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El Consejo de Europa, en una resolución del 27 de
enero de 1999, expresa la compatibilidad entre democracia y religión. En uno de
sus artículos recomendaba entre otras cuestiones: reforzar el aprendizaje de
las religiones en cuanto conjunto de valores respecto de los cuales los jóvenes
deben desarrollar un sentido crítico, en el marco de la educación de la ética y
de la ciudadanía democrática.
En España seguimos enfrascados en un debate ampliamente superado entre la
mayoría de nuestros vecinos europeos. Parece que se han difuminado las
diferencias que distinguían las ideologías de izquierdas y de derechas y al
diluirse los argumentos políticos necesarios para la contienda pública, temas
como la religión y la educación se tornan farragosos instrumentos de
negociación. En todo este debate, se parte de premisas sobre la laicidad y sobre
el papel que debe jugar el estado y la iniciativa social en la educación, que
están a falta de un consenso social y público, por lo que no se pueden imponer
unas sobre otras, sino que habremos de reincidir en el diálogo. La laicidad es,
per se, un espacio de diversidad: «Lo laico no se opone a lo religioso. Se ha
de entender la laicidad como incluyente. La laicidad es una tradición de
libertad y tolerancia, y hay laicismos que son intransigentes». (C. García
de Andoin)
Es cierto que el debate se refiere también a
una necesaria adecuación de la presencia de la religión en la escuela. Y hay
argumentos razonables. El modelo de ERE y su alternativa no termina de
satisfacer a nadie.
La reflexión pedagógica más actualizada asume
que los valores no deben ser una simple materia transversal, sino que deben
acometerse ampliamente en aspectos como: la adquisición de hábitos de
convivencia, el respeto mutuo o la solidaridad. Se acepta, bajo esta
perspectiva, que la escuela no solo transmite conocimientos, sino que debe
educar. Es más, una verdadera educación integral de la persona no puede
sustraerse a la oferta de sentido que solicita toda reflexión y que, muchos
pensamos, no puede quedar exclusivamente en manos del estado.
Existe un argumento persistente de fondo: la necesaria neutralidad de la
educación acorde con el estado laico. Pero, si bien es cierto que hay que
delimitar bien las fronteras a los sincretismos y los proselitismos de cualquier
tipo, para asegurarnos una educación propia de un estado laico, esta no puede
hacerse a costa de la eliminación de una parte de la iniciativa social. Además,
sabemos que en el campo de la educación y de las reflexiones de sentido, la
absoluta neutralidad, aunque debe estar presente como horizonte, puede ser una
tesis ideológica más.
Por estas mismas razones, no se puede afirmar
que las convicciones religiosas son de carácter exclusivamente privado. Con este
argumento se está limitando de facto el estatuto y el ejercicio de la ciudadanía
al que tiene derecho toda persona por el mero hecho de tener convicciones
religiosas. La fe tiene una dimensión pública, la historia ha dejado clara
evidencia de ello, y cualquier intención de “privatizarla” puede esconder intereses políticos inconfesables.
Es cierto, como hemos dicho, que
existen flecos en los que progresar en cuanto al modelo de ERE. Pero los avances
hacia un espacio donde esté mejor delimitado el lugar de lo religioso y lo
laico, “no se consigue promoviendo una privatización laicista del Estado, ni
una concepción sectaria de la democracia según la cual todos los ciudadanos
están obligados a ser confesionalmente laicistas, y menos aún promoviendo el
analfabetismo religioso de las instituciones públicas.”
(Agustín Domingo Moratalla). Tal vez debiéramos hablar, más bien, de un
estado transconfesional. Más que discutir la presencia de la religión en
la educación, podríamos pensar en el modelo que de cabida a la nueva realidad
religiosa plural sin crear separaciones, sino reforzando la convivencia desde
sus identidades. El estado debe buscar ordenar las relaciones de cooperación con
las religiones, no para conceder privilegios, sino en orden a una
responsabilidad conjunta en pro del bien común. Dice José M. Martín Patino:
La nueva laicidad es la convicción de que no existe cultura alguna que no pueda
contribuir a la elaboración de un nuevo códice ético ideal.
Afrontar el estudio de
contenidos específicos desde una visión confesional, no supone apartar o
minusvalorar todos los sistemas de valores y contenidos culturales que vive
nuestra sociedad. Al revés, se trata de proponer, desde la asunción de los
logros colectivos, una visión crítica que amplíe el campo de valoración del
alumno. La tarea actual del
creyente y del verdadero hombre secular coinciden: devolver la laicidad radical
a la política. No tolerar que se nombre como Absoluto nada de este mundo (ni
patrias, ni honores) a lo que se sacrifique la vida. Tampoco nada que se
presente como querido por Dios y que induzca a la violencia y la muerte o
vejación de los demás.
(J.M. Mardones)
No cabe duda alguna, por otro lado, sobre el
carácter científico de la religión que ha estado presente desde la edad media en
las cátedras de las universidades ofreciendo, con su corpus argumentativo,
peldaños de crecimiento al saber común y científico. La teología hace tiempo que
alcanzó su propio estatuto epistemológico entre las demás ciencias y se insertó
con normalidad en la trama de la cultura de todos los tiempos incorporando
conceptos y contenidos. “Cuando recordamos los trazos centrales de la ética
cívica, nos percatamos de que todos proceden de relatos religiosos de la
tradición judía y cristiana, por eso existe tal proximidad entre la ética cívica
y la moral creyente” (Adela Cortina).
A lo largo de la historia, las transformaciones políticas y de concepción del
estado y de la sociedad civil, han ido acompañadas de modificaciones previas en
el universo religioso y su pensamiento. No olvidemos que la simbología y la
experiencia religiosa permitieron, por un lado, en los albores de las
manifestaciones del monoteísmo, salir del universo mágico que permite
diferenciarse al ser humano en su condición de ser libre que se auto realiza
históricamente, y por otro lado, romper el vínculo que subyugaba a los pueblos
al asociar la figura del monarca a la representación divina, permitiendo a estos
una liberación progresiva debido a su conciencia del poder exclusivo y soberano
de Dios en la existencia. Las religiones además, han configurado modelos
históricos de comunidad y de vinculación interpersonal que han servido de
prefiguración en la organización de las sociedades, así como un concepto de
historia despojado de la fatalidad del destino, incondicionado y abierto al
despliegue de las posibilidades humanas y su creatividad auto organizativa. La profundización democrática por lo tanto, ha requerido de estructuras de
pensamiento y de condiciones éticas a las que todos, también el pensamiento
religioso, han hecho su aportación. La pregunta que surge es: ¿acaso las
religiones no tienen, por su aportación a la cuestión de la identidad y el
sentido, un papel importante en el mantenimiento de una sociedad democrática
madura? (J.M. Mardones.) Las religiones tienen su espacio legítimo en la
sociedad civil implicándose en su funcionamiento, no solamente recluidas en unas
funciones históricamente intrascendentes, sino inscritas activamente en el
espacio público pluralista y consideradas en cuanto a su aportación específica.
Estas fuentes de ideas globales que son las religiones, han alimentado los
andamiajes del pensamiento de occidente, y aún puede seguir haciéndolo. Dice J.
Habermas: “En el discurso religioso se mantiene un
potencial de significado que resulta imprescindible y que todavía no ha sido
explotado por la filosofía y, es más, todavía no ha sido traducido al lenguaje
de las razones públicas, esto es, de las
razones presuntamente convincentes para
todos... (…) Estoy pensando en el sentimiento de ‘solidaridad’, en la
vinculación del miembro de una comunidad con sus compañeros.”
Es por ello razonable que el estado asimile las instituciones de este tipo en
línea de colaboración, del mismo modo que lo hace en el ámbito del bienestar
social, de la cooperación internacional o de la cultura, sin hacer de ello una
batalla política.
El debate sobre la religión
en la escuela, por lo tanto, no puede ser una lucha por los privilegios de unos,
ni un empeño por imponer ideologías, que reproduciría una sutil forma de
violencia. Hoy la iglesia tiene que aceptar su lugar, como uno más, en medio de
las realidades y de los procesos políticos y sociales. De fondo se dirime un
debate sobre el modelo de sociedad y también de persona, posiblemente
defenestrado hoy en la dimensión más rica y prodigiosa de las que posee, la
espiritual, con la que ha sido capaz de engendrar hitos culturales y gestas
históricas que han conformado por completo una cultura. La cuestión sobre la
libertad de conciencia, la pluralidad y la tolerancia, están fuertemente
implicados con la opción moral y religiosa y no se puede forzar su separación.
Una tolerancia activa es la que se sustenta en convicciones firmes que, por
supuesto, aceptan la complejidad y se abren a la alteridad. No podemos
limitarnos a una educación donde no confluyan identidades con una apuesta fuerte
por la pluralidad desde la asunción de que el pensamiento es complejo. Hay que
evitar los simplismos y la ingenuidad axiológica que al final impiden iluminar
la realidad en su oscura opacidad (Antonio Jiménez Ortiz).
Se puede barruntar que una política miope en su reflexión antropológica, nos
encierre en comunidades exclusivamente dirigidas por el mercado, en sociedades
diseñadas para la manipulación y que generan una cultura plana, sin tensión
creadora de belleza y sabiduría. El hombre, como dijera Machado, tiene una “sed
metafísica de lo esencialmente otro”. La religión, junto con las éticas
cívicas y las ciencias humanas, tiene mucho que aportar en esta línea. El hombre
no se agota en su billetera. La Europa de los mercaderes no nos alimenta ninguna
esperanza y los métodos de las superpotencias para imponer sus planes
geoestratégicos nos dejan desolados. Es falso el concepto de progreso que se nos
pretende inculcar cuando deja en la cuneta a tantos países olvidados bajo la
losa de las políticas ultraliberales. Progreso ha sido elaborar un concepto de
persona y de libertad que permitiera el surgimiento de una cultura capaz de
pensarse y construirse a si misma hasta llegar a escribir la carta de los
derechos humanos. Capaz de hacer surgir personas que, como R. Schuman y K.
Adenauer, De Gasperi o Monnet soñaran una Europa cohesionada por un mismo
espíritu contra toda forma de aniquilación. Y este es el reto que tiene en todo
tiempo planteada la educación: ¿hacia qué civilización queremos caminar?
Las dos conclusiones en las que coincide la reflexión filosófica y
sociológica tras el siglo XX son: el fracaso patente de las religiones
seculares excluyentes del concepto de Dios; y que los seres humanos somos
seres de creencias, incansables exploradores de la trascendencia. Tras toda esta
experiencia, el sufrimiento sigue siendo la pregunta moral por excelencia. No
podemos hurtar a las presentes generaciones una honda reflexión sobre aquellas
realidades que marcan nuestros significados, compromisos y actitudes más
importantes para la vida. Esa reflexión debe realizarse desde los postulados
éticos y debe abrir los horizontes religiosos que históricamente han otorgado
ofertas de sentido.
Es evidente que las sociedades occidentales, iniciado el nuevo siglo,
proponen nuevas formas de ejercicio político caracterizadas por el
empoderamiento de la sociedad civil y su participación a través de las
instituciones, porque son nuevos los retos que nos lanza el presente.
¿Qué es lo que se insinúa
tras el final de la política de las grandes palabras? La
«nueva política»
surge en torno a cuestiones éticas y culturales. Son las cuestiones de la vida
(bioética, gentecnología) y de la muerte (eutanasia), de las relaciones de
género, de la integración social de los emigrantes, de la identidad, de las
relaciones con la naturaleza, de los derechos humanos, etc., donde surgen los
problemas que interesan a los ciudadanos y la opinión pública.
Es más que evidente que la
configuración social, como la educativa, deberá estar cada vez más participada
por la ciudadanía y las plataformas organizadas. Habrá que contar cada vez más
con: la función del
intelectual y del místico. Pedagogos, poetas y religiosos, junto con los críticos
sociales, pueden ayudar a forjar esta educación cívica que permita el salto
hacia adelante en el cambio de las relaciones y en la elevación moral de esta
sociedad. Propician el cambio y la profundización democrática.
(J.M. Mardones)
Es posible reivindicar la religión como espacio oficial y curricular donde se
puedan gestar sociedades humanizadas y humanizadoras, donde, junto a las fuerzas
democratizadoras y liberadoras existentes ya en el seno plural de nuestra
sociedad, hagamos crítica común de lo que reduce la vida y la persona a pura
instrumentalidad. Hay que engendrar sociedades cargadas de trascendencia, donde
el espíritu de las artes, de la solidaridad, del encuentro y el diálogo entre
los pueblos, pueda respirar sin acosos ni manipulaciones. La historia de la
religión es coextensiva con la historia del hombre.
No hay futuro para los hombres sin utopía, sin proyectos de esperanza, una
esperanza que durante siglos y en muy diversas culturas, ha sobrevolado las
derrotas con las alas de la espiritualidad y la confianza teológica. No sólo
necesitamos profesionales de las más diversas ramas con un alto grado de
cualificación, sino que hacen falta personas cargadas de sentido, constructores
de ecosistemas habitables para todos, sobre todo para los desheredados, y que
reivindican la trascendencia como respuesta fiable a un proyecto de “vida buena”
y de felicidad.
Como dice Ricoeur, hay que “salvar” a la sociedad del mero legalismo y
educarla en la creatividad, en la responsabilidad personal, en la generosidad,
etc. Y esto se consigue particularmente –no digo que exclusivamente– a partir de
un reconocimiento de las hondas raíces de la solidaridad humana que proporciona
una visión religiosa del mundo. El reto de esta, hoy, es cómo resistir y
doblegar a la cultura del individualismo posesivo y de la satisfacción. Con
estos valores no hay modo de combatir la desigualdad y la exclusión que produce
el nuevo capitalismo global. No sobran agentes productores de cultura solidaria.
El anticlericalismo, a menudo justificado, no puede cegarse ante la necesidad
social de actores religiosos que en la sociedad civil eduquen en la
responsabilidad para con el otro, sobre todo si ese otro es victima y padece la
desigualdad y la exclusión. (Carlos G. Andoin)
Dios no es una reliquia del pasado de la que
estamos a punto de certificar su defunción, sino el lugar donde el hombre
alcanza a comprenderse en un sentido más pleno. Las religiones hoy están
hablando de la unidad del destino humano, por encima de fronteras, razas y
religiones. Son una convocatoria a una experiencia universal que saca de las
obsesiones posmodernas y que afronta los espacios del sufrimiento, la soledad y
el dolor para convocarnos a lugares de sentido. |