A) PRESUPUESTO DEL PROYECTO PASTORAL

 
   

1. Historia reciente

En los últimos Consejos Pastorales se ha tratado la parroquia como cauce propicio de nueva evangelización. El “nosotros parroquial” tiene como finalidad última y más importante la evangelización.

1.1. Las propuestas del último Consejo Pastoral Diocesano nos orientan para programar el trienio pastoral (cada grupo aportó dos objetivos y dos acciones):
Cuatro grupos de los seis propusieron que fuese la parroquia un objetivo para esta programación.
• Otras tantas veces que fuese la ilusión evangelizadora, a través de la parroquia.
• En tres ocasiones fue la comunión y corresponsabilidad parroquial (CPP).
• También tres veces se propuso la formación de los laicos.

1.2. Propuestas operativas del Congreso de laicos:
Formación del laicado en los cinco talleres (todos).
• En cuatro de ellos se proponía la evangelización.
• En tres (Cáritas, Familia y Juventud) la comunión y la coordinación eclesial.

1.3. En mayo se tuvo reunión de los vicarios de toda España con el fin de estudiar la transmisión de la fe a las nuevas generaciones.

 

2. Próximo trienio pastoral

Único objetivo: Hacer que la Iglesia diocesana (parroquias, movimientos, etc.) sea promotora de renovación pastoral y de nueva evangelización.
La reevangelización es una tarea urgente. Tanto hacia dentro de la Iglesia como hacia fuera.

2.1. Hacia dentro

A los que frecuentan el precepto dominical les cuesta vivir su vida de fe en la calle, en la familia, en el trabajo.

Tenemos una gran tradición de vida religiosa (procesiones, cofradías, fiestas, romerías, etc.) y de petición de sacramentos (Bautismos, Primeras comuniones, Confirmaciones, Bodas, etc.). En muchos casos tienen más de tradición que de fe viva. Ello nos está pidiendo quererles y ofrecer una evangelización propia y específica. Se les debe proponer un anuncio claro y explícito de la fe y se les debe mostrar un catecumenado, un itinerario de fe, que dé respuesta profunda y convincente a los problemas del hombre actual.

La realidad del mundo y la realidad del hombre de hoy es diferente a la de hace 10, 20 o 30 años. Antes se nacía en un ambiente y familia cristiano, y casi por ósmosis se asimilaba y vivía la fe. Nuestra tarea era conservar esa fe. Ahora nuestras comunidades tienen que ser promotoras de renovación pastoral, pues hoy en día, muchos no tienen fe (no se puede conservar lo que no existe) ¿Qué sentido tiene la catequesis de primera Comunión o de Confirmación, para aquellos que no tienen fe cristiana? ¿Tenemos caminos donde podamos ofrecer experiencia de fe, de encuentro con Cristo vivo en una comunidad a tantos hombres que se acercan a nuestras parroquias o movimientos? ¿Sabemos qué es eso de la iniciación cristiana o catecumenado y cómo llevarlo a cabo?

“Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria” (Novo millenio ineunte 30-31).

El Evangelio no ha perdido fuerza ni actualidad para el hombre moderno. Pero es necesario, que sea encarnado en hombres nuevos. Caminante sí hay camino: Cristo, se hace camino al andar, guiados por el Espíritu.

2.2. Hacia fuera

Cristo nos dijo “Id al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenara” (Mc 16, 15–16). No debemos olvidar que “Dios quiere que todos los hombres se salven” y que solo Cristo es el Salvador. “El que encuentre a Cristo no tiene nada que perder y tiene mucho que ganar” (Benedicto XVI).

El seguimiento de Cristo comienza con la conversión: El día de Pentecostés dijo Pedro a los judíos: “Así pues, que todo israelita esté cierto de que el mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Estas palabras les traspasaron el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer? Pedro les contestó: Convertíos y bautizaros todos en el nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados y recibáis el don del Espíritu Santo” (Act. 2, 36–38). El nuevo ardor del que nos habla Juan Pablo II requiere una constante conversión, de los de dentro y de los de fuera de la Iglesia.

Hay que salir a buscarles a la calle, al barrio, al lugar de trabajo uno a uno, como nos dice don Francisco: “La inmensa mayoría de los fieles recibe de Dios la vocación a santificarse y a hacer apostolado en y desde el matrimonio y las tareas seculares domesticas: el trabajo, la cultura, la política, la economía, el arte el deporte, etc. Todo ese complejo mundo que llamamos «realidades temporales», constituye la trama en la que los laicos encuentran la materia de su realización como cristianos” (D. Francisco, Anunciad el Evangelio, 14).

A mucha gente que ha desconectado de la vida cristiana, la parroquia, les suena a monsergas, a rollos, a cosas sin sentido, sin trascendencia, que pueden estar bien para curas y parroquianos, pero ¿qué les dice a ellos?

¿Sabemos qué cuestiones les interesan?, ¿cuáles son sus inquietudes?, ¿el sentido de la vida?, ¿quién puede darles respuesta?, ¿cómo descubrir la huella de Dios en su corazón?, ¿qué sentido puede dar Cristo a sus vidas?

Esto implica una conversión profunda, un cambio radical en nosotros, en nuestros planteamientos de evangelización, en la forma de entender a la Iglesia: parroquia, movimientos, grupos, etc., como dice D. Francisco: “Con todo sería igualmente dañino no advertir que los cambios en nuestra Iglesia han sido tantos y tan grandes que necesitamos asumir el coraje de la novedad del Espíritu y la novedad decidida de emprender un camino nuevo” (Anunciad el Evangelio, 12).