Sínodo diocesano de Burgos

   

 

4. Celebramos el misterio de nuestra fe


312. La iglesia concreta, en la pluralidad de sus miembros y de sus funciones, recibe su vida del Dios que permanentemente la convoca. La liturgia y la celebración de la fe es la prolongación en el tiempo del misterio de Dios que se revela. Esta celebración mantiene la comunión de sus miembros y alimenta su compromiso y su acción evangelizadora.

 

313. Cualquier acontecimiento, singular o extraordinario, relacionado con la vida del hombre, encuentra eco en su corazón y necesita celebrarlo, destacarlo, reseñarlo como parte de su vida, compartirlo con los demás. Para el cristiano, esto mismo adquiere otra dimensión: sabe que desde el comienzo hasta la consumación de los tiempos, toda la obra del Señor es bendición; descubre la huella, la presencia y la acción de Dios en la naturaleza, en la vida y en la muerte, al llegar a la juventud y en el atardecer de la jubilación, en la tarea por la justicia y en las víctimas de un mundo insolidario, en los signos sacramentales, en la comunidad...

A continuación se intenta "recrear" esta presencia salvadora de Dios en las celebraciones litúrgicas, con objeto de dialogar, reflexionar y dar respuesta a un anhelo manifiesto: vivir unas celebraciones más sinceras, comprometidas y participativas que nos ayuden a adherirnos así a Dios, compañero de camino y presente en los sacramentos y en la oración cristiana.

 

4.1. Dios se hace cercano

314. Comunicarse significa hacer partícipe a otro de nuestra propia interioridad. Para ello, ha sido necesario previamente sentirle cercano. Comunicarse con Dios significa también dirigirse al Otro para abrir el corazón a quien habita en nuestro interior y que, desde el comienzo de la Historia de la Salvación, ha apostado por el hombre y se adelanta haciéndose cercano y amigo.

 

4.1.1. El diálogo entre Dios y el hombre

315. Como un buen maestro que va iniciando al niño, paso a paso, en el camino de la sabiduría y de la vida, Dios se ha ido manifestando progresivamente al hombre desde los orígenes: lo ha creado "a su imagen y semejanza" (Gn 1,26); pacta una alianza con Noé: "Pongo mi arco en las nubes y servirá de alianza entre mí y la tierra" (Gn 9,13) y encuentra en Abrahám y su descendencia una respuesta fiel. Cuando Israel se constituye como pueblo, Dios se revela a Moisés -"Yo soy el que soy" (Ex 3,14)- y establece con él una nueva alianza, que se prolonga en la historia de Israel. Los profetas se constituyen en conciencia del pueblo y recordatorio de la fidelidad a Dios. Ellos son, además, los anunciadores de la última y definitiva promesa: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, reposará sobre él el Espíritu de Yahvé" (Is 11,1-2).

Jesús, el Signo de Dios, es la culminación del diálogo entre Dios y el hombre, pues toda su vida es expresión de una relación íntima con Dios: anuncia con sus palabras el Reino y hace realidad con sus gestos y con su persona el amor de Dios. Pentecostés marca el punto de partida para la Iglesia, continuadora e intermediaria de la manifestación de Dios (cf. SC 6); desde este momento, la Iglesia se reúne en el nombre de Jesús y hace presente al mismo Dios y su misterio de salvación. La expresión por excelencia de este diálogo será la celebración litúrgica en comunidad.

 

4.1.2. La celebración, don de Dios y tarea del hombre

316. La celebración litúrgica, "acción de Cristo y de su Iglesia" (SC 7), adquiere su sentido pleno cuando es expresión de ese viaje de ida y vuelta entre Dios y el hombre, cuando celebramos no sólo el antes (recuerdo de un encuentro en la historia de la salvación), sino también el durante (nuestro encuentro con él aquí y ahora) y el después (el encuentro cotidiano en los caminos de la vida). Como consecuencia de esta afirmación, surgen los siguientes principios fundamentales en torno a la celebración litúrgica:

317. * Celebración litúrgica y vida ordinaria van unidas y no se pueden separar. En la liturgia celebramos un gran acontecimiento: se hace presente y se ofrece la salvación. Por eso la liturgia es don de Dios -tiene un poder santificador que transciende nuestra historia- y tarea del hombre -supone un reconocimiento del amor de Dios y un compromiso en la historia concreta-. Una fe coherentemente celebrada se prolonga en la vida, y los acontecimientos cotidianos se recogen para celebrarlos y presentárselos a Dios.

 

318. Nuestras celebraciones litúrgicas deberán recoger la vida de la comunidad concreta, de la iglesia diocesana y universal y del mundo entero, como expresión de la fe y presencia salvadora de Jesucristo, siendo llamada a un compromiso con la realidad en que se vive.

 

319. La celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas está regulada por el Calendario General de la Iglesia; en él ha de estar el calendario de cada iglesia particular. No habiéndose actualizado el de la diócesis de Burgos, se propone su revisión y su posterior aprobación por la Santa Sede.

 

320. * Tiene más sentido celebrar en comunidad. "Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad" (SC 26): los cristianos nos reunimos en el nombre del Señor, no a título individual. Resulta lógica la denuncia de celebraciones al margen de la comunidad, bien sea de grupos particulares o por el interés de personas individuales que buscan celebrar su sacramento de un modo privado, particular y aislado. Las celebraciones sin limitación de tiempo y con participación espontánea de pequeñas comunidades y grupos estarán siempre abiertas a todos. Este principio establecido nos exige

 

321. Educar en el sentido y en el valor comunitario que tienen las celebraciones litúrgicas, por ser celebración de la Iglesia que vive su fe dentro de la historia concreta. Por ello se recomienda que sean comunitarias y abiertas a todo el Pueblo de Dios.

 

322. * Para celebrar convenientemente se requiere formación litúrgica. La formación litúrgica es indispensable para que nuestra "participación en las celebraciones sea plena, consciente y activa" (SC 14). La fidelidad y renovación necesarias exigen una preparación adecuada de sacerdotes, seminaristas y seglares. Dicha preparación ha de ser sobre temas concretos para todos los fieles, aunque en algún aspecto puede ser especial para las personas que tienen una tarea encomendada en las celebraciones (ministerios). Más en concreto, urge una ‘alfabetización litúrgica’, para que nuestras celebraciones no sean en un idioma ininteligible, como paso previo a una iniciación y formación del sentido y simbolismo de lo que se celebra. Para alcanzar ese objetivo deberemos

 

323. Realizar desde las parroquias y arciprestazgos, asistidos por la delegación de Liturgia, cursos y charlas para actualizar y renovar la liturgia teniendo en cuenta las orientaciones de la Iglesia. Pueden versar sobre lenguaje, gestos y símbolos litúrgicos, el canto, actitudes, silencios, año litúrgico...

 

324. La delegación de Liturgia se coordinará con la de Catequesis para procurar una formación litúrgica en los catequistas, y preparará materiales sobre los aspectos relacionados con la celebración de la fe.

 

325. * Gratuidad frente a consumo. La liturgia es don de Dios, regalo, total gratuidad. Él se nos da y nos deja en libertad para aceptarle o rechazarle, pero no nos cobra nada: "gratis lo habéis recibido, dadlo gratis" (Mt 10,8). No debemos convertir las celebraciones cristianas en un autoabastecimiento de las cosas divinas que consideramos necesarias para tener nuestra conciencia tranquila, y además pagando. Sería empobrecer la grandeza del don de Dios. Es preciso desterrar todo lo que suene a "consumismo" en nuestras celebraciones. De este principio también se desprende la necesidad de separar el necesario mantenimiento económico de la Iglesia, comunidad de creyentes, de la recepción y celebración de sacramentos. Pedimos, como signo,

 

326. Concienciar a los creyentes del mantenimiento económico de la Iglesia fomentando los cauces que permitan financiarla. De cara al futuro se estudiará la posibilidad de ir suprimiendo los aranceles y modificando la normativa en torno a estipendios para que aparezca con claridad el sentido gratuito y comunitario de los sacramentos y de toda celebración litúrgica, teniendo en cuenta que ello es competencia de los Obispos de la Provincia eclesiástica.

4.1.3. Equipos de liturgia y ministerios

327. San Pablo nos recuerda en la "parábola del cuerpo humano" (cf. 1 Cor 12,12ss) la diversidad de carismas dentro de la comunidad, en la que cada cristiano está llamado a desarrollar su papel específico en coordinación con los demás. La misma Iglesia desea ardientemente que los fieles participen plena, consciente y activamente en las celebraciones litúrgicas (cf. CEC 1141). Por este motivo los equipos de liturgia, expresión de una responsabilidad compartida, son una petición hecha a voces por los cristianos de Burgos para preparar y animar las diferentes celebraciones.

 

328. Promover y fomentar desde la delegación de Liturgia la creación de equipos de liturgia a nivel parroquial y arciprestal, creando los cauces suficientes para garantizar una formación adecuada e integral, que comprenda no sólo lo doctrinal, sino también el uso de los medios apropiados para hacer unas celebraciones más vivas y participadas, dando entrada a los diferentes grupos y movimientos.

 

329. Preparar por parte de estos equipos de liturgia celebraciones variadas y adaptadas a las necesidades y circunstancias de la comunidad celebrante, según edad, vinculación y participación de los fieles en la vida de la Iglesia.

 

330. Desarrollar la corresponsabilidad litúrgica a través de los diversos ministerios, tendiendo a que sean ministerios estables y reconocidos oficialmente e invitando a la participación de personas con carismas y aptitudes para ejercerlos.

 

331. Cuidar la preparación, acogida y ambientación de las celebraciones, fomentando la creatividad y la participación de toda la comunidad mediante la atención especial al canto, los signos, la catequesis litúrgica, los medios audiovisuales, hojas, etc.

 

332. Crear en las parroquias un equipo pastoral de acogida y acompañamiento de las personas que se acercan a recibir los sacramentos. Este equipo no debe actuar en nombre propio sino junto al sacerdote y al servicio de la acción evangelizadora de la comunidad y para la comunidad.

4.2. La iniciación cristiana

4.2.1. Sentido teológico y problemática pastoral

333. Qué entendemos por iniciación cristiana. La iniciación cristiana se refiere a las etapas indispensables para entrar en la comunidad eclesial, para ser un cristiano adulto. Porque, del mismo modo que en el plano humano no se hace uno persona madura nada más nacer, sino que necesita tiempo, alimento, formación... así también, en el plano de la fe, uno no lo recibe todo con el bautismo, sino que necesita la confirmación y la Eucaristía para completar su iniciación (cf. RICA, praen. 1_2; CEC 1212). Dada su transcendencia para la vida eclesial de nuestra diócesis el Sínodo determina que la iniciación cristiana sea una línea de acción prioritaria para los próximos años. Por esta importancia se ha de

 

334. Nombrar una comisión especial que estudie la manera de coordinar y proponer proyectos de iniciación en línea catecumenal adaptados a las edades y a las situaciones pastorales de las personas y que a corto plazo ofrezca materiales catequéticos (catequesis juveniles, de adultos, de ancianos...).

 

335. Problemática pastoral en torno a estos tres sacramentos. El bautismo, la confirmación y la Eucaristía son un verdadero "don de Dios" para quienes los reciben. Pero existen ciertas deficiencias a la hora de celebrarlos.

a) En primer lugar, a veces, se observan lagunas en los destinatarios: niños, jóvenes, padres, padrinos... Por ejemplo se nota falta de fe, interés y preparación. Se piden los sacramentos por costumbre, cumplimiento, motivos sociales...; se consideran como actos que se hacen por pertenecer a la Iglesia Católica, o como ceremonias impuestas por costumbres sociales y circunstanciales que no obligan a mucho.

 

336. b) Falta de catequistas. Los catequistas no son suficientes y algunos no están bien preparados: sería necesario pedirles, en todos los niveles -especialmente en confirmación-, una mayor formación, experiencia de fe y coherencia de vida. Por otra parte, vemos que las familias, en muchos casos, apenas colaboran. No hay relación ni continuidad entre lo que se expone en la catequesis y lo que practican o enseñan algunos padres. Resulta por ello urgente

 

337. [* P *] Implicar, animar y preparar a padres y padrinos en los procesos catequéticos de los hijos, cuando se trata de los sacramentos de la iniciación cristiana, fomentando en ellos un sentido comunitario y responsable, mediante planes de formación, reuniones y catequesis y concienciando a las familias como primeras educadoras en la fe de sus hijos y como el lugar más idóneo de preparación para la recepción de los sacramentos. En esos procesos, ténganse en cuenta las distintas situaciones con relación a la fe y los casos de irregularidad matrimonial.

 

338. Que los cursos específicos de catequesis para los sacramentos de iniciación cristiana, especialmente la primera comunión y la confirmación, se impartan dentro de un proceso catequético progresivo, donde el niño o el joven vaya creciendo en su fe y sea él mismo el que, según su preparación, pida la recepción de esos sacramentos, siempre con el asesoramiento y beneplácito de sus padres, catequistas, sacerdotes y comunidad cristiana.

 

339. c) Nuestras celebraciones litúrgicas dejan mucho que desear. Todos tenemos que mejorar nuestra formación litúrgica para evitar la contradicción entre lo celebrado y lo vivido y para asumir el compromiso que pide cada sacramento. Para superar esta situación se deberá

 

340. [* P *] Mejorar las celebraciones, realizándolas con respeto, sencillez y dignidad, fomentando el sentido religioso y comunitario y purificándolas de ritos vacíos, para que no se reduzcan a acontecimientos meramente sociales, costumbres o encuentros familiares viciados por el consumo y las apariencias.

 

341. d) Los sacramentos son considerados como actos individuales o familiares. A veces, más que celebraciones "comunitarias" suelen ser celebraciones "colectivas". Incluso muchos padres prefieren el sacramento privado, bien por no sentirse insertos en la comunidad parroquial o bien por motivos sentimentales o individualistas u otros. Para ayudar a corregirlo se propone:

 

342. Realizar la preparación y celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana en la propia parroquia o en aquella parroquia en la que ordinariamente celebra la Eucaristía dominical, pues requieren una comunidad estable donde se vaya madurando y afianzando la fe. Para ello, informar a toda la comunidad de aquellas personas que van a recibir los sacramentos de iniciación y también del matrimonio.

 

343. e) Conveniencia de directorios pastorales de los sacramentos de iniciación. Los sacramentos de iniciación, en especial, necesitan unas líneas directrices o directorios que sirvan para llevar a cabo una pastoral más uniforme. Ahora bien, es necesario que todos acojan, conozcan y pongan en práctica tales normas. Por tanto habrá que

 

344. [* P *] Confeccionar directorios de todos los sacramentos, en dos años, para tener en la diócesis unos criterios de pastoral sacramental claros, definidos, actualizados y que sean vinculantes.

4.2.2. El bautismo

345. El don del bautismo. El bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y quedamos injertados a su misterio pascual, somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf. CEC 1213).

Algunas pautas en torno a la pastoral del bautismo. No cabe duda de que se está procurando una pastoral bautismal más seria y más acorde con los deseos y la mente de la Iglesia. No obstante hay cosas que convendría revisar y mejorar. En la preparación: Que haya en las parroquias algunos días señalados para catequesis bautismales preparatorias dirigidas a padres y padrinos, exponiendo convenientemente lo que es y lo que exige el bautismo. Que se clarifique el sentido que tienen los padrinos en el bautismo, mediante los cauces más convenientes y profundizando en su significado, eliminando de este modo el carácter meramente protocolario. Incluso que se imparta una catequesis para padres y padrinos antes del nacimiento del niño, para que, cuando llegue el momento, pidan el bautismo con prontitud y responsabilidad. En la celebración: Preparar y celebrar el bautismo como una verdadera fiesta para la persona y la familia del bautizado y para toda la comunidad, haciendo que padres y padrinos participen activamente en la celebración y que la comunidad cristiana se implique. Después de la celebración: Con la familia del recién bautizado habrá que seguir una pastoral de cercanía y profundización, evitando que todo termine en la celebración bautismal. Por eso se propone:

 

346. Como norma, el sacramento del bautismo se celebrará en el ámbito de la Eucaristía dominical. La celebración fuera de la Eucaristía se considerará como caso excepcional por razones pastorales serias.

 

347. Tener unas orientaciones claras cuando los padres no tienen o no viven la fe, están en una situación irregular en el matrimonio y piden el bautismo para sus hijos. Estas orientaciones respetarán la dignidad de las personas y no supondrán ninguna condena ni exclusión por su situación concreta. En estos casos serán los padrinos, con la garantía que les compete, quienes presenten y avalen a los niños para ser bautizados. Los padres manifestarán su conformidad en que su hijo sea bautizado.

4.2.3. La confirmación

348. La confirmación ha de significar un avance en el proceso de la iniciación cristiana pues podemos compararla con el crecimiento o la mayoría de edad en la fe. "Puesto que bautismo, confirmación y Eucaristía forman una unidad, de ahí se sigue que ‘los fieles tienen la obligación de recibir este sacramento en tiempo oportuno’ (CDC, can. 890), porque sin la confirmación y la Eucaristía, el sacramento del bautismo es ciertamente válido y eficaz, pero la iniciación cristiana queda incompleta" (CEC 1306). La confirmación perfecciona la gracia del bautismo; es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más firme nuestra unión con la Iglesia, asociarnos aún más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra y por las obras (cf. CEC 1316).

Cuestiones pastorales. No cabe duda de que se está trabajando mucho en la pastoral del sacramento de la confirmación. Generalmente los confirmandos reciben catequesis durante dos o tres años; asimismo se prepara con esmero la liturgia del sacramento. Pero quedan también por resolver algunas cuestiones: En la preparación: Hay que informar a los confirmandos -y también a sus padres, padrinos y comunidad cristiana- sobre la naturaleza y exigencias del sacramento que van a recibir; también habrá que revisar si la edad en que se confirman es la más idónea, estudiar si la pastoral con confirmandos es una pastoral de "estrategia" (tener un motivo para atraer a esos adolescentes a la fe y poder evangelizarlos), o realmente una respuesta al proceso de maduración en la fe iniciado en el bautismo (cf. CEC 1309). En la celebración: Las celebraciones ordinariamente suelen prepararse bien, pero hay que cuidar que la participación de los confirmandos, de sus padres y de la comunidad no sea más apariencia que realidad. Después de la celebración: La experiencia manifiesta que, una vez celebrado el sacramento, permanecen muy pocos confirmados en la catequesis y en la pastoral juvenil. Hay que preguntarse: por qué este abandono y "desbandada" de los jóvenes después de recibir el sacramento. ¿Existen cauces para que los jóvenes confirmados se integren y se realicen cumpliendo con los compromisos adquiridos? Los grupos sinodales en una gran mayoría han pedido:

 

349. Ordenar la pastoral de la confirmación dentro de un proceso catequético, personalizado y continuado, vivido dentro de la comunidad, en el que se tenga en cuenta la preparación, grado de madurez, edad, decisión del confirmando y participación en las celebraciones, procurando su posterior incorporación a la comunidad cristiana, sobre todo a través de asociaciones y movimientos juveniles apostólicos, para lo cual créese una comisión que estudie a fondo estas cuestiones y que elabore un programa común para toda la diócesis.

 

350. Que se sitúe la celebración del sacramento de la confirmación dentro del proyecto diocesano de Pastoral Juvenil, al finalizar la etapa de los G.P.A. (Grupos Parroquiales de Adolescentes) y antes de los G.P.J. (Grupos Parroquiales de Jóvenes), alrededor de los 18 años.

4.2.4. La Eucaristía

351. * La Eucaristía, culmen de la iniciación cristiana "La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor" (CEC 1322).

* La Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia. La Eucaristía es "el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, universal y local, y para todos los fieles individualmente... De modo que todas las demás acciones sagradas y cualesquiera obras de la vida cristiana se relacionan con ella, proceden de ella y a ella se ordenan" (OGMR 1). Es fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia; es como el corazón para la Iglesia y para cada cristiano. "En la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia" (PO 5,2).

* Necesidad de una participación auténtica en la Eucaristía. "La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios..." (SC 48; cf. 14; 19). Para lograrlo se propone

 

352. Hacer una campaña de formación, coordinada por la delegación de Liturgia, sobre el significado de la misa (en su conjunto y de cada una de sus partes) y la participación en ella. Los días festivos ayudar a esta tarea con introducciones oportunas en los momentos adecuados de la celebración.

 

353. Preparar exhaustivamente los tiempos litúrgicos por parte de los sacerdotes y de los equipos litúrgicos para hacer que las celebraciones de la Eucaristía sean más vivas, comprendidas y participadas.

 

354. * La Eucaristía bien participada produce sus frutos:

a) La Eucaristía es vínculo de unidad (cf. CEC 1325).

b) La Eucaristía nos separa y preserva del pecado (cf. CEC 1393 y 1395).

b) La Eucaristía nos lleva a amar al hermano. No se puede separar el sacramento del altar del compromiso en favor de los pobres (cf. CEC 1397), porque para recibir en verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregado por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf. Mt 25,40).

d) Valorar "la mesa de la palabra y del Cuerpo de Cristo" (DV 21). Todo el tiempo que dura la celebración es muy importante, pero sobre todo destacamos dos partes centrales: la "liturgia de la Palabra", desde las lecturas, homilía, hasta las preces y la "liturgia de la Eucaristía", desde las ofrendas hasta la comunión, pasando por la consagración (cf. CEC 1408). Cristo se nos hace presente y se nos da como alimento (cf. CEC 103).

e) Sacramento para ser adorado. La Eucaristía no termina en el momento de la celebración, sino que Cristo permanece presente en las especies eucarísticas para ser alimento y compañero (viático) en nuestro peregrinar, y también para ser adorado. Existen diversas formas de devoción eucarística: plegarias personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones, bendiciones y procesiones eucarísticas, Congresos eucarísticos, Adoración Nocturna...

 

355. Preparar convenientemente las homilías entre sacerdotes, religiosos y seglares: que sean claras, concisas, que estén en relación con las lecturas bíblicas, adaptadas a los creyentes y orientadas al compromiso cristiano.

 

356. Revitalizar el culto a la Eucaristía fuera de la misa y la exposición del Santísimo Sacramento en las parroquias y comunidades.

 

357. * Algunas cuestiones pastorales acerca de la primera comunión. Al tratar de la Eucaristía hay que hacer referencia expresa al tema de las primeras comuniones. En la preparación: Se ve el esfuerzo que se hace en las parroquias y colegios en orden a preparar a los niños y a los padres a este acontecimiento. Pero se habrá de procurar que la catequesis que se imparte entre dentro de un proceso catequético y no sea más bien esporádica y de circunstancias, implicando a los padres y a la comunidad cristiana. En la celebración: Que no se quede todo en una celebración vistosa, extraordinaria y sentimental, donde lo que impera son los regalos, la comida y la fiesta social. Después de la celebración: Que la primera comunión incida en la vida de los niños y de sus familias y que los niños sigan asistiendo a la catequesis posterior, insertándose en sus parroquias respectivas. La práctica pastoral deberá

 

358. Trabajar para que la primera comunión sea celebración comunitaria de un sacramento, donde padres, familiares, catequistas y comunidad ayuden a comprender y vivir el verdadero sentido de este encuentro especial con Cristo, evitando, mediante normas concretas y comunes, establecidas y aplicadas diocesanamente, toda clase de despilfarro y boato social.

 

359. Concienciar a los padres, familiares, y a toda la comunidad cristiana:

1.- de que la catequesis no es sólo un paso previo a la primera Eucaristía, sino un proceso continuo de educación en la fe;

2.- mentalizar a los padres y a los niños para que usen un sencillo traje de calle en la primera Eucaristía;

3.- concienciar a los padres y niños para que siempre, y especialmente ese día, compartan con los más necesitados;

4.- se organizarán celebraciones sencillas, evitando todo tipo de espectáculo.

4.3. Los sacramentos de curación

360. Hay otros sacramentos llamados de "curación", porque tienen como fin sanar o aliviar al cristiano pecador o enfermo: son la penitencia y la unción de enfermos.

 

4.3.1. La penitencia o reconciliación

361. * Cristo, redentor de todo hombre. Todos los bautizados vemos que no siempre somos fieles a nuestros compromisos bautismales, sino que "enfermamos" y nos debilitamos en la vida cristiana: "Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Él que es fiel y justo nos perdonará los pecados" (1 Jn 1,8; cf. también CEC 1420).El Evangelio nos presenta a Jesús encontrándose con los pecadores y con los enfermos. Sus gestos y sus palabras revelan la bondad y misericordia de Dios y dan el perdón y la paz.

* Sacramento del perdón y la misericordia. La penitencia es el encuentro de la misericordia de Dios con la miseria humana. Es como un segundo bautismo que vuelve a situarnos en el momento inicial, nos devuelve la alegría de ser hijos del Padre, perdida por el pecado que es la rebeldía del hombre contra el plan amoroso de Dios (cf. CEC 1422-1424).

* Sacramento de la reconciliación. La penitencia: nos reconcilia con Dios, restituyéndonos la gracia perdida y uniéndonos a él con profunda amistad; nos reconcilia con la Iglesia, a la que hemos ofendido, reparando o restaurando la comunión fraterna quebrantada por nuestros pecados; nos reconcilia con nosotros mismos: devolviéndonos la paz, el gozo, la serenidad, el amor. Nos renueva interiormente. Somos otros. (Cf. Rit. Pen. 31; CEC 1440; 1469).

 

362. * Propuestas pastorales. Cuando se hagan celebraciones comunitarias, tratar de que estén bien preparadas, subrayando el aspecto liberador del sacramento, el encuentro con Dios Padre y con la comunidad, el sentirnos todos pecadores y todos también amados y perdonados por Dios, explicando bien la necesidad de la confesión personal y de la absolución individual, salvo casos especiales de gravedad y urgencia (cf. CEC 1482). Habrá que conocer bien el espíritu y las posibilidades que ofrece el Ritual de la penitencia poniendo el acento en la reconciliación e ir modificando el sistema de penitencias. De modo especial recomendamos

 

363. Que todos los agentes de pastoral, a través de la catequesis y del apostolado personal, y los sacerdotes, -también a través de la predicación, la dirección espiritual y la dedicación generosa al ministerio de la reconciliación-, fomenten la práctica de la confesión frecuente como medio especialmente eficaz para la purificación interior y el desarrollo de la vida sobrenatural.

 

364. Dar catequesis sobre la naturaleza y los frutos del sacramento de la penitencia, el pecado, la conversión y otras actitudes fundamentales para recibir auténticamente este sacramento.

 

365. Impulsar las celebraciones penitenciales comunitarias de modo especial en los tiempos fuertes, procurando prepararlas con toda dedicación y esmero.

 

366. Que las celebraciones de la penitencia no coincidan con la Eucaristía dominical, facilitando lugares y horarios para su celebración, tanto individual como comunitaria.

4.3.2. La unción de los enfermos

367. * Encuentro con Cristo Salvador. Jesús murió y resucitó; se hizo uno de nosotros y camina a nuestro lado para darnos su amor y su fortaleza, especialmente en los momentos más difíciles de la vida. La Iglesia, desde los primeros tiempos, siguiendo al Maestro, ha tenido presente que el hombre, al enfermar gravemente, necesita de una especial gracia de Dios para que su ánimo no desfallezca y su fe no se debilite. Y ha celebrado este sacramento atendiendo a la dimensión integral del hombre (cf. CEC 1510).

* Otorga el consuelo, la paz y la curación del alma y del cuerpo. "La gracia primera de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cf. Hb 2, 15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además, si hubiera cometido pecados, le serán perdonados" (CEC 1520).

* Propuestas pastorales. Este Sacramento no es suficientemente conocido ni valorado por muchos cristianos. Por diversos motivos históricos se ha asociado con "extrema unción", es decir, con un rito previo a la muerte y no se ha celebrado suficientemente su vinculación con Cristo médico y salvador. Es preciso despertar y avivar el sentido cristiano de la enfermedad, la vejez, la vida y la muerte, a la vez que valorar este sacramento como don para momentos tan importantes. Y sobre todo

 

368. Formar y apoyar los equipos de atención a los enfermos y que estos equipos ofrezcan compañía, oración, comunión y hagan seguimiento de la situación de los enfermos.

 

369. Favorecer que los enfermos de cualquier parroquia o comunidad cristiana puedan recibir la Sagrada comunión el domingo, como Día del Señor, mediante la colaboración, si es preciso, de ministros extraordinarios de la Comunión.

 

370. Fomentar la celebración parroquial del "Día del enfermo" y donde sea posible fomentar las celebraciones comunitarias del sacramento de la unción de enfermos con la debida catequesis parroquial y personal.

 

371. Que la delegación de Pastoral de la Salud indique y sugiera la forma de atender mejor a los enfermos hospitalizados, buscando una mayor coordinación con las parroquias y con los equipos de atención al enfermo.

 

372. Muerte cristiana, funerales y exequias. La Iglesia, que ha acompañado al creyente a lo largo de su vida, lo hace de modo particular en los últimos días de cada persona, para vivirlos de un modo más personal, más digno, acompañando y abriendo a la esperanza. Los funerales en la Iglesia suelen ser, en nuestra tierra burgalesa, el único acto social en torno al difunto y a su familia, aunque hay diferencia de clima humano y religioso dependiendo de si se trata de pueblos pequeños o de parroquias urbanas.

No obstante, y en medio de la variedad de personas y su vinculación a la Iglesia y el grado de fe, se realizan una serie de oraciones que no son de angustia ni de desesperación, sino de confianza, esperanza y consuelo. Es preciso cuidar con esmero la liturgia para que sea atrayente y catequética, especialmente para quienes se sienten distantes de la Iglesia y participan en esos ritos: se celebra la muerte del cristiano como acontecimiento de salvación y como inicio de la vida definitiva.

La Iglesia, servidora de los hombres, está impulsada por su fe en Cristo resucitado (cf. CEC 1681); ella misma ha de ser y aparecer como signo de esperanza y ha de invitar al hombre de hoy a mirar, afrontar y vivir la muerte con realismo y con esperanza, desde la cercanía y el respeto, mediante celebraciones dignas y preparadas, con la participación del mayor número de personas. En este sentido sería enriquecedor un estudio, selección y renovación de cantos de exequias que ayudaran a una mayor profundización en la esperanza cristiana. De este modo, los creyentes confían al recuerdo de Dios a quien pronto quizá comenzará a ser olvidado por los hombres. Por ello, proponemos:

373. Cuidar con esmero todo lo relativo a la celebración cristiana de la muerte para manifestar y proclamar la esperanza cristiana en esos momentos y prestar a la familia la atención y ayuda necesarias antes del funeral facilitando un acompañamiento posterior, sobre todo en los días siguientes al entierro, para que la esperanza cristiana no quede en bonitas palabras, sino que sea una realidad al sentir la cercanía de los hermanos.

 

374. Promover al respecto la creación de cementerios municipales, ir clausurando los adosados a los templos y desprendernos de ellos en favor de los municipios respectivos.

4.4. Los sacramentos de servicio

4.4.1. El orden

375. * Los sacerdotes actúan en nombre de Cristo. "El orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado" (CEC 1536). La misión principal del presbítero en la Iglesia es servir en nombre de Cristo buen Pastor:

- A la Palabra de Dios: porque tiene como primer deber la predicación del Evangelio.

- Al culto: ya que es oficio propio de los sacerdotes presidirlo como ministros.

- A la comunión fraterna: procurando promover la fraternidad cristiana entre los fieles y la aceptación del amor de Dios con espíritu de servicio como Jesús, que no vino a ser servido sino a servir (cf. Mt 20,28) (cf. LG 28).

* Hombre de Dios y hermano de sus hermanos. El sacerdote es el "hombre de Dios" (1 Tim 6,11), porque ha sido consagrado a Dios y porque su dedicación primordial es comunicar el amor y la gracia de Dios a sus hermanos: "Todo pontífice escogido de entre los hombres es constituido a favor de los hombres para las cosas que se refieren a Dios" (Hb 5,1). Es también hermano de sus hermanos. Hoy más que nunca es necesaria su cercanía a todos, especialmente a los pobres y necesitados; el sacerdote, de este modo, es testigo de la caridad de Jesús, que no conoce límites, en estrecha comunión con su obispo y los hermanos sacerdotes.

Los presbíteros, con el obispo, forman el Presbiterio Diocesano, especial fraternidad cristiana originada por el sacramento del orden ( PO 7,8; PDV. 17,15). Como fraternidad está suponiendo: igualdad radical que supera y elimina todas las diferencias derivadas del hacer, del cargo, del puesto; reconocimiento y valoración de los diferentes carismas dentro del mismo Presbiterio; unidad que nunca puede ser suplantada por, ni subordinada a otras fraternidades de referencia; corresponsabilidad y colaboración a las que se oponen todas las formas de individualismo, protagonismo, monopolios, privacidades de lo que es común, celos, suspicacias; preocupación activa por los hermanos del Presbiterio, sobre todo por los más necesitados; solidaridad y comunión en los bienes que pertenecen a todo el Presbiterio y que, en ningún caso, pueden considerarse como propios (Cf. CDC. cc. 280-282).

Ha de procurarse formar y concienciar en la pertenencia al Presbiterio y evitar, de forma real, las desigualdades que se oponen a la auténtica fraternidad sacerdotal. Deben potenciarse los organismos e instrumentos de control necesarios que, con verdad en la caridad, salvando la pluralidad, justicia y libertad, hagan efectiva la solidaridad y el compartir: formación, trabajo, bienes, descanso.

* Problemas pastorales y pistas de reflexión. En nuestros días y a pesar del secularismo reinante, la figura del sacerdote y su ministerio están de actualidad, si bien es cierto que entre la miel (alabanza y reconocimiento) y la hiel (críticas y desprecios). Sin embargo la importancia de los sacerdotes y de su misión en la Iglesia y en el mundo es indudable, porque radica en el mismo ser de Cristo Sacerdote.

Habrá aspectos históricos que pueden cambiar y ser revisados, pero lo fundamental es inalterable. Los laicos han de dar a los sacerdotes, para el desarrollo pleno de su misión, una entusiasta colaboración y todo el amor, apoyo y comprensión que sean necesarios. Pero también entre los sacerdotes ha de crecer el sentido de ayuda mutua y disponibilidad, mejorando los sistemas actuales de comunicación de bienes, tiempo, etc. En especial, sería necesario crear cauces que ayuden en el crecimiento de la vida espiritual, afectiva, social e intelectual del sacerdote joven, mediante su incorporación a equipos de trabajo y de vida de otros sacerdotes. A ello contribuirán estas propuestas:

 

376. Trabajar decididamente, a nivel familiar, parroquial y de movimientos en la pastoral vocacional y preocuparnos de los seminaristas y del Seminario.

 

377. Organizar períodos de formación-renovación para sacerdotes como agentes especiales que son de las celebraciones cristianas y de toda la pastoral eclesial, para que redescubran su identidad y responsabilidad.

 

378. Celebrar el sacramento del orden en las parroquias de origen de los que van a ser ordenados o en aquellas donde están trabajando pastoralmente, de modo que las comunidades cristianas tengan más posibilidades de vivir y participar en este sacramento.

4.4.2. El matrimonio

379. El matrimonio, base de la familia, es el camino más común de vivir la fe cristiana. Es el contrato entre los contrayentes que hace que el marido y la mujer sean dos en una sola carne y que Cristo convierte en sacramento por significar la unión suya con la Iglesia (cf. CEC 1660). No obstante, en nuestros tiempos, la institución matrimonial ha sido puesta en discusión, ofreciéndose otras "alternativas" para vivir el amor humano y orientar la vida familiar. Recordar lo fundamental del sacramento nos ayudará a redescubrir su importancia.

* Consagración del amor humano. El amor es una de las realidades humanas más hermosas que hay en este mundo. Vemos la belleza del amor entre los novios, los esposos, los padres e hijos... El matrimonio es el amor de los esposos asumido y santificado por Cristo. El amor de los esposos ha sido creado por Dios y Cristo lo sublima, bendice y hace fecundo (cf. CEC 1604).

* La unión matrimonial, abierta y defensora de la vida. Por su naturaleza misma la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y a la educación de los hijos (cf. GS 48,1; 50,1; EV 42 y 49). Esto exige asumir la necesidad de una paternidad y maternidad responsables que son aquellas que se guían por la razón humana, iluminada por el amor y la fe. Esta responsabilidad no sólo supone engendrar, sino también educar a los hijos, y conlleva no sólo limitar el número sino generosidad cuando es posible el sustento y educación de los hijos. Por otra parte en la familia habría que educar en el valor de la vida en todos sus momentos y condiciones, poniendo atención en la gravedad del aborto y de la eutanasia. Para esto, que la delegación de Familia y Vida fomente la celebración de la Jornada por la vida en todas las las parroquias de la diócesis y que la pastoral familiar promueva acciones educativas.

* La unión matrimonial como comunión total de vida de los esposos. El matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino también para que el amor de los esposos se manifieste, progrese y vaya madurando ordenadamente. Por esto, aunque la descendencia falte, siempre seguirá el matrimonio como intimidad y comunión total de la vida, conservando su valor e indisolubilidad (cf. GS 50,2).

* La familia cristiana, "iglesia doméstica". Del matrimonio nace la familia, considerada, desde la más antigua tradición, como "iglesia doméstica", pues en ella está presente en cierto modo la Iglesia con sus principales realidades y funciones: oración, Palabra de Dios, amor, servicio, etc. (cf. FC 38). La familia cristiana se desarrollará como una comunidad de la Palabra de Dios: los padres serán para los hijos los primeros predicadores de la fe. También se potenciará como una comunidad de culto, sobre todo por la práctica de la oración familiar y el proceso de iniciación cristiana de los hijos. Crecerá como una comunidad de servicio, sirviendo con amor y desinterés al Pueblo de Dios y a la sociedad como ciudadanos responsables de sus deberes y derechos cívicos (cf. FC 60-64). Así la familia y sus miembros se transformarán en testigos y colaboradores en la obra de la salvación.

* Dimensión social de la familia. La familia, especialmente la cristiana, ha de estar abierta a las necesidades sociales de nuestro mundo (paro, droga, enfermedad, contratiempos...) (cf. FC 21; 41). Ha de ser también "escuela de valores", escuela del más puro humanismo, donde el individuo es valorado por sí mismo (cf. FC 21; 33). Lo que se aprende en la familia ordinariamente suele permanecer más que todo lo que se aprende en otras instituciones.

* Cuestiones pastorales y pautas de acción. El entorno social y la cultura de "sólo vale lo práctico" y "todo vale mientras dura" están planteando muchos interrogantes sobre el sentido que pueda tener, en el presente y en el futuro, el sacramento del matrimonio y la familia. Por otra parte, percibimos cada vez más el fenómeno de las separaciones, divorcios, uniones de hecho, menosprecio o desprecio de la institución matrimonial y familiar, descenso de la nupcialidad y natalidad... También bastantes jóvenes se acercan al matrimonio sin una preparación adecuada; cuando se acercan por primera vez a pedir el matrimonio, sería necesario un diálogo sobre lo que supone el matrimonio, sin esperar al cursillo prematrimonial o al expediente posteriores. No existe una pastoral familiar programada en muchas parroquias. Los movimientos y grupos familiares a veces no están abiertos a otros matrimonios y les cuesta trabajar coordinados.

Concretamente en la preparación al matrimonio proponemos:

 

380. [* P *] Recomendar encarecidamente a los novios que piden el sacramento del matrimonio la realización de cursos prematrimoniales que potencien la maduración en la fe y la vida cristiana; estos cursos han de ser actualizados en contenidos y metodología, organizados por la parroquia, el arciprestazgo o la diócesis en colaboración con las delegaciones de Familia y de Liturgia.

 

En la celebración:

 

381. El celebrante preparará la celebración con los novios y hará lo posible para que todos los asistentes a la celebración matrimonial estén atentos y activos.

 

382. Procurar que la celebración del sacramento del matrimonio tenga lugar en la parroquia donde se haya realizado el expediente o en la comunidad parroquial de referencia, evitando que se haga en otros lugares de culto sin ninguna conexión con los contrayentes.

 

Después de la celebración:

 

383. Revitalizar en las parroquias la pastoral familiar y crear o potenciar grupos de matrimonios preparados y con inquietudes que acojan a los novios, a los recién casados y a otros matrimonios con quienes puedan compartir los anhelos y esperanzas matrimoniales.

 

384. Crear o potenciar los organismos diocesanos, arciprestales o parroquiales oportunos para dar respuestas apropiadas y claras respecto a las situaciones irregulares creadas por los divorcios, separaciones, parejas de hecho, matrimonios civiles, nuevos matrimonios, madres y padres solteros...

4.5. El domingo cristiano

385. Los judíos celebran el sábado como su día religioso, sagrado, el "día de Yahvé": es un día reservado para Dios, pues "al séptimo día descansó" (Gn 2,2). Este día era, a su vez, recordatorio del mayor acontecimiento de la historia de este pueblo: la liberación de la esclavitud de Egipto, esto es, la Pascua. Jesús marca sus distancias con respecto al sábado judío, sobre todo porque había caído en una serie de normativas tan extremas y severas que se estaba perdiendo el sentido religioso de este día (cf. Mt 12,9-14). "El Hijo del hombre es señor del sábado" (Mt 2,28). La resurrección, acontecida "el primer día de la semana" (Mc 16,2), va a cambiar las cosas. Este suceso quedó fuertemente grabado entre los primeros cristianos: cada semana, en el "octavo día" se reunían de forma asidua para celebrar la presencia del Señor Resucitado y la "fracción del pan" (Hch 2,42). Se convirtió en el día de los cristianos (cf. SC 106).

 

4.5.1. Riqueza y variedad del domingo

386. Es el día del Señor. La vida cristiana tiene su único fundamento en Cristo, el Señor, el Hijo de Dios, nuestro Salvador, muerto y resucitado. Y es la resurrección de Jesús lo que provoca que los cristianos se reúnan para celebrarlo.

Es el día de la Eucaristía. La forma más plena de renovar nuestra fe en Jesús es la participación en la Eucaristía. Dice el Concilio Vaticano II que "en este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesús de entre los muertos" (SC 106). Es precioso aquel pasaje de Emaús, en el cual se dice que "le reconocieron al partir el pan" (Lc 24,30s). La misa dominical, por tanto, supera el mero cumplimiento de un precepto.

Es el día de la comunidad. La mayoría de las personas sigue pensando que lo que nos diferencia a los cristianos de otras personas es la participación en la misa de los domingos. Así es como el 23,80% de los cristianos de Burgos se sienten más profundamente miembros de la Iglesia. La celebración del domingo es un termómetro más del funcionamiento de nuestra comunidad parroquial. Actualmente el excesivo número de misas en las ciudades, la falta de sentido comunitario y la práctica de algunos grupos de cristianos que celebran la Eucaristía de un modo aislado de la comunidad parroquial, pueden dificultar una comprensión adecuada del día de la comunidad.

Es el día del descanso. La mayor parte de las actividades culturales, sociales, deportivas e incluso religiosas, se concentran en el sábado y en las mañanas del domingo. Incluso en nuestro vocabulario hablamos de "fin de semana" o de "puentes" para indicar el descanso o actividad extralaboral, sin acordarnos para nada del domingo como día de sosiego y paz. En la base del descanso dominical existen razones muy profundas en las que se une la necesidad humana de fiesta en el marco de la experiencia religiosa. Para adorar a Dios es necesario reconocer la bondad y belleza de la creación, recomponer la armonía del hombre, muchas veces rota por el estrés y el cansancio de la vida ordinaria, y cultivar la vida familiar, social y cultural (cf. CDC can. 1247). Se traduce en un mayor tiempo dedicado a la conversación o tertulia, en una mesa más cuidada, en unos vestidos más distinguidos...

Es el día de la caridad. El domingo es el día más adecuado para ejercer la caridad (cf. CEC 2186). De hecho, en este día se realizan diversas formas de ejercer el voluntariado (visitas a enfermos, presencia en la cárcel, actividades con ancianos o niños...). En la celebración de la Eucaristía de los domingos es cuando se suele aprovechar para la realización de campañas eclesiales y sus respectivas colectas (Campaña contra el Hambre, Domund...). Dada la importancia de la celebración del domingo, se deberá

 

387. Realizar una campaña diocesana de mentalización sobre lo que es y significa el domingo para los cristianos.

4.5.2. Celebraciones dominicales en ausencia del sacerdote

388. En nuestra geografía rural burgalesa existen varias parroquias que no celebran la Eucaristía todos los domingos. La despoblación de numerosos núcleos rurales, unida a la dispersión de los mismos y a la abundancia de pueblos a atender por un solo sacerdote, es una gran dificultad para que la comunidad de un determinado lugar se reúna. El 31,45% de las respuestas al sondeo apuntaba a una reducción del número de misas en las parroquias grandes para celebrar en las pequeñas, teniendo en cuenta el gran número de parroquias rurales y la escasez de sacerdotes. En otros lugares es ya un hecho la agrupación de varias parroquias en otra más céntrica para celebrar la Eucaristía, si bien la presencia y cercanía de la Iglesia no puede reducirse a los "servicios religiosos". Además de estas "soluciones", y por muy perdidos que se encuentren algunos cristianos en la sierra, los valles o los páramos, hay otra modalidad llamada "celebración dominical en ausencia de sacerdote", regulada en el Directorio para las celebraciones en ausencia del presbítero de la Sagrada Congregación del Culto Divino (2 de junio de 1988).

Existen en la diócesis muchos cristianos que, con la debida actualización y supervisión, pueden compartir el Pan de la Palabra a través de las lecturas, de la homilía y de la oración universal, y el Pan de la Eucaristía distribuyendo la Comunión entre los asistentes. Es más, sería preciso suscitar y mimar a personas que hicieran esta misma tarea en su comunidad cristiana y coordinadas con los sacerdotes. Otra solución es que se promueva la colaboración de los sacerdotes menos ocupados, de los religiosos y de los diáconos, si los hubiera. Para facilitarlo se pide

 

389. Mentalizar a los cristianos y crear una escuela de formación de animadores litúrgicos para las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero sin renunciar a la presencia del sacerdote de manera periódica.

 

390. Reducir el número de misas dominicales en las parroquias urbanas para que los sacerdotes puedan ayudar en otros lugares, especialmente en la zona rural.

4.6. Religiosidad popular

391. La religiosidad popular o piedad popular ha existido siempre en la Iglesia, aunque el número y las formas de sus manifestaciones han variado con el paso del tiempo (cf. EN 48). Entendemos por ella " el modo peculiar que tiene el pueblo, es decir, la gente sencilla, de vivir y expresar su relación con Dios, con la Virgen o con los Santos" (CEE, Evangelización y renovación de la piedad popular, 1987), buscando relaciones con lo divino o lo sagrado que sean más sencillas, más directas y más rentables. En estas manifestaciones no sólo se dan expresiones religiosas; en todo ello van los valores, los criterios, las conductas y las actitudes que nacen del mensaje cristiano y se encarnan en una cultura concreta: es lo que se ha venido llamando la "inculturación de la fe".

En nuestra tierra burgalesa están renaciendo y resurgiendo ciertas tradiciones religiosas, aunque también muchas de ellas han quedado sepultadas con el paso del tiempo. Podemos enumerar varias manifestaciones de este género: romerías, fiestas patronales, procesiones, peregrinaciones, rosarios, novenas, viacrucis, imágenes, estampas, agua bendita, exvotos, medallas, escapularios, fiestas de Navidad, Semana Santa, huevos de Pascua, asociaciones, cofradías, santuarios, ermitas, pozos, velatorios, aniversarios, novenarios... Todo esto suele ir acompañado de gestos que pueden realizarse solos o acompañados y que normalmente sirven para congregar a muchas personas, de todas las edades y condiciones sociales.

Sería necesario que en la catequesis infantil y juvenil se enseñe el significado de ciertas manifestaciones religiosas, como el rezo del Ángelus, santo rosario o Vía Crucis, fomentando su participación en ellas.

 

392. La religiosidad del pueblo es un fenómeno ambiguo; contiene valores humanos y evangélicos, pero con frecuencia comporta límites y riesgos.

* Entre los aspectos positivos (cf. CT 54) cabe destacar que se pone de relieve el sentido de la trascendencia y se captan los atributos de Dios (Padre, providente, compañero y amigo del hombre y de la vida); se rescata a los hombres de una sociedad sofisticada, anónima, compleja, impersonal, aportando un sentido alegre, familiar, comunitario y festivo; fomenta la participación de los seglares a través de asociaciones, cofradías; engendra actitudes como la paciencia, el desapego, la solidaridad, el esfuerzo... (cf. Documento de Puebla, 1979, nº 448).

* Hay deformaciones que empañan lo anterior: carencia de una adecuada formación religiosa que hace prevalecer el sentimentalismo sobre lo racional de la fe; el sentido materialista o mercantilista de muchos actos en los cuales se pretende "hacer trato" o negociar con Dios; el quedarse en medios, imágenes, devociones... sin llegar al Dios anunciado por Jesús; la ausencia de coherencia y de compromiso con la vida real para buscar una mayor justicia, fraternidad y solidaridad; la falta de referencia dentro de una comunidad cristiana o de pertenencia a la Iglesia; prevalencia de lo folclórico-anecdótico sobre una fe entendida correctamente.

Es preciso estar atentos para revisar, corregir e incluso suprimir aquellas manifestaciones claramente inadecuadas como expresión de la fe donde se mezcla lo pagano con lo profano o que se convierten en espectáculo pagano, por lo que se propone:

 

393. Promover un proceso de revisión crítica y actualización desde el Evangelio para corregir posibles desviaciones de religiosidad popular y hacer coherentes las celebraciones, coordinado desde la vicaría de Pastoral.

 

394. Algunos desprecian estas prácticas por entenderlas como algo del pasado o como pertenecientes a épocas trasnochadas. Otros las defienden a ultranza porque es su único modo de participar de lo religioso. Ante unos y otros se necesita una tarea que incluya respeto, sensibilidad y discernimiento, teniendo en cuenta que "estas expresiones prolongan la vida litúrgica de la Iglesia, pero no la sustituyen" (CEC 1675s; cf. SC 13). Por eso se ha de procurar la necesaria actualización y renovación en su lenguaje, sus contenidos y sus prácticas ya que son un medio apto para la evangelización de las personas, la manifestación popular de la fe y la práctica de oración personal y comunitaria (cf. SC 9). Los acentos vienen puestos en lo siguiente:

* Los grupos sinodales han denunciado el consumo y el folklore introducidos en muchas prácticas de religiosidad popular, en donde se subastan, se pagan y se compran algunos objetos, lo cual desvirtúa cualquier planteamiento cristiano.

* Muchas oraciones de novenas y ejercicios piadosos no han sido renovados; en ellos es escasa la Palabra de Dios (cf. SC 13; 24 y 35); su lenguaje y contenido no están actualizados.

* Algunas cofradías, las menos, han revisado sus estatutos. Muchas de ellas apenas tienen miembros, aunque en otras se ha dado un aumento considerable de los mismos. Es importante recuperar su sentido asistencial y solidario; actualizar sus constituciones, estatutos o reglamentos; vincular más a los cofrades en la comunidad cristiana. A la luz de estos criterios

 

395. Revísese la costumbre de subastar objetos, imágenes, andas... dentro de un contexto religioso, como medio para recaudar fondos, aunque el fin sea bueno.

 

396. Renovar el lenguaje de las novenas y ejercicios piadosos existentes que se han quedado anticuados y resultan incomprensibles e inadecuados, introduciendo más la Palabra de Dios en las reflexiones y en el conjunto de las oraciones.

 

397. Fomentar en todos los campos y niveles la auténtica devoción a nuestra Madre, la Virgen, basada en la Biblia, Tradición y magisterio eclesiástico (especialmente del Vaticano II y posterior).

 

398. Elaborar un estatuto-marco diocesano para las cofradías y, en cinco años, renovar los estatutos de éstas, que incluya para sus miembros una práctica cristiana y una relación adecuada con la parroquia.

4.7.