El Arzobispo

 

Homilías

Ordenación de diáconos y de presbíteros

Solemnidad de la Asunción de Ntra. Sra.

Fiesta de S. Bernardo

 

Otras intervenciones

Saludo al inicio de la Semana de Misionología

 

Agenda

Julio de 2010

Agosto de 2010

Mensajes

Responsabilidad en el volante

Impidamos la tiranía

El descanso, un bien y una necesidad

Mañana es el "Día del Abuelo"

Santa María la Mayor nos convoca

María en la oración del pueblo cristiano

Un bien público llamado hijo

Vidas rotas y recompuestas

Cosas que llenan el corazón

 

Homilías

Ordenación de diáconos y presbíteros

Catedral  - 3  julio 2010

1. Acabamos de escuchar la narración que nos hace el profeta Jeremías de su vocación. Es un relato impresionante en el que Dios le manifiesta el por qué y el para qué de su vida. Yhavé le escogió en unos momentos de profunda crisis religiosa y social del reino de Judá, para hacer recapacitar a su pueblo sobre los verdaderos motivos de las desgracias que estaba padeciendo y para consolarlo con la certeza de que Él nunca le abandonaría. Jeremías, en efecto, fue testigo del renacimiento del imperio babilónico, de la desaparición definitiva del reino de Judá y de la deportación a Babilonia de las personas más importantes e influyentes que tenía el país. Desde el primer momento comprobó que su misión no era fácil y que su mensaje no era bien acogido entre la gente de su pueblo. Con todo, fue fiel a su misión y pudo comprobar que Dios nunca falla a sus promesas y siempre es fiel a la Alianza.

Queridos ordenandos, especialmente los que seréis ordenados de presbíteros: esta palabra se cumple al pie de la letra en cada uno de vosotros. Dios os llama a ser profetas de Jesucristo en un momento particularmente difícil de la vida del mundo y de la Iglesia. Os ha llamado en un momento en el que toda una civilización se cuartea y tambalea y es incapaz de hacer frente a su debilidad intelectual y ética.

La gravedad de sus males y su debilidad son tales, que esta sociedad ni siquiera es capaz de comprender la verdad y la belleza de cosas tan fundamentales y elementales como el valor de la vida humana –especialmente de la vida en el seno de las madres–, la radical importancia del matrimonio entre un hombre y una mujer y su misión de engendrar y educar a los hijos, el respeto que éstos han de tener hacia sus padres –sobre todo cuando son mayores y están enfermos–, la dignidad que tiene el propio cuerpo y la gravedad de profanarlo, la distribución justa de los bienes materiales, culturales y sociales, de modo que nadie carezca de lo necesario para vivir dignamente, la irreligiosidad y menosprecio de Dios Creador y Redentor.

La presente no es una crisis más de las muchas que han acompañado la sociedad occidental a lo largo de su historia. Es una crisis de proporciones –cuantitativas y cualitativas– excepcionales. Y para remediarla, también os llama a vosotros. Porque cada uno de vosotros se convertirá hoy –y desde hoy para siempre– en un profeta al servicio de Jesucristo, para que Él pueda realizar su salvación.

Es lógico que –si consideráis sólo vuestras fuerzas– sintáis el mismo vértigo y la misma impotencia que probó Jeremías: «¡Pobre de mí, que no sé hablar, que soy muy joven!» Pero el Señor os dice lo mismo que a él: «No digas que soy muy joven, porque allá donde yo te envíe, irás, y todo lo que te ordene, lo dirás. No tengas miedo. Pongo mis palabras en tu boca».

Sí, la misión a la que Dios os llama es muy difícil. Pero podréis realizarla, porque Dios estará siempre a vuestro lado. ¡Estará a vuestro lado, porque –desde hoy– seréis sacerdotes para siempre, y eso asegura la perenne presencia de la fuerza de Dios en vosotros y en vuestro ministerio! Quizás haya momentos en los que sintáis, con especial fuerza, el peso de las dificultades, y los desánimos pueden hacerse presentes en vuestra vida y en vuestro ministerio, como le aconteció a Jeremías. Pero, como él, comprobaréis que Dios es fiel a su promesa y que llevará a término la obra que ha comenzado en vosotros.

Sin embargo, no nos podemos engañar: Dios cuenta con nuestra libertad y con nuestra colaboración, porque Él no se impone por la fuerza sino que quiere correr el riesgo de nuestra responsabilidad. Si vosotros no le dejáis, Él no os dejará. Y con la ayuda de Dios, seréis capaces de superar todos los obstáculos y vencer todas las tentaciones y desalientos. Si dejáis hacer a Dios, Dios depositará el grano de trigo de vuestra vida en el surco del mundo y de la Iglesia y vuestro ministerio producirá frutos abundantísimos: «Si el grano de trigo muere, produce fruto abundante».

Pero tenéis que dejarle decir y hacer lo que Él quiera decir y hacer. El rito de ordenación os lo dirá con toda evidencia: sois constituidos sacerdotes, ante todo y sobre todo, para celebrar la Eucaristía y hacer presente la presencia del sacrificio redentor de Cristo en medio de los fieles que os encomiende el Obispo, especialmente el domingo; sois constituidos sacerdotes para perdonar los pecados, de modo que los hombres puedan rehacer su vida siempre; sois hechos sacerdotes para estar al lado del pobre, del niño, del necesitado, del que sufre en el cuerpo o en el alma; sois hechos sacerdotes para convocar y presidir el Pueblo de Dios en torno a la Palabra, a la Eucaristía y a la oración comunitaria. Esto es lo que tenéis que dejar decir y hacer a Dios.

Queridos ordenandos: si en este momento preguntáramos a todos estos hermanos vuestros –que están aquí para expresaros su fraternidad y acogeros en el presbiterio como un miembro más–, cuál es la clave de la alegría y el sostén de las dificultades, os dirían a una sola voz: el trato amistoso con Jesucristo y la amistad sacerdotal. La oración diaria y prolongada ante el Sagrario y la fraternidad sacerdotal son dos pilares esenciales de la perseverancia. Lo han sido siempre, pero hoy es casi imposible perseverar si vamos solos por la vida y no nos apoyamos los unos a los otros. «El hermano que se apoya en el hermano es una ciudad amurallada», dice la Sagrada Escritura, y también dice: «Ay del solo». ¡¡Qué verdadero es hoy esto!!

Queridos sacerdotes todos: renovemos hoy la alegría del día de nuestra ordenación, sintamos el gozo de ser ministros y amigos predilectos de Jesús, superemos, si fuera el caso, el desaliento, la desesperanza, las vacilaciones, los desánimos. La alegría como la esperanza –a pesar de las dificultades ambientales– brota de un corazón anclado en el amor a Cristo. Digamos pues, una vez más, al Señor: Aquí me tienes, cuenta conmigo, hazme sembrador de tu paz y de tu amor.

Santa María, nuestra madre, es el mejor modelo para los que pronto serán presbíteros, para los nuevos diáconos y para todos los sacerdotes. Ella sintió el mismo temor de Jeremías, cuando el ángel le anunció el misterio de su vocación y su maternidad divina. Pero se puso completamente a disposición de Dios, cuando san Gabriel le dijo «el Señor está contigo», el Señor te ayudará a cumplir tu misión. Dios no le ahorró ni el claroscuro de la fe ni las dificultades ni los sufrimientos. Pero fue fiel, incluso cuando todo parecía venirse abajo, con su Hijo clavado en la Cruz y escarnecido por sus enemigos.

Que Ella sea fortaleza para nuestras debilidades y cariño maternal para nuestras dificultades.

 

Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora

Catedral  - 15  agosto 2010

Celebramos hoy la fiesta de la Asunción de la Virgen. En nuestra catedral es venerada como Santa María la Mayor y es la Patrona de toda la diócesis. La Asunción es la fiesta mariana más antigua y también una de las cuatro más importantes del calendario litúrgico actual. Las otras tres son Maternidad divina, que celebramos el 1 de enero; la Inmaculada, que celebramos el 8 de diciembre y la Anunciación, el 25 de marzo.

El sentido de la solemnidad de la Asunción lo describió magistralmente Pablo VI en su exhortación Marialis cultus, de 1972: “Es la fiesta –decía el Papa– de su destino de plenitud y bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta configuración con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad entera la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final” (MC 6).

María Asunta es, por tanto, la prueba fehaciente de que la meta final de la vida del hombre no es la nada, la derrota o el castigo, sino la plenitud de su ser y de su destino. Ante un mundo y una sociedad que no deja de hablar de crisis: económica, de valores y de acuerdos sociales y de paz, el horizonte que nos ofrece la Asunción no puede ser más optimista ni esperanzador. María Asunta es, en efecto, una fiesta de victoria: victoria de Cristo resucitado, victoria de la misma Virgen María y victoria nuestra.

Es una victoria de Jesucristo, porque el Señor Resucitado, tal como nos lo presentaba la lectura de san Pablo, es el punto culminante del plan salvador de Dios. Él es “la primicia”, el primero que triunfa plenamente del la muerte y del mal, pasando a una existencia nueva y gloriosa. Él es el nuevo y definitivo Adán que corrigió el fallo del primero.

Es una victoria de María, porque Ella –como la primera discípula de Jesús y la primera salvada– es también la primera que participa ya de su victoria, siendo elevada –por Él y como Él–, en cuerpo y alma al cielo. Al concluir su vida terrena comenzó a participar ya del gozo de la gloria de Dios. María no ha tenido que esperar la resurrección final para ser glorificada plenamente en su humanidad, sino que lo ha sido desde el mismo momento en que concluyó su peregrinación en este mundo. En ese momento triunfó plenamente del dragón, fue revestida de gloria y fue coronada con una corona de doce estrellas, como anunciaba la lectura del Apocalipsis. La que ya había derrotado al demonio y al pecado con su Concepción Inmaculada, triunfa ahora también en su carne por su Asunción al Cielo.

Esta victoria de María se hace, a la vez, victoria nuestra, porque Ella es la primicia de la humanidad nueva. Si Cristo es como nosotros en cuanto hombre, es muy distinto de nosotros, porque es Dios. Es de los nuestros, pero no del todo; es como nosotros pero no es igual que nosotros. María, en cambio, es totalmente nuestra, totalmente como nosotros: hija de Adán, como nosotros; criatura de Dios, como nosotros; miembro de la Iglesia, como nosotros, aunque sea el más eminente; mujer, como todas las mujeres, aunque haya sido hecha Inmaculada y Madre de Dios.

Por ello, lo que en Ella “ya” ha tenido lugar, tendrá lugar “un día” en nosotros; el cielo, que ella “ya” posee y disfruta, lo poseeremos y disfrutaremos nosotros; el triunfo definitivo de su cuerpo sobre la muerte, lo tendremos nosotros un día por nuestra resurrección gloriosa. La Asunción de María es la garantía de nuestra glorificación.

Hermanos: la Asunción de María certifica que todos nosotros estamos en camino hacia el cielo, hacia la felicidad eterna, hacia la plenitud de nuestra condición como hombres y como cristianos. Nos recuerda que la resurrección sacramental que realizó en nosotros el Bautismo se realizará un día corporalmente, de modo que aquella semilla llegue a su plenitud.

Pero esto no puede llevarnos a una concepción falsa de nuestra existencia, como si el camino que conduce al Cielo definitivo fuese un camino exento de dificultades. María fue Inmaculada, Madre de Dios y Asunta a los Cielos. Sin embargo, Dios no le ahorró ni la oscuridad de la fe, ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo. Aunque la brújula de su existencia estuvo siempre imantada hacia Dios, esta brújula tuvo que abrirse paso –con frecuencia– entre densas oscuridades y tinieblas, y fiándose exclusivamente de la fidelidad de Dios. Nuestra vida, como nos ha recordado la primera lectura, es un camino que se desarrolla constantemente en la tensión de la lucha entre el dragón y la mujer, entre el bien y el mal. La historia humana es como un viaje en medio de un mar borrascoso en el que se dan cita toda clase de tentaciones, peligros y dificultades. No podemos, por tanto, caer en la ingenuidad de concebir la vida al margen del dolor físico y moral en todas sus versiones.

Ahora bien, en medio de ese mar borrascoso de nuestra historia personal y del mundo María es la estrella que nos guía hacia Jesucristo, sol que emerge sobre las tinieblas de la historia y nos da la esperanza de que podemos vencer al mal y a la muerte, como Él los ha vencido; y que podemos llegar a la gloria del Cielo. Esta es nuestra esperanza, que se acrecienta contemplando a María Asunta; pues «en Ella –como luego proclamaremos en el Prefacio–, Dios ha hecho resplandecer para su pueblo, peregrino en la tierra, un signo de consuelo y de segura esperanza» Dirijámonos a María con estas sentidas palabras de su gran cantor San Bernardo: «Oh Virgen Bendita: por la gracia con que fuiste adornada, por la prerrogativas que mereciste y por la Misericordia que diste a luz, te suplicamos que tu Hijo, Jesucristo, nos haga partícipes de su gracia, de su felicidad y de su gloria eterna».

Santa María la Mayor: permíteme que mis últimas palabras sean una confiada súplica: «Tú sabes que los jóvenes son la esperanza de la Iglesia y de la sociedad. Sabes que ellos tienen grandes posibilidades y también grandes dificultades para su desarrollo humano y cristiano. Cultiva las flores que han aparecido en el árbol de su vida y protégelas de la helada del materialismo, del hedonismo y del vivir como si Dios no existiera. Haz que esas flores cuajen en frutos hermosos y sabrosos, de modo que los jóvenes de hoy sean los futuros esposos y las almas consagradas del mañana cristiano de nuestra diócesis. Que ellos asuman, ya desde ahora, con radicalidad y gozo el compromiso de seguir a Jesucristo y de darlo a conocer. Y que –mientras se disponen a celebrar la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, el próximo agosto de 2011–, todos los ayudemos a preparar espiritual y apostólicamente ese gran acontecimiento. Que las parroquias les dediquen una atención especial y que las familias les presten una ayuda más eficiente. Finalmente, concédenos a todos los burgaleses que acojamos a los jóvenes de las naciones que nos visitarán para esa gran Jornada Mundial en Madrid, con la generosidad y amistad que caracterizan a esta noble tierra castellana. Amén».

 

Fiesta de san Bernardo

Catedral  - 20 agosto 2010

1. Celebramos hoy la fiesta de san Bernardo de Claraval. Nació en una familia acomodada hacia 1090, en Francia. Cuando tenía unos veinte años entró en el Cister, una fundación monástica nueva, más ágil que los antiguos monasterios y, a la vez, más rigurosa en la práctica de los consejos evangélicos.

Unos años más tarde, cuando contaba con 25 años, fue enviado por san Esteban, tercer abad del Cister, a fundar el monasterio de Claraval. Considerando la disciplina de otros monasterios, Bernardo reclamó con decisión la necesidad de una vida sobria y pobre, tanto en la comida como en los hábitos y edificios monásticos y recomendó el cuidado y sustentación de los pobres.

Mientras la comunidad de Claraval se hacía cada vez más numerosa y multiplicaba sus fundaciones, Bernardo fundaba algunos monasterios femeninos y llevaba a cabo un intenso epistolario con personas de todas las clases sociales, siendo especialmente reseñable el que mantuvo con san Pedro el Venerable.

Bernardo fue un gran defensor de la ortodoxia católica frente a la herejía de los Cátaros y mantuvo una gran polémica con Abelardo, gran pensador, que iniciaba un método nuevo en la teología. Escribió también muchos Sermones, entre los cuales destacan los del Cantar de los Cantares. Entre sus tratados merece mencionarse un libro que dirigió a su discípulo Bernardo Pignatelli, nombrado Papa con el nombre de Eugenio II. Es un libro que le dirige como padre espiritual, para aconsejarle en el ejercicio del Papado.

2. Sin embargo, los aspectos más centrales de la doctrina de san Bernardo se refieren a Jesucristo y a su Santísima Madre, la Virgen María.

Lo más saliente de su doctrina sobre Jesucristo no es lo que podríamos llamar “novedades”, sino lo que reclama a los teólogos para ser verdaderamente tales. El teólogo ha de ser un contemplativo y un místico. Sólo Jesucristo –insiste san Bernardo– es “miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón”. Frente a las interminables polémicas entre los nominalistas y realistas –dos corrientes de pensamiento de su época– Bernardo no se cansa de repetir que sólo hay un nombre que cuenta: el de Jesús Nazareno. “Árido es todo el alimento del alma si no es rociado con este aceite; es insípido si no se sazona con esta sal. Lo que escribe no tiene sabor para mí, si no leo en ello Jesús”, decía nuestro santo.

Pero san Bernardo es conocido, muy en particular, como el gran enamorado y cantor de la Santísima Virgen. Precisamente, en un celebérrimo sermón pronunciado dentro de la Octava de la Asunción, cantó en términos apasionados la participación de María en el sacrificio redentor de su Hijo. “¡Oh Madre Santa –exclama–: una espada ha traspasado verdaderamente tu alma! La violencia del dolor ha traspasado tu alma hasta tal extremo, que con toda razón podemos llamarte más que mártir, porque en Ti la pasión del Hijo superó con mucho en su intensidad los sufrimientos físicos del martirio”. Con todo, el asunto central del Sermón versa sobre el lugar privilegiado que tiene María en la obra de la salvación, dada su participación especialísima, en cuanto Madre, en el sacrificio de su Hijo. San Bernardo no tiene ninguna duda: per Mariam ad Jesum, por María vamos a Jesús, por María somos conducidos a Jesús.

La enseñanza de san Bernardo no sólo sigue vigente, sino que tiene una especialísima actualidad, tanto para la Iglesia, en general, como para nosotros, en particular.

Jesucristo y la Santísima Virgen han de ser, queridos hermanos, los dos grandes amores de todos los cristianos. Jesucristo es el enviado del Padre para salvar al mundo del pecado, del error y de las pasiones que le esclavizan; y para señalarle el camino del cielo y ayudarle a recorrerlo. Jesucristo es el Único Salvador. Fuera de él nadie puede salvarse. Es verdad que los que siguen otras religiones –si lo hacen de buena fe y cumpliendo los mandamientos de la ley de Dios– pueden salvarse. Pero esa gracia de salvación no procede de los fundadores de esas religiones sino de Jesucristo. Son como la luz de la luna, que no es propia sino que la recibe del sol. ¡El único Sol es Jesucristo! El lo primero que tenemos que conocer y lo primero que hemos de amar. Sin el conocimiento de Jesucristo, sin la adhesión a Él por la fe y sin vivir de modo que sus criterios y sus modos de comportamiento sean los que orienten nuestra vida, no es posible ser cristiano ni salvarse. No basta estar bautizado. Es preciso dejarse ganar personalmente por Jesucristo, ser discípulos suyos y hacer que su enseñanza y su amor configuren las relaciones y el trabajo de los hombres. Todo esto hay que trasmitirlo a los demás, sobre todo, a los hijos y a los nietos.

Gracias a Dios, en muchos casos así ocurre. Pero en otros muchos –lo sabemos todos muy bien– no sucede así. De hecho, las generaciones más jóvenes tienen una profunda ignorancia sobre Jesucristo, no aceptan su doctrina en temas tan vitales como el matrimonio y la familia, y no piden ya el Bautismo y la Primera Comunión para sus hijos o lo hacen para cumplir una formalidad social. Por este motivo, la diócesis ha emprendido una acción de gran envergadura pastoral sobre Iniciación cristiana. Se trata de dar un paso adelante, de modo que los padres no sólo pidan el Bautismo y la Primera Comunión para sus hijos, sino también que se impliquen más en la transmisión y maduración de la fe de sus hijos y les acompañen a lo largo de todo el proceso. El objetivo último es no sólo bautizar sino hacer cristianos. En vuestras parroquias veréis pronto –quizás ya los habéis visto– carteles anunciadores y propuestas de vuestros sacerdotes para ayudaros.

Queridas religiosas Bernardas: desearía que desde este momento asumáis como propia esta iniciativa. De vosotras espero estas dos cosas: que encomendéis a san Bernardo y la Santísima Virgen esta iniciativa y que animéis a cuantas personas entren en contacto con vosotras a ver en ella no unas frías exigencias sino la preocupación amorosa de todos nosotros: del obispo y de los sacerdotes. A los padres y abuelos os animo a implicaros en esta iniciativa de tanta trascendencia. Los sacerdotes ved en ella una oportunidad para responder a lo que el Espíritu espera de nosotros en este momento de dificultad y de esperanza.

Acudamos todos a la Santísima Virgen con las invocaciones que leemos en una de las homilías de san Bernardo: “en los peligros, en las angustias, en las incertidumbres piensa en María, invoca a María. Que ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón… si la sigues, no puedes desviarte, si la rezas, no puedes desesperar, si piensas en ella no puedes equivocarte. Si ella te es propicia, llegarás a la meta”. Amén

Mensajes

Responsabilidad en el volante

Cope - 4 julio 2010

Hace cincuenta o sesenta años eran escasísimos los vehículos que circulaban por nuestras estrechas y maltrechas carreteras. Hoy se pueden ver uno o varios coches a la entrada de cualquier casa de nuestros pueblos. En las ciudades se ha hecho necesario crear abundantes aparcamientos subterráneos o de superficie para que puedan estacionarse los turismos. La tasa de vehículos de transporte crece sin cesar, lo mismo que su potencia y confort. Eso explica que cada día sean millones los que se desplazan de un lugar a otro de nuestra geografía. Cifra que aumenta exponencialmente los meses de verano, los fines de semana y los puentes. Seguramente no es exagerado afirmar que nuestra sociedad no podría vivir sin coches.

Gracias a Dios, la seguridad vial ha ido ganando puntos a medida que crecía el parque automovilístico. La red de autopistas y autovías, las vías rápidas y las carreteras secundarias han mejorado sensiblemente. Los vehículos son cada día más seguros. Los conductores están provistos del correspondiente carné de conducir en la inmensísima mayoría y cada día son más conscientes de que es indispensable coger el volante en las mejores condiciones físicas y psíquicas.

Sin embargo, las cifras de accidentes siguen siendo aterradoras. Por ejemplo, cada año mueren cerca de cuatrocientos mil jóvenes en las carreteras de todo el mundo. Lo que equivale a dos accidentes diarios de otros tantos aviones de la máxima capacidad en los que perecieran todos los viajeros y la tripulación. Para dentro de cuatro años, los pronósticos apuntan a que los accidentes de tráfico podrían convertirse en la causa principal de discapacidad de niños y jóvenes de todo el mundo.

La naturaleza humana es imperfecta y las obras que fabricamos los hombres tienen siempre fallos. Por eso, parece inevitable que haya accidentes de circulación aunque se tomen todas las precauciones. Sin embargo, es innegable que podemos y debemos evitar los que estén a nuestro alcance, tomadas las medidas pertinentes. En España, por ejemplo, hemos sido capaces de hacer descender sensiblemente el número de muertos en carretera, a pesar del aumento de automóviles y desplazamientos. Pero todavía son muchos los siniestros mortales y los que dejan secuelas graves para toda la vida.

Parece justo, por tanto, que extrememos las medidas de prudencia. Sobre todo, ahora que tantísima gente comienza sus vacaciones de verano para disfrutar de un merecido descanso, o cuando los que viven en la ciudad se desplazan a su pueblo natal para pasar el fin de semana en contacto con los amigos de infancia y con la tierra que les vio nacer y crecer.

El mandamiento que regula el respeto de la propia vida y de la de los demás se hace ahora más actual y, si cabe, más exigente. La vida es el don más grande que nos ha hecho el Creador, pues de ella dependen todos los demás, tanto en el orden material como en el espiritual. Vale la pena protegerla y conservarla en las mejores condiciones posibles.

Por otra parte, la carretera da muchas posibilidades de servir a los demás. No sólo cuando se atiende a las víctimas de un accidente sino también cuando se guardan todas las reglas de tráfico, cuando se ayuda a quien ha sufrido un percance o cuando se responde con amabilidad a una pregunta sobre una dirección o lugar.

Algunos tienen la costumbre de iniciar el viaje con una oración al ángel de la guarda, a la Santísima Virgen o a san Cristóbal. Yo mismo me encomiendo siempre a la Virgen y a san Rafael. Hoy, día en que celebramos en España la «Jornada de Responsabilidad en el tráfico», quizás sea una buena oportunidad para continuar o comenzar esta costumbre.

¡Feliz verano a todos!

 

Impidamos la tiranía

Cope - 11 julio 2010

 

En la vida de las personas, instituciones y pueblos existen fechas que se borrarían del calendario, si la historia pudiese rebobinar sus páginas. El 5 de julio de 2010 es una de ellas para los españoles. Ese día, en efecto, se ha promulgado una ley inicua, que se opone frontalmente a la recta razón y a la justicia más elemental. Tal es la ley que establece que los españoles tienen derecho a matar a los no-nacidos, con tal que lo hagan antes de las catorce semanas. Digámoslo con total claridad: esta ley no es ley, aunque se presente así por algunas instancias políticas y legislativas. Y no lo es, porque nadie tiene derecho a eliminar a un inocente. Por eso, no obliga. Más aún, reclama una oposición frontal y sin distingos. La recta razón no puede admitir como derecho matar a una persona que no tiene ninguna culpa.

He dicho “razón”, no religión. Porque el derecho a existir de una persona ya concebida, aunque todavía no haya nacido, no es una creencia de esta o aquella religión. No se requiere ser creyente para afirmar que un inocente tiene derecho a ser defendido y respetado en su integridad. La recta razón comprende que una persona humana no puede ser destruida por una responsabilidad ajena. Menos todavía si es por ganar dinero o votos. El sentido común se rebela.

Es una falacia afirmar que esta ley ha sido aprobada por la mayoría del Parlamento y que éste representa a la mayoría de los ciudadanos; o decir que si el Tribunal Constitucional lo dictamina conforme, sería una desobediencia oponerse, y merecería una sanción. La falacia consiste en atribuir a políticos, jueces o ciudadanos un derecho que no tienen. Y nadie tiene derecho a legislar que se puede matar a un inocente. ¿Qué sociedad subsistiría si declarase que es un derecho ciudadano matar a las personas inocentes por mayoría? En el mejor de los supuestos, se convertiría en una tiranía, contra la cual deberían reaccionar las personas rectas, según este consejo de Gandhi: “En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle”. No se puede decir con más acierto. Porque lo que está en juego es que unos puedan dominar tiránicamente a otros. Es indiferente que esos “dominadores” lleven un apellido u otro.

Los grandes pensadores de la época clásica ya vieron que todas las leyes han de derivarse de la recta razón. Por ejemplo, Cicerón decía en su famoso tratado De Legibus: “La ley es la razón suma que está inserta en la naturaleza humana, la cual ordena lo que debe hacerse y prohíbe lo contrario”. Más próximo a nosotros, decía A. Einstein: “Nada hay más destructivo para el respeto del gobierno y la ley del país que aprobar leyes que no pueden cumplirse”. Con su talento clásico, muchos siglos antes había sentenciado san Agustín: “Juzgo que lo que es injusto no puede ser ley”. Montesquieu, desde otra perspectiva, dijo lo mismo: “Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”. Él, buen conocedor de los comportamientos sociales, supo adivinar que los políticos y legisladores tienden a presentar como justas las leyes injustas. Frente a tal pretensión, él mismo nos abre los ojos: “No existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencia de justicia”.

Yo soy un simple ciudadano, no soy un político ni un magistrado. Además, soy responsable de una comunidad cristiana. Desde esta mi doble condición quiero hacer un llamamiento a la cordura y al buen sentido. Salgamos al encuentro de todas las madres que se encuentran en dificultades y facilitemos su maternidad con todos los medios de que disponemos, que son muchos. Y con el mismo empeño tratemos de parar esta lacra del aborto que, sólo en España, ha destruido ya más personas que las que hay en las ciudades de Zaragoza, Córdoba y Burgos.

 

El descanso, un bien y una necesidad

Cope - 18 julio 2010

El trabajo es una dimensión esencial del hombre. Lo advertimos ahora con especial fuerza y claridad ante el alarmante crecimiento del paro, sobre todo el de los jóvenes. A diferencia del esfuerzo animal, el trabajo humano necesita ser realizado con inteligencia, competencia y espíritu de servicio. También lo estamos redescubriendo ahora, cuando se constata que la superación de la crisis económica va muy ligada a la cultura del esfuerzo, de la excelencia y, por supuesto, de los valores de honestidad, solidaridad y servicio al bien común.

Sin embargo, sería un error pensar que el hombre está hecho únicamente para trabajar y que cuanto más y mejor trabaje, tanto más se humaniza. La experiencia demuestra que, cuando se trabaja con estos esquemas, además de cargar con el fardo de una adicción, termina destruyendo el cuerpo, la psique, la familia, las amistades y hasta el espíritu. El hombre ha de trabajar mucho y bien. Pero ha de descansar lo suficiente para recuperar sus fuerzas físicas y su equilibrio mental y psicológico. El descanso no es, por tanto, tiempo inútilmente perdido y desaprovechado, sino un tiempo necesario para llevar una vida acorde con nuestra dignidad humana y nuestra condición de hijos de Dios.

Mientras el hombre estuvo en contacto con la naturaleza y trabajaba fundamentalmente en el laboreo de la tierra, se cansaba físicamente, pero reponía las fuerzas con los tiempos reservados al sueño diario, el descanso de los fines de semana y las no escasas fiestas del calendario civil y de la Iglesia. El paso a la sociedad industrial y urbana dio lugar a un trabajo más enervante y más fatigoso para el espíritu y la psique. A ello se une el cansancio que producen los desplazamientos al lugar del trabajo, la sensación de agobio que originan las calles llenas de coches y autobuses, la velocidad de la vida moderna y la presión del futuro incierto. Sin olvidar el desgaste que implica el trabajar contra el reloj y bajo la presión de las urgencias permanentes.

Eso explica que el hombre moderno se canse más que el de las generaciones precedentes y que necesite más tiempo para el descanso de su cuerpo y, sobre todo, de su espíritu. Quizás esto explique, al menos en no pequeña medida, que la sociedad moderna haya alargado la duración de los fines de semana, creado y aumentado los “puentes” y ampliado el derecho a las vacaciones. La consecuencia es que el hombre moderno dedica una buena parte de su vida al descanso. Consecuentemente, el factor “descanso” hay que tomarlo cada vez más en serio y valorarlo cada día más como factor de humanización y, en el caso de los cristianos, de santificación y apostolado.

Las vacaciones de verano debemos inscribirlas en este marco y aprovecharlas para reponer las fuerzas físicas, descansar psicológicamente, cultivar nuestra formación humana y espiritual y ampliar la base de nuestros apostolados. Ingredientes, pues de las vacaciones de verano han de ser el tiempo dedicado al descanso físico y psíquico, al cultivo de nuestra inteligencia y nuestros gustos artísticos, y a la práctica de nuestros deportes favoritos y habilidades manuales. Un ingrediente que no deberá faltar nunca es el contacto con la naturaleza, la cual –no lo olvidemos nunca– ha sido creada para servicio y disfrute del hombre.

Mención especial merece el cultivo de nuestras amistades, el tiempo dedicado a la familia y a los hijos, y los espacios dedicados al conocimiento y trato con Dios. Lo que nunca deben ser las vacaciones es un tiempo para deshumanizarnos con unos comportamientos que ofenden nuestra condición de personas y nuestra dignidad de cristianos. Pasarlo bien no tiene nada que ver con la frivolidad, la superficialidad, la banalidad y la trasgresión moral. Las vacaciones de verano son tiempo para llenarse, no para vaciarse.

 

Mañana es el "Día del Abuelo"

Cope - 25 julio 2010

Desde hace unos pocos años, la fiesta de mañana ya no es sólo la de San Joaquín y santa Ana. Es también «la fiesta de los abuelos», como el día de «san José» lo es del padre y el domingo primero de mayo lo es «de la madre». Ha sido un logro de la Asociación Edad Dorada, que no ha regateado esfuerzos para que el día de los abuelos de Jesús –san Joaquín y santa Ana fueron los padres de la Virgen–, se convirtiese en una efeméride para honrar a nuestros abuelos. Era de justicia y, sobre todo, de amor, agradecerles lo que ellos han hecho por nosotros y lo que representan y hacen dentro de nuestras familias. Porque los abuelos juegan un papel muy importante en el cuidado, formación y educación de las nuevas generaciones.

Decía Napoleón que «si quieres cambiar la sociedad de mañana, intenta cambiar a los niños de hoy». La dedicación y el amor de los abuelos son una aportación valiosísima a esa nueva sociedad que todos anhelamos. En muchas ocasiones, están más tiempo con sus nietos que los mismos padres, pues las actuales circunstancias laborales dan lugar a que recaiga sobre ellos el peso de levantarles, llevarles y traerles al colegio, darles de comer o merendar, etcétera.

En incontables ocasiones hacen funciones de verdaderos padres por su gran dedicación y amor, y porque se vuelcan sobre sus nietos para educarles con ternura y ayudarles a que descubran la vida sin traumas y complejos. Los abuelos actuales pertenecen a una generación que ha tenido que trabajar duro y saben por experiencia lo que cuesta salir adelante en la vida, y el valor que tienen virtudes como el esfuerzo, el espíritu de sacrificio, el ahorro, la honradez, el perdón y la comprensión, el trabajar juntos para lograr objetivos comunes y, en el caso de los abuelos cristianos creyentes, la gran aportación social que conlleva la fe y la religión católica.

¿Qué cosa más justa y razonable que darles las gracias, compartir cada año un día de alegría, proporcionarles unas horas de especial cariño y ternura, sobre todo si están enfermos, solos o necesitados? ¿Qué cosa más gratificante que agradecerles que hayan sido los padres de nuestros padres y, por ello, la fuente última de la que ha brotado nuestra existencia? Ciertamente, el don de la vida es un regalo que sólo Dios puede otorgar. Pero Dios ha querido contar con colaboradores para trasmitirla de generación en generación.

Por eso, produce una enorme tristeza el mero pensamiento de que estas cosas dejen de escribirse un día, como consecuencia de los gérmenes destructivos que se están introduciendo en el matrimonio y en la familia. Espero, y así lo deseo con toda mi alma, que sean los mismos abuelos quienes se encarguen de hacerlo inviable, gracias a su sabiduría, cordura y experiencia. Ellos saben muy bien que en la vida hay que sembrar continuamente amor, perdón y ayuda a los demás. Saben también que a lo largo de los años se libran muchas batallas y que, aunque se pierdan algunas, se gana siempre la más importante, si somos capaces de aportar comprensión y perdón. Todos deberíamos aprender de ellos esta gran lección, que va mucho más lejos que la mera tolerancia.

Invito a todos los que me lean, a que mañana, «día del abuelo», traten de arrancar a los suyos la mejor sonrisa, porque se sientan queridos y apreciados de verdad. Es posible que algunos se encuentren en una situación física que inspire compasión y ternura. Razón de más para demostrarles nuestro cariño. Y para pensar que si un día ellos tuvieron las mismas fuerzas físicas y las mismas capacidades que tenemos ahora nosotros, el paso de los años puede situarnos en situaciones muy similares a las que ellos se encuentran hoy. Si aprendemos esta lección, no sería la menos importante que nos darían nuestros abuelos. ¡Felicidades a los abuelos y a los nietos!

 

Santa María la Mayor nos convoca

Cope - 1 agosto 2010

 

El próximo sábado comienza en la Catedral la Novena a Santa María la Mayor, Patrona de la diócesis de Burgos. Poco a poco, este acto de lógica piedad se va consolidando tanto en asistencia como en participación, haciendo posible que tantos burgaleses visiten el templo principal de la diócesis y que los párrocos puedan peregrinar con sus feligreses a la que es la Iglesia madre de la diócesis.

Siguiendo la costumbre de años anteriores, cada día de la Novena presidirá la celebración de la Eucaristía y predicará un párroco de la ciudad. Lo más lógico es que venga acompañado no sólo de los que hagan las lecturas y los cantos sino también del mayor número posible de fieles; y que les acompañen muchos otros de las demás parroquias. Este año son los párrocos de Gamonal los responsables de estos actos.

Abrirá la Novena el párroco de la Real y Antigua, don Domiciano Juarranz. Al día siguiente predicará el de Nuestra Señora de Fátima, don Lucinio Ramos. Los días 8, 9 y 10 serán don Ángel Alonso de Linaje, don Emiliano Nebreda y don Ángel Sáiz, de las parroquias de san Pablo, la Inmaculada y san Juan Evangelista, respectivamente. El 12, jueves, y el 13, viernes, predicarán don Sabino Fernández, de Villimar, y don José Javier Fernández, de la parroquia del Espíritu Santo.

El día 14 los actos serán un poco especiales. A las 19, 30 se iniciará la Procesión por las calles con la imagen de Santa María la Mayor, que será portada a hombros por grupos diversos. Durante ella se cantará el Santo Rosario, que será dirigido por don Ildefonso Asenjo, canónigo y cantor de la Catedral. Será presidida por un servidor y se harán presentes, además del Cabildo, todos los fieles que así lo deseen. Saldremos por la Plaza de Santa María y recorreremos las calles de Nuño Rasura, Asunción de Nuestra Señora, Espoloncillo, primera parte del Espolón, plaza de san Fernando y Plaza de Santa María. Seguidamente tiene lugar la Santa Misa, que será concelebrada por los párrocos que han predicado durante la novena y estará presidida por el párroco de El Salvador y Vicario de la Zona Centro, don Daniel Alarcia, el cual tendrá también la predicación. Como colofón, el día de la Asunción tendrá lugar la Misa Estacional.

Los actos de la Novena se celebrarán todos los días en la Nave Central y serán los siguientes: a las 19,30, Santo Rosario y Preces; a las 20,00 horas, santa Misa presidida por el párroco que tiene la predicación. Dado que Santa María, en el misterio de su Asunción, es la Titular de la Catedral y la Patrona de la Diócesis, es justo que todos nos sintamos implicados en honrarla, imitarla y extender su devoción.

Precisamente, deseando que la devoción a la nuestra Patrona se enraíce y extienda en la diócesis, el Cabildo ha realizado una reproducción de la imagen que se venera en el altar de la nave central y la ha colocado en la Capilla de Santa Tecla, lugar habitual de culto. De este modo, dadas las condiciones de esta capilla, que tiene calefacción, será muy fácil acudir todos los días del año a rezarla con los labios o encendiendo una vela, o de otro modo cualquiera. ¡Cuánto ganará nuestro amor a Jesucristo si cultivamos la devoción a su Santísima Madre! Porque María siempre es un indicador que nos muestra a Jesús. Si vamos de la mano de la Madre, Ella nos llevará al Hijo, para que perdone nuestros pecados y nos dé su Cuerpo en comunión.

El inmenso rosario de iglesias y ermitas dedicadas a María a lo largo y ancho de la geografía burgalesa es una muestra palmaria de la presencia de la Virgen en nuestra diócesis. Ahora que el Papa nos ha convocado definitivamente a la nueva evangelización, creando incluso un nuevo Dicasterio para la evangelización de los países de vieja cristiandad, María debe ser la Estrella que señale e ilumine la senda de esta segunda evangelización, como señaló y guió la primera. ¡A tus pies, Señora, pongo este anhelante deseo!

 

María en la oración del pueblo cristiano

Cope - 8 agosto 2010

El culto a la Santísima Virgen es tan antiguo como la Iglesia y a lo largo de los siglos ha experimentado un desarrollo ininterrumpido. Además de las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre del Señor, ha visto florecer innumerables expresiones de piedad. Muchas devociones y plegarias marianas son una prolongación de la liturgia y, a veces, han contribuido a enriquecerla.

La primera invocación mariana conocida se remonta al siglo III y comienza con las palabras: «Bajo tu amparo (Sub tuum praesidium) nos acogemos, santa Madre de Dios...» que encuentra una resonancia continuada en el himno oriental “Akatistos”. Sin embargo, la más común, desde el siglo XIV, es el «Ave María». En el Ave María llamamos a la Virgen «llena de gracia» y de este modo reconocemos la perfección y belleza de su alma. La expresión «el Señor está contigo» revela la especial relación personal entre Dios y María, que se sitúa en el gran designio de la alianza de Dios con toda la humanidad. Además la expresión «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús» afirma la realización del designio divino en el cuerpo virginal de la Hija de Sión. Al invocar a «Santa María, Madre de Dios», los cristianos son conscientes de que se dirigen a la que por singular privilegio es inmaculada Madre del Señor, pero se atreven a decirle: «Ruega por nosotros pecadores», y se encomiendan a ella ahora y en la hora suprema de la muerte.

El Ángelus es otra oración mariana preciosa y llena de contenido. Esta oración nos hace revivir el gran acontecimiento de la historia de la humanidad: la Encarnación. Aquí radica el valor y el atractivo del Ángelus, que tantas veces han puesto de manifiesto los teólogos y pastores, y hasta los mismos poetas y pintores.

Dentro de la devoción mariana, ha adquirido un puesto de relieve el Rosario, que a través de la repetición del «Ave María» lleva a contemplar los misterios de la fe. También esta plegaria sencilla señala al pueblo cristiano que el fin del culto mariano es la glorificación de Cristo. Esta oración ha encontrado una gran acogida en el magisterio y piedad de los recientes romanos pontífices. La exhortación apostólica Marialis cultus ilustra su doctrina, recordando que se trata de una «oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora», y reafirmando su «orientación claramente cristológica» (n. 46). La piedad popular une al Rosario las Letanías, entre las cuales las más conocidas son las que se rezan en el santuario de Loreto y por eso se llaman «lauretanas». Con invocaciones muy sencillas, ayudan a concentrarse en la persona de María para captar la riqueza espiritual que el amor del Padre ha derramado en ella.

Como atestiguan los numerosos títulos atribuidos a la Virgen y las peregrinaciones ininterrumpidas a los santuarios marianos, la confianza de los fieles en la Madre de Jesús los impulsa a invocarla en sus necesidades diarias. Están seguros de que su corazón materno no puede permanecer insensible ante las miserias materiales y espirituales de sus hijos. Así, la devoción a la Madre de Dios, alentando la confianza y la espontaneidad, contribuye a infundir serenidad en la vida espiritual y hace progresar a los fieles por el camino exigente de las bienaventuranzas.

Vale la pena recordar un hecho tan entrañable como sobrecogedor. La devoción a María, dando relieve a la dimensión humana de la Encarnación, ayuda a descubrir mejor el rostro de un Dios que comparte las alegrías y los sufrimientos de la humanidad, el «Dios con nosotros», que Ella concibió como hombre en su seno purísimo, engendró, asistió y siguió con inefable amor desde los días de Nazaret y de Belén a los de la cruz y la resurrección.

 

Un bien público llamado hijo

Cope - 15 agosto 2010

 

Desde hace años se han disparado las alarmas de la natalidad en Europa. No en el sentido de que se nos acabe el suelo para acoger los nuevos nacimientos, sino porque éstos han decrecido de forma alarmante. Y como esto tiene repercusiones seguras y negativas sobre las pensiones, nada más lógico que la Comisión Europea se muestre cada vez más preocupada por el envejecimiento demográfico y su repercusión en el estado del bienestar. Hasta el punto de que en su reciente Libro verde no dude en afirmar que “con las tendencias actuales, la situación es insostenible”.

Una de las propuestas que ofrece es conseguir que la salida efectiva de la vida laboral se acerque a la edad legal de la jubilación y alargar ésta hasta los setenta años. En España la edad efectiva está en 62,6 años y el gobierno ya ha anunciado prolongar la edad legal de la jubilación.

Especialistas y demógrafos han dado también la señal de alarma sobre el desequilibrio entre la baja natalidad y la larga esperanza de vida, por una parte, y el estado del bienestar, por otra. Si no se invierte la pirámide fatalista, las pensiones, la atención a las personas dependientes, y el gasto sanitario y educativo están amenazados.

Los programas electorales o gubernamentales pueden prometer cualquier cosa. Pero los datos demográficos son los que son: contundentes y nada flexibles. Y estos datos señalan que para apuntalar el estado del bienestar se necesita una tasa de fecundidad en torno al 1,9 de hijos por mujer, como ocurre, por ejemplo, en Francia y los países nórdicos. En España tenemos 1,46.

Ciertamente, la inmigración es un factor positivo para la natalidad, pues el 20 por ciento de los nacimientos son de madre extranjera. Pero los demógrafos saben muy bien que las mujeres emigrantes no son tan numerosas como para variar el índice y, además, que con el paso del tiempo tienden a adoptar nuestros patrones de natalidad más reducida.

Según esto, parece que el único remedio es aumentar la natalidad. Es alentador que todas las encuestas coincidan en que las españolas dicen que desearían tener más hijos. Toca ahora a los sectores implicados comprometerse con la promoción de la natalidad. El Estado dando más prestaciones familiares y plazas para la educación infantil; los empleadores, con medidas de conciliación entre trabajo y familia; y las propias familias, con una responsabilidad compartida entre el marido y la mujer para la crianza de los hijos. Como alguien ha dicho, el hijo se ha convertido en “bien público”.

En este horizonte, y sin entrar en consideraciones éticas, resulta incomprensible la promoción del aborto. Porque los ciento quince mil ochocientos doce abortos de 2008 suponen uno de cada cinco embarazos. Dicho en términos más crematísticos, uno de cada cinco españoles que podrían apuntalar el estado del bienestar no aportarán sus brazos y su inteligencia para hacer progresar al país.

Es verdad que también habrían supuesto un mayor gasto en su infancia y juventud, pero a nadie se le oculta que el aumento de la población joven en un país envejecido es siempre un factor positivo. Por lo demás, las mujeres que abortan no son las que más hijos suelen tener, pues el sesenta y seis por ciento no tienen ninguno y el veintidós sólo tiene uno.

En definitiva, se trata, como insisten los demógrafos, de favorecer que las mujeres tengan hijos más jóvenes. Para ello es necesario invertir la actual sensibilidad de algunos sectores, muy ideologizados y politizados, que no cesa de bombardear la opinión pública en contra del aumento de la natalidad y a favor del aborto. Todos deberíamos ser más conscientes de que tal postura, más allá de consideraciones éticas, es un atentado contra el estado de bienestar.

 

Vidas rotas y recompuestas

Cope - 22 agosto 2010

Debe ser muy duro entrar en una cárcel y hablar del amor de Dios a violadores, toxicómanos, criminales y atracadores. Pero María Luz lleva 25 años haciéndolo y no tiene intención de dejarlo. Le preguntan en una entrevista qué es lo que más le gusta de esta tarea y ella responde: “Dedicarme a ellos, que tienen vidas tan rotas, que nunca han recibido amor de nadie. Es maravilloso decirles, aunque sean criminales: ‘Tu corazón es bueno y está hecho a imagen y semejanza de Dios. Estas heridas que tienes sólo Jesucristo las puede curar. Tú eres importante y especial para Dios. Él te ama tanto que sólo quiere que seas feliz’”. Y muchos reaccionan y se ponen a llorar.

Una vez le ocurrió algo desconcertante. No le dejaban ver en la cárcel de Carabanchel a un preso, porque decían que era muy peligroso. Al final fue posible. “Empezamos a hablar –comenta– y le dije la verdad: ‘Dios te ama mucho. Eres capaz de rehacer tu vida si te apoyas en Él’. Se puso a llorar, comenzó a contarme su vida y, sobre todo, nos pusimos a rezar”.

La protagonista de esta historia es una monja, porque monja es María Luz, la mujer que hace 25 años visita día a día la cárcel para hablar de Jesucristo a los presos. Es una historia real y creíble. Lo confirma el protagonista de otra historia, que es nada menos que uno de los actores de cine más famosos de Estados Unidos. Se llama Mark Whalberg. Ha trabajado en películas tan conocidas como La tormenta perfecta, El traidor o una que se estrenó en USA el pasado 5 de agosto y llegará a las pantallas españolas a mediados del próximo octubre. Al cabo de una semana, este film se ha hecho con la taquilla estadounidense.

Mark Whalberg, que según algunos está en el mejor momento de su carrera, no comenzó en un plató sino en una cárcel. Nacido de una familia humilde, su juventud fue agitada. Consumió y vendió drogas, trabajó como modelo y cantante de rap, y fue encarcelado por herir a un compañero. Estando en la cárcel se convirtió y encontró a Dios en medio de tanta miseria. Y volvió a la fe católica.

Para él, la fe es “consuelo, sentido, todo”. De hecho, está convencido de que su éxito como actor “va de la mano con mi reencuentro con Dios a través de la Eucaristía”. Debe estar muy convencido de la importancia que ésta tiene en su vida, porque cada domingo “si es necesario interrumpo la filmación, pero no dejo de ir a misa. Es mucho más importante que mi trabajo”. La fama no se le ha subido a la cabeza ni le ha hecho olvidar su vida anterior. Por eso, es consciente de que ha herido a muchas personas en su vida, y no ha dudado “en pedirles frecuentemente que me perdonen”.

Ahora ha saltado a las páginas de la revista Time, en la que responde a diez preguntas. Una de ellas pertenece a una chica de Costa Rica. Le dice: “Cuando era adolescente, llevó una vida disipada y fue encarcelado. ¿Qué consejo le da a sus hijos para que no cometan los mismos errores?”. Wahlberg responde: “Cometí un montón de errores porque tenía un montón de tiempo libre. Mis padres trabajaban muchas horas al día para llevar comida a nuestra mesa, y yo pude estar muy poco tiempo con ellos. Así que ahora, antes de aceptar un papel, quiero asegurarme de que me queda tiempo para mis hijos y puedo estar comprometido con cada aspecto de su vida. Mi mujer y yo tratamos de inculcarles los valores más importantes, y la fe es el más importante”.

La historia de Sor María Luz, o “sor Tripi”, como la conocen los presos, porque dicen que les pone más eufóricos que la droga, y la historia de Whalberg no son únicas. Seguramente más de un lector podría aportar la suya, que no diferiría mucho de ellas. Y es que Jesucristo sigue teniendo un poder increíble y sigue cambiando los patios de infierno de una cárcel o los de cualquier rincón del mundo, por un espacio donde es posible vivir en paz y ser feliz.

 

Cosas que llenan el corazón

Cope - 29 agosto 2010

Alguien ha dicho que la tierra es redonda porque es incapaz de llenar el corazón del hombre. No le falta razón, pues el corazón humano sólo se sacia con las cosas que le trascienden. Es verdad que el hombre está tentado continuamente de pararse en las cosas pequeñas, en aquellas que agradan y llenan durante un momento. Cosas fáciles de obtener, incluso a bajo precio, en el mercado del placer.

Es “el pan” que ofreció el demonio a Jesús en la primera tentación del desierto. Pero ese “pan” es incapaz de realizar lo que el demonio promete. Ciertamente, el hombre necesita el pan material para vivir. Pero necesita “algo más que pan” para saciar su sed de infinito. En el fondo, lo que necesita el hombre es de algo que contenga todo lo que él es capaz de desear y anhelar. Ese pan es Dios. Hasta el punto de que quien encuentra a Dios, lo encuentra todo. Es el “sólo Dios basta” de la santa de Ávila. O el grito de san Agustín: “Nos hiciste, Señor para Ti, y nuestro corazón no descansará hasta que descanse en Ti”.

Pero a ese gran deseo el hombre no suele llegar sino después de un largo rodeo de desilusiones, fracasos, insatisfacciones y dolores. Con harta frecuencia tenemos que experimentar la misma insatisfacción existencial que la mujer samaritana de la que nos habla el Evangelio. Cuando se encuentra con Jesús, ella ha vivido una experiencia de insatisfacción matrimonial. Ha tenido “cinco maridos” y el hombre con el que actualmente vive tampoco es su marido. ¡Qué tendrá el encuentro con Dios que, aun sin saber que es Él a quien hemos encontrado, nos da el deseo de invitarle a meterse en nuestra vida, y así saciar el hambre de felicidad y cosas grandes que borbotan en él! Es lo que esconde la súplica de la samaritana, cuando pide a Jesús que le dé esa agua que le ha prometido y que sacia la sed.

Es la misma experiencia de los discípulos de Emaús. Cuando Jesús se une a su caminar, tienen el corazón roto por la desilusión y el fracaso. “Nosotros esperábamos, pero…”. Con todo, el hecho es que se han encontrado con Dios, porque el Resucitado es Dios y es el que camina con ellos. Por eso, cuando les habla, les llega al corazón. Sus palabras no son simples sonidos o sonidos insustanciales. Son palabras sacadas desde el interior y cargadas de verdad y amor. De ahí que, cuando hace ademán de alejarse, ellos le invitan con insistencia a quedarse y a compartir con ellos mesa y posada. ¡Qué oración tan sincera las palabras con que se lo dicen: ¡“Quédate con nosotros”!

Rezar a Dios, aunque todavía no sea para nosotros alguien completamente buscado o encontrado, es un buen camino para encontrarse definitivamente con Él. Rezar no es decir cosas bonitas sino expresar sentimientos y necesidades que sean verdaderos, que salgan del corazón. Lo importante no es pedir esto o aquello, sea material o espiritual, importante o menos. Lo decisivo es poner nuestra vida delante de los ojos de Dios y desear que Él lo resuelva como mejor le parezca.

Ahora que terminan las vacaciones y comenzamos una nueva andadura quizás sea un momento oportuno para desear esas cosas grandes que sacian nuestro corazón y le hacen verdaderamente feliz. Quizás sea también una buena oportunidad para reparar en que ese corazón nuestro es demasiado grande y ambicioso como para contentarse con apariencias y, menos todavía, con mentiras. Sólo se contenta con la verdad y el amor dado y recibido.

 

Otras intervenciones

Saludo al inicio de la Semana de Misionología

Facultad de Teología  - 12 julio 2010

El pasado 28 de junio, decía Benedicto XVI en la homilía que pronunció en san Pablo Extramuros durante la celebración de Vísperas: “Existen todavía regiones en el mundo que esperan la primera evangelización; otras la han recibido ya, pero necesitan un trabajo mas profundo; en otras, el Evangelio ha echado raíces profundas y ha dado lugar a una verdadera tradición cristiana, pero durante los últimos siglos –por causas complejas– el proceso de secularización ha producido una profunda crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia”.

Luego añadía: No obstante, “también en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo”. Y es necesaria una nueva evangelización –como repetía Juan Pablo II– “en las naciones en que han recibido el anuncio del Evangelio”.

Seguidamente hacía pública la siguiente noticia: “En esta perspectiva, he decidido crear un nuevo Organismo, en la forma de ‘Pontificio Consejo’, con el objetivo principal de promover una evangelización renovada en las naciones en las que ya ha resonado el primer anuncio de la fe y hay Iglesias presentes de antigua fundación; pero que están viviendo una secularización creciente de la sociedad y una especie de ‘eclipse del sentido de Dios’, que constituyen un reto para encontrar medios adecuados para reproponer la perenne verdad del Evangelio de Jesucristo”. Como todos sabemos, a los pocos días nombró Presidente del nuevo Dicasterio al arzobispo Rino Fisichella.

Cuando los organizadores de la “63 Semana Española de Misionología” decidieron que su tema fuese “La Misión la tenemos que hacer juntos” desconocían esta magna iniciativa pastoral de Benedicto XVI, que –a mi entender– pone la primera piedra del gran edificio de la “nueva evangelización” de Europa, que planeó el Venerable Juan Pablo II. Sin embargo, pienso que eran muy conscientes de la necesidad imperiosa de trabajar en esta línea. Ciertamente, no limitándose a Europa; pero, a la vez, incluyéndola también en el horizonte de la misión evangelizadora de la Iglesia, que “está todavía en sus comienzos” incluso en el Viejo Continente. Porque la misión nunca está concluida y porque desde hace años Europa es también fácticamente tierra de misión.

Por otra parte, la misión hemos de hacerla juntos, tanto desde el punto de vista puramente teológico como desde el punto ecuménico y pastoral.

Desde el punto de vista estrictamente teológico, porque la misión es una dimensión esencial de la Iglesia. No de la Jerarquía o de los fieles, no de éste o aquel sector, no de esta o aquella iglesia local. La Iglesia, por ser Iglesia, tiene la misión irrenunciable de anunciar el Evangelio a todos los hombres. Abdicar de la misión sería tanto como renunciar a ser la Iglesia de Jesucristo.

Además, aunque la Iglesia de Jesucristo sea una, y únicamente subsiste de modo pleno en la Iglesia Católica, la misión concierne a todas las Confesiones cristianas, en cuanto que también en ellas subsiste –de modo verdadero, aunque no pleno–, la Iglesia de Jesucristo. Todos los cristianos, por tanto, estamos implicados en la misión, mas allá de nuestras diferencias. Este planteamiento necesita ser subrayado ahora, cuando se conmemora el centenario de la Conferencia Misionera de Edimburgo de 1910, que marcó una inflexión en el planteamiento de las misiones protestantes –fue un evento estrictamente protestante– y unió en un esfuerzo común a múltiples agencias misioneras; y, lo que es más importante, es considerado como el detonante del movimiento ecuménico moderno. Según me han hecho saber los organizadores, la presente Semana Misional ha querido subrayarlo, insistiendo en que la urgencia de la misión y del envío es una fuente fundamental del ecumenismo moderno. Este subrayado merece ser destacado, porque la conmemoración de la citada Conferencia de Edimburgo esta pasando desapercibida en España.

Finalmente, la misión ha de ser común desde el punto de vista pastoral. Estamos en una sociedad planetaria, en la que todo es global. Gracias a los medios de comunicación, se han derribado todos los muros de separación entre los individuos, las comunidades y los estados. Sería navegar contra la historia encerrarnos en capillitas de comunidades, instituciones o proyectos. La apertura y la globalidad son dos exigencias irrenunciables de la misión de hoy. Jerarquía y laicos, las iglesias locales de un mismo territorio, las conferencias episcopales de los diversos continentes del mundo, los organismos centrales de la Iglesia y los otros organismos de rango inferior: todos estamos llamados a realizar la única misión de Jesucristo y todos hemos de trabajar unidos para realizarla de modo más eficaz.

Por todo esto, me complace agradecer el esfuerzo y visión de los directores de la Semana de Misionología y dar la bienvenida a cuantos habéis querido haceros presentes en ella y aportar vuestra colaboración, bien sea a través de las Conferencias e intercambio de experiencias, bien sea con los diálogos que seguirán a las conferencias e intercambios de experiencias.

Quiero agradecer de modo especial la presencia y aliento de mis hermanos en el episcopado, que representan a toda la Conferencia Episcopal en cuanto miembros de su Comisión de Misiones.

Feliz estancia en Burgos. Y que la Santísima Virgen, en su advocación de Santa María la Mayor, os acompañe y haga fecundo vuestro trabajo.

 

Agenda

Julio de 2010

1.

Consejo Presbiteral en el Seminario.

2.

Visitas. Participa en el acto de la toma de posesión del Teniente Coronel D. Miguel Salom Clotet como Jefe de la Comandancia de Burgos.

3.

Administra el sacramento del orden en la Catedral: tres diáconos, dos sacerdotes diocesanos y un monje cisterciense de San Pedro de Cardeña.

5.

Visitas. Preside las exequias del sacerdote D. Elpidio Álvarez Hernando en Villovela de Esgueva.

7.

Visitas. Comisión Permanente del Consejo Episcopal de Gobierno. Preside la Eucaristía a los sacerdotes que están realizando ejercicios espirituales en el Seminario.

8.

Visitas.

9.

Visitas.

10.

Visita con el grupo de autoridades a los participantes del 15º premio Axa de pintura sobre la Catedral de Burgos.

12.

Consejo de Gobierno. Por la tarde Consejo de Economía. Preside la apertura y dirige el saludo en la 63 Semana de Misionología en la Facultad de Teología.

13.

Visitas. Participa en la inauguración del museo de la evolución humana que preside su majestad la reina Dª Sofía.

13-14.

Participa en la reunión de obispos y vicarios de la Iglesia en Castilla en Zamora.

15.

Por la tarde firma un convenio con la Junta de Castilla y León y el banco Santander para continuar con la restauración y recuperación de la Catedral. Preside la Eucaristía en la Iglesia de los PP. Carmelitas en vísperas de la fiesta de la Virgen del Carmen.

16-18.

Participa en el Curso de formación de agentes de pastoral de familia y vida organizado por la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española en el Escorial.

18.

Imparte en el Curso la conferencia “espiritualidad matrimonial y esperanza. El Esposo está con ellos”.

19-20.

Reunión, en Santiago de Compostela, de obispos franceses y españoles por cuyas diócesis pasa el Camino de Santiago francés.

 

Agosto de 2010

2.

Visitas.

3.

Visitas.

6-8.

Participa en Santiago de Compostela de la Peregrinación Europea de Jóvenes: imparte una catequesis y preside la Eucaristía en el Monasterio de las Benedictinas, vigilia de oración y Santa Misa presidida por el Cardenal Stanislaw Rylko, y encuentro con los jóvenes peregrinos de la diócesis de Burgos.

9.

Visitas. Participa cada día en la novena a Santa María la Mayor, Patrona de la Diócesis.

10.

Visitas.

11.

Preside la Eucaristía a las monjas Clarisas de La Aguilera con motivo de la fiesta de Santa Clara.

12.

Preside las exequias del sacerdote D. Alejandro Céspedes en la parroquia de El Salvador.

13.

Visitas.

14.

Preside la profesión perpetua de una Sierva de Jesús. Por la tarde preside la procesión de la patrona de la Diócesis por algunas calles de las inmediaciones de la Catedral.

15.

Misa Estacional en la Catedral en la Solemnidad de la Asunción de María con Bendición Papal.

17.

Visitas.

18.

Encuentro con las Siervas de Jesús. Visitas. Por la tarde visita a las clarisas de Vivar del Cid, a las MM. Trinitarias y a las MM. Carmelitas de Burgos.

19.

Comisión Permanente del Consejo Episcopal de Gobierno. Visitas. Por la tarde visita la comunidad de clarisas de Burgos. Preside la Eucaristía en el monasterio de las Concepcionistas Franciscanas de Burgos con motivo de la fiesta de San Luis.

20.

Visitas. Por la tarde preside la Eucaristía en el convento de las Bernardas con motivo de la fiesta de San Bernardo.

28.

Por la tarde preside una toma de hábito en La Aguilera y la Eucaristía.

29.

Visita a sacerdotes enfermos en el hospital. Por la tarde participa en la toma de posesión del nuevo obispo de Palencia Mons. Esteban Escudero Torres.

30.

Por la tarde encuentro con la Madre Abadesa de las Clarisas de Belorado.

31.

Visitas. Por la tarde encuentro con las MM. Bernardas. Participa en el acto de inauguración de la exposición sobre Los Escolar en Cajacírculo.

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