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Religión y educación

   
       
 

Alfredo Calvo Dombón

   
 
   
       
 

El Consejo de Europa, en una resolución del 27 de enero de 1999, expresa la compatibilidad entre democracia y religión. En uno de sus artículos recomendaba entre otras cuestiones: reforzar el aprendizaje de las religiones en cuanto conjunto de valores respecto de los cuales los jóvenes deben desarrollar un sentido crítico, en el marco de la educación de la ética y de la ciudadanía democrática.

En España seguimos enfrascados en un debate ampliamente superado entre la mayoría de nuestros vecinos europeos. Parece que se han difuminado las diferencias que distinguían las ideologías de izquierdas y de derechas y al diluirse los argumentos políticos necesarios para la contienda pública, temas como la religión y la educación se tornan farragosos instrumentos de negociación. En todo este debate, se parte de premisas sobre la laicidad y sobre el papel que debe jugar el estado y la iniciativa social en la educación, que están a falta de un consenso social y público, por lo que no se pueden imponer unas sobre otras, sino que habremos de reincidir en el diálogo. La laicidad es, per se, un espacio de diversidad: «Lo laico no se opone a lo religioso. Se ha de entender la laicidad como incluyente. La laicidad es una tradición de libertad y tolerancia, y hay laicismos que son intransigentes». (C. García de Andoin)

Es cierto que el debate se refiere también a una necesaria adecuación de la presencia de la religión en la escuela. Y hay argumentos razonables. El modelo de ERE y su alternativa no termina de satisfacer a nadie.

La reflexión pedagógica más actualizada asume que los valores no deben ser una simple materia transversal, sino que deben acometerse ampliamente en aspectos como: la adquisición de hábitos de convivencia, el respeto mutuo o la solidaridad. Se acepta, bajo esta perspectiva, que la escuela no solo transmite conocimientos, sino que debe educar. Es más, una verdadera educación integral de la persona no puede sustraerse a la oferta de sentido que solicita toda reflexión y que, muchos pensamos, no puede quedar exclusivamente en manos del estado.

Existe un argumento persistente de fondo: la necesaria neutralidad de la educación acorde con el estado laico. Pero, si bien es cierto que hay que delimitar bien las fronteras a los sincretismos y los proselitismos de cualquier tipo, para asegurarnos una educación propia de un estado laico, esta no puede hacerse a costa de la eliminación de una parte de la iniciativa social. Además, sabemos que en el campo de la educación y de las reflexiones de sentido, la absoluta neutralidad, aunque debe estar presente como horizonte, puede ser una tesis ideológica más.

Por estas mismas razones, no se puede afirmar que las convicciones religiosas son de carácter exclusivamente privado. Con este argumento se está limitando de facto el estatuto y el ejercicio de la ciudadanía al que tiene derecho toda persona por el mero hecho de tener convicciones religiosas. La fe tiene una dimensión pública, la historia ha dejado clara evidencia de ello, y cualquier intención de “privatizarla” puede esconder intereses políticos inconfesables.

Es cierto, como hemos dicho, que existen flecos en los que progresar en cuanto al modelo de ERE. Pero los avances hacia un espacio donde esté mejor delimitado el lugar de lo religioso y lo laico, “no se consigue promoviendo una privatización laicista del Estado, ni una concepción sectaria de la democracia según la cual todos los ciudadanos están obligados a ser confesionalmente laicistas, y menos aún promoviendo el analfabetismo religioso de las instituciones públicas.” (Agustín Domingo Moratalla). Tal vez debiéramos hablar, más bien, de un estado transconfesional. Más que discutir la presencia de la religión en la educación, podríamos pensar en el modelo que de cabida a la nueva realidad religiosa plural sin crear separaciones, sino reforzando la convivencia desde sus identidades. El estado debe buscar ordenar las relaciones de cooperación con las religiones, no para conceder privilegios, sino en orden a una responsabilidad conjunta en pro del bien común. Dice José M. Martín Patino: La nueva laicidad es la convicción de que no existe cultura alguna que no pueda contribuir a la elaboración de un nuevo códice ético ideal.

Afrontar el estudio de contenidos específicos desde una visión confesional, no supone apartar o minusvalorar todos los sistemas de valores y contenidos culturales que vive nuestra sociedad. Al revés, se trata de proponer, desde la asunción de los logros colectivos, una visión crítica que amplíe el campo de valoración del alumno. La tarea actual del creyente y del verdadero hombre secular coinciden: devolver la laicidad radical a la política. No tolerar que se nombre como Absoluto nada de este mundo (ni patrias, ni honores) a lo que se sacrifique la vida. Tampoco nada que se presente como querido por Dios y que induzca a la violen­cia y la muerte o vejación de los demás. (J.M. Mardones)

No cabe duda alguna, por otro lado, sobre el carácter científico de la religión que ha estado presente desde la edad media en las cátedras de las universidades ofreciendo, con su corpus argumentativo, peldaños de crecimiento al saber común y científico. La teología hace tiempo que alcanzó su propio estatuto epistemológico entre las demás ciencias y se insertó con normalidad en la trama de la cultura de todos los tiempos incorporando conceptos y contenidos. “Cuando recordamos los trazos centrales de la ética cívica, nos percatamos de que todos proceden de relatos religiosos de la tradición judía y cristiana, por eso existe tal proximidad entre la ética cívica y la moral creyente” (Adela Cortina).

A lo largo de la historia, las transformaciones políticas y de concepción del estado y de la sociedad civil, han ido acompañadas de modificaciones previas en el universo religioso y su pensamiento. No olvidemos que la simbología y la experiencia religiosa permitieron, por un lado, en los albores de las manifestaciones del monoteísmo, salir del universo mágico que permite diferenciarse al ser humano en su condición de ser libre que se auto realiza históricamente, y por otro lado, romper el vínculo que subyugaba a los pueblos al asociar la figura del monarca a la representación divina, permitiendo a estos una liberación progresiva debido a su conciencia del poder exclusivo y soberano de Dios en la existencia. Las religiones además, han configurado modelos históricos de comunidad y de vinculación interpersonal que han servido de prefiguración en la organización de las sociedades, así como un concepto de historia despojado de la fatalidad del destino, incondicionado y abierto al despliegue de las posibilidades humanas y su creatividad auto organizativa. La profundización democrática por lo tanto, ha requerido de estructuras de pensamiento y de condiciones éticas a las que todos, también el pensamiento religioso, han hecho su aportación. La pregunta que surge es: ¿acaso las religiones no tienen, por su aportación a la cuestión de la identidad y el sentido, un papel importante en el mantenimiento de una sociedad democrática madura? (J.M. Mardones.) Las religiones tienen su espacio legítimo en la sociedad civil implicándose en su funcionamiento, no solamente recluidas en unas funciones históricamente intrascendentes, sino inscritas activamente en el espacio público pluralista y consideradas en cuanto a su aportación específica.

Estas fuentes de ideas globales que son las religiones, han alimentado los andamiajes del pensamiento de occidente, y aún puede seguir haciéndolo. Dice J. Habermas: “En el discurso religioso se mantiene un potencial de significado que resulta imprescindible y que todavía no ha sido explotado por la filosofía y, es más, todavía no ha sido traducido al lenguaje de las razones públicas, esto es, de las razones presuntamente con­vin­centes para todos... (…) Estoy pensando en el sentimiento de ‘solidaridad’, en la vinculación del miembro de una comunidad con sus compañeros. Es por ello razonable que el estado asimile las instituciones de este tipo en línea de colaboración, del mismo modo que lo hace en el ámbito del bienestar social, de la cooperación internacional o de la cultura, sin hacer de ello una batalla política.

El debate sobre la religión en la escuela, por lo tanto, no puede ser una lucha por los privilegios de unos, ni un empeño por imponer ideologías, que reproduciría una sutil forma de violencia. Hoy la iglesia tiene que aceptar su lugar, como uno más, en medio de las realidades y de los procesos políticos y sociales. De fondo se dirime un debate sobre el modelo de sociedad y también de persona, posiblemente defenestrado hoy en la dimensión más rica y prodigiosa de las que posee, la espiritual, con la que ha sido capaz de engendrar hitos culturales y gestas históricas que han conformado por completo una cultura. La cuestión sobre la libertad de conciencia, la pluralidad y la tolerancia, están fuertemente implicados con la opción moral y religiosa y no se puede forzar su separación. Una tolerancia activa es la que se sustenta en convicciones firmes que, por supuesto, aceptan la complejidad y se abren a la alteridad. No podemos limitarnos a una educación donde no confluyan identidades con una apuesta fuerte por la pluralidad desde la asunción de que el pensamiento es complejo. Hay que evitar los simplismos y la ingenuidad axiológica que al final impiden iluminar la realidad en su oscura opacidad (Antonio Jiménez Ortiz).

Se puede barruntar que una política miope en su reflexión antropológica, nos encierre en comunidades exclusivamente dirigidas por el mercado, en sociedades diseñadas para la manipulación y que generan una cultura plana, sin tensión creadora de belleza y sabiduría. El hombre, como dijera Machado, tiene una “sed metafísica de lo esencialmente otro”. La religión, junto con las éticas cívicas y las ciencias humanas, tiene mucho que aportar en esta línea. El hombre no se agota en su billetera. La Europa de los mercaderes no nos alimenta ninguna esperanza y los métodos de las superpotencias para imponer sus planes geoestratégicos nos dejan desolados. Es falso el concepto de progreso que se nos pretende inculcar cuando deja en la cuneta a tantos países olvidados bajo la losa de las políticas ultraliberales. Progreso ha sido elaborar un concepto de persona y de libertad que permitiera el surgimiento de una cultura capaz de pensarse y construirse a si misma hasta llegar a escribir la carta de los derechos humanos. Capaz de hacer surgir personas que, como R. Schuman y K. Adenauer, De Gasperi o Monnet soñaran una Europa cohesionada por un mismo espíritu contra toda forma de aniquilación. Y este es el reto que tiene en todo tiempo planteada la educación: ¿hacia qué civilización queremos caminar?

Las dos conclusiones en las que coincide la reflexión filosófica y sociológica tras el siglo XX son: el fracaso patente de las religiones seculares excluyentes del concepto de Dios; y que los seres humanos somos seres de creencias, incansables exploradores de la trascendencia. Tras toda esta experiencia, el sufrimiento sigue siendo la pregunta moral por excelencia. No podemos hurtar a las presentes generaciones una honda reflexión sobre aquellas realidades que marcan nuestros significados, compromisos y actitudes más importantes para la vida. Esa reflexión debe realizarse desde los postulados éticos y debe abrir los horizontes religiosos que históricamente han otorgado ofertas de sentido.

Es evidente que las sociedades occidentales, iniciado el nuevo siglo, proponen nuevas formas de ejercicio político caracterizadas por el empoderamiento de la sociedad civil y su participación a través de las instituciones, porque son nuevos los retos que nos lanza el presente. ¿Qué es lo que se insinúa tras el final de la política de las gran­des palabras? La «nueva política» surge en torno a cuestiones éticas y culturales. Son las cuestiones de la vida (bioética, gentecnología) y de la muerte (eutanasia), de las relaciones de género, de la integración social de los emi­grantes, de la identidad, de las relaciones con la naturaleza, de los derechos humanos, etc., donde surgen los problemas que interesan a los ciudadanos y la opinión pública. Es más que evidente que la configuración social, como la educativa, deberá estar cada vez más participada por la ciudadanía y las plataformas organizadas. Habrá que contar cada vez más con: la función del intelectual y del místico. Pedagogos, poetas y religiosos, junto con los críticos sociales, pueden ayudar a forjar esta educación cívica que permita el salto hacia adelante en el cambio de las relaciones y en la elevación moral de esta sociedad. Propician el cambio y la profundización democrática. (J.M. Mardones)

Es posible reivindicar la religión como espacio oficial y curricular donde se puedan gestar sociedades humanizadas y humanizadoras, donde, junto a las fuerzas democratizadoras y liberadoras existentes ya en el seno plural de nuestra sociedad, hagamos crítica común de lo que reduce la vida y la persona a pura instrumentalidad. Hay que engendrar sociedades cargadas de trascendencia, donde el espíritu de las artes, de la solidaridad, del encuentro y el diálogo entre los pueblos, pueda respirar sin acosos ni manipulaciones. La historia de la religión es coextensiva con la historia del hombre.

No hay futuro para los hombres sin utopía, sin proyectos de esperanza, una esperanza que durante siglos y en muy diversas culturas, ha sobrevolado las derrotas con las alas de la espiritualidad y la confianza teológica. No sólo necesitamos profesionales de las más diversas ramas con un alto grado de cualificación, sino que hacen falta personas cargadas de sentido, constructores de ecosistemas habitables para todos, sobre todo para los desheredados, y que reivindican la trascendencia como respuesta fiable a un proyecto de “vida buena” y de felicidad.

Como dice Ricoeur, hay que “salvar” a la sociedad del mero legalismo y educarla en la creatividad, en la responsabilidad personal, en la generosidad, etc. Y esto se consigue particularmente –no digo que exclusivamente– a partir de un reconocimiento de las hondas raíces de la solidaridad humana que proporciona una visión religiosa del mundo. El reto de esta, hoy, es cómo resistir y doblegar a la cultura del individualismo posesivo y de la satisfacción. Con estos valores no hay modo de com­batir la desigualdad y la exclusión que produce el nuevo capitalismo global. No sobran agentes productores de cultura solidaria. El anticlericalismo, a menudo justificado, no puede cegarse ante la necesidad social de actores re­ligiosos que en la sociedad civil eduquen en la responsabilidad para con el otro, sobre todo si ese otro es victima y padece la desigualdad y la exclusión. (Carlos G. Andoin)

Dios no es una reliquia del pasado de la que estamos a punto de certificar su defunción, sino el lugar donde el hombre alcanza a comprenderse en un sentido más pleno. Las religiones hoy están hablando de la unidad del destino humano, por encima de fronteras, razas y religiones. Son una convocatoria a una experiencia universal que saca de las obsesiones posmodernas y que afronta los espacios del sufrimiento, la soledad y el dolor para convocarnos a lugares de sentido.

   
 
   

Burgos, 23 de noviembre de 2005

 

Delegación diocesana de Enseñanza de Burgos