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Homilías |
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Ordenación de diáconos y presbíteros
Catedral -
3 julio 2010 |
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1.
Acabamos de escuchar la narración
que nos hace el profeta Jeremías de su vocación. Es un relato impresionante en
el que Dios le manifiesta el por qué y el para qué de su vida. Yhavé le escogió
en unos momentos de profunda crisis religiosa y social del reino de Judá, para
hacer recapacitar a su pueblo sobre los verdaderos motivos de las desgracias que
estaba padeciendo y para consolarlo con la certeza de que Él nunca le
abandonaría. Jeremías, en efecto, fue testigo del renacimiento del imperio
babilónico, de la desaparición definitiva del reino de Judá y de la deportación
a Babilonia de las personas más importantes e influyentes que tenía el país.
Desde el primer momento comprobó que su misión no era fácil y que su mensaje no
era bien acogido entre la gente de su pueblo. Con todo, fue fiel a su misión y
pudo comprobar que Dios nunca falla a sus promesas y siempre es fiel a la
Alianza.
Queridos ordenandos, especialmente los que seréis ordenados de presbíteros: esta
palabra se cumple al pie de la letra en cada uno de vosotros. Dios os llama a
ser profetas de Jesucristo en un momento particularmente difícil de la vida del
mundo y de la Iglesia. Os ha llamado en un momento en el que toda una
civilización se cuartea y tambalea y es incapaz de hacer frente a su debilidad
intelectual y ética.
La
gravedad de sus males y su debilidad son tales, que esta sociedad ni siquiera es
capaz de comprender la verdad y la belleza de cosas tan fundamentales y
elementales como el valor de la vida humana –especialmente de la vida en el seno
de las madres–, la radical importancia del matrimonio entre un hombre y una
mujer y su misión de engendrar y educar a los hijos, el respeto que éstos han de
tener hacia sus padres –sobre todo cuando son mayores y están enfermos–, la
dignidad que tiene el propio cuerpo y la gravedad de profanarlo, la distribución
justa de los bienes materiales, culturales y sociales, de modo que nadie carezca
de lo necesario para vivir dignamente, la irreligiosidad y menosprecio de Dios
Creador y Redentor.
La
presente no es una crisis más de las muchas que han acompañado la sociedad
occidental a lo largo de su historia. Es una crisis de proporciones
–cuantitativas y cualitativas– excepcionales. Y para remediarla, también os
llama a vosotros. Porque cada uno de vosotros se convertirá hoy –y desde hoy
para siempre– en un profeta al servicio de Jesucristo, para que Él pueda
realizar su salvación.
Es
lógico que –si consideráis sólo vuestras fuerzas– sintáis el mismo vértigo y la
misma impotencia que probó Jeremías: «¡Pobre de mí, que no sé hablar, que soy
muy joven!» Pero el Señor os dice lo mismo que a él: «No digas que soy muy
joven, porque allá donde yo te envíe, irás, y todo lo que te ordene, lo dirás.
No tengas miedo. Pongo mis palabras en tu boca».
Sí, la
misión a la que Dios os llama es muy difícil. Pero podréis realizarla, porque
Dios estará siempre a vuestro lado. ¡Estará a vuestro lado, porque –desde hoy–
seréis sacerdotes para siempre, y eso asegura la perenne presencia de la fuerza
de Dios en vosotros y en vuestro ministerio! Quizás haya momentos en los que
sintáis, con especial fuerza, el peso de las dificultades, y los desánimos
pueden hacerse presentes en vuestra vida y en vuestro ministerio, como le
aconteció a Jeremías. Pero, como él, comprobaréis que Dios es fiel a su promesa
y que llevará a término la obra que ha comenzado en vosotros.
Sin
embargo, no nos podemos engañar: Dios cuenta con nuestra libertad y con nuestra
colaboración, porque Él no se impone por la fuerza sino que quiere correr el
riesgo de nuestra responsabilidad. Si vosotros no le dejáis, Él no os dejará. Y
con la ayuda de Dios, seréis capaces de superar todos los obstáculos y vencer
todas las tentaciones y desalientos. Si dejáis hacer a Dios, Dios depositará el
grano de trigo de vuestra vida en el surco del mundo y de la Iglesia y vuestro
ministerio producirá frutos abundantísimos: «Si el grano de trigo muere, produce
fruto abundante».
Pero
tenéis que dejarle decir y hacer lo que Él quiera decir y hacer. El rito de
ordenación os lo dirá con toda evidencia: sois constituidos sacerdotes, ante
todo y sobre todo, para celebrar la Eucaristía y hacer presente la presencia del
sacrificio redentor de Cristo en medio de los fieles que os encomiende el
Obispo, especialmente el domingo; sois constituidos sacerdotes para perdonar los
pecados, de modo que los hombres puedan rehacer su vida siempre; sois hechos
sacerdotes para estar al lado del pobre, del niño, del necesitado, del que sufre
en el cuerpo o en el alma; sois hechos sacerdotes para convocar y presidir el
Pueblo de Dios en torno a la Palabra, a la Eucaristía y a la oración
comunitaria. Esto es lo que tenéis que dejar decir y hacer a Dios.
Queridos ordenandos: si en este momento preguntáramos a todos estos hermanos
vuestros –que están aquí para expresaros su fraternidad y acogeros en el
presbiterio como un miembro más–, cuál es la clave de la alegría y el sostén de
las dificultades, os dirían a una sola voz: el trato amistoso con Jesucristo y
la amistad sacerdotal. La oración diaria y prolongada ante el Sagrario y la
fraternidad sacerdotal son dos pilares esenciales de la perseverancia. Lo han
sido siempre, pero hoy es casi imposible perseverar si vamos solos por la vida y
no nos apoyamos los unos a los otros. «El hermano que se apoya en el hermano es
una ciudad amurallada», dice la Sagrada Escritura, y también dice: «Ay del
solo». ¡¡Qué verdadero es hoy esto!!
Queridos sacerdotes todos: renovemos hoy la alegría del día de nuestra
ordenación, sintamos el gozo de ser ministros y amigos predilectos de Jesús,
superemos, si fuera el caso, el desaliento, la desesperanza, las vacilaciones,
los desánimos. La alegría como la esperanza –a pesar de las dificultades
ambientales– brota de un corazón anclado en el amor a Cristo. Digamos pues, una
vez más, al Señor: Aquí me tienes, cuenta conmigo, hazme sembrador de tu paz y
de tu amor.
Santa
María, nuestra madre, es el mejor modelo para los que pronto serán presbíteros,
para los nuevos diáconos y para todos los sacerdotes. Ella sintió el mismo temor
de Jeremías, cuando el ángel le anunció el misterio de su vocación y su
maternidad divina. Pero se puso completamente a disposición de Dios, cuando san
Gabriel le dijo «el Señor está contigo», el Señor te ayudará a cumplir tu
misión. Dios no le ahorró ni el claroscuro de la fe ni las dificultades ni los
sufrimientos. Pero fue fiel, incluso cuando todo parecía venirse abajo, con su
Hijo clavado en la Cruz y escarnecido por sus enemigos.
Que Ella sea fortaleza para nuestras
debilidades y cariño maternal para nuestras dificultades. |
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Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora
Catedral - 15 agosto 2010 |
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Celebramos hoy la fiesta de la
Asunción de la Virgen. En nuestra catedral es venerada como Santa María la Mayor
y es la Patrona de toda la diócesis. La Asunción es la fiesta mariana más
antigua y también una de las cuatro más importantes del calendario litúrgico
actual. Las otras tres son Maternidad divina, que celebramos el 1 de enero; la
Inmaculada, que celebramos el 8 de diciembre y la Anunciación, el 25 de marzo.
El
sentido de la solemnidad de la Asunción lo describió magistralmente Pablo VI en
su exhortación Marialis cultus, de 1972: “Es la fiesta –decía el Papa– de su
destino de plenitud y bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada
y de su cuerpo virginal, de su perfecta configuración con Cristo resucitado; una
fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad entera la imagen y la
consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final” (MC 6).
María
Asunta es, por tanto, la prueba fehaciente de que la meta final de la vida del
hombre no es la nada, la derrota o el castigo, sino la plenitud de su ser y de
su destino. Ante un mundo y una sociedad que no deja de hablar de crisis:
económica, de valores y de acuerdos sociales y de paz, el horizonte que nos
ofrece la Asunción no puede ser más optimista ni esperanzador. María Asunta es,
en efecto, una fiesta de victoria: victoria de Cristo resucitado, victoria de la
misma Virgen María y victoria nuestra.
Es una
victoria de Jesucristo, porque el Señor Resucitado, tal como nos lo presentaba
la lectura de san Pablo, es el punto culminante del plan salvador de Dios. Él es
“la primicia”, el primero que triunfa plenamente del la muerte y del mal,
pasando a una existencia nueva y gloriosa. Él es el nuevo y definitivo Adán que
corrigió el fallo del primero.
Es una
victoria de María, porque Ella –como la primera discípula de Jesús y la primera
salvada– es también la primera que participa ya de su victoria, siendo elevada
–por Él y como Él–, en cuerpo y alma al cielo. Al concluir su vida terrena
comenzó a participar ya del gozo de la gloria de Dios. María no ha tenido que
esperar la resurrección final para ser glorificada plenamente en su humanidad,
sino que lo ha sido desde el mismo momento en que concluyó su peregrinación en
este mundo. En ese momento triunfó plenamente del dragón, fue revestida de
gloria y fue coronada con una corona de doce estrellas, como anunciaba la
lectura del Apocalipsis. La que ya había derrotado al demonio y al pecado con su
Concepción Inmaculada, triunfa ahora también en su carne por su Asunción al
Cielo.
Esta
victoria de María se hace, a la vez, victoria nuestra, porque Ella es la
primicia de la humanidad nueva. Si Cristo es como nosotros en cuanto hombre, es
muy distinto de nosotros, porque es Dios. Es de los nuestros, pero no del todo;
es como nosotros pero no es igual que nosotros. María, en cambio, es totalmente
nuestra, totalmente como nosotros: hija de Adán, como nosotros; criatura de
Dios, como nosotros; miembro de la Iglesia, como nosotros, aunque sea el más
eminente; mujer, como todas las mujeres, aunque haya sido hecha Inmaculada y
Madre de Dios.
Por
ello, lo que en Ella “ya” ha tenido lugar, tendrá lugar “un día” en nosotros; el
cielo, que ella “ya” posee y disfruta, lo poseeremos y disfrutaremos nosotros;
el triunfo definitivo de su cuerpo sobre la muerte, lo tendremos nosotros un día
por nuestra resurrección gloriosa. La Asunción de María es la garantía de
nuestra glorificación.
Hermanos: la Asunción de María certifica que todos nosotros estamos en camino
hacia el cielo, hacia la felicidad eterna, hacia la plenitud de nuestra
condición como hombres y como cristianos. Nos recuerda que la resurrección
sacramental que realizó en nosotros el Bautismo se realizará un día
corporalmente, de modo que aquella semilla llegue a su plenitud.
Pero
esto no puede llevarnos a una concepción falsa de nuestra existencia, como si el
camino que conduce al Cielo definitivo fuese un camino exento de dificultades.
María fue Inmaculada, Madre de Dios y Asunta a los Cielos. Sin embargo, Dios no
le ahorró ni la oscuridad de la fe, ni la experiencia del dolor, ni el cansancio
del trabajo. Aunque la brújula de su existencia estuvo siempre imantada hacia
Dios, esta brújula tuvo que abrirse paso –con frecuencia– entre densas
oscuridades y tinieblas, y fiándose exclusivamente de la fidelidad de Dios.
Nuestra vida, como nos ha recordado la primera lectura, es un camino que se
desarrolla constantemente en la tensión de la lucha entre el dragón y la mujer,
entre el bien y el mal. La historia humana es como un viaje en medio de un mar
borrascoso en el que se dan cita toda clase de tentaciones, peligros y
dificultades. No podemos, por tanto, caer en la ingenuidad de concebir la vida
al margen del dolor físico y moral en todas sus versiones.
Ahora
bien, en medio de ese mar borrascoso de nuestra historia personal y del mundo
María es la estrella que nos guía hacia Jesucristo, sol que emerge sobre las
tinieblas de la historia y nos da la esperanza de que podemos vencer al mal y a
la muerte, como Él los ha vencido; y que podemos llegar a la gloria del Cielo.
Esta es nuestra esperanza, que se acrecienta contemplando a María Asunta; pues
«en Ella –como luego proclamaremos en el Prefacio–, Dios ha hecho resplandecer
para su pueblo, peregrino en la tierra, un signo de consuelo y de segura
esperanza» Dirijámonos a María con estas sentidas palabras de su gran cantor San
Bernardo: «Oh Virgen Bendita: por la gracia con que fuiste adornada, por la
prerrogativas que mereciste y por la Misericordia que diste a luz, te suplicamos
que tu Hijo, Jesucristo, nos haga partícipes de su gracia, de su felicidad y de
su gloria eterna».
Santa María la Mayor: permíteme que
mis últimas palabras sean una confiada súplica: «Tú sabes que los jóvenes son la
esperanza de la Iglesia y de la sociedad. Sabes que ellos tienen grandes
posibilidades y también grandes dificultades para su desarrollo humano y
cristiano. Cultiva las flores que han aparecido en el árbol de su vida y
protégelas de la helada del materialismo, del hedonismo y del vivir como si Dios
no existiera. Haz que esas flores cuajen en frutos hermosos y sabrosos, de modo
que los jóvenes de hoy sean los futuros esposos y las almas consagradas del
mañana cristiano de nuestra diócesis. Que ellos asuman, ya desde ahora, con
radicalidad y gozo el compromiso de seguir a Jesucristo y de darlo a conocer. Y
que –mientras se disponen a celebrar la Jornada Mundial de la Juventud en
Madrid, el próximo agosto de 2011–, todos los ayudemos a preparar espiritual y
apostólicamente ese gran acontecimiento. Que las parroquias les dediquen una
atención especial y que las familias les presten una ayuda más eficiente.
Finalmente, concédenos a todos los burgaleses que acojamos a los jóvenes de las
naciones que nos visitarán para esa gran Jornada Mundial en Madrid, con la
generosidad y amistad que caracterizan a esta noble tierra castellana. Amén». |
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Fiesta de san Bernardo
Catedral - 20 agosto 2010 |
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1.
Celebramos hoy la fiesta de san
Bernardo de Claraval. Nació en una familia acomodada hacia 1090, en Francia.
Cuando tenía unos veinte años entró en el Cister, una fundación monástica nueva,
más ágil que los antiguos monasterios y, a la vez, más rigurosa en la práctica
de los consejos evangélicos.
Unos
años más tarde, cuando contaba con 25 años, fue enviado por san Esteban, tercer
abad del Cister, a fundar el monasterio de Claraval. Considerando la disciplina
de otros monasterios, Bernardo reclamó con decisión la necesidad de una vida
sobria y pobre, tanto en la comida como en los hábitos y edificios monásticos y
recomendó el cuidado y sustentación de los pobres.
Mientras la comunidad de Claraval se hacía cada vez más numerosa y multiplicaba
sus fundaciones, Bernardo fundaba algunos monasterios femeninos y llevaba a cabo
un intenso epistolario con personas de todas las clases sociales, siendo
especialmente reseñable el que mantuvo con san Pedro el Venerable.
Bernardo fue un gran defensor de la ortodoxia católica frente a la herejía de
los Cátaros y mantuvo una gran polémica con Abelardo, gran pensador, que
iniciaba un método nuevo en la teología. Escribió también muchos Sermones, entre
los cuales destacan los del Cantar de los Cantares. Entre sus tratados merece
mencionarse un libro que dirigió a su discípulo Bernardo Pignatelli, nombrado
Papa con el nombre de Eugenio II. Es un libro que le dirige como padre
espiritual, para aconsejarle en el ejercicio del Papado.
2. Sin
embargo, los aspectos más centrales de la doctrina de san Bernardo se refieren a
Jesucristo y a su Santísima Madre, la Virgen María.
Lo más
saliente de su doctrina sobre Jesucristo no es lo que podríamos llamar
“novedades”, sino lo que reclama a los teólogos para ser verdaderamente tales.
El teólogo ha de ser un contemplativo y un místico. Sólo Jesucristo –insiste san
Bernardo– es “miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón”. Frente
a las interminables polémicas entre los nominalistas y realistas –dos corrientes
de pensamiento de su época– Bernardo no se cansa de repetir que sólo hay un
nombre que cuenta: el de Jesús Nazareno. “Árido es todo el alimento del alma si
no es rociado con este aceite; es insípido si no se sazona con esta sal. Lo que
escribe no tiene sabor para mí, si no leo en ello Jesús”, decía nuestro santo.
Pero
san Bernardo es conocido, muy en particular, como el gran enamorado y cantor de
la Santísima Virgen. Precisamente, en un celebérrimo sermón pronunciado dentro
de la Octava de la Asunción, cantó en términos apasionados la participación de
María en el sacrificio redentor de su Hijo. “¡Oh Madre Santa –exclama–: una
espada ha traspasado verdaderamente tu alma! La violencia del dolor ha
traspasado tu alma hasta tal extremo, que con toda razón podemos llamarte más
que mártir, porque en Ti la pasión del Hijo superó con mucho en su intensidad
los sufrimientos físicos del martirio”. Con todo, el asunto central del Sermón
versa sobre el lugar privilegiado que tiene María en la obra de la salvación,
dada su participación especialísima, en cuanto Madre, en el sacrificio de su
Hijo. San Bernardo no tiene ninguna duda: per Mariam ad Jesum, por María vamos a
Jesús, por María somos conducidos a Jesús.
La
enseñanza de san Bernardo no sólo sigue vigente, sino que tiene una
especialísima actualidad, tanto para la Iglesia, en general, como para nosotros,
en particular.
Jesucristo y la Santísima Virgen han de ser, queridos hermanos, los dos grandes
amores de todos los cristianos. Jesucristo es el enviado del Padre para salvar
al mundo del pecado, del error y de las pasiones que le esclavizan; y para
señalarle el camino del cielo y ayudarle a recorrerlo. Jesucristo es el Único
Salvador. Fuera de él nadie puede salvarse. Es verdad que los que siguen otras
religiones –si lo hacen de buena fe y cumpliendo los mandamientos de la ley de
Dios– pueden salvarse. Pero esa gracia de salvación no procede de los fundadores
de esas religiones sino de Jesucristo. Son como la luz de la luna, que no es
propia sino que la recibe del sol. ¡El único Sol es Jesucristo! El lo primero
que tenemos que conocer y lo primero que hemos de amar. Sin el conocimiento de
Jesucristo, sin la adhesión a Él por la fe y sin vivir de modo que sus criterios
y sus modos de comportamiento sean los que orienten nuestra vida, no es posible
ser cristiano ni salvarse. No basta estar bautizado. Es preciso dejarse ganar
personalmente por Jesucristo, ser discípulos suyos y hacer que su enseñanza y su
amor configuren las relaciones y el trabajo de los hombres. Todo esto hay que
trasmitirlo a los demás, sobre todo, a los hijos y a los nietos.
Gracias
a Dios, en muchos casos así ocurre. Pero en otros muchos –lo sabemos todos muy
bien– no sucede así. De hecho, las generaciones más jóvenes tienen una profunda
ignorancia sobre Jesucristo, no aceptan su doctrina en temas tan vitales como el
matrimonio y la familia, y no piden ya el Bautismo y la Primera Comunión para
sus hijos o lo hacen para cumplir una formalidad social. Por este motivo, la
diócesis ha emprendido una acción de gran envergadura pastoral sobre Iniciación
cristiana. Se trata de dar un paso adelante, de modo que los padres no sólo
pidan el Bautismo y la Primera Comunión para sus hijos, sino también que se
impliquen más en la transmisión y maduración de la fe de sus hijos y les
acompañen a lo largo de todo el proceso. El objetivo último es no sólo bautizar
sino hacer cristianos. En vuestras parroquias veréis pronto –quizás ya los
habéis visto– carteles anunciadores y propuestas de vuestros sacerdotes para
ayudaros.
Queridas religiosas Bernardas: desearía que desde este momento asumáis como
propia esta iniciativa. De vosotras espero estas dos cosas: que encomendéis a
san Bernardo y la Santísima Virgen esta iniciativa y que animéis a cuantas
personas entren en contacto con vosotras a ver en ella no unas frías exigencias
sino la preocupación amorosa de todos nosotros: del obispo y de los sacerdotes.
A los padres y abuelos os animo a implicaros en esta iniciativa de tanta
trascendencia. Los sacerdotes ved en ella una oportunidad para responder a lo
que el Espíritu espera de nosotros en este momento de dificultad y de esperanza.
Acudamos todos a la Santísima Virgen
con las invocaciones que leemos en una de las homilías de san Bernardo: “en los
peligros, en las angustias, en las incertidumbres piensa en María, invoca a
María. Que ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu
corazón… si la sigues, no puedes desviarte, si la rezas, no puedes desesperar,
si piensas en ella no puedes equivocarte. Si ella te es propicia, llegarás a la
meta”. Amén |
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Mensajes |
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Responsabilidad en el volante
Cope - 4 julio 2010 |
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Hace cincuenta o sesenta años eran escasísimos los vehículos que
circulaban por nuestras estrechas y maltrechas carreteras. Hoy se pueden
ver uno o varios coches a la entrada de cualquier casa de nuestros
pueblos. En las ciudades se ha hecho necesario crear abundantes
aparcamientos subterráneos o de superficie para que puedan estacionarse
los turismos. La tasa de vehículos de transporte crece sin cesar, lo
mismo que su potencia y confort. Eso explica que cada día sean millones
los que se desplazan de un lugar a otro de nuestra geografía. Cifra que
aumenta exponencialmente los meses de verano, los fines de semana y los
puentes. Seguramente no es exagerado afirmar que nuestra sociedad no
podría vivir sin coches.
Gracias a Dios, la seguridad vial ha ido ganando puntos a medida que
crecía el parque automovilístico. La red de autopistas y autovías, las
vías rápidas y las carreteras secundarias han mejorado sensiblemente.
Los vehículos son cada día más seguros. Los conductores están provistos
del correspondiente carné de conducir en la inmensísima mayoría y cada
día son más conscientes de que es indispensable coger el volante en las
mejores condiciones físicas y psíquicas.
Sin embargo, las cifras de accidentes siguen siendo aterradoras. Por
ejemplo, cada año mueren cerca de cuatrocientos mil jóvenes en las
carreteras de todo el mundo. Lo que equivale a dos accidentes diarios de
otros tantos aviones de la máxima capacidad en los que perecieran todos
los viajeros y la tripulación. Para dentro de cuatro años, los
pronósticos apuntan a que los accidentes de tráfico podrían convertirse
en la causa principal de discapacidad de niños y jóvenes de todo el
mundo.
La naturaleza humana es imperfecta y las obras que fabricamos los
hombres tienen siempre fallos. Por eso, parece inevitable que haya
accidentes de circulación aunque se tomen todas las precauciones. Sin
embargo, es innegable que podemos y debemos evitar los que estén a
nuestro alcance, tomadas las medidas pertinentes. En España, por
ejemplo, hemos sido capaces de hacer descender sensiblemente el número
de muertos en carretera, a pesar del aumento de automóviles y
desplazamientos. Pero todavía son muchos los siniestros mortales y los
que dejan secuelas graves para toda la vida.
Parece justo, por tanto, que extrememos las medidas de prudencia. Sobre
todo, ahora que tantísima gente comienza sus vacaciones de verano para
disfrutar de un merecido descanso, o cuando los que viven en la ciudad
se desplazan a su pueblo natal para pasar el fin de semana en contacto
con los amigos de infancia y con la tierra que les vio nacer y crecer.
El mandamiento que regula el respeto de la propia vida y de la de los
demás se hace ahora más actual y, si cabe, más exigente. La vida es el
don más grande que nos ha hecho el Creador, pues de ella dependen todos
los demás, tanto en el orden material como en el espiritual. Vale la
pena protegerla y conservarla en las mejores condiciones posibles.
Por otra parte, la carretera da muchas posibilidades de servir a los
demás. No sólo cuando se atiende a las víctimas de un accidente sino
también cuando se guardan todas las reglas de tráfico, cuando se ayuda a
quien ha sufrido un percance o cuando se responde con amabilidad a una
pregunta sobre una dirección o lugar.
Algunos tienen la costumbre de iniciar el viaje con una oración al ángel
de la guarda, a la Santísima Virgen o a san Cristóbal. Yo mismo me
encomiendo siempre a la Virgen y a san Rafael. Hoy, día en que
celebramos en España la «Jornada de Responsabilidad en el tráfico»,
quizás sea una buena oportunidad para continuar o comenzar esta
costumbre.
¡Feliz verano a todos! |
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Impidamos la tiranía
Cope - 11 julio 2010 |
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En la vida de las personas, instituciones y pueblos existen fechas que
se borrarían del calendario, si la historia pudiese rebobinar sus
páginas. El 5 de julio de 2010 es una de ellas para los españoles. Ese
día, en efecto, se ha promulgado una ley inicua, que se opone
frontalmente a la recta razón y a la justicia más elemental. Tal es la
ley que establece que los españoles tienen derecho a matar a los
no-nacidos, con tal que lo hagan antes de las catorce semanas. Digámoslo
con total claridad: esta ley no es ley, aunque se presente así por
algunas instancias políticas y legislativas. Y no lo es, porque nadie
tiene derecho a eliminar a un inocente. Por eso, no obliga. Más aún,
reclama una oposición frontal y sin distingos. La recta razón no puede
admitir como derecho matar a una persona que no tiene ninguna culpa.
He dicho “razón”, no religión. Porque el derecho a existir de una
persona ya concebida, aunque todavía no haya nacido, no es una creencia
de esta o aquella religión. No se requiere ser creyente para afirmar que
un inocente tiene derecho a ser defendido y respetado en su integridad.
La recta razón comprende que una persona humana no puede ser destruida
por una responsabilidad ajena. Menos todavía si es por ganar dinero o
votos. El sentido común se rebela.
Es una falacia afirmar que esta ley ha sido aprobada por la mayoría del
Parlamento y que éste representa a la mayoría de los ciudadanos; o decir
que si el Tribunal Constitucional lo dictamina conforme, sería una
desobediencia oponerse, y merecería una sanción. La falacia consiste en
atribuir a políticos, jueces o ciudadanos un derecho que no tienen. Y
nadie tiene derecho a legislar que se puede matar a un inocente. ¿Qué
sociedad subsistiría si declarase que es un derecho ciudadano matar a
las personas inocentes por mayoría? En el mejor de los supuestos, se
convertiría en una tiranía, contra la cual deberían reaccionar las
personas rectas, según este consejo de Gandhi: “En cuanto alguien
comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de
hombre, ninguna tiranía puede dominarle”. No se puede decir con más
acierto. Porque lo que está en juego es que unos puedan dominar
tiránicamente a otros. Es indiferente que esos “dominadores” lleven un
apellido u otro.
Los grandes pensadores de la época clásica ya vieron que todas las leyes
han de derivarse de la recta razón. Por ejemplo, Cicerón decía en su
famoso tratado De Legibus: “La ley es la razón suma que está inserta en
la naturaleza humana, la cual ordena lo que debe hacerse y prohíbe lo
contrario”. Más próximo a nosotros, decía A. Einstein: “Nada hay más
destructivo para el respeto del gobierno y la ley del país que aprobar
leyes que no pueden cumplirse”. Con su talento clásico, muchos siglos
antes había sentenciado san Agustín: “Juzgo que lo que es injusto no
puede ser ley”. Montesquieu, desde otra perspectiva, dijo lo mismo: “Una
cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”.
Él, buen conocedor de los comportamientos sociales, supo adivinar que
los políticos y legisladores tienden a presentar como justas las leyes
injustas. Frente a tal pretensión, él mismo nos abre los ojos: “No
existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con
apariencia de justicia”.
Yo soy un simple ciudadano, no soy un político ni un magistrado. Además,
soy responsable de una comunidad cristiana. Desde esta mi doble
condición quiero hacer un llamamiento a la cordura y al buen sentido.
Salgamos al encuentro de todas las madres que se encuentran en
dificultades y facilitemos su maternidad con todos los medios de que
disponemos, que son muchos. Y con el mismo empeño tratemos de parar esta
lacra del aborto que, sólo en España, ha destruido ya más personas que
las que hay en las ciudades de Zaragoza, Córdoba y Burgos. |
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El descanso, un bien y una necesidad
Cope - 18 julio 2010 |
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El trabajo es una dimensión esencial del hombre. Lo advertimos ahora con
especial fuerza y claridad ante el alarmante crecimiento del paro, sobre
todo el de los jóvenes. A diferencia del esfuerzo animal, el trabajo
humano necesita ser realizado con inteligencia, competencia y espíritu
de servicio. También lo estamos redescubriendo ahora, cuando se constata
que la superación de la crisis económica va muy ligada a la cultura del
esfuerzo, de la excelencia y, por supuesto, de los valores de
honestidad, solidaridad y servicio al bien común.
Sin embargo, sería un error pensar que el hombre está hecho únicamente
para trabajar y que cuanto más y mejor trabaje, tanto más se humaniza.
La experiencia demuestra que, cuando se trabaja con estos esquemas,
además de cargar con el fardo de una adicción, termina destruyendo el
cuerpo, la psique, la familia, las amistades y hasta el espíritu. El
hombre ha de trabajar mucho y bien. Pero ha de descansar lo suficiente
para recuperar sus fuerzas físicas y su equilibrio mental y psicológico.
El descanso no es, por tanto, tiempo inútilmente perdido y
desaprovechado, sino un tiempo necesario para llevar una vida acorde con
nuestra dignidad humana y nuestra condición de hijos de Dios.
Mientras el hombre estuvo en contacto con la naturaleza y trabajaba
fundamentalmente en el laboreo de la tierra, se cansaba físicamente,
pero reponía las fuerzas con los tiempos reservados al sueño diario, el
descanso de los fines de semana y las no escasas fiestas del calendario
civil y de la Iglesia. El paso a la sociedad industrial y urbana dio
lugar a un trabajo más enervante y más fatigoso para el espíritu y la
psique. A ello se une el cansancio que producen los desplazamientos al
lugar del trabajo, la sensación de agobio que originan las calles llenas
de coches y autobuses, la velocidad de la vida moderna y la presión del
futuro incierto. Sin olvidar el desgaste que implica el trabajar contra
el reloj y bajo la presión de las urgencias permanentes.
Eso explica que el hombre moderno se canse más que el de las
generaciones precedentes y que necesite más tiempo para el descanso de
su cuerpo y, sobre todo, de su espíritu. Quizás esto explique, al menos
en no pequeña medida, que la sociedad moderna haya alargado la duración
de los fines de semana, creado y aumentado los “puentes” y ampliado el
derecho a las vacaciones. La consecuencia es que el hombre moderno
dedica una buena parte de su vida al descanso. Consecuentemente, el
factor “descanso” hay que tomarlo cada vez más en serio y valorarlo cada
día más como factor de humanización y, en el caso de los cristianos, de
santificación y apostolado.
Las vacaciones de verano debemos inscribirlas en este marco y
aprovecharlas para reponer las fuerzas físicas, descansar
psicológicamente, cultivar nuestra formación humana y espiritual y
ampliar la base de nuestros apostolados. Ingredientes, pues de las
vacaciones de verano han de ser el tiempo dedicado al descanso físico y
psíquico, al cultivo de nuestra inteligencia y nuestros gustos
artísticos, y a la práctica de nuestros deportes favoritos y habilidades
manuales. Un ingrediente que no deberá faltar nunca es el contacto con
la naturaleza, la cual –no lo olvidemos nunca– ha sido creada para
servicio y disfrute del hombre.
Mención especial merece el cultivo de nuestras amistades, el tiempo
dedicado a la familia y a los hijos, y los espacios dedicados al
conocimiento y trato con Dios. Lo que nunca deben ser las vacaciones es
un tiempo para deshumanizarnos con unos comportamientos que ofenden
nuestra condición de personas y nuestra dignidad de cristianos. Pasarlo
bien no tiene nada que ver con la frivolidad, la superficialidad, la
banalidad y la trasgresión moral. Las vacaciones de verano son tiempo
para llenarse, no para vaciarse. |
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Mañana es el "Día del Abuelo"
Cope - 25 julio 2010 |
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Desde hace unos pocos años, la fiesta de mañana ya no es sólo la de San
Joaquín y santa Ana. Es también «la fiesta de los abuelos», como el día
de «san José» lo es del padre y el domingo primero de mayo lo es «de la
madre». Ha sido un logro de la Asociación Edad Dorada, que no ha
regateado esfuerzos para que el día de los abuelos de Jesús –san Joaquín
y santa Ana fueron los padres de la Virgen–, se convirtiese en una
efeméride para honrar a nuestros abuelos. Era de justicia y, sobre todo,
de amor, agradecerles lo que ellos han hecho por nosotros y lo que
representan y hacen dentro de nuestras familias. Porque los abuelos
juegan un papel muy importante en el cuidado, formación y educación de
las nuevas generaciones.
Decía Napoleón que «si quieres cambiar la sociedad de mañana, intenta
cambiar a los niños de hoy». La dedicación y el amor de los abuelos son
una aportación valiosísima a esa nueva sociedad que todos anhelamos. En
muchas ocasiones, están más tiempo con sus nietos que los mismos padres,
pues las actuales circunstancias laborales dan lugar a que recaiga sobre
ellos el peso de levantarles, llevarles y traerles al colegio, darles de
comer
o merendar, etcétera.
En incontables ocasiones hacen funciones de verdaderos padres por su
gran dedicación y amor, y porque se vuelcan sobre sus nietos para
educarles con ternura y ayudarles a que descubran la vida sin traumas y
complejos. Los abuelos actuales pertenecen a una generación que ha
tenido que trabajar duro y saben por experiencia lo que cuesta salir
adelante en la vida, y el valor que tienen virtudes como el esfuerzo, el
espíritu de sacrificio, el ahorro, la honradez, el perdón y la
comprensión, el trabajar juntos para lograr objetivos comunes y, en el
caso de los abuelos cristianos creyentes, la gran aportación social que
conlleva la fe y la religión católica.
¿Qué cosa más justa y razonable que darles las gracias, compartir cada
año un día de alegría, proporcionarles unas horas de especial cariño y
ternura, sobre todo si están enfermos, solos o necesitados? ¿Qué cosa
más gratificante que agradecerles que hayan sido los padres de nuestros
padres y, por ello, la fuente última de la que ha brotado nuestra
existencia? Ciertamente, el don de la vida es un regalo que sólo Dios
puede otorgar. Pero Dios ha querido contar con colaboradores para
trasmitirla de generación en generación.
Por eso, produce una enorme tristeza el mero pensamiento de que estas
cosas dejen de escribirse un día, como consecuencia de los gérmenes
destructivos que se están introduciendo en el matrimonio y en la
familia. Espero, y así lo deseo con toda mi alma, que sean los mismos
abuelos quienes se encarguen de hacerlo inviable, gracias a su
sabiduría, cordura y experiencia. Ellos saben muy bien que en la vida
hay que sembrar continuamente amor, perdón y ayuda a los demás. Saben
también que a lo largo de los años se libran muchas batallas y que,
aunque se pierdan algunas, se gana siempre la más importante, si somos
capaces de aportar comprensión y perdón. Todos deberíamos aprender de
ellos esta gran lección, que va mucho más lejos que la mera tolerancia.
Invito a todos los que me lean, a que mañana, «día del abuelo», traten
de arrancar a los suyos la mejor sonrisa, porque se sientan queridos y
apreciados de verdad. Es posible que algunos se encuentren en una
situación física que inspire compasión y ternura. Razón de más para
demostrarles nuestro cariño. Y para pensar que si un día ellos tuvieron
las mismas fuerzas físicas y las mismas capacidades que tenemos ahora
nosotros, el paso de los años puede situarnos en situaciones muy
similares a las que ellos se encuentran hoy. Si aprendemos esta lección,
no sería la menos importante que nos darían nuestros abuelos.
¡Felicidades a los abuelos y a los nietos! |
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Santa María la Mayor nos convoca
Cope - 1 agosto 2010 |
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El próximo sábado comienza en la Catedral la Novena a Santa María la
Mayor, Patrona de la diócesis de Burgos. Poco a poco, este acto de
lógica piedad se va consolidando tanto en asistencia como en
participación, haciendo posible que tantos burgaleses visiten el templo
principal de la diócesis y que los párrocos puedan peregrinar con sus
feligreses a la que es la Iglesia madre de la diócesis.
Siguiendo la costumbre de años anteriores, cada día de la Novena
presidirá la celebración de la Eucaristía y predicará un párroco de la
ciudad. Lo más lógico es que venga acompañado no sólo de los que hagan
las lecturas y los cantos sino también del mayor número posible de
fieles; y que les acompañen muchos otros de las demás parroquias. Este
año son los párrocos de Gamonal los responsables de estos actos.
Abrirá la Novena el párroco de la Real y Antigua, don Domiciano Juarranz.
Al día siguiente predicará el de Nuestra Señora de Fátima, don Lucinio
Ramos. Los días 8, 9 y 10 serán don Ángel Alonso de Linaje, don Emiliano
Nebreda y don Ángel Sáiz, de las parroquias de san Pablo, la Inmaculada
y san Juan Evangelista, respectivamente. El 12, jueves, y el 13,
viernes, predicarán don Sabino Fernández, de Villimar, y don José Javier
Fernández, de la parroquia del Espíritu Santo.
El día 14 los actos serán un poco especiales. A las 19, 30 se iniciará
la Procesión por las calles con la imagen de Santa María la Mayor, que
será portada a hombros por grupos diversos. Durante ella se cantará el
Santo Rosario, que será dirigido por don Ildefonso Asenjo, canónigo y
cantor de la Catedral. Será presidida por un servidor y se harán
presentes, además del Cabildo, todos los fieles que así lo deseen.
Saldremos por la Plaza de Santa María y recorreremos las calles de Nuño
Rasura, Asunción de Nuestra Señora, Espoloncillo, primera parte del
Espolón, plaza de san Fernando y Plaza de Santa María. Seguidamente
tiene lugar la Santa Misa, que será concelebrada por los párrocos que
han predicado durante la novena y estará presidida por el párroco de El
Salvador y Vicario de la Zona Centro, don Daniel Alarcia, el cual tendrá
también la predicación. Como colofón, el día de la Asunción tendrá lugar
la Misa Estacional.
Los actos de la Novena se celebrarán todos los días en la Nave Central y
serán los siguientes: a las 19,30, Santo Rosario y Preces; a las 20,00
horas, santa Misa presidida por el párroco que tiene la predicación.
Dado que Santa María, en el misterio de su Asunción, es la Titular de la
Catedral y la Patrona de la Diócesis, es justo que todos nos sintamos
implicados en honrarla, imitarla y extender su devoción.
Precisamente, deseando que la devoción a la nuestra Patrona se enraíce y
extienda en la diócesis, el Cabildo ha realizado una reproducción de la
imagen que se venera en el altar de la nave central y la ha colocado en
la Capilla de Santa Tecla, lugar habitual de culto. De este modo, dadas
las condiciones de esta capilla, que tiene calefacción, será muy fácil
acudir todos los días del año a rezarla con los labios o encendiendo una
vela, o de otro modo cualquiera. ¡Cuánto ganará nuestro amor a
Jesucristo si cultivamos la devoción a su Santísima Madre! Porque María
siempre es un indicador que nos muestra a Jesús. Si vamos de la mano de
la Madre, Ella nos llevará al Hijo, para que perdone nuestros pecados y
nos dé su Cuerpo en comunión.
El inmenso rosario de iglesias y ermitas dedicadas a María a lo largo y
ancho de la geografía burgalesa es una muestra palmaria de la presencia
de la Virgen en nuestra diócesis. Ahora que el Papa nos ha convocado
definitivamente a la nueva evangelización, creando incluso un nuevo
Dicasterio para la evangelización de los países de vieja cristiandad,
María debe ser la Estrella que señale e ilumine la senda de esta segunda
evangelización, como señaló y guió la primera. ¡A tus pies, Señora,
pongo este anhelante deseo! |
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María en la oración del pueblo cristiano
Cope - 8 agosto 2010 |
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El culto a la Santísima Virgen es tan antiguo como la Iglesia y a lo
largo de los siglos ha experimentado un desarrollo ininterrumpido.
Además de las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre del Señor, ha
visto florecer innumerables expresiones de piedad. Muchas devociones y
plegarias marianas son una prolongación de la liturgia y, a veces, han
contribuido a enriquecerla.
La primera invocación mariana conocida se remonta al siglo III y
comienza con las palabras: «Bajo tu amparo (Sub tuum praesidium) nos
acogemos, santa Madre de Dios...» que encuentra una resonancia
continuada en el himno oriental “Akatistos”. Sin embargo, la más común,
desde el siglo XIV, es el «Ave María». En el Ave María llamamos a la
Virgen «llena de gracia» y de este modo reconocemos la perfección y
belleza de su alma. La expresión «el Señor está contigo» revela la
especial relación personal entre Dios y María, que se sitúa en el gran
designio de la alianza de Dios con toda la humanidad. Además la
expresión «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto
de tu vientre, Jesús» afirma la realización del designio divino en el
cuerpo virginal de la Hija de Sión. Al invocar a «Santa María, Madre de
Dios», los cristianos son conscientes de que se dirigen a la que por
singular privilegio es inmaculada Madre del Señor, pero se atreven a
decirle: «Ruega por nosotros pecadores», y se encomiendan a ella ahora y
en la hora suprema de la muerte.
El Ángelus es otra oración mariana preciosa y llena de contenido. Esta
oración nos hace revivir el gran acontecimiento de la historia de la
humanidad: la Encarnación. Aquí radica el valor y el atractivo del
Ángelus, que tantas veces han puesto de manifiesto los teólogos y
pastores, y hasta los mismos poetas y pintores.
Dentro de la devoción mariana, ha adquirido un puesto de relieve el
Rosario, que a través de la repetición del «Ave María» lleva a
contemplar los misterios de la fe. También esta plegaria sencilla señala
al pueblo cristiano que el fin del culto mariano es la glorificación de
Cristo. Esta oración ha encontrado una gran acogida en el magisterio y
piedad de los recientes romanos pontífices. La exhortación apostólica
Marialis cultus ilustra su doctrina, recordando que se trata de una
«oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación
redentora», y reafirmando su «orientación claramente cristológica» (n.
46). La piedad popular une al Rosario las Letanías, entre las cuales las
más conocidas son las que se rezan en el santuario de Loreto y por eso
se llaman «lauretanas». Con invocaciones muy sencillas, ayudan a
concentrarse en la persona de María para captar la riqueza espiritual
que el amor del Padre ha derramado en ella.
Como atestiguan los numerosos títulos atribuidos a la Virgen y las
peregrinaciones ininterrumpidas a los santuarios marianos, la confianza
de los fieles en la Madre de Jesús los impulsa a invocarla en sus
necesidades diarias. Están seguros de que su corazón materno no puede
permanecer insensible ante las miserias materiales y espirituales de sus
hijos. Así, la devoción a la Madre de Dios, alentando la confianza y la
espontaneidad, contribuye a infundir serenidad en la vida espiritual y
hace progresar a los fieles por el camino exigente de las
bienaventuranzas.
Vale la pena recordar un hecho tan entrañable como sobrecogedor. La
devoción a María, dando relieve a la dimensión humana de la Encarnación,
ayuda a descubrir mejor el rostro de un Dios que comparte las alegrías y
los sufrimientos de la humanidad, el «Dios con nosotros», que Ella
concibió como hombre en su seno purísimo, engendró, asistió y siguió con
inefable amor desde los días de Nazaret y de Belén a los de la cruz y la
resurrección. |
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Un bien público llamado hijo
Cope - 15 agosto 2010 |
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Desde hace años se han disparado las alarmas de la natalidad en Europa.
No en el sentido de que se nos acabe el suelo para acoger los nuevos
nacimientos, sino porque éstos han decrecido de forma alarmante. Y como
esto tiene repercusiones seguras y negativas sobre las pensiones, nada
más lógico que la Comisión Europea se muestre cada vez más preocupada
por el envejecimiento demográfico y su repercusión en el estado del
bienestar. Hasta el punto de que en su reciente Libro verde no dude en
afirmar que “con las tendencias actuales, la situación es insostenible”.
Una de las propuestas que ofrece es conseguir que la salida efectiva de
la vida laboral se acerque a la edad legal de la jubilación y alargar
ésta hasta los setenta años. En España la edad efectiva está en 62,6
años y el gobierno ya ha anunciado prolongar la edad legal de la
jubilación.
Especialistas y demógrafos han dado también la señal de alarma sobre el
desequilibrio entre la baja natalidad y la larga esperanza de vida, por
una parte, y el estado del bienestar, por otra. Si no se invierte la
pirámide fatalista, las pensiones, la atención a las personas
dependientes, y el gasto sanitario y educativo están amenazados.
Los programas electorales o gubernamentales pueden prometer cualquier
cosa. Pero los datos demográficos son los que son: contundentes y nada
flexibles. Y estos datos señalan que para apuntalar el estado del
bienestar se necesita una tasa de fecundidad en torno al 1,9 de hijos
por mujer, como ocurre, por ejemplo, en Francia y los países nórdicos.
En España tenemos 1,46.
Ciertamente, la inmigración es un factor positivo para la natalidad,
pues el 20 por ciento de los nacimientos son de madre extranjera. Pero
los demógrafos saben muy bien que las mujeres emigrantes no son tan
numerosas como para variar el índice y, además, que con el paso del
tiempo tienden a adoptar nuestros patrones de natalidad más reducida.
Según esto, parece que el único remedio es aumentar la natalidad. Es
alentador que todas las encuestas coincidan en que las españolas dicen
que desearían tener más hijos. Toca ahora a los sectores implicados
comprometerse con la promoción de la natalidad. El Estado dando más
prestaciones familiares y plazas para la educación infantil; los
empleadores, con medidas de conciliación entre trabajo y familia; y las
propias familias, con una responsabilidad compartida entre el marido y
la mujer para la crianza de los hijos. Como alguien ha dicho, el hijo se
ha convertido en “bien público”.
En este horizonte, y sin entrar en consideraciones éticas, resulta
incomprensible la promoción del aborto. Porque los ciento quince mil
ochocientos doce abortos de 2008 suponen uno de cada cinco embarazos.
Dicho en términos más crematísticos, uno de cada cinco españoles que
podrían apuntalar el estado del bienestar no aportarán sus brazos y su
inteligencia para hacer progresar al país.
Es verdad que también habrían supuesto un mayor gasto en su infancia y
juventud, pero a nadie se le oculta que el aumento de la población joven
en un país envejecido es siempre un factor positivo. Por lo demás, las
mujeres que abortan no son las que más hijos suelen tener, pues el
sesenta y seis por ciento no tienen ninguno y el veintidós sólo tiene
uno.
En definitiva, se trata, como insisten los demógrafos, de favorecer que
las mujeres tengan hijos más jóvenes. Para ello es necesario invertir la
actual sensibilidad de algunos sectores, muy ideologizados y
politizados, que no cesa de bombardear la opinión pública en contra del
aumento de la natalidad y a favor del aborto. Todos deberíamos ser más
conscientes de que tal postura, más allá de consideraciones éticas, es
un atentado contra el estado de bienestar. |
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Vidas rotas y recompuestas
Cope - 22 agosto 2010 |
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Debe ser muy duro entrar en una cárcel y hablar del amor de Dios a
violadores, toxicómanos, criminales y atracadores. Pero María Luz lleva
25 años haciéndolo y no tiene intención de dejarlo. Le preguntan en una
entrevista qué es lo que más le gusta de esta tarea y ella responde:
“Dedicarme a ellos, que tienen vidas tan rotas, que nunca han recibido
amor de nadie. Es maravilloso decirles, aunque sean criminales: ‘Tu
corazón es bueno y está hecho a imagen y semejanza de Dios. Estas
heridas que tienes sólo Jesucristo las puede curar. Tú eres importante y
especial para Dios. Él te ama tanto que sólo quiere que seas feliz’”. Y
muchos reaccionan y se ponen a llorar.
Una vez le ocurrió algo desconcertante. No le dejaban ver en la cárcel
de Carabanchel a un preso, porque decían que era muy peligroso. Al final
fue posible. “Empezamos a hablar –comenta– y le dije la verdad: ‘Dios te
ama mucho. Eres capaz de rehacer tu vida si te apoyas en Él’. Se puso a
llorar, comenzó a contarme su vida y, sobre todo, nos pusimos a rezar”.
La protagonista de esta historia es una monja, porque monja es María
Luz, la mujer que hace 25 años visita día a día la cárcel para hablar de
Jesucristo a los presos. Es una historia real y creíble. Lo confirma el
protagonista de otra historia, que es nada menos que uno de los actores
de cine más famosos de Estados Unidos. Se llama Mark Whalberg. Ha
trabajado en películas tan conocidas como La tormenta perfecta,
El
traidor o una que se estrenó en USA el pasado 5 de agosto y llegará a
las pantallas españolas a mediados del próximo octubre. Al cabo de una
semana, este film se ha hecho con la taquilla estadounidense.
Mark Whalberg, que según algunos está en el mejor momento de su carrera,
no comenzó en un plató sino en una cárcel. Nacido de una familia
humilde, su juventud fue agitada. Consumió y vendió drogas, trabajó como
modelo y cantante de rap, y fue encarcelado por herir a un compañero.
Estando en la cárcel se convirtió y encontró a Dios en medio de tanta
miseria. Y volvió a la fe católica.
Para él, la fe es “consuelo, sentido, todo”. De hecho, está convencido
de que su éxito como actor “va de la mano con mi reencuentro con Dios a
través de la Eucaristía”. Debe estar muy convencido de la importancia
que ésta tiene en su vida, porque cada domingo “si es necesario
interrumpo la filmación, pero no dejo de ir a misa. Es mucho más
importante que mi trabajo”. La fama no se le ha subido a la cabeza ni le
ha hecho olvidar su vida anterior. Por eso, es consciente de que ha
herido a muchas personas en su vida, y no ha dudado “en pedirles
frecuentemente que me perdonen”.
Ahora ha saltado a las páginas de la revista
Time, en la que responde a
diez preguntas. Una de ellas pertenece a una chica de Costa Rica. Le
dice: “Cuando era adolescente, llevó una vida disipada y fue
encarcelado. ¿Qué consejo le da a sus hijos para que no cometan los
mismos errores?”. Wahlberg responde: “Cometí un montón de errores porque
tenía un montón de tiempo libre. Mis padres trabajaban muchas horas al
día para llevar comida a nuestra mesa, y yo pude estar muy poco tiempo
con ellos. Así que ahora, antes de aceptar un papel, quiero asegurarme
de que me queda tiempo para mis hijos y puedo estar comprometido con
cada aspecto de su vida. Mi mujer y yo tratamos de inculcarles los
valores más importantes, y la fe es el más importante”.
La historia de Sor María Luz, o “sor Tripi”, como la conocen los presos,
porque dicen que les pone más eufóricos que la droga, y la historia de
Whalberg no son únicas. Seguramente más de un lector podría aportar la
suya, que no diferiría mucho de ellas. Y es que Jesucristo sigue
teniendo un poder increíble y sigue cambiando los patios de infierno de
una cárcel o los de cualquier rincón del mundo, por un espacio donde es
posible vivir en paz y ser feliz. |
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Cosas que llenan el corazón
Cope - 29 agosto 2010 |
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Alguien ha dicho que la tierra es redonda porque es incapaz de llenar el
corazón del hombre. No le falta razón, pues el corazón humano sólo se
sacia con las cosas que le trascienden. Es verdad que el hombre está
tentado continuamente de pararse en las cosas pequeñas, en aquellas que
agradan y llenan durante un momento. Cosas fáciles de obtener, incluso a
bajo precio, en el mercado del placer.
Es “el pan” que ofreció el demonio a Jesús en la primera tentación del
desierto. Pero ese “pan” es incapaz de realizar lo que el demonio
promete. Ciertamente, el hombre necesita el pan material para vivir.
Pero necesita “algo más que pan” para saciar su sed de infinito. En el
fondo, lo que necesita el hombre es de algo que contenga todo lo que él
es capaz de desear y anhelar. Ese pan es Dios. Hasta el punto de que
quien encuentra a Dios, lo encuentra todo. Es el “sólo Dios basta” de la
santa de Ávila. O el grito de san Agustín: “Nos hiciste, Señor para Ti,
y nuestro corazón no descansará hasta que descanse en Ti”.
Pero a ese gran deseo el hombre no suele llegar sino después de un largo
rodeo de desilusiones, fracasos, insatisfacciones y dolores. Con harta
frecuencia tenemos que experimentar la misma insatisfacción existencial
que la mujer samaritana de la que nos habla el Evangelio. Cuando se
encuentra con Jesús, ella ha vivido una experiencia de insatisfacción
matrimonial. Ha tenido “cinco maridos” y el hombre con el que
actualmente vive tampoco es su marido. ¡Qué tendrá el encuentro con Dios
que, aun sin saber que es Él a quien hemos encontrado, nos da el deseo
de invitarle a meterse en nuestra vida, y así saciar el hambre de
felicidad y cosas grandes que borbotan en él! Es lo que esconde la
súplica de la samaritana, cuando pide a Jesús que le dé esa agua que le
ha prometido y que sacia la sed.
Es la misma experiencia de los discípulos de Emaús. Cuando Jesús se une
a su caminar, tienen el corazón roto por la desilusión y el fracaso.
“Nosotros esperábamos, pero…”. Con todo, el hecho es que se han
encontrado con Dios, porque el Resucitado es Dios y es el que camina con
ellos. Por eso, cuando les habla, les llega al corazón. Sus palabras no
son simples sonidos o sonidos insustanciales. Son palabras sacadas desde
el interior y cargadas de verdad y amor. De ahí que, cuando hace ademán
de alejarse, ellos le invitan con insistencia a quedarse y a compartir
con ellos mesa y posada. ¡Qué oración tan sincera las palabras con que
se lo dicen: ¡“Quédate con nosotros”!
Rezar a Dios, aunque todavía no sea para nosotros alguien completamente
buscado o encontrado, es un buen camino para encontrarse definitivamente
con Él. Rezar no es decir cosas bonitas sino expresar sentimientos y
necesidades que sean verdaderos, que salgan del corazón. Lo importante
no es pedir esto o aquello, sea material o espiritual, importante o
menos. Lo decisivo es poner nuestra vida delante de los ojos de Dios y
desear que Él lo resuelva como mejor le parezca.
Ahora que terminan las vacaciones y comenzamos una nueva andadura quizás
sea un momento oportuno para desear esas cosas grandes que sacian
nuestro corazón y le hacen verdaderamente feliz. Quizás sea también una
buena oportunidad para reparar en que ese corazón nuestro es demasiado
grande y ambicioso como para contentarse con apariencias y, menos
todavía, con mentiras. Sólo se contenta con la verdad y el amor dado y
recibido. |
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Otras intervenciones |
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Saludo al inicio de la Semana de
Misionología
Facultad de Teología - 12 julio 2010 |
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El pasado 28 de junio, decía Benedicto XVI en la homilía que pronunció
en san Pablo Extramuros durante la celebración de Vísperas: “Existen
todavía regiones en el mundo que esperan la primera evangelización;
otras la han recibido ya, pero necesitan un trabajo mas profundo; en
otras, el Evangelio ha echado raíces profundas y ha dado lugar a una
verdadera tradición cristiana, pero durante los últimos siglos –por
causas complejas– el proceso de secularización ha producido una profunda
crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia”.
Luego añadía: No obstante, “también en los desiertos del mundo
secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo”. Y es
necesaria una nueva evangelización –como repetía Juan Pablo II– “en las
naciones en que han recibido el anuncio del Evangelio”.
Seguidamente hacía pública la siguiente noticia: “En esta perspectiva,
he decidido crear un nuevo Organismo, en la forma de ‘Pontificio
Consejo’, con el objetivo principal de promover una evangelización
renovada en las naciones en las que ya ha resonado el primer anuncio de
la fe y hay Iglesias presentes de antigua fundación; pero que están
viviendo una secularización creciente de la sociedad y una especie de
‘eclipse del sentido de Dios’, que constituyen un reto para encontrar
medios adecuados para reproponer la perenne verdad del Evangelio de
Jesucristo”. Como todos sabemos, a los pocos días nombró Presidente del
nuevo Dicasterio al arzobispo Rino Fisichella.
Cuando los organizadores de la “63 Semana Española de Misionología”
decidieron que su tema fuese “La Misión la tenemos que hacer juntos”
desconocían esta magna iniciativa pastoral de Benedicto XVI, que –a mi
entender– pone la primera piedra del gran edificio de la “nueva
evangelización” de Europa, que planeó el Venerable Juan Pablo II. Sin
embargo, pienso que eran muy conscientes de la necesidad imperiosa de
trabajar en esta línea. Ciertamente, no limitándose a Europa; pero, a la
vez, incluyéndola también en el horizonte de la misión evangelizadora de
la Iglesia, que “está todavía en sus comienzos” incluso en el Viejo
Continente. Porque la misión nunca está concluida y porque desde hace
años Europa es también fácticamente tierra de misión.
Por otra parte, la misión hemos de hacerla juntos, tanto desde el punto
de vista puramente teológico como desde el punto ecuménico y pastoral.
Desde el punto de vista estrictamente teológico, porque la misión es una
dimensión esencial de la Iglesia. No de la Jerarquía o de los fieles, no
de éste o aquel sector, no de esta o aquella iglesia local. La Iglesia,
por ser Iglesia, tiene la misión irrenunciable de anunciar el Evangelio
a todos los hombres. Abdicar de la misión sería tanto como renunciar a
ser la Iglesia de Jesucristo.
Además, aunque la Iglesia de Jesucristo sea una, y únicamente subsiste
de modo pleno en la Iglesia Católica, la misión concierne a todas las
Confesiones cristianas, en cuanto que también en ellas subsiste –de modo
verdadero, aunque no pleno–, la Iglesia de Jesucristo. Todos los
cristianos, por tanto, estamos implicados en la misión, mas allá de
nuestras diferencias. Este planteamiento necesita ser subrayado ahora,
cuando se conmemora el centenario de la Conferencia Misionera de
Edimburgo de 1910, que marcó una inflexión en el planteamiento de las
misiones protestantes –fue un evento estrictamente protestante– y unió
en un esfuerzo común a múltiples agencias misioneras; y, lo que es más
importante, es considerado como el detonante del movimiento ecuménico
moderno. Según me han hecho saber los organizadores, la presente Semana
Misional ha querido subrayarlo, insistiendo en que la urgencia de la
misión y del envío es una fuente fundamental del ecumenismo moderno.
Este subrayado merece ser destacado, porque la conmemoración de la
citada Conferencia de Edimburgo esta pasando desapercibida en España.
Finalmente, la misión ha de ser común desde el punto de vista pastoral.
Estamos en una sociedad planetaria, en la que todo es global. Gracias a
los medios de comunicación, se han derribado todos los muros de
separación entre los individuos, las comunidades y los estados. Sería
navegar contra la historia encerrarnos en capillitas de comunidades,
instituciones o proyectos. La apertura y la globalidad son dos
exigencias irrenunciables de la misión de hoy. Jerarquía y laicos, las
iglesias locales de un mismo territorio, las conferencias episcopales de
los diversos continentes del mundo, los organismos centrales de la
Iglesia y los otros organismos de rango inferior: todos estamos llamados
a realizar la única misión de Jesucristo y todos hemos de trabajar
unidos para realizarla de modo más eficaz.
Por todo esto, me complace agradecer el esfuerzo y visión de los
directores de la Semana de Misionología y dar la bienvenida a cuantos
habéis querido haceros presentes en ella y aportar vuestra colaboración,
bien sea a través de las Conferencias e intercambio de experiencias,
bien sea con los diálogos que seguirán a las conferencias e intercambios
de experiencias.
Quiero agradecer de modo especial la presencia y aliento de mis hermanos
en el episcopado, que representan a toda la Conferencia Episcopal en
cuanto miembros de su Comisión de Misiones.
Feliz estancia en Burgos. Y que la Santísima Virgen, en su advocación de
Santa María la Mayor, os acompañe y haga fecundo vuestro trabajo. |
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Agenda |
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Julio de 2010 |
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1. |
Consejo Presbiteral en el
Seminario. |
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2. |
Visitas. Participa en el
acto de la toma de posesión del Teniente Coronel D. Miguel Salom Clotet como Jefe de la Comandancia de Burgos. |
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3. |
Administra el sacramento del
orden en la Catedral: tres diáconos, dos sacerdotes diocesanos y un
monje cisterciense de San Pedro de Cardeña. |
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5. |
Visitas. Preside las
exequias del sacerdote D. Elpidio Álvarez
Hernando en Villovela de Esgueva. |
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7. |
Visitas. Comisión Permanente
del Consejo Episcopal de Gobierno. Preside la Eucaristía a los
sacerdotes que están realizando ejercicios espirituales en el Seminario.
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8. |
Visitas. |
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9. |
Visitas. |
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10. |
Visita con el grupo de
autoridades a los participantes del 15º premio Axa de pintura sobre la Catedral de Burgos. |
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12. |
Consejo de Gobierno. Por la
tarde Consejo de Economía. Preside la apertura y dirige el saludo en la
63 Semana de Misionología en la
Facultad de Teología. |
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13. |
Visitas. Participa en la
inauguración del museo de la evolución humana que preside su majestad la
reina Dª Sofía. |
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13-14. |
Participa en la reunión de
obispos y vicarios de la Iglesia en Castilla en Zamora. |
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15. |
Por la tarde firma un convenio con
la Junta de Castilla y León y el banco Santander para continuar con la
restauración y recuperación de la Catedral. Preside la Eucaristía en la Iglesia
de los PP. Carmelitas en vísperas de la fiesta de la Virgen del Carmen. |
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16-18. |
Participa en el Curso de formación
de agentes de pastoral de familia y vida organizado por la Subcomisión de
Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española en el Escorial. |
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18. |
Imparte en el Curso la
conferencia “espiritualidad matrimonial y esperanza. El Esposo está con
ellos”. |
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19-20. |
Reunión, en Santiago de
Compostela, de obispos franceses y españoles por cuyas diócesis pasa el
Camino de Santiago francés. |
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Agosto de 2010 |
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2. |
Visitas. |
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3. |
Visitas. |
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6-8. |
Participa en Santiago de
Compostela de la Peregrinación Europea de Jóvenes: imparte una
catequesis y preside la Eucaristía en el Monasterio de las Benedictinas,
vigilia de oración y Santa Misa presidida por el Cardenal Stanislaw Rylko, y encuentro con los jóvenes
peregrinos de la diócesis de Burgos. |
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9. |
Visitas. Participa cada día
en la novena a Santa María la Mayor, Patrona de la Diócesis. |
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10. |
Visitas. |
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11. |
Preside la Eucaristía a las
monjas Clarisas de La Aguilera con
motivo de la fiesta de Santa Clara. |
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12. |
Preside las exequias del
sacerdote D. Alejandro Céspedes en la parroquia de El Salvador. |
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13. |
Visitas. |
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14. |
Preside la profesión
perpetua de una Sierva de Jesús. Por la tarde preside la procesión de la
patrona de la Diócesis por algunas calles de las inmediaciones de la
Catedral. |
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15. |
Misa Estacional en la Catedral en la
Solemnidad de la
Asunción de María con Bendición Papal. |
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17. |
Visitas. |
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18. |
Encuentro con las Siervas de
Jesús. Visitas. Por la tarde visita a las clarisas de Vivar del Cid, a las MM. Trinitarias y a las MM.
Carmelitas de Burgos. |
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19. |
Comisión Permanente del
Consejo Episcopal de Gobierno. Visitas. Por la tarde visita la comunidad
de clarisas de Burgos. Preside la
Eucaristía en el monasterio de las Concepcionistas Franciscanas de
Burgos con motivo de la fiesta de San Luis. |
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20. |
Visitas. Por la tarde
preside la Eucaristía en el convento de las Bernardas con motivo de la
fiesta de San Bernardo. |
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28. |
Por la tarde preside una toma de
hábito en La Aguilera y la Eucaristía. |
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29. |
Visita a sacerdotes enfermos
en el hospital. Por la tarde participa en la toma de posesión del nuevo
obispo de Palencia Mons. Esteban Escudero Torres. |
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30. |
Por la tarde encuentro con
la Madre Abadesa de las Clarisas de
Belorado.
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31. |
Visitas. Por
la tarde encuentro con las MM. Bernardas. Participa en el acto de
inauguración de la exposición sobre Los Escolar en Cajacírculo.
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