros, una particular vocación a la oración, en sentido
intensamente cristocéntrico: estamos llamados a “permanecer” en Cristo,
como le gusta repetir al evangelista Juan; y esto se realiza
particularmente en la oración. Nuestro ministerio está totalmente ligado
a este “permanecer”, que es lo mismo que rezar, y de ahí deriva su
eficacia.
Desde esta perspectiva
–razona el Papa– tenemos que pensar en las diferentes formas de oración
de un sacerdote: ante todo, en la santa misa cotidiana, de la cual
reciben también la “savia” las demás formas de oración, a saber: la
Liturgia de las Horas, la adoración eucarística, la lectio divina, el
santo rosario, la meditación”.
El fundamento de la
enseñanza del Papa se encuentra en el Evangelio que hemos proclamado. Él
nos ha recordado que la eficacia apostólica y misionera del sacerdote
radica, total y exclusivamente, en nuestro “permanecer” en Cristo, Vid
Verdadera. Separado de Jesucristo, el sacerdote se hace forzosamente
ineficaz y, con ello, sin dar el fruto apostólico y misionero para el
que fue llamado. Pues así como el sarmiento no está llamado a ser baldío
o dar agrazones sino muchos y bien sazonados racimos, así los
sacerdotes: hemos sido llamados no a la esterilidad sino a producir una
abundante cosecha.
Permanecer en Jesucristo –en
el sentido fuerte de san Juan– es acoger su Palabra por la fe,
interiorizarla, proclamarla, vivirla en sus exigencias, especialmente en
las del mandamiento nuevo.
Ahora bien, todos somos
conscientes que esta tarea es imposible al margen de la Eucaristía, a la
cual está encaminada la Palabra de Dios, en la cual encuentra su
plenitud y de la cual extrae su fuerza; porque la Eucaristía, que
contiene al mismo Verbo Encarnado, muerto y resucitado, es la Palabra de
Dios por excelencia, a la cual remite la Palabra escrita inspirada y la
Palabra viva de la Tradición eclesial.
La alabanza y glorificación
de la Eucaristía no puede quedar encerrada en el espacio de la
celebración sino que ha de resonar a lo largo del día en la Liturgia de
las Horas –para que así la Eucaristía se haga en verdad centro del día
de cada uno de los presbíteros–; y prolongarse en la quietud adorante
del Tabernáculo, ámbito a donde todos los santos sacerdotes –de antes y
de ahora– han sentido la necesidad de acudir para hablar con el Maestro,
contarle sus preocupaciones y proyectos pastorales, y pedirle su ayuda y
su fuerza.
Además, celebrando la
Eucaristía y cultivando la vida eucarística, el presbítero descubre que
María está indisolublemente unida a ella. No sólo porque hizo posible
que el Verbo eterno del Padre asumiese una naturaleza humana como
instrumento de salvación, sino también porque Ella cooperó activamente
en la ofrenda del Sacrificio en el Calvario. Por eso, ser hombres que
nacieron de y para la Eucaristía –como le gustaba repetir al gran Juan
Pablo II– lleva consigo ser hombre de y para María.
Por eso, qué profundidad
tienen las palabras del Papa cuando afirma que los sacerdotes hemos de
ser hombres de oración celebrando a diario la santa Misa y la Liturgia
de las Horas, practicando la lectio divina y la meditación, y cultivando
una devoción ferviente a la Virgen, rezando en Santo Rosario.
Y se comprende bien que nos
haga esta confidencia que es, a la vez, una clara recomendación: «El
sacerdote que reza mucho y reza bien, se va quedando progresivamente
despojado de sí mismo y queda cada vez más unido a Jesucristo, Buen
Pastor y Siervo de los hermanos». San Juan de Ávila y el Santo Cura de
Ars –patronos del Clero secular– son una buena prueba de ello y nos
marcan el camino que hemos de recorrer.
No hay miedo a caer en
falsos pietismos ni beaterías. Esos peligros pudieron existir –y de
hecho existieron, a veces, en el pasado–. El peligro actual, tanto para
los fieles como los pastores, es la secularización de nuestra vida y de
nuestro ministerio, no contando con Dios en la práctica y viviendo, en
cierto modo, como si Dios no existiera y sin sentir necesidad de su
amor, de su ayuda y de su perdón.
Queridos hermanos: antes de
terminar querría haceros dos propuestas. La primera no es nueva, pues es
un simple retomar lo que os decía en la Misa Crismal: este Año
Sacerdotal es una magnífica ocasión de gracia para hacer Ejercicios
Espirituales, práctica que tiene el aval de muchos miles de cristianos
que han renovado en ellos sus vida y, en concreto, su vida de oración.
La otra está relacionada con
la crisis actual. He pensado, después de haberlo contrastado con los
Vicarios y el Delegado del Clero, que podríamos seguir el ejemplo de
otras diócesis y aportar el 10% de los ingresos de un mes, entregándolo
a Cáritas o a otra organización caritativa que nos merezca plena
confianza o dándoselo directamente a alguna persona cuya necesidad
conozcamos bien.
Queridos hermanos: Pidamos a
la Virgen –Ella que es mujer eucarística por excelencia– que nos ayude a
adentrarnos en la entraña de este Sacrificio que estamos celebrando, de
modo que dejemos que su Hijo nos asocie y convierta en ofrenda agradable
al Padre y beneficiosa para nuestros hermanos.
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Eucaristía con miembros del Camino Neocatecumenal
Catedral - 25 mayo 2009 |
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1. Nos hemos congregado esta
tarde para dar gracias a Dios por la aprobación definitiva de los
Estatutos del Camino Neotecumenal, que tuvo lugar el 11 de mayo de 2008.
Con su aprobación, la Santa Sede «garantiza –según sus fundadores– que
este itinerario de iniciación cristiana... sea tutelado en sus
características específicas y en su continuidad».
Nuestra acción de gracias va
dirigida, ante todo y sobre todo, al Espíritu Santo. Porque ha sido Él
quien ha dado a la Iglesia, su Esposa, este carisma, con el fin de
revitalizar la Iniciación Cristiana en este momento de la Iglesia, tanto
para los que ya han recibido el Bautismo, como para los adultos que
todavía no están bautizados.
Nuestra acción de gracias se hace extensiva a Francisco Argüello y a
Carmen Hernández por haber sido fieles a este carisma y haberlo
difundido en toda la Iglesia. Esa fidelidad y generosa entrega, ha sido
bendecida con frutos abundantes por el Señor.
Finalmente se dirige a las
comunidades neocatecumenales que iniciaron este camino en nuestra
diócesis; primero en la parroquia de San Martín de Porres y luego en
otras parroquias de la ciudad. Muchas gracias a todos vosotros y a las
demás comunidades hoy existentes en la diócesis.
2. Al celebrar este fausto
acontecimiento, quiero deciros con toda claridad que deseo que el Camino
Neocatecumenal se extienda y fortalezca aún más en nuestra diócesis. Y
os invito a que seáis cada día más fieles y a que perseveréis en el
camino emprendido. No os canséis de anunciar el Reino de Dios y de
llamar a la conversión a cuantos quieran escuchar el mensaje del
Evangelio. Pedid al Espíritu Santo, dador de los dones de fortaleza y
apostolado, que os haga apóstoles cada vez más vibrantes, comenzando por
vuestras propias familias y las personas con las que convivís en los
diversos ambientes profesionales y sociales. ¡La mies es abundante y las
necesidades ingentes: sed fervientes colaboradores del Dueño de la mies!
3. En este contexto,
comprenderéis muy bien que os haga un llamamiento a que seáis humildes y
a que viváis con finura el espíritu de comunión. La humildad es
necesaria para que sigáis atribuyendo a Dios los frutos abundantes que
cosecháis. Esos frutos llegan, porque sois sarmientos unidos a la Vid,
Jesucristo. De Él procede toda la savia que origina esos frutos.
La humildad es también
necesaria para reconocer y apoyar los demás carismas que existen en la
Iglesia, tanto los jerárquicos como los carismáticos. Pienso en los
religiosos de vida activa y contemplativa y en otros carismas laicales.
Dios es tan grande que ningún carisma puede agotar su riqueza. Por eso,
el Espíritu Santo se ve urgido a derramar carismas. Precisamente, porque
todos provienen del mismo Espíritu ha de existir armonía, comprensión,
acogida y comunión entre todos.
Os encarezco, de modo
especial, la comunión y colaboración con las respectivas parroquias.
4. Como sabéis, la diócesis
se ha embarcado en un gran proyecto de Iniciación cristiana, que quiere
ser respuesta a lo que el Señor nos pide en este momento de la vida de
la Iglesia y del mundo. Todos somos conscientes de que la situación ha
cambiado profundamente y que los métodos que fueron válidos en otros
momentos, ya no son suficientes y eficaces. Dios quiere que imploremos
su gracia para saber implicar a los padres que piden el Bautismo y la
Primera comunión de sus hijos en los procesos de Iniciación; para saber
acercarnos de modo eficaz a los bautizados que se han alejado de la fe y
de la práctica de la Iglesia; y también a los niños en edad escolar y a
los adultos que todavía no han recibido el Bautismo para proponerlos el
mensaje de fe y los sacramentos de Iniciación. Durante casi dos años,
toda la diócesis ha estado reflexionando y trabajando; el sábado
próximo, el Consejo Diocesano de Pastoral trabajará sobre estos
materiales y tendrá la oportunidad de conocer algunos programas
concretos, que luego se estudiarán en los arciprestazgos y parroquias
con el fin de conocerlos, mejorarlos y, finalmente, aplicarlos. Desde
ahora os invito a que impulséis este proyecto diocesano y a que aportéis
vuestra experiencia, vuestra colaboración y vuestras sugerencias.
5. Antes de concluir,
permitidme una última reflexión pastoral. En las familias del Camino
Neocatecumenal Dios suscita abundantes vocaciones para el sacerdocio;
como consecuencia de su generosidad en la transmisión de la vida y de la
educación cristiana que trasmiten a sus hijos.
No pierdo la esperanza de
que esas familias envíen algunos de sus hijos adolescentes y jóvenes a
nuestro seminario, para que puedan ser sacerdotes de esta diócesis.
Sería una forma de corresponder a la aportación que la Iglesia local de
Burgos ha hecho y sigue haciendo a las Comunidades Neocatecumenales,
pues algunos sacerdotes de esta Iglesia particular están dedicados al
Camino completamente y son muchos los sacerdotes que os celebran la
Eucaristía de modo habitual.
6. Hermanos: sigamos participando en esta Eucaristía y pidamos al Espíritu
Santo que, además de convertir el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de
Cristo, haga de quienes comulgaremos el mismo Cuerpo Eucarístico, un
único Cuerpo eclesial, bien unido y bien armonizado.
Que Santa María la Mayor
interceda por todos nosotros.
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Solemnidad de Pentecostés
Catedral - 31 mayo 2009 |
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1.
Con la fiesta de
Pentecostés llega a su término y a su culminación la solemne celebración
que hace la Iglesia de la Cincuentena pascual. Después de haber
celebrado durante estos 50 días la victoria de Jesús sobre la muerte, su
manifestación a los discípulos y su exaltación a la derecha del Padre,
hoy la alabanza de la Iglesia resalta la presencia del Espíritu de Dios
y la entrega que hace el Resucitado de su Espíritu a los suyos.
La revelación del Antiguo
Testamento había alimentado la esperanza del hombre, con la promesa de
que un día Dios sería plenamente Dios de su pueblo y enviaría su
Espíritu sobre todos los hombres. Hoy, podemos decir que la promesa se
ha cumplido: la Pascua ha inaugurado un nuevo Pueblo de Dios y el
Espíritu ha sido derramado sobre toda la Iglesia. Y como la Pascua del
Señor es el comienzo de una humanidad nueva, el Resucitado otorga su
Espíritu a los suyos para renovarlos interiormente, incorporarlos a su
nueva humanidad, instaurar con ellos el nuevo Pueblo de Dios y enviarlos
como fermento al mundo, para su total renovación.
2. Las lecturas que hemos
proclamado nos han revelado lo que produjo el Espíritu Santo el día de
Pentecostés. Aquel día surgió un anti-Babel, se inauguró la distribución
de los diversos carismas que necesita la Iglesia y los Apóstoles fueron
habilitados para comprender y realizar la misión que Jesús les había
encomendado.
3. En primer lugar, en
Pentecostés sucedió lo contrario de lo que ocurrió en Babel. Allí los
hombres quisieron ser como Dios; más aún, superiores a Él, intentando
construir una sociedad al margen de Dios. Pero aquellos hombres –que
intentaron escalar el cielo– terminaron sin entenderse los unos con los
otros, y se dispersaron por toda la tierra. Es lógico, porque los
hombres sólo pueden entenderse entre sí cuando cada uno se abre
dócilmente a la sorprendente gracia de Dios; no cuando luchan como
titanes para encumbrarse en su poder, riqueza y orgullo.
Si en Babel se dispersó la
humanidad, la acogida del Espíritu significa el principio de una nueva y
definitiva comunión. Cuando lo recibamos de verdad, cuando todos
tengamos un mismo Espíritu, nos entenderemos, aunque hablemos diferentes
idiomas. Y surgirá la nueva creación. Porque el problema está en la
división de los espíritus, en las mentalidades opuestas y en el
enfrentamiento de los intereses.
4. En segundo lugar, el
Espíritu inició en Pentecostés la donación a la Iglesia de una gran
variedad de carismas; es decir: de los dones que la Iglesia necesita
para su propio bien. A ellos se refería la segunda lectura. La Iglesia
no es como una organización para administrar el testamento de Jesús. Es
verdad que tiene un elemento institucional, fundacional, formado por lo
que ha recibido de Jesús, y que es irrenunciable: el anuncio de la Buena
Nueva, la cercanía a los pobres, la catequesis, la transmisión
apostólica, los sacramentos... Todos estos elementos son originales e
imprescindibles, porque tienen su origen en el mismo Jesús.
Pero la Iglesia tiene otro
elemento pneumatológico, la presencia del espíritu que la recrea
permanentemente y le concede los carismas que ella necesita para
realizar sus servicios y funciones. Estos dones y carismas, para que
sirvan al bien de toda la comunidad, tienen que reforzar la unidad en la
confesión de la misma fe, en la celebración de los mismos sacramentos y
en la vivencia de la caridad. Cuando se introducen errores en la fe,
anomalías en la liturgia y falsificaciones en la caridad, allí no hay
carismas del Espíritu sino la acción del maligno.
San Pablo, en el mismo texto
que hemos leído habla de los carismas que el Espíritu donó a la Iglesia
en sus comienzos: el carisma de la profecía, de la curación, de la
interpretación de lenguas, del discernimiento de espíritus, y otros.
Esta donación no ha cesado a lo largo de la historia, respondiendo así a
las necesidades que iban surgiendo y dando respuesta precisa a cuanto la
Iglesia necesitaba para el cumplimiento de su misión.
5. Hoy el Espíritu nos está
dando carismas relacionados, sobre todo, con el laicado. Porque la
Iglesia necesita de un laicado profundamente penetrado del Espíritu para
llevar el mensaje de Jesucristo a todos los lugares y ambientes de la
sociedad: a la fábrica, el taller, la oficina, el campo, el mar, el
mundo de la emigración, de la marginación, de la pobreza. Necesita un
laicado bien formado y maduro que sea capaz de luchar con eficacia –es
decir: que sea capaz de aportar soluciones– en el mundo de los derechos
humanos, especialmente, los relacionados con la libertad religiosa, la
justa distribución de la riqueza, la sanación de las instituciones
estatales –corrompidas con tanta frecuencia–, el derecho inalienable a
formar una familia, a educar a los hijos, a mantener la institución
matrimonial como una realidad estable de amor entre un hombre y una
mujer.
De modo muy especial
necesita un laicado que sea capaz de liberar a los jóvenes de la
obsesión por el sexo y el placer a toda costa y despertar en ellos
virtudes absolutamente centrales de la persona humana, como: la
solidaridad, el amor a la justicia, la preocupación por los más pobres y
necesitados, la promoción y defensa de la paz. Y de anunciarles que en
Jesucristo se encuentra el ideal del hombre y su pleno y total
acabamiento.
En este contexto se entiende
muy bien que hoy, día de Pentecostés, la Iglesia que peregrina en España
celebre el día del Apostolado Seglar y la Acción Católica. Hermanos:
sentíos enamorados de militar en las filas del laicado católico; y
sentíos urgidos a realizar la reevangelización de nuestra diócesis. Os
convoco, de modo especial, a impulsar la Iniciación Cristiana en
nuestras comunidades, de modo que los padres no se contenten con pedir
los sacramentos del Bautismo y Primera Comunión para sus hijos, sino
también a educarles en la fe –como se comprometen al pedir esos
sacramentos– y a acompañarles en ese proceso de maduración. Ante un
mundo tan nuevo como el que nos está tocando vivir, no podemos dar
respuestas que fueron eficaces en su día, pero que hoy resultan
completamente insuficientes.
6. Finalmente, el Espíritu habilitó a los Apóstoles para la misión que
Cristo les había encomendado. Antes de recibir el Espíritu no acababan
de entender qué era el Reino de Dios y cuál era su puesto en él. Todavía
en la Última Cena litigan por saber quién es el mayor. Incluso poco
antes de la Ascensión preguntan a Jesús por el momento en que va a
instaurar su Reino, puramente temporal.
Ahora cuando reciben el
Espíritu, comprenden de inmediato que ellos son los continuadores de la
misión salvadora de Jesús en medio de los hombres y que tienen que
anunciarles la Buena Noticia de que Dios les ama, que ha enviado a su
Hijo para salvarles del pecado, bautizarles, reconciliarles
continuamente con él y construir la familia de los hijos de Dios, dando
un testimonio de vida y de caridad entre los hombres. El Espíritu les
quita el miedo y les llena de fortaleza; les capacita para saber
anunciar el mensaje; y les llena de audacia para proclamar a los cuatro
vientos que Jesús es el Señor y el Único Salvador del mundo.
Que la Santísima Virgen,
Santa María la Mayor, nuestra Patrona, suplique a su Hijo y hermano
nuestro Jesucristo, que nos envíe su Espíritu y haga de nosotros una
comunidad de discípulos, esperanzados, alegres y verdaderamente
apostólicos. |
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La conversión de un sumo sacerdote del ateísmo
Cope - 3 mayo
2009 |
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Anthony Flew es uno de los sumos sacerdotes del ateísmo filosófico
moderno. Su andadura intelectual comenzó con la publicación «Dios y
Filosofía», en 1966, que hoy es un clásico de la filosofía de la
religión. Luego siguieron, una tras otra, muchas publicaciones, como «La
presunción del ateísmo», que fue reeditada con el título «Dios, libertad
e inmortalidad», o «La lógica de la mortalidad». Durante más de cinco
décadas escribió libros y debatió con pensadores creyentes, entre otros,
con el célebre apologista C.S. Lewis. Algunos de sus debates tuvieron
audiencias millonarias. Pero en el último, celebrado en la Universidad
de Nueva York en 2004, Flew anunció, ante la sorpresa de todos, que ya
no era ateo, que ahora acepta la existencia de Dios.
¿Qué es lo que ha llevado a
uno de los más vehementes ateos del mundo a un cambio tan radical? La
razón principal, dice, nace de las recientes investigaciones científicas
sobre el origen de la vida. Según él, esas investigaciones muestran la
existencia de una «inteligencia creadora». Más en concreto, las
investigaciones sobre el ADN, pues –como dijo en el simposio de 2004– su
cambio de postura se debe «casi enteramente a las investigaciones sobre
el ADN».
Para Flew, «lo que ha
demostrado el ADN es que –debido a la complejidad de los mecanismos
necesarios para generar vida– tiene que haber participado una
inteligencia superior en el funcionamiento unitario de elementos tan
extraordinariamente diferentes entre sí». Y añade: «Es la enorme
complejidad del gran número de elementos que participan en este proceso
y la enorme sutileza de los modos que hacen posible que trabajen juntos.
Esa gran complejidad de los mecanismos que se dan en el origen de la
vida es lo que me llevó a pensar en la participación de una
inteligencia». Esa inteligencia superior es Dios.
¿Por qué sostengo ahora todo
esto después de haber defendido el ateísmo durante medio siglo?, se
pregunta Flew. Su respuesta es ésta: «La imagen del mundo que emerge de
la ciencia moderna». En efecto, «la ciencia destaca tres dimensiones de
la naturaleza que apuntan a Dios». La primera es que la naturaleza no es
ciega sino que «obedece leyes». La segunda es que la vida «está
organizada de modo inteligente y está dotada de finalidad». La tercera
es «la mera existencia de la naturaleza».
Sin embargo, como él mismo
confiesa, «en este largo recorrido no me he guiado sólo de la ciencia.
También me ayudó el estudio renovado de los argumentos filosóficos
clásicos. En realidad, en las dos últimas décadas todo el marco de mi
pensamiento se ha trastocado. Esto fue consecuencia de mi permanente
valoración de las pruebas de la naturaleza».
Flew todavía no ha abrazado
una religión en particular, aunque dice que está especialmente
impresionado por el testimonio del cristianismo. Sus puntos de vista,
según su propia confesión, se sustentan en la razón, no en la fe; pero
ahora está más abierto a los argumentos a favor de Dios de las
religiones reveladas.
Volviendo sobre su
itinerario intelectual, señala: «Ahora creo que el universo fue fundado
por una inteligencia infinita y que las intrincadas leyes del universo
ponen de manifiesto lo que los científicos han llamado la Mente de Dios.
Creo que la vida y la reproducción se originaron en una fuente divina».
Anthony Flew no ha cerrado
el debate sobre la existencia de Dios, que es una de las disputas más
ásperas y duraderas de la historia de la filosofía. Pero es indudable
que su brusco y reciente cambio de postura está interpelando a no pocas
inteligencias rectas y anhelantes de encontrar la verdad.
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Los católicos y la política
Cope - 10 mayo 2009 |
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Charles J. Chaput, arzobispo
de Denver, ha llamado la atención en Estados Unidos por defender con
energía el compromiso de los creyentes en la vida pública. La ocasión ha
sido una mesa redonda, el pasado 17 de marzo, organizada por el Pew
Forum on Religión & Public Life.
Antes de abordar el tema
propuesto, monseñor Chaput se refirió brevemente al modo en que los
medios de comunicación cubren las noticias sobre la Iglesia Católica,
dado que tenía delante a periodistas de medios prestigiosos, como el New
York Times, el Washington Post o Associated Press.
El arzobispo fue muy claro.
Más allá de las convicciones personales, un buen periodista debe
plantear las cosas con honradez y profesionalidad. «No espero –dijo
monseñor Chaput- que los periodistas que hablan sobre la Iglesia
Católica estén de acuerdo en todo lo que ella enseña. Pero sí creo que
quienes informan sobre ella, deben tener un conocimiento profundo acerca
de sus enseñanzas y de sus tradiciones». Si «ningún medio enviaría a
cubrir una noticia sobre lo que ocurre en Wall Street a un periodista
que carece de conocimientos básicos de economía, de política monetaria y
fiscal», es difícil entender que «cuando se trata de hablar de religión,
aparecen muchos periodistas que no han hecho bien sus deberes».
Entrando de lleno en el tema
de la mesa redonda: las obligaciones políticas de los católicos, Chaput
afirmó: «La principal obligación política de cualquier católico es la de
ser, ante todo, un buen católico. Los católicos servimos mejor al César
cuando servimos primero a Dios. Esto significa vivir con coherencia
nuestras creencias, fielmente y sin pedir excusas, tanto en casa como en
la vida pública, en el trabajo y en las urnas. No podemos ser buenos
católicos si nos mostramos indiferentes ante los sufrimientos de los
pobres, de los sin techo o de los inmigrantes ilegales. Tampoco podemos
olvidar la masacre diaria de los niños por nacer, sin luchar para
evitarlo, y no sólo con políticas sociales de apoyo sino también
cambiando las leyes».
Monseñor Chaput, que conocía
las reticencias que había suscitado meses atrás su libro «Render Unto
Caesar», precisó que él no se decantaba por ningún partido político. «No
escribí este libro para animar a los católicos a que se convirtieran en
demócratas o en republicanos. Mi objetivo era recordar que la fe, aunque
sea esencialmente personal, nunca es meramente privada, sino que tiene
implicaciones en la vida pública».
Ciertamente, la Iglesia no
es una organización política. «Pero su testimonio moral –cuando la gente
lo toma en serio– tendrá siempre consecuencias políticas. Si estas
consecuencias molestan a algún partido, el problema es de ese partido.
No es culpa de la Iglesia. El choque lo producen las opciones que ha
tomado tal partido». Por otra parte, «tampoco es misión de la Iglesia
callarse para evitar los dilemas morales de los políticos católicos».
En otro momento precisó:
«Donde los medios ven políticos católicos, los obispos vemos almas. Para
un obispo, el papel de los católicos en la vida pública no se reduce al
juego político de los partidos. En realidad, es una cuestión que tiene
que ver con la escatología. Ésta hace referencia al más allá: al cielo y
al infierno, al juicio y a la salvación. Refleja las enseñanzas de
Jesucristo: lo que hacemos aquí, tiene consecuencias en la vida futura».
Chaput concluyó su
intervención destacando el papel positivo de la religión en la vida
pública: «La historia nos enseña que la fe es uno de los motores de la
dignidad humana y del progreso. Cuando se margina a la religión de la
vida pública, la política ocupa su lugar bajo el mismo ropaje, pero con
menos conciencia».
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La verdad del aborto según un médico abortista
Cope - 17 mayo 2009 |
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Se llama Héctor. Es un
famoso médico del Estado de Minas, Brasil. Su madre fue costurera y
trabajaba hasta altas horas de la noche para ayudar al padre, vigilante
nocturno. Con enorme sacrificio y sin regatear esfuerzos pagaron su
carrera universitaria. Terminados sus estudios, eligió la especialidad
de ginecología y obstetricia.
Ansioso de enriquecerse
rápidamente, montó un consultorio abortista particular que, en poco
tiempo, se convirtió en el más frecuentado de la región. «Como todos los
que los cometen –ha dicho en una entrevista en Radio Rahina de Paz, de
Río de Janeiro– me decía a mí mismo que todas las mujeres tienen derecho
a escoger y que era mejor que fueran ayudadas por un médico en lugar de
ir a una clínica clandestina, donde los índices de muerte son
alarmantes».
Durante años, todo fue sobre
ruedas. «Me construí una familia con muchos bienes, muy rica y que no
carecía de nada. Mis padres murieron con la ilusión de que su hijo era
un doctor brillante y exitoso».
Un día tuvo una experiencia
terrible. Su hija menor, Leticia, murió delante de él a causa de una
infección generalizada, después de someterse a un aborto con otro colega
suyo. La chica tenía 23 años cuando se quedó embarazada y siguió el
camino de tantos: el aborto. Cuando le llamaron, ya no podía hacer nada.
Y, efectivamente, su hija murió a los siete días.
«Al lado del lecho de mi
hija –contaba por los micrófonos de la radio– vi las lágrimas de todos
esos angelitos que yo maté. Mientras esperaba su muerte, yo agonicé
junto a ella. Fueron seis días de sufrimiento, antes de que ella
partiese a encontrarse con su hijo, al cual un médico asesino impidió
nacer». Después tuvo un sueño terrible y sintió un estruendo que le dejó
consternado y sin poder respirar. «Eran los llantos dolidos de los niños
que veía en mi entendimiento. Eran llantos de dolor, eran lamentos de
los angelitos que yo no dejé nacer. Estos llantos –confesaba entre
sollozos– me gritaban: ¡asesino!».
Comenzó a sudar. La
respiración se hizo casi imposible. Trató de pasarse la mano por la
frente y quedó horrorizado, pues sus manos se mancharon de sangre.
Aterrorizado, gritó: «Perdóname, Señor». Volvió a respirar y comprendió
que había llegado el momento de pensar y sacar conclusiones de la muerte
de su hija, desaparecida por las consecuencias de un aborto. «Dios me
hizo entender que a partir del momento de la fecundación del óvulo
existía vida. Comprendí que soy un asesino».
Para compensar su culpa y su
dolor, no sólo dejó de realizar abortos, sino que «vendí mi consultorio
y todos los bienes que conseguí con la práctica del aborto, y con ese
dinero construí una casa de apoyo para madres solteras y me dedico hoy a
atender y practicar ¡una medicina de verdad!».
Dios le ha perdonado. Más
aún, le ha hecho médico de los pobres, de los desamparados y desvalidos.
«Y los niños vienen al mundo a través de mis manos, son hijos que
adopto, pues sé que tengo una sola misión: traer la vida al mundo y
proporcionar las condiciones necesarias para que los niños tengan un
lugar feliz donde el padre es Jesús». Pese a todo, las secuelas siguen
ahí, pues continúa repitiendo que no sabe «si algún día Dios me va a
perdonar». Quizás por ello, terminaba así su testimonio: «Recen por mí,
recen para que Dios tenga piedad de mí y me perdone, porque tengo la
seguridad de que participaré en el juicio final».
Seguramente que esta
historia no es la única ni será la última. Lo que está claro es que
cuando escriben la verdad del aborto quienes los han realizado, su
relato es mucho menos color rosa que el de quienes tratan de venderlo
con tanta ligereza y sinrazón.
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Maestra de misericordia y constructora de la paz
Cope - 24 mayo 2009 |
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«Portadoras de amor,
maestras de misericordia, constructoras de paz, comunicadoras de calor y
humanidad a un mundo que, con demasiada frecuencia, juzga el valor de
las personas con fríos criterios de explotación y provecho». Así las ha
definido Benedicto XVI en su viaje apostólico a Tierra Santa.
Merecerían ser enmarcadas en
un cuadro de honor social y eclesial. Como es lógico, el Papa no ha
querido hacer una demagógica alabanza para congratularse con el sexo
femenino. Responden, más bien, a una convicción muy sentida respecto a
la dignidad, especificidad y complementariedad innatas que toda mujer
lleva en sí.
La dignidad de la mujer no surge de que le sea reconocida, menos aún
otorgada, por cualquiera instancia humana. La dignidad de la mujer brota
del hecho de ser persona y persona en plenitud. Por ser inherente a su
naturaleza personal, ninguna autoridad religiosa, política, cultural,
social o económica puede violarla o destruirla. Más aún, no podría
hacerlo, porque comportaría su total destrucción.
Ciertamente, la dignidad de
la persona y de la mujer puede ser pisoteada, oscurecida y desfigurada.
Pero nada ni nadie logrará que la mujer deje de ser una criatura hecha a
imagen y semejanza del Creador. La mujer tiene, por tanto, la misma
dignidad que el hombre. Los dos son personas humanas en las que se
refleja el rostro del mismo Dios. Ninguna de ellas es una simple cosa
que se puede fabricar, manipular, instrumentar o destruir según el
capricho o la ley del más fuerte.
Sin embargo, esto no
comporta que la mujer tenga una estructura antropológica idéntica a la
del hombre. Hombre y mujer son iguales en dignidad porque ambos son
imagen de Dios. Pero el hombre y la mujer tienen funciones distintas que
el mismo Creador ha inserto en lo más profundo de su naturaleza. Dicho
en otras palabras, «ser» mujer no es lo mismo que «ser» hombre. Bastaría
pensar que si hubieran sido idénticos en el principio, hoy no existirían
ni hombres ni mujeres. Por la misma razón, si por un imposible, llegasen
a serlo, ellas y ellos estarían llamados a desparecer muy pronto.
Esta igualdad radical –como
personas– y esta diferencia específica –como seres sexuados–, han sido
pensadas por el Creador para que la mujer y el hombre se complementen,
se unan y, de su unión estable y amorosa, brote la vida humana en el
ámbito que él mismo ha establecido: el matrimonio. La mujer y el hombre
están llamados, por tanto, a reconocerse como personas, a respetarse
como tales, a aportar lo que cada uno tiene de específico, a colaborar
con Dios en la transmisión de la vida, a proyectar en la sociedad y en
la Iglesia lo que les es propio. De ahí que sería no sólo un craso error
sino un enorme empobrecimiento, el intento de identificar el rol de la
mujer y del hombre, tanto en la familia como en la sociedad y en la
Iglesia. La riqueza radica en la distinción, en la complementariedad y
en la comunión.
En esa perspectiva pueden
calificarse como proféticas las palabras del Papa. La sociedad y la
Iglesia no siempre las han tenido suficientemente en cuenta. Jesucristo
es todo un paradigma a imitar. En una sociedad, en la que la mujer
apenas contaba, Él la elevó a la más alta dignidad. A una mujer, María,
la hizo Madre de Dios y a otra, María Magdalena, la convirtió en el
primer testigo de su Resurrección.
Por eso, más que progreso es
un claro retroceso la pretensión de convertir a la mujer en mera
mercancía de placer y en sujeto de unos instintos sexuales que hay que
explotar y manipular. Frente a un mundo, tantas veces cruel y
enfrentado, necesitamos que la mujer realice en la Iglesia y en la
sociedad su aportación de «maestra de misericordia y constructora de
paz», como ha dicho el Papa.
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Un frente mundial laicista
Cope - 31 mayo
2009 |
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Las últimas semanas han sido
testigo de un virulento ataque contra el Papa por parte de instituciones
internacionales, gobiernos y medios de comunicación. El motivo ha sido
una afirmación suya sobre el preservativo. Si fuera una salida de tono
del Papa tendría una cierta justificación. Pero lo que el Papa ha dicho
es compartido por la comunidad científica internacional, sea o no
católica. Estamos, pues, ante la respuesta de un laicismo cada vez más
radical, que no da ningún valor a la ética cristiana ni está dispuesto a
contar con el cristianismo a la hora de buscar soluciones a los
gravísimos problemas que aquejan a nuestra sociedad.
Este laicismo radical se ha
ido incubando en Europa en los últimos decenios. Pero se ha agudizado de
modo especial desde la caída del muro de Berlín. El Papa lo denunció
cuando todavía era cardenal. Con su agudeza característica y su gran
capacidad de comprensión de los fenómenos actuales, señaló, ya entonces,
que Europa ha iniciado un derrotero muy peligroso. Pues, además de
socavar sus raíces cristianas, está dilapidando la herencia de su
humanismo, gracias al cual alcanzó una altísima cumbre en lo relativo a
la persona humana, su dignidad e igualdad radical, su libertad y su
destino trascendente. En lugar de escuchar estas sabias observaciones,
ha seguido escorándose hacia una ortodoxia laicista cada vez más
radical. Algunos la califican de «cristofobia».
Estados Unidos se había
mantenido más o menos ajeno a esta realidad. Eso explica que el Papa
viese en ellos una laicidad más esperanzadora y menos hostil. Con todo,
hacía una afirmación que el tiempo ha convertido en profecía. «No es
suficiente –decía Benedicto XVI– contar con una religiosidad tradicional
y seguir adelante como de costumbre, incluso cuando sus fundamentos
están siendo minados lentamente».
En efecto, aunque todavía no
con tanta fuerza como en Europa, las fuerzas laicistas se han
envalentonado cada vez más en Estados Unidos, intentando marginar a la
Iglesia y etiquetar sus enseñanzas sobre el matrimonio y la vida como
desfasadas, cuando no fanáticas. La hostilidad hacia la Iglesia ha
aumentado también en los medios de comunicación. Funcionarios clave de
las Naciones Unidas, de algunas naciones de Europa y los medios
internacionales con conexiones en Estados Unidos y Gran Bretaña,
asumieron rápidamente que Benedicto XVI estaba equivocado sobre el
preservativo.
Cada vez va resultando más
claro que la Iglesia y Benedicto XVI se enfrentan a un eje mundial
laicista, formado por elementos significativos de la Unión Europea, las
Naciones Unidas y, más recientemente, Estados Unidos. Este eje se ha
mostrado incapaz de aceptar algo que no sean sus propios valores. Y así,
pese a las evidencias científicas, en nombre de la razón ha criticado
irracionalmente al Papa y se ha mostrado irracional frente a la moral y
fe de la Iglesia Católica.
El mundo corre el riesgo de
abrazar una nueva dictadura: la dictadura del relativismo. Tras la
dolorosísima experiencia de las dos formas más recientes del laicismo
radical: el socialismo marxista y socialismo nazista, la Iglesia, lejos
de replegarse ante el nuevo laicismo, ha de salir a la plaza pública y
ofertar, sin altanería pero sin complejos, su propuesta sobre el hombre,
yendo a las raíces en las que se afincan sus más hondos porqués y
paraqués: qué sentido tienen la vida, la muerte y el sufrimiento; el
valor y orientación de la actividad humana; su ansia infinita de
autotrascenderse y de inmortalizarse, el anhelo de ser amado por encima
del color de la piel y de la situación económica y social. Sin olvidar
que hoy, como siempre, el testimonio de amor y respeto hacia la persona
humana, especialmente la persona humana vulnerada, es una aportación
irrenunciable para la Iglesia. |
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Agenda |
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Mayo de 2009 |
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2. |
Preside las exequias del
sacerdote D. Luis Espiga González en la
parroquia de San Cosme y San Damián de Burgos. |
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3-5. |
Reunión de obispos franceses
y españoles del Camino de Santiago en Roncesvalles. |
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6. |
Consejo de Gobierno. Por la
tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San
Juan Evangelista de Burgos. |
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7. |
Visitas.
Reunión con la comisión de templos. Por la tarde preside la santa misa
en Santo Domingo de la Calzada con motivo del novenario realizado con
ocasión del noveno centenario de su muerte.
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8. |
Visitas. Comisión Permanente
del Consejo Episcopal de Gobierno. Por la tarde administra el sacramento
de la confirmación en la parroquia de Santa Casilda de Miranda. |
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9. |
Saluda a agentes y
voluntarios de Caritas reunidos en asamblea. Preside la santa misa en
Melgar de Fernamental en el Encuentro diocesano
de Cofradías. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación
en Medina de Pomar. |
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10. |
Administra el sacramento de
la confirmación en la parroquia de San Juan de Ortega de Burgos. |
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11. |
Traslado de la fiesta de San
Juan de Ávila. Preside la conferencia impartida por D. Florentino
Gutiérrez Sánchez, Vicario General de Salamanca y la Eucaristía en el
Seminario con motivo de la fiesta del patrono del clero secular español
y en la conmemoración de los 25, 50 y 60 años de ministerio sacerdotal
de algunos presbíteros. |
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12. |
Inauguración de las Edades
del Hombre en Soria. Por la tarde administra el sacramento de la
confirmación en la parroquia de San Lesmes. |
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13. |
Participa en el Rosario de
la Aurora de la Virgen de Fátima y preside la Eucaristía en la Catedral.
Visitas. Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la
parroquia de San Julián Obispo. |
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14. |
Rueda de prensa en la Casa
de la Iglesia sobre la asignación tributaria de la declaración de la
renta para la Iglesia católica. Visitas. Por la tarde administra el
sacramento de la confirmación en la parroquia de San Martín de Porres. |
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15. |
Visitas.
Por la tarde
administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San Pablo de
Burgos. |
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16. |
Preside la Eucaristía del
Encuentro diocesano de monaguillos en el Seminario. Por la tarde
administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de San José
de Aranda. |
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17. |
Administra el sacramento de
la confirmación en Trespaderne y por
la tarde en Tardajos a jóvenes del arciprestazgo de San Juan de Ortega. |
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18. |
Consejo de Gobierno. |
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19. |
Visitas. |
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20. |
Visitas. Por la tarde
administra el sacramento de la confirmación en Tordómar. |
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21. |
Por la tarde visita a las
monjas de los monasterios de vida contemplativa de Lerma: carmelitas,
dominicas y clarisas.
Administra el sacramento de la confirmación en Lerma. |
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22. |
Comisión Permanente del
Consejo Episcopal de Gobierno. Visita a sacerdotes enfermos. Visitas.
Por la tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia
de la Sagrada Familia. |
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23. |
Encuentro con los
responsables del cabildo y un experto en cuestiones de patrimonio. Por
la tarde administra el sacramento de la confirmación en la parroquia de
San Pedro de la Fuente. |
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24. |
Administra el sacramento de
la confirmación en la parroquia de El Buen Pastor de Miranda. Por la
tarde preside las exequias del sacerdote D. Luis Ramos Grijelmo en Mahamud. |
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25. |
Visitas. Consejo de
Gobierno. Por la tarde preside la Eucaristía en la Catedral en acción de
gracias por la aprobación de los estatutos del Camino Neocatecumenal. |
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26. |
Visitas. |
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27. |
Visitas. Visita a sacerdotes
enfermos en el hospital. Por la tarde reunión de formación con los
seminaristas mayores. Inauguración de la exposición “Siglo XXI” de Caja Burgos en la Catedral. |
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28. |
Saluda en la estación de autobuses a
los peregrinos de la Hospitalidad que viajan a Lourdes. Visitas. Por la tarde
preside en la Iglesia de Santa Bernardita de Lourdes la Eucaristía a los
peregrinos de la Hospitalidad de Burgos. |
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29. |
Lourdes: Participa en el vía
crucis con las enfermeras y camilleros. Preside la celebración
penitencial a los peregrinos de la Hospitalidad de Burgos. Almuerzo con
los enfermos. Por la tarde participa en las exequias de Mons. Luis María de Larrea y Legarreta,
obispo emérito de Bilbao, en la catedral de Bilbao. |
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30. |
Consejo Diocesano de
Pastoral en el Seminario. Por la tarde administra el sacramento de la
confirmación en la Catedral a seminaristas, pueri cantores, jóvenes y adultos de distintas parroquias. |
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31. |
Solemnidad de Pentecostés. Preside la Santa Misa en la Catedral
en el día del Apostolado Seglar.
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