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Querido
Sr. Arzobispo D. Teodoro; queridos Sres. Obispos D. Odorico, D. Francisco
y D. Ramón; queridos Abades, sacerdotes, consagrados, consagradas,
hijas e hijos todos:
"Gracia
y paz a vosotros de parte de Aquel que es, que era y que ha de venir...
de parte de Jesucristo, el Testigo Fiel, el Primogénito de entre los
muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra... Al que nos ama y nos
ha lavado con su sangre de nuestros pecados; a Él la gloria y el poder
por los siglos de los siglos. Amén".
Desde
hace casi tres años hemos venido escuchando la voz del Espíritu que
nos invitaba a iniciar un proceso sinodal. Él nos ha concedido la
celebración del Sínodo Diocesano propiamente dicho, y, hoy, su
clausura.
Como
los peregrinos de Emaús, etapa tras etapa, a veces "débiles y
cansados", alentados por la presencia y la gracia del mismo
Espíritu, por el encuentro y trabajo compartidos con los hermanos, y
por la oración insistente, hemos buscado "una Iglesia viva y
evangelizadora, anhelando un mundo fraterno y más humano".
Juntos,
como Pueblo de Dios, "hemos renovado la experiencia bautismal de
sentirnos hijos en el Hijo y hermanos en el Hermano Mayor, Jesucristo,
nuestro Señor".
En
este tiempo de gracia, de renovación y esperanza, reiteramos nuestro
agradecimiento a tantos hermanos que nos han precedido en la fe y nos
han señalado la manera de abrir nuevos caminos sobre viejas sendas.
Nos
hemos experimentado como "una comunidad diocesana en camino",
que celebra la presencia salvadora de Dios entre nosotros",
"que quiere ser Buena noticia para todos" y que se compromete
a ser "samaritana y solidaria con el hombre y mujer de hoy".
Lo
repetimos una vez más: nuestra Diócesis de Burgos encierra una rica
tradición de Sínodos Diocesanos y, en los últimos decenios, ha
querido consolidar la comunión para la misión bajo el impulso decidido
y la guía amorosa de sus Pastores. Baste recordar los nombres de D.
Segundo y D. Teodoro.
Caminamos,
unidos a toda la Iglesia, hacia el Gran Jubileo del año 2000. Y lo
hacemos de la mano de una experiencia gozosa: el XXIII Sínodo
Diocesano.
Un
Sínodo no es sólo un punto de llegada, sino, sobre todo, punto de
partida. Tenemos el grave compromiso de responder a las mismas preguntas
que los Padres Conciliares del Vaticano II, en nombre de la Iglesia, se
hicieron en su día: "Iglesia del Señor, ¿qué dices de ti
misma?" ¿Qué rostro deseas ofrecer a los hombres y mujeres del
año 2000? ¿Hacia dónde quieres ir?
¿Hará
falta recordarlo una vez más? "Sínodo significa ponerse en
camino, caminar juntos, buscar por dónde y hacia dónde nos pide
caminar el Espíritu. El Sínodo comporta siempre una renovada esperanza
y es un regalo de Dios. Es como un nuevo Pentecostés, un tiempo de
gracia; pero, sobre todo, una fecunda y necesaria experiencia de
comunión y evangelización".
Se
lo decía a los Sinodales en la apertura del Sínodo: "Un Sínodo
diocesano es un privilegiado "acontecimiento eclesial". En el
Sínodo, la Iglesia se descubre gozosamente a sí misma en su misterio
trinitaria y en su integridad como comunión, anuncio, celebración y
compromiso. En el Sínodo Diocesano la iglesia se expresa como Pueblo de
Dios, Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. En un Sínodo,
todos somos corresponsables y dejamos que el Espíritu nos hable y nos
marque caminos de renovación y de creatividad en la fidelidad".
Sin
pretender hacer memoria del camino, quisiera resaltar algunos acentos
que se han ido descubriendo, sin duda inspirados por ese mismo Espíritu
Divino.
En
los albores del Sínodo, en la fase de sondeo, se pedía una mayor
formación doctrinal y espiritual; una presencia más cualificada de los
cristianos y de la Iglesia en la vida pública y social; y un
fortalecimiento de la vida comunitaria y fraterna.
En
los Grupos Sinodales, cerca de doce mil hermanos, volvieron a insistir,
con sus conclusiones y propuestas, en la necesidad de vivir con
coherencia la fe en todos los ámbitos de la vida; en la necesidad de
revitalizar nuestras comunidades y celebraciones; en la necesidad de una
formación renovada para responder a los nuevos retos culturales y
sociales de hoy; y, finalmente, en la necesidad de un mayor compromiso
social en todos los ambientes: los jóvenes, las familias, el mundo de
la cultura y las nuevas pobrezas se contemplaban como ámbitos
prioritarios de la nueva evangelización.
En
las Asambleas arciprestales las mismas realidades señaladas
anteriormente fueron creciendo en intensidad, definiendo el ser y el
actuar de nuestra Iglesia Particular.
Nuestra
Comunidad diocesana está en camino y desea vivir la comunión,
favoreciendo la comunicación y la corresponsabilidad entre los diversos
estados de vida, las vocaciones y los ministerios.
Nuestra
Comunidad diocesana celebra la presencia salvadora de Dios en medio de
nosotros, uniendo liturgia y vida, en verdadera experiencia de comunión
y buscando siempre nuevos caminos de participación, desde la gratuidad
y la formación.
Nuestra
Comunidad diocesana es Buena Noticia para todos: existe para evangelizar
a los cercanos y a los lejanos. Y en ella todo el pueblo de Dios se
siente evangelizado, especialmente entre los más alejados y más
desfavorecidos.
Nuestra
Comunidad diocesana, finalmente, es samaritana y solidaria con el hombre
y mujer de hoy, aportando fraternidad y misericordia entrañables y
queriendo ser, en su compromiso, una Iglesia más sencilla, fraterna,
pobre y más conforme al Evangelio.
Y,
al final del Sínodo, ¿cuáles han sido las priorizaciones?
Como
líneas transversales, la formación integral y la corresponsabilidad.
Y, como líneas específicas, la renovación, un tratamiento pastoral
diversificado, la evangelización desde la familia, la opción
preferencial por los más desfavorecidos y el cuidado de la iniciación
cristiana.
A
partir del Sínodo la sinodalidad, traducida en formas cada vez más
fuertes de comunión, corresponsabilidad y misión, deben ser los
pilares de nuestra Diócesis y de nuestras acciones pastorales. Son
líneas, todas ellas fundamentales, y están recogidas con amplitud en
las Constituciones Sinodales.
Pido
a todos los católicos burgaleses que dichas Constituciones sean
acogidas, reflexionadas y vividas. Ellas serán brújula, guía y faro
seguros para los próximos años. Y, desde ellas, alcanzaremos los
mejores frutos que el Espíritu espera de nosotros.
Queridos
miembros de la Iglesia de Dios en Burgos: sois conscientes de que el
actor y principal protagonista de un Sínodo es Dios Padre, con el Don
continuo de Jesucristo y del Espíritu.
Ciertamente
la Trinidad se sirve de la mediación humana. A la hora de traducir en
actitudes cotidianas los proyectos sinodales, debemos encontrar nuestro
paradigma y modelo en el pasaje evangélico de la Anunciación. Como en
María, la Virgen, el Señor ha tomado la iniciativa por puro don y
gracia. Mediante el Espíritu, debemos dejarnos fecundar, para engendrar
en nuestro interior y en el de nuestras comunidades, al mismo
Jesucristo, y, finalmente, saber darlo a luz a los hermanos,
principalmente a los más alejados.
Nuestro
Sínodo no es sólo, ni principalmente, para nosotros, para el interior
de nuestras comunidades. El Sínodo es una experiencia evangelizadora;
quiere transformar la realidad socio-cultural que nos envuelve, con
todos sus retos y en todas sus dimensiones.
Somos,
todos, agentes y protagonistas de esa nueva evangelización. La
comunión mira hacia la misión. Y la misión hace posible la comunión.
Una
vez más, como en el relato evangélico de Emaús, se nos pide aportar
lo mejor de nosotros mismos con un testimonio de vida sincero y
coherente, ayudándonos a descubrir el designio de Dios en nuestras
vidas, y al propio Jesús caminando a nuestro lado. Como en el camino de
Emaús, el mismo Jesús estará junto a nosotros abriéndonos el
corazón, sembrando su Palabra, alimentándonos, iluminándonos y
asumiendo nuestra pobreza.
Con
su Espíritu podremos formar, como nos pide san Pablo, "un solo
cuerpo, rico en dones y carismas, edificando la única Iglesia de
Cristo". Y, así, exclamar, como los Discípulos: "¿No estaba
ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba por el
camino?"
Todos,
sacerdotes, consagrados y laicos, somos necesarios y estamos llamados a
vivir la misma experiencia gozosa de evangelización. Nuestras
comunidades, Institutos, Grupos, Asociaciones y Movimientos deben
articular una única Iglesia, enriquecida por la diversidad de estados
de vida, vocaciones, carismas, ministerios y funciones. Una Iglesia
viva, como la que hoy se contempla en este Estadio. Llegados de
diferentes puntos geográficos, creemos en un solo Señor y profesamos
una sola Fe, un solo Bautismo, una sola Misión.
Nuestra
Iglesia Diocesana, hoy más que nunca, se sabe Universal: Una, Santa,
Católica y Apostólica. ¡Qué bella y real experiencia de comunión!
Concluyo
con unas palabras de agradecimiento sincero:
Gracias
a todos los participantes directos en el Sínodo, por vuestra ilusión,
por vuestro esfuerzo cotidiano y por vuestra fidelidad en estos tres
años de andadura.
Gracias,
especialmente, a los miembros de la Secretaría del Sínodo, de las
Comisiones Técnicas y de las diversas Comisiones Sinodales.
Gracias,
a los responsables y animadores de los Grupos Sinodales y de las
Asambleas.
Gracias
a tantos Misioneros y Misioneras, a quienes la lejanía geográfica no
les ha impedido estar cerca de su Diócesis y vibrar con los mismos
deseos y esperanzas.
Gracias
a las Instituciones burgalesas, civiles y religiosas, que, abiertamente
o desde el anonimato, han colaborado con tanta generosidad en el proceso
sinodal.
Gracias,
Medios de Comunicación que, en todo momento, habéis recogido con
solicitud los distintos momentos sinodales.
Gracias
a quienes, en las distintas fases del desarrollo sinodal, desde su
comienzo, en las naves de la Catedral hasta este Acto de Clausura en el
Estadio de "El Plantío", habéis sabido llevar el peso de la
organización.
En
fin, que nadie se sienta ajeno a mi gratitud personal y al
reconocimiento agradecido de nuestra Iglesia Diocesana.
Y,
junto a este capítulo de agradecimientos, unos deseos sinceros:
Que
no nos cansemos de soñar, juntos, "un mundo fraterno y más
humano", abierto al misterio cristiano del Dios Vivo.
Que
transparentemos una Iglesia más viva, corresponsable y misionera.
Que
este Sínodo sea una verdadera primavera pascual y un renovado
Pentecostés para nuestra Iglesia de Burgos.
Que
nuestra Iglesia sepa aplicar las enseñanzas del Vaticano II, haga
realidad la nueva evangelización, y participe, con gozo, de los frutos
del Gran Jubileo del año 2000.
Que,
con la ayuda del Espíritu Santo, acertemos a traducir en nuestra vida
cotidiana los frutos del Sínodo.
Que
experimentemos la fuerza protectora y la presencia constante del Señor.
Finalmente,
que María, Virgen y Madre, Peregrina de la Fe, y tantos Santos y
Mártires burgaleses, nos acompañen en esta hora presente y en el
futuro.
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Santiago
Martínez Acebes
Arzobispo
de Burgos |