Sínodo diocesano de Burgos

   

 

3. Comunidad diocesana en camino

La iglesia diocesana desde el Dios que es comunión


208. Una vez que en las reflexiones anteriores se han incluido ya numerosas referencias a la misión y a las tareas eclesiales, nos centramos ahora en la vinculación de la comunidad eclesial con su origen último (Dios mismo), en su realidad comunitaria (comunión) y en su existencia como iglesia diocesana. Con esta mirada "hacia adentro" no se olvidan las tareas urgentes "hacia afuera". Más bien se reconoce que éstas (lo que la Iglesia hace y debe hacer en cuanto misión suya) constituyen un elemento integrante de lo que la Iglesia es en su condición humana y divina de "realidad compleja" (LG 8). Y en esta integración y reconocimiento se encuadran las propuestas correspondientes.

 

3.1. Convocados por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

209. Muchos podríamos confirmar por experiencia las palabras de S. Cipriano: "No puede tener a Dios por Padre quien no tenga a la Iglesia como madre" (PL 4,502). Pero no en un sentido excluyente, sino integrador, manifestativo de la acogida y del acompañamiento animoso que nuestra iglesia diocesana pretende ofrecer como talante y como actitud pastoral. En el seno maternal y acogedor de esta iglesia diocesana hemos nacido y crecido a una vida nueva, la de hijos de Dios. De ahí que podamos decir con gratitud: en ella y por medio de ella experimentamos la presencia de Dios y la alegría de su salvación.

 

3.1.1. Iniciativa divina y respuesta humana

210. Del corazón de Dios Padre, que creó el mundo, nació también el designio de "convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia" (LG 2). Porque es obra suya, la Iglesia forma parte del contenido de nuestra fe. Al margen de Jesucristo, verdadera "piedra angular", dejaría de ser instrumento de salvación. Y, desde los comienzos (cf. Hech 2), el Espíritu Santo con su fuerza la suscita, la sostiene en torno a María, Madre del Señor y de la Iglesia, la vivifica y la renueva. Por la iniciativa de este Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es por la que estamos "convocados" o "llamados" en la diversidad de vocaciones y en la pluralidad de tareas. El clima de escucha, oración, búsqueda, acompañamiento y celebración creyente será decisivo a la hora de configurar nuestra respuesta humana a esta llamada divina.

 

3.1.2. Todos convocados y nadie excluido

211. La llamada de Dios es universal, ya que en todo tiempo y lugar "el que teme a Dios y practica la justicia le es grato" (Hech 10, 35). Hay un sentido originario de lo "católico" que es previo a las divisiones confesionales del s. XVI entre "protestantes" y "católicos". Catolicidad es universalidad. Y la Iglesia es "católica" porque su misión se encamina a hacer realidad el designio de Dios: "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2,4). Sin monopolios de particulares ni de grupos. Confesando que la salvación de Cristo nos viene normalmente por la Iglesia. Pero confiando en que el Dios capaz de hacer "de las piedras hijos de Abraham", también sabrá cómo conducir a todos a la salvación, aunque sea por "caminos solamente de Dios conocidos" (GS 22).

 

212. La creciente comprensión de la Iglesia como comunión y la llamada a vivirla como don constitutivo suyo es signo de la asistencia del Espíritu en un momento de la historia en el que nace la aldea global. Nuestras comunidades tienen la oportunidad, que es exigencia de entrega y que será experiencia generadora de esperanza, de hacer realidad hacia dentro de la diócesis y en apertura constante a todo el mundo lo que constituye su vocación y misión: ser sacramento, o sea, señal e instrumento de la unidad.

 

213. La realidad histórica nos ofrece un rostro de la Iglesia desfigurado por heridas profundas y rupturas duraderas. Ahí están las condenas recíprocas, las exclusiones y las divisiones escandalosas entre los que nos reconocemos comúnmente bajo el nombre de "cristianos", pero nos enfrentamos irreconciliablemente a causa de los apellidos (católico, protestante, ortodoxo, anglicano...). Aunque en nuestro contexto diocesano los grupos no católicos sean muy minoritarios, también hemos de buscar la reconciliación, el conocimiento recíproco, la colaboración conjunta, el diálogo teológico y la oración en común. A ello apunta la siguiente propuesta:

 

214. Aprovechar la "Semana de oración por la unidad de los cristianos" y otros momentos oportunos para celebrar encuentros de oración, diálogo, formación e información ecuménica a nivel diocesano, arciprestal y parroquial, todo ello coordinado por la delegación de Ecumenismo.

3.1.3. Miembros del Pueblo de Dios

215. Miembros del Pueblo de Dios, bautizados en la Iglesia católica, son la inmensa mayoría de las personas que viven en la diócesis de Burgos (más del 90%). Pero esta pertenencia en razón del bautismo no alcanza los mismos porcentajes cuando se trata de la participación activa en los ámbitos parroquiales o diocesanos (de hecho una minoría), cuando tomamos como criterio la frecuencia de la misa dominical o de los sacramentos (practicantes ocasionales o no practicantes), cuando preguntamos qué se entiende por Iglesia (desde comunidad hasta poder social o identificación con la jerarquía) o cuando está en juego el grado de identificación con los comportamientos o con la decisiones eclesiales (desde el acuerdo incondicional, hasta el alejamiento parcial, el distanciamiento crítico, la aceptación selectiva o el desinterés..., cf. datos del sondeo).

 

216. Ante esta realidad tan diversificada, a veces paradójica, entre los que son cristianos, en cuanto bautizados, se impone un tratamiento pastoral realista, de talante evangélico e igualmente diversificado. Que tenga en cuenta los diversos grados de identificación eclesial. Que no rechace a nadie, aunque viva "a su modo" la condición cristiana de miembro de la Iglesia. Que sirva para un acompañamiento cercano, cordial y exigente, pero acomodado a las distintas circunstancias o etapas de la vivencia de la fe cristiana. Al considerar esta necesidad como una urgencia ineludible en nuestra situación actual este Sínodo señala el tratamiento pastoral diversificado como línea de acción prioritaria. A este deseo responden las siguientes propuestas:

217. Crear planes y programas específicos de tratamiento pastoral diversificado, promovidos por los consejos pastorales, con la colaboración de agentes preparados y en coordinación con quienes estén llevando a cabo programas o experiencias en este sentido. Buscar para ello el asesoramiento de especialistas, si es preciso. Evitar el trabajo en solitario.

 

218. [* P *] Aprovechar en cada parroquia las celebraciones de mayor participación, las hojas parroquiales y los encuentros ocasionales para proponer y ofrecer abiertamente a todos, sin imposiciones ni inhibiciones, el reto comunitario hacia el que camina la parroquia, asegurando al mismo tiempo la acogida, la atención y el respeto debidos a la diversidad de situaciones y de procesos en los que se encuentra cada creyente.

 

219. [* P *] Que en nuestras comunidades, como actitudes de comunión, fraternidad y misericordia cristianas, se potencien ámbitos de acogida, acompañamiento, ayuda y discernimiento para personas y colectivos en situaciones especiales o difíciles. Y que se facilite la acogida de las personas que por su situación o comportamiento están fuera de las normas de la Iglesia Católica, para que en el grado que permita su propia realidad, sean miembros activos e integradores en la construcción del Reino a la que todos estamos llamados.

 

220. En relación con los sacerdotes que, por diversas razones que no juzgamos, no están actualmente ejerciendo el ministerio presbiteral, se pide que la diócesis, el presbiterio y en general la comunidad cristiana tengan una actitud de comprensión evangélica y acogida cristiana hacia ellos, sea cual fuere su situación personal y eclesial; y que se busquen formas de acompañarlos, evitando así su aislamiento, no perdiendo en lo posible su valiosa aportación apostólica y pastoral, fuera del ejercicio del ministerio ordenado.

 

221. Abandonar el ministerio presbiteral o la vida de especial consagración ha sido para muchos presbíteros y religiosos/as una experiencia traumática y difícil. Que la iglesia diocesana (delegación diocesana que corresponda) elabore un programa de encuentros periódicos; y que se arbitren medios para ayudar a solucionar el grave problema que se les presenta cuando no ha habido suficiente o ninguna cotización a la Seguridad Social y se encuentran próximos a la edad de la jubilación.

 

3.2. Para vivir en comunión

222. El Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que a todos nos convoca, es en rigor el único "misterio de comunión". Misterio trinitario de reciprocidad mutua y de vida recibida y entregada. Misterio sin analogía en la experiencia humana, pues en Dios es tan originaria la diversidad real como la unidad más profunda. Misterio de comunión, abierto a todos los seres humanos y al conjunto de la creación.

 

223. Por su enraizamiento en este Dios es por lo que está justificado hablar de la Iglesia como "comunión". De ahí que la Iglesia esté llamada a convertirse en rostro visible y en símbolo real de este Dios trinitario. Y de ahí que la "comunión" (al estilo de Dios) se transforme también en norma de comportamiento y en programa de vida, llenándolo de contenido y de eficacia tanto en la vida de los cristianos como en el interior de las realidades organizativas, jurídicas o funcionales.

 

224. El Sínodo diocesano es un acontecimiento privilegiado para la iglesia local, su estructura fundamental. A raíz de esta experiencia que hemos venido degustando, queremos que el talante de sinodalidad, en cuanto Iglesia que procede de, vive y anuncia la comunión del Dios trinitario, sea un elemento permanente; que todos sus miembros -en cuanto Pueblo de bautizados, Cuerpo eucarístico y Templo de confirmados- seamos protagonistas de la vida y misión eclesial en lo ordinario y cotidiano. Por ello, sinodalmente proponemos la siguiente meta:

 

225. Procurar que la sinodalidad empape las personas, las actitudes, los organismos y las estructuras diocesanas para que, entre todos y corresponsablemente (en la diversidad y complementariedad de carismas y ministerios), vayamos edificando de manera fiel, comprometida y animosa la iglesia local que peregrina entre los gozos y los sufrimientos de la sociedad burgalesa.

3.2.1. Radicalmente iguales por el bautismo: dignidad y corresponsabilidad

226. En la Iglesia "existe entre todos una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la actividad común de todos los fieles en la construcción del Cuerpo de Cristo" (LG 32). El fundamento de estas palabras del concilio Vaticano II no es otro que la realidad del bautismo. Al ser bautizados, nos configuramos con Cristo, nos transformamos verdaderamente en hijos de Dios y quedamos capacitados para, bajo el impulso del Espíritu Santo, invocarle de verdad como Padre nuestro. Configuración, transformación y capacitación que son al mismo tiempo realidades dadas y procesos históricos. He aquí la dignidad común de todos los bautizados, lo que nos hace ante Dios radicalmente iguales, lo que nos convierte en hermanos, lo que nos unifica. Como expresión y ayuda de esta igualdad fraterna y comunitaria, se propone:

 

227. Que en todas las parroquias, al menos una vez al año, se celebren encuentros para facilitar el intercambio de la experiencia de fe y para revisar los compromisos, y que alguna vez presida el obispo.

 

228. El bautismo no solamente nos hace iguales en la condición de hijos. Al integrarnos en la Iglesia, verdadero Pueblo de Dios, nos convierte en miembros natos, en sujetos portadores de derechos y de obligaciones, no sólo de tipo moral, sino también en el ámbito de las realidades jurídico-canónicas (cf. CDC 96). En verdad podemos decir que "somos Iglesia". Y su realidad de "comunión" y de "comunicación" deberá traducirse en formas de corresponsabilidad y de participación real, no aparente, en la gestión de los asuntos comunes. Con garantías también jurídicas de que la corresponsabilidad pedida y ofrecida incluye la contribución financiera, pero va más allá. Todo ello como demostración de que el lenguaje sobre la Iglesia como "comunión" no queda reducido a fórmula mágica o a palabras vacías. La corresponsabilidad y participación real constituye una de las apuestas fundamentales de este Sínodo y por ello la ha establecido como línea de acción prioritaria. En concreto, proponemos:

 

229. Que los consejos pastorales parroquiales estructuren y coordinen las acciones necesarias para reforzar el ambiente comunitario en la parroquia, convocando asambleas abiertas a todos.

 

230. [* P *] Hacer que los consejos y juntas parroquiales (pastorales y económicos) funcionen, sean dialogantes y abiertos, representativos y decisorios (bajo la presidencia del párroco y dentro del ámbito que les otorga el derecho). Que sean el cauce ordinario y fundamental para elegir los consejos arciprestales y diocesanos. En aquellas parroquias o unidades pastorales donde no existan, los presbíteros deberán presentar un informe a la diócesis al final del año donde expliquen las razones de su no existencia.

 

231. Que la diócesis y las parroquias promuevan que laicos y laicas tomen más responsabilidades y gestionen aspectos pastorales y económicos de las mismas, dadas sus capacidades y carismas, facilitándoles la preparación adecuada. Cuando intervenga la modalidad de asalariado, se harán contratos laborales justos.

 

232. En las actuales circunstancias, la Iglesia necesita reconocer afectiva y efectivamente la función de la mujer en la sociedad en general y especialmente en la Iglesia. Este reconocimiento obliga a superar prejuicios infundados y situaciones injustas. Como dice la reciente exhortación apostólica de Juan Pablo II, "la nueva conciencia femenina ayuda a los hombres a revisar esquemas mentales, su manera de autocomprenderse, de situarse en la historia e interpretarla, y de organizar la vida social, política, económica, religiosa y eclesial" (Vita consecrata 57). En consecuencia proponemos:

 

233. Que la mujer por razón de su sexo no tenga impedimentos para acceder a puestos de responsabilidad, dirección y apostolado en la Iglesia.

3.2.2. En diversidad de vocaciones y de comunidades

234. Puesto que Dios siempre tiene la iniciativa y de él surge toda llamada a la vida, podemos considerar toda forma de existencia cristiana como una vocación, que adquiere en la pluralidad de respuestas humanas su configuración concreta. De ahí la diversidad de vocaciones específicas:

 

235. La de los seglares (laicos/as), inmensa mayoría del Pueblo de Dios, que viven su condición bautismal en la vida matrimonial y familiar, en el mundo del trabajo y de las actividades profesionales, en la política, en la economía, en la cultura, en las ciencias... Urge reconocer su estilo de vida como "vocación" de Dios y la capacitación de los seglares (derecho y obligación) no sólo para intervenir en las cuestiones de la vida secular, sino también en las relacionadas con la vida intraeclesial.

 

236. En segundo lugar, la vocación religiosa a la vida de especial consagración, bien con predominio de la vida contemplativa (oración, silencio, trabajo, contemplación), bien con predominio de la vida activa (enseñanza, hospitales, marginación...). Esta vida, caracterizada por querer vivir en la Iglesia la pobreza, la castidad y la obediencia en comunidades de hermanos y hermanas, se concreta siempre en las distintas familias religiosas. Constituye un auténtico don de Dios para la vida de la Iglesia, que necesita ser acogido, estimado y cultivado.

 

237. Citaremos también como "vocación de especial consagración" la denominada "consagración secular", propia de aquellos laicos/as que, profesando con un vínculo estable los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, tratan de transformar el mundo desde dentro con la fuerza de dichos consejos y de las bienaventuranzas evangélicas. Procede reconocer esta vocación como "una forma nueva y original de consagración, sugerida por el Espíritu Santo para ser vivida en medio de las realidades temporales" (Pablo VI, AAS 64 (1972) 618).

 

238. También necesita estos mismos cuidados la vocación al ministerio ordenado. Es un servicio sin el que las distintas comunidades eclesiales languidecen progresivamente y se ven amenazadas por la extinción. Numéricamente nuestra diócesis cuenta todavía con muchos sacerdotes, pero la edad media es alta y se dejan sentir las dificultades para atender adecuadamente las numerosas parroquias y para descubrir nuevas vocaciones. Por otra parte, urge el aprendizaje de un estilo nuevo de ser pastor en la comunidad, trabajar en equipo o llevar alguna forma de vida en común.

 

239. Cada vocación tiene su propia dignidad (nadie es más que nadie), exige la misma entrega (respuesta a la llamada), necesita ser cuidada (no nace por generación espontánea), es necesaria en la Iglesia, cuerpo de Cristo (la mano no puede decir al ojo "no te necesito") e implica un reconocimiento recíproco: conocimiento, aceptación, respeto del que es distinto, amor, corrección fraterna... La iglesia diocesana entera debe reflexionar desde los distintos grupos, equipos, delegaciones y organismos sobre cómo suscitar, acoger y acompañar las vocaciones cristianas y de especial consagración. Por todas estas consideraciones y motivos proponemos:

 

240. Señalar en la programación de cada parroquia acciones concretas para posibilitar la escucha de la llamada personal con respuestas maduras y libres, valorando las tres vocaciones, especialmente en la pastoral juvenil y familiar. En este sentido, preparar y dar fuerza a la Semana vocacional.

 

241. Organizar por parte de la delegación de Pastoral Vocacional, en coordinación con las delegaciones de Juventud y Familia, "Jornadas de orientación vocacional" donde se muestren a los jóvenes las diversas vocaciones del cristiano (matrimonio, vocación de especial consagración, vocación misionera, etc.), incluyendo testimonios personales de las distintas vocaciones.

 

242. Promover la integración de la vida consagrada en la pastoral diocesana, arciprestal y parroquial, compartiendo programación, encuentros de vida y oración, medios físicos y humanos, para un mayor conocimiento, unión y coordinación.

 

243. Que el consejo de Gobierno de la diócesis, asesorado por el consejo de Arciprestes, elabore en cada arciprestazgo un mapa de Unidades pastorales aglutinadoras de varias parroquias, donde se trabaje en equipo e incluso puedan surgir equipos de vida presbiteral o fraternidades apostólicas.

 

244. Estudiar la importancia y conveniencia de introducir en nuestra diócesis el diaconado permanente.

3.2.3. En un camino de comunicación, de búsqueda y de tensiones

245. Que la diversidad de vocaciones sea un don y una gracia no elimina las tensiones ni soluciona las dificultades reales: vivir en comunión es tarea que cada día necesita ser rehecha. Pues ahí están las divisiones o los enfrentamientos que anidan en el interior de nuestra propia Iglesia y bloquean la vida de nuestras diversas comunidades. Ahí está el riesgo de que organizaciones, grupos e instituciones terminen funcionando como entidades paralelas o independientes de la diócesis. Es necesaria una gran apertura de mente y de corazón para no quedar enclaustrados en el propio círculo y no identificar la verdad del Evangelio con la pertenencia al propio grupo.

 

246. Hay un tipo de tensiones que son inevitables y hasta necesarias, propias de toda comunidad y expresión de su vitalidad o de sus defectos, pero que no rompen la unidad, con tal de que el amor cristiano (la caridad fraterna) presida realmente su vida. Es necesario aprender a vivir y convivir en medio de estas tensiones. El criterio para distinguir cuándo la unidad se halla realmente en peligro lo tenemos indicado: "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos" (Ef 4,5).

 

247. Ha de darse unidad de doctrina entre sacerdotes, religiosos, laicos, colegios de enseñanza, etc., en materia de fe y moral, con total fidelidad al magisterio de la Iglesia, tanto extraordinario como ordinario. Y hay que fomentar la unidad de la iglesia diocesana cuya cabeza es el obispo, con sacerdotes, religiosos, laicos y los distintos movimientos, creando un frente común a nivel parroquial, arciprestal y diocesano, colaborando en las entidades que la diócesis tiene establecidas a través de sus vicarías. Para eso, hay que educar, desde la Escritura, para sentir y vivir la unidad cristiana. Nadie es de Pedro ni de Pablo: todos somos de Cristo; sólo Dios salva. Los carismas están todos al servicio claro de la comunidad.

 

248. Por todo ello necesitamos y deseamos que las diversas comunidades diocesanas sean ámbitos de "comunión" y de "comunicación", como búsqueda dialogal y compartida de la verdad y de las decisiones eclesiales, como superación de prejuicios que bloquean el acercamiento, como respeto profundo hacia quien acierta y hacia quien se equivoca, como superación de la intemperie espiritual en que a muchas personas les puede dejar el predominio de los aspectos organizativos, administrativos o funcionales, como oportunidad para el intercambio en lo relativo a la experiencia personal de Dios entre seglares, religiosos y sacerdotes, como momentos de gracia para lo "verdaderamente necesario"... Al servicio de esta comunicación, con el fin de animar el diálogo y conocimiento entre las parroquias y los movimientos y asociaciones, para conseguir una mayor colaboración y coordinación en la pastoral de la diócesis, en un proceso de búsqueda y de tensiones, se orientan las siguientes propuestas:

 

249. Cada parroquia buscará su identidad como comunión de comunidades con los religiosos y religiosas y con las parroquias limítrofes, avanzando en la comunicación de bienes espirituales y materiales: personas, iniciativas, posibilidades..., promoviendo activamente el arciprestazgo, sobre todo los arciprestazgos rurales, como ámbito adecuado de esa comunión.

 

250. Crear donde no haya, así como potenciar que el consejo Pastoral parroquial sea el órgano de comunión y resolución de conflictos, que programe el tratamiento diversificado, haga el seguimiento, evalúe periódicamente con todos los grupos y movimientos atendiendo lo asumido comunitariamente, e informe a toda la comunidad parroquial oportuna y adecuadamente.

 

251. La diócesis acoge con generosidad y con sentimientos de gratitud los carismas de la vida consagrada, dejándose enriquecer por ellos. Por su parte, los consagrados se integran en la iglesia diocesana ofreciendo su generosa colaboración desde sus dones, actuando en plena comunión con el obispo. En un contexto de diálogo abierto y cordial, se examinan los aspectos de interés común, los problemas que puedan surgir. Para ello proponemos:

 

252. Realizar un encuentro anual, presidido por el obispo, entre los miembros del consejo Pastoral diocesano y los arciprestes por una parte, y la Junta de CONFER (Confederación de Religiosos), representantes de la vida contemplativa y miembros de Institutos seculares por otra, para fomentar la espiritualidad de la comunión.

3.3. En nuestra iglesia diocesana

253. Decía el Papa Pablo VI: "La Iglesia difundida por el orbe se convertiría en una abstracción si no tomase cuerpo y vida precisamente a través de las iglesias particulares" (EN 62). Y es que la Iglesia, que es una al estilo como es uno el Dios Padre, Hijo y Espíritu que está en su origen, se hace realidad histórica, concreta y encarnada en las diversas diócesis o iglesias particulares. "La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía al obispo para ser apacentada con la colaboración de sus sacerdotes, de suerte que, adherida a su Pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituya una iglesia particular, en que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica" (ChD 11).

 

254. Según los datos del sondeo previo a la celebración del Sínodo, un alto porcentaje de nuestros católicos en Burgos (más de un 61%) reconocía tener una conciencia nula o muy débil de su pertenencia diocesana y de la importancia central (no marginal) que para la vida cristiana tiene la realidad de la diócesis, cuando es en la diócesis donde está integrada mi parroquia, mi grupo, mi movimiento, mi comunidad religiosa. Somos iglesia en una diócesis concreta que es la de Burgos, que tiene tras de sí una rica y larga historia y que se encamina confiadamente hacia el futuro. Ha de haber una habitual motivación e información de la realidad diocesana en catequesis, clases de religión, predicación, celebraciones, jornadas, momentos de oración y reflexión... unida a un serio compromiso con sus pobres y marginados. Parroquias, grupos y movimientos han de vivir la realidad de la unidad última de la diócesis y testimoniar la unión con el obispo, cabeza de nuestra iglesia particular. Para el desarrollo y profundización de esta conciencia diocesana proponemos:

 

255. Vivir el Día de la iglesia diocesana como jornada de concienciación y celebración entre todos, sacerdotes, religiosos y laicos, realizando en torno a él actividades informativas, formativas y de encuentro en diversos lugares, todo ello animado por el consejo Pastoral diocesano, la vicaría de Pastoral y la CONFER, así como por los diversos consejos arciprestales y parroquiales.

 

256. Mejorar y ampliar la hoja diocesana "Sembrar", de modo que sea una revista periódica abierta a la participación de todas las comunidades, y potenciar mucho más su difusión y lectura. Crear para ello un equipo redactor, con diversos corresponsales, bajo la coordinación de la Oficina de Información de la diócesis.

3.3.1. El obispo y la comunión eclesial

257. Teniendo en Cristo su piedra angular, la Iglesia es apostólica por estar edificada sobre el fundamento de los apóstoles ("enviados"), testigos privilegiados de Cristo muerto y resucitado. Su condición apostólica está exigiendo fidelidad al contenido de la fe transmitida y seguimiento de la vida de Cristo. Aquí tiene su papel el ministerio de sucesión apostólica, es decir, la función de los obispos en cuanto sucesores de los apóstoles. Como garantía de que se transmite lo recibido (cf. 1 Cor 15), las "palabras de vida eterna" proclamadas por Cristo y anunciadas por los apóstoles. Como recuerdo de que el comportamiento vital es también elemento integrante de su condición apostólica, pues los verdaderos discípulos no se distinguen sólo por lo que dicen, sino ante todo por lo que hacen (cf. Mt 25, 40).

 

258. El obispo se coloca así al servicio de la comunión de una iglesia particular con la Iglesia universal y al servicio de la comunión en el interior de la propia iglesia diocesana. Quizás la imagen del Pastor es la que mejor define su misión. Al estilo de Jesucristo, reúne y mantiene unido a su rebaño, lo guía, busca la oveja perdida, se preocupa de que tenga alimento, da la vida por los suyos... Uno de los medios más importantes en el ejercicio del ministerio del obispo lo constituyen las visitas pastorales, en torno a las cuales proponemos:

 

259. Que se potencien las visitas pastorales del obispo y otro tipo de encuentros como medio de comunión diocesana, para escuchar las inquietudes y dialogar sobre los problemas de todas las parroquias, movimientos, asociaciones y grupos apostólicos. Y que las comunidades participen en su preparación y revisión.

 

260. Que las visitas pastorales sean signo de diocesaneidad a través del encuentro del obispo con el Pueblo de Dios congregado en esa parroquia; tiempo de revisión de la comunidad parroquial (controlando el desarrollo del proyecto de pastoral de la parroquia y su sintonía con el plan pastoral diocesano, revisando además la corresponsabilidad y comunidad dentro de la parroquia); y tiempo de dinamización de la vida parroquial y su misión.

3.3.2. La vida de las parroquias

261. La parroquia está constituida por todos los bautizados que viven en un pueblo, barrio o parte de la ciudad. Personas de toda edad y condición. Unidos por la profesión de la misma fe, aunque ésta sea vivida y practicada personalmente según grados diversos de intensidad y de compromiso. Llamados por el mismo Dios en la diversidad de vocaciones, de grupos, de comunidades, de movimientos o de familias religiosas. Centrados en la celebración eucarística como fuente y como momento culminante, destinado a impregnar la entrega y la vida cotidiana. Abiertos a las necesidades que van más allá de los que pertenecen a la parroquia o de los límites territoriales. Según los datos del sondeo, es débil la vivencia de esta unidad y de esta comunión. Y no es fácil convertir la parroquia realmente en un ámbito de encuentro (trato, diálogo, conocimiento, proyectos coordinados...). Creemos urgente hacer de la parroquia-comunión el ámbito en el que las diferentes comunidades y grupos existentes confluyan gozosamente para afrontar con creatividad y esperanza el reto de la nueva evangelización. Para hacerlo posible se propone:

 

262. Trabajar para que la parroquia viva su unidad de comunión a través de encuentros de oración común y especialmente en la celebración compartida de la Eucaristía, máxima expresión de comunión y cercanía familiar.

 

263. El consejo pastoral parroquial deberá dar a conocer las distintas organizaciones y grupos existentes, animando a participar en ellos.

 

264. Que los grupos parroquiales progresen hacia una comunidad de fe y vida para que, junto a otras pequeñas comunidades insertadas en el ámbito de la parroquia, hagan ambiente para vivir, formar y compartir la fe.

 

265. [* P *] Para que la iglesia diocesana se haga una Iglesia de comunión, priorícense procesos de personalización de la fe, por un tiempo de tres o cuatro años, para pequeños grupos, dentro o fuera de la parroquia, como lugares privilegiados en los que experimentar la cercanía, el diálogo, la reconciliación, las relaciones de igualdad y el compromiso personal y comunitario. Que estos grupos estén abiertos a nivel parroquial e interparroquial.

 

266. Promover que todos los grupos parroquiales descubran la necesidad de la comunión como exigencia de la misión que todos han de realizar insertados en el ámbito de la parroquia, en la seguridad de que aceptar con gozo esta diversidad de carismas permite mirar al futuro con nueva esperanza.

 

267. Crear en cada parroquia o unidad pastoral y en el arciprestazgo unos medios de comunicación abiertos a todos para estar informados sobre la vida de la iglesia diocesana y de la parroquia y sus prioridades.

 

268. Solamente existen las parroquias reales, concretas, de las que formamos parte con gozo, con dolor, con resignación o con indiferencia. Y éstas son las que necesitan ser renovadas y revitalizadas, teniendo en cuenta las modificaciones sociológicas en los ámbitos rurales y urbanos, las facilidades actuales de desplazamientos y la necesidad de buscar para el presente o para el futuro nuevas formas de organización y de atención pastoral. Pero poco podrá hacerse si olvidamos que de todos y de cada uno de los miembros de la parroquia depende su vitalidad, su transformación en ámbito de encuentro y su apertura misionera. Que "cada uno, con el don recibido, se ponga al servicio de los demás..." (cf. 1 Ped 4,8-11; Rom 12,6-13). Corresponsabilidad y participación, que nos llevan a proponer lo siguiente (además de recordar lo dicho en las propuestas nº 229 y 250):

 

269. [* P *] Es preciso atender a los cristianos de los pueblos y no es suficiente con la misa dominical; es necesario por ello buscar modos nuevos de pastoral específica para el mundo rural, dadas las modificaciones sociológicas del mundo de hoy y la carencia de sacerdotes para poderlo atender de forma continuada.

 

270. Que la parroquia, a través de su consejo pastoral, programe, coordine y evalúe los objetivos pastorales de acuerdo a los planteamientos diocesanos y a sus opciones particulares, sin detrimento ni hipoteca de grupos, incluyendo todo lo que se hace de pastoral en los colegios de religiosos/as y grupos supraparroquiales, para que no se den en la misma comunidad parroquial programaciones paralelas.

 

271. Hacer que en las parroquias se acoja a los distintos movimientos y grupos apostólicos, no sólo respetando, sino también reconociendo y valorando sus carismas, así como recogiendo las iniciativas y aportaciones que se consideren convenientes en la programación y seguimiento del consejo pastoral, en orden a crear una comunidad más abierta, creativa y participativa.

 

272. Que en los órganos competentes de las parroquias y movimientos se haga un discernimiento sobre su mutua necesidad y complementariedad en la misión de la Iglesia, que desemboque en una mayor apertura, colaboración y apoyo mutuos para llevar adelante los planes de pastoral que respondan a la realidad concreta diocesana y parroquial.

 

273. Dentro de cada parroquia adquiere una relevancia especial el papel de los sacerdotes. No porque sean "más que los demás" en razón de su ordenación al ministerio, sino porque están llamados, en cuanto cooperadores del obispo, a ser los primeros servidores de la comunidad parroquial, sirviéndola precisamente desde sus tareas específicas como pastores (predicación, santificación, presidencia de la comunidad).

 

274. Esta asamblea sinodal reconoce agradecida el servicio desinteresado, la entrega total y la disponibilidad atenta de todos los sacerdotes que han gastado su vida al servicio de esta iglesia que camina en Burgos. A la vez, pide al Espíritu, dador de todo don, fuerzas para que, en estos tiempos de inapetencia religiosa pero apasionantes e ilusionantes, nuestros sacerdotes sigan siendo, con su palabra y el testimonio de su vida, los portadores de la antorcha de la esperanza: Cristo resucitado, Señor del Cosmos y de la Historia.

En este clima de admiración y reconocimiento agradecido, esta asamblea se atreve a pedirles un nuevo acto de generosidad y de entrega: que con la ilusión y disponibilidad del día de la ordenación, en lúcida ingenuidad, reinicien su sacerdocio, renovando su confianza y comunión con el obispo, poniéndose, afectiva y efectivamente, a su entera disposición.

 

275. Este Sínodo pide al Sr. Arzobispo solicite a todos los presbíteros diocesanos que pongan a su disposición plena sus nombramientos. Esta situación de disponibilidad total será durante dos años.

 

276. Se procurará evitar la permanencia excesivamente prolongada del presbítero al frente de una comunidad parroquial, respetándose las normas del Código de derecho canónico y de la Conferencia Episcopal Española. Para ello, a los seis años del nombramiento se hará una revisión del mismo en diálogo con el interesado, siempre en la perspectiva del bien de la Iglesia y de la disponibilidad que, entre otras cosas, defiende a la comunidad del peligro de estancarse.

 

277. Que se fomente la movilidad de todos los cargos diocesanos, especialmente los nombramientos de los párrocos de ciudad y profesores de religión en institutos, pues no son cargos vitalicios.

 

278. Como signo testimonial y para fomentar la actitud de compartir, proponemos que toda remuneración que obtengan los sacerdotes por un trabajo que conlleva misión canónica u oficio pastoral o proveniente de un trabajo civil sea ingresada en el Fondo de Sustentación del Clero, del cual se hará una distribución equitativa de modo que cada sacerdote tenga una fuente única de remuneración (el Fondo de Sustentación).

 

279. Que la Residencia sacerdotal sea realmente un edificio acogedor, amplio, luminoso, bien atendido y visitado, en el que se dé una calidad de vida digna, propia de personas -sacerdotes y/o familiares- que han dedicado lo mejor de sus años al servicio de los hermanos. Todo lo que por ellos hagamos o gastemos, siempre será demasiado poco.

 

280. El ejercicio adecuado de este ministerio no se improvisa, ya que exige tiempo de preparación. Ni una vez iniciado puede darse por sabido, puesto que experiencia y aprendizaje son procesos permanentes. Además, el sacerdote no está por encima de la comunidad, sino dentro de ella. De ahí la importancia de la comunidad parroquial a la hora de ejercer el ministerio o de buscar nuevas formas del mismo, de tomar decisiones pastorales o de integrar a los seglares bien en funciones permanentes, bien en tareas ocasionales. Pero no sólo ni principalmente como remedios sustitutorios impuestos por la necesidad, sino también como expresión de una corresponsabilidad compartida. En esta dirección se encuadran las siguientes propuestas:

 

281. Analizar el plan de formación de nuestros seminarios, de modo que los futuros sacerdotes reciban una formación integral que les capacite para el servicio pastoral en el mundo de hoy, utilizando todos los medios posibles y necesarios; entre ellos, períodos de renovación para sus formadores.

 

282. A la hora del nombramiento de los sacerdotes deberá haber transparencia y objetividad, respetando y valorando a la persona, teniendo en cuenta las peculiaridades y los procesos pastorales de la comunidad a la que va a servir, el presbiterio con el que ha de trabajar y las necesidades pastorales del conjunto de la diócesis. Para ello habrá de consultarse y oírse no sólo al arcipreste, sino también al propio sacerdote y al consejo pastoral parroquial en los casos en que el obispo lo considere conveniente.

 

283. [* P *] Suscitar y promover la cooperación pastoral en laicos/as, como exigencia de su bautismo, para que realicen el servicio de atención pastoral, administrativo, litúrgico y de caridad desde sus capacidades y la aceptación de la comunidad, con arreglo a las normas de la Iglesia. Este principio general pide una aplicación urgente allí donde el presbítero no pueda llegar por diversas razones.

3.3.3. El lugar de los movimientos

284. En la Iglesia actual se da una floración de grupos, comunidades, movimientos y asociaciones, que aquí designamos globalmente con el término de "movimientos". Con ello nos referimos a los anteriormente existentes, a las asociaciones de laicos o a movimientos de espiritualidad de más reciente implantación y a los llamados "nuevos movimientos". Cada uno de ellos pretende revitalizar la Iglesia, posibilitar una personalización de la fe, intensificar la vida cristiana, dinamizar la misión evangelizadora, superar la fragmentación individualista y constituir un signo profético para el mundo de hoy. Su existencia y sus objetivos tienen que ver con la fuerza del Espíritu de Dios, que sopla donde quiere y como quiere. Por eso hay que valorar y alentar los movimientos.

 

285. En la realidad concreta de sus actuaciones y en su comportamiento intraeclesial se impone una tarea de discernimiento, con la ayuda de ese mismo Espíritu de Dios. Especialmente en lo relativo a su lugar eclesiológico y a su encuadramiento diocesano, pues con frecuencia tienen también un carácter supradiocesano o supranacional.

 

286. Y la necesidad de discernimiento va en varias direcciones. Afecta a las parroquias, que no pueden encerrarse angustiadas en el mantenimiento de lo rutinario o en la defensa a ultranza del estatuto acostumbrado. Afecta a los propios movimientos, en los que son reales los riesgos de convertir al propio grupo en la referencia eclesial determinante o única, ignorar la colaboración con otros movimientos o grupos eclesiales y funcionar de hecho por encima de la realidad parroquial y diocesana. Y afecta a la misma diócesis que, presidida por el obispo, está llamada a vivir y a fortalecer la comunión eclesial por razones teológicas y por eficacia pastoral. A facilitar la tarea se encaminan las siguientes propuestas:

 

287. El ministerio pastoral diocesano y sus órganos consultivos promoverán en los tres próximos años la revisión y actualización de los fines, tareas y vida de las asociaciones de Apostolado seglar insertas en la diócesis de Burgos, conforme a los criterios de eclesialidad emanados de la Conferencia Episcopal (CLIM 99-100), en orden a la comunión en la misión, promoviendo aquéllas que respondan a las exigencias de la diócesis en este momento histórico y asumiendo las responsabilidades que ello implica (CLIM 104).

 

288. Acoger y valorar, con discernimiento pastoral, el Apostolado seglar asociado que representan los movimientos de Apostolado seglar, para que el compromiso de los laicos en la Nueva Evangelización se desarrolle en la diócesis de forma corresponsable dentro del marco de las parroquias y arciprestazgos y de la pastoral sectorial.

 

289. Facilitar y potenciar la participación de los representantes de los distintos movimientos en la vida parroquial (consejos pastorales y económicos) y en los órganos y delegaciones diocesanas.

 

290. Realizar encuentros y asambleas que permitan la oración, el diálogo, la convivencia y el trabajo en común entre todos los movimientos y grupos, y fomentar el Foro Diocesano de Laicos.

 

291. Revisar y actualizar los planes de formación de todos los movimientos que existen en la diócesis conforme a la Guía Marco de la Comisión Episcopal de Apostolado seglar.

3.3.4. La importancia de los arciprestazgos

292. El arciprestazgo es una institución orientada a facilitar la actividad pastoral común de varias parroquias cercanas entre sí (cf. CDC 374). No suplanta la parroquia, sino que impulsa la acción evangelizadora en comunión y en coordinación. Facilita tareas que, especialmente en el ámbito rural, no puede realizar cada parroquia por sí sola (formación, programación, pastoral de conjunto, fraternidad supraparroquial). En nuestra diócesis, hace dos años se ha reestructurado su número y dimensiones. De cara al presente y al futuro, se trata de impulsar la vida de los arciprestazgos y de promover la labor común de personas y de parroquias. Con este fin se propone:

 

293. Impulsar que el arciprestazgo realice a través de su consejo pastoral la misión de articular la labor comunitaria, para lo cual dispondrá de una programación anual.

 

294. El consejo pastoral del arciprestazgo buscará los medios y organizaciones necesarios para su misión y los dará a conocer a las parroquias.

 

295. Promover que cada parroquia o unidad pastoral, en su arciprestazgo, priorice la intercomunicación en encuentros programados para vivir la solicitud solidaria de la iglesia diocesana.

 

296. Dotar a los arciprestazgos de una infraestructura básica (salones, pequeña biblioteca, mobiliario y otros medios técnicos) para que puedan desarrollar más eficazmente su tarea.

3.3.5. El papel de los organismos diocesanos

297. Los organismos e instituciones diocesanas son medios necesarios en una diócesis para cumplir con la tarea de anunciar eficazmente el Evangelio. Quedarían vacíos de contenido si no estuvieran movidos por un auténtico espíritu de servicio a la misión evangelizadora. Para ello, conviene fomentar la realización de este servicio como un trabajo en equipo, renovando y adecuando los distintos organismos e instituciones diocesanas a cada momento histórico y eclesial. Esto lo acaba de hacer el Papa Juan Pablo II con la Curia de la diócesis de Roma a instancias del Sínodo Romano (cf. Ecclesia in Urbe, 1-1-1998). Y esto también pretende la celebración de este Sínodo diocesano, en el que todo el Pueblo de Dios presta su ayuda al obispo para bien de la comunidad diocesana entera (cf. CDC 460). Proponemos para ello:

 

298. Que la vicaría de Pastoral se constituya como un equipo dinamizador de toda la pastoral diocesana, incluyendo la participación de laicos/as.

 

299. El consejo Pastoral diocesano está integrado por representantes de toda la diócesis (laicos, religiosos, sacerdotes). Elabora y revisa cada curso el Plan Pastoral Diocesano y tiene la misión de estudiar y valorar las actividades pastorales diocesanas (cf. CDC 511). Entre los principales retos que tiene ante sí destacan: representar realmente las inquietudes de las diversas comunidades, acertar en sus diagnósticos y propuestas y ser eficaz en las decisiones acordadas. Además, corresponden al consejo Pastoral diocesano la aplicación, seguimiento y potenciación de las Constituciones Sinodales. A estos fines se encamina lo que a continuación proponemos:

 

300. [* P *] Hacer del consejo Pastoral diocesano un organismo más dinámico y representativo, que elabore, siga y revise el Plan Pastoral Diocesano con la colaboración de las diversas comunidades y se lo envíe para que sirva como referencia a sus programaciones. Que se reúna con mayor frecuencia.

 

301. Los planes pastorales diocesanos, así como todas las directrices que tome la diócesis, deben ser vinculantes para toda la iglesia de Burgos (arciprestazgos, parroquias, movimientos, asociaciones...).

 

302. Que se incluya dentro de la programación diocesana la realización periódica de asambleas parroquiales (al menos dos por curso), una para programación y otra para revisión.

 

303. Desde su reunión constituyente, el consejo Pastoral diocesano fijará la celebración de una asamblea diocesana en un plazo prudencial (unos tres años) a fin de evaluar la recepción de este Sínodo diocesano y continuar su desarrollo.

 

304. Para hacer que todos los consejos pastorales -el parroquial, el arciprestal y el diocesano- sean eficaces, es necesario que sean representativos de los diversos carismas, movimientos y sectores que existen en su ámbito, y que sean decisorios en los asuntos objeto de sus competencias.

 

305. Las delegaciones sectoriales son organismos que deben marcar las líneas diocesanas, coordinar lo que se hace e impulsar y animar personas (jóvenes, ancianos, obreros, estudiantes...) o actividades determinadas (catequesis, liturgia, enseñanza, arte...). Delegaciones y parroquias no deben ser algo paralelo, sino estar mutuamente implicadas. No tienen que ignorar, sino al contrario, deben tener muy en cuenta en sus objetivos, programas y actividades la realidad del mundo rural. Es el sentido de las siguientes propuestas:

 

306. Renovar y potenciar las delegaciones desde un análisis crítico de su trabajo y competencias, de cara a que todas y cada una presenten anualmente una programación concreta y evaluable, en sintonía con el Plan Pastoral Diocesano y con atención específica al mundo rural.

 

307. Que cada una de las delegaciones sea un equipo en el que estén representados los distintos arciprestazgos. A su vez, en ellos, formar una comisión con representantes parroquiales para la información y animación de los programas de cada delegación.

 

308. Organizar las delegaciones de pastoral existentes en torno a las cuatro dimensiones de la Iglesia (evangelización, compromiso, comunidad y celebración), de cara a una mejor recepción de las conclusiones del Sínodo.

 

309. Promocionar la Pastoral de Mayores en la diócesis, revitalizar la Coordinadora Diocesana de Jubilados y Mayores y potenciar los movimientos apostólicos en esta línea.

 

3.3.6. La perspectiva de la misión

310. Si todo cristiano es un apóstol y, en cuanto tal, "enviado", y si esto vale también para la diócesis en su conjunto, entonces se impone mirar hacia adelante y afrontar el futuro. Con valentía, creatividad, confianza, imaginación, apertura. Convencidos de que uno es el que siembra y otro el que recoge. Alentados y sostenidos por la promesa de futuro que es Dios mismo. El tiempo de la Iglesia es sin duda el tiempo del Espíritu Santo, que transciende los límites geográficos y vincula con su iglesia madre, la diócesis de Burgos, a tantas hijas e hijos suyos diseminados en otras iglesias particulares de España y en otros continentes. Pensando en todos ellos, hacemos la siguiente propuesta:

311. Cuidar el Día del Misionero Burgalés para potenciar la animación misionera de la diócesis.

 
             

  

Sínodo diocesano de Burgos