Clausura del sínodo

Estadio municipal El Plantío - 31 mayo 1998


Homilía del Arzobispo,

don Santiago Martínez  Acebes

 

 

Querido Sr. Arzobispo D. Teodoro; queridos Sres. Obispos D. Odorico, D. Francisco y D. Ramón; queridos Abades, sacerdotes, consagrados, consagradas, hijas e hijos todos:

"Gracia y paz a vosotros de parte de Aquel que es, que era y que ha de venir... de parte de Jesucristo, el Testigo Fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra... Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados; a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén".

Desde hace casi tres años hemos venido escuchando la voz del Espíritu que nos invitaba a iniciar un proceso sinodal. Él nos ha concedido la celebración del Sínodo Diocesano propiamente dicho, y, hoy, su clausura.

Como los peregrinos de Emaús, etapa tras etapa, a veces "débiles y cansados", alentados por la presencia y la gracia del mismo Espíritu, por el encuentro y trabajo compartidos con los hermanos, y por la oración insistente, hemos buscado "una Iglesia viva y evangelizadora, anhelando un mundo fraterno y más humano".

Juntos, como Pueblo de Dios, "hemos renovado la experiencia bautismal de sentirnos hijos en el Hijo y hermanos en el Hermano Mayor, Jesucristo, nuestro Señor".

En este tiempo de gracia, de renovación y esperanza, reiteramos nuestro agradecimiento a tantos hermanos que nos han precedido en la fe y nos han señalado la manera de abrir nuevos caminos sobre viejas sendas.

Nos hemos experimentado como "una comunidad diocesana en camino", que celebra la presencia salvadora de Dios entre nosotros", "que quiere ser Buena noticia para todos" y que se compromete a ser "samaritana y solidaria con el hombre y mujer de hoy".

Lo repetimos una vez más: nuestra Diócesis de Burgos encierra una rica tradición de Sínodos Diocesanos y, en los últimos decenios, ha querido consolidar la comunión para la misión bajo el impulso decidido y la guía amorosa de sus Pastores. Baste recordar los nombres de D. Segundo y D. Teodoro.

Caminamos, unidos a toda la Iglesia, hacia el Gran Jubileo del año 2000. Y lo hacemos de la mano de una experiencia gozosa: el XXIII Sínodo Diocesano.

Un Sínodo no es sólo un punto de llegada, sino, sobre todo, punto de partida. Tenemos el grave compromiso de responder a las mismas preguntas que los Padres Conciliares del Vaticano II, en nombre de la Iglesia, se hicieron en su día: "Iglesia del Señor, ¿qué dices de ti misma?" ¿Qué rostro deseas ofrecer a los hombres y mujeres del año 2000? ¿Hacia dónde quieres ir?

¿Hará falta recordarlo una vez más? "Sínodo significa ponerse en camino, caminar juntos, buscar por dónde y hacia dónde nos pide caminar el Espíritu. El Sínodo comporta siempre una renovada esperanza y es un regalo de Dios. Es como un nuevo Pentecostés, un tiempo de gracia; pero, sobre todo, una fecunda y necesaria experiencia de comunión y evangelización".

Se lo decía a los Sinodales en la apertura del Sínodo: "Un Sínodo diocesano es un privilegiado "acontecimiento eclesial". En el Sínodo, la Iglesia se descubre gozosamente a sí misma en su misterio trinitaria y en su integridad como comunión, anuncio, celebración y compromiso. En el Sínodo Diocesano la iglesia se expresa como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. En un Sínodo, todos somos corresponsables y dejamos que el Espíritu nos hable y nos marque caminos de renovación y de creatividad en la fidelidad".

Sin pretender hacer memoria del camino, quisiera resaltar algunos acentos que se han ido descubriendo, sin duda inspirados por ese mismo Espíritu Divino.

En los albores del Sínodo, en la fase de sondeo, se pedía una mayor formación doctrinal y espiritual; una presencia más cualificada de los cristianos y de la Iglesia en la vida pública y social; y un fortalecimiento de la vida comunitaria y fraterna.

En los Grupos Sinodales, cerca de doce mil hermanos, volvieron a insistir, con sus conclusiones y propuestas, en la necesidad de vivir con coherencia la fe en todos los ámbitos de la vida; en la necesidad de revitalizar nuestras comunidades y celebraciones; en la necesidad de una formación renovada para responder a los nuevos retos culturales y sociales de hoy; y, finalmente, en la necesidad de un mayor compromiso social en todos los ambientes: los jóvenes, las familias, el mundo de la cultura y las nuevas pobrezas se contemplaban como ámbitos prioritarios de la nueva evangelización.

En las Asambleas arciprestales las mismas realidades señaladas anteriormente fueron creciendo en intensidad, definiendo el ser y el actuar de nuestra Iglesia Particular.

Nuestra Comunidad diocesana está en camino y desea vivir la comunión, favoreciendo la comunicación y la corresponsabilidad entre los diversos estados de vida, las vocaciones y los ministerios.

Nuestra Comunidad diocesana celebra la presencia salvadora de Dios en medio de nosotros, uniendo liturgia y vida, en verdadera experiencia de comunión y buscando siempre nuevos caminos de participación, desde la gratuidad y la formación.

Nuestra Comunidad diocesana es Buena Noticia para todos: existe para evangelizar a los cercanos y a los lejanos. Y en ella todo el pueblo de Dios se siente evangelizado, especialmente entre los más alejados y más desfavorecidos.

Nuestra Comunidad diocesana, finalmente, es samaritana y solidaria con el hombre y mujer de hoy, aportando fraternidad y misericordia entrañables y queriendo ser, en su compromiso, una Iglesia más sencilla, fraterna, pobre y más conforme al Evangelio.

Y, al final del Sínodo, ¿cuáles han sido las priorizaciones?

Como líneas transversales, la formación integral y la corresponsabilidad. Y, como líneas específicas, la renovación, un tratamiento pastoral diversificado, la evangelización desde la familia, la opción preferencial por los más desfavorecidos y el cuidado de la iniciación cristiana.

A partir del Sínodo la sinodalidad, traducida en formas cada vez más fuertes de comunión, corresponsabilidad y misión, deben ser los pilares de nuestra Diócesis y de nuestras acciones pastorales. Son líneas, todas ellas fundamentales, y están recogidas con amplitud en las Constituciones Sinodales.

Pido a todos los católicos burgaleses que dichas Constituciones sean acogidas, reflexionadas y vividas. Ellas serán brújula, guía y faro seguros para los próximos años. Y, desde ellas, alcanzaremos los mejores frutos que el Espíritu espera de nosotros.

Queridos miembros de la Iglesia de Dios en Burgos: sois conscientes de que el actor y principal protagonista de un Sínodo es Dios Padre, con el Don continuo de Jesucristo y del Espíritu.

Ciertamente la Trinidad se sirve de la mediación humana. A la hora de traducir en actitudes cotidianas los proyectos sinodales, debemos encontrar nuestro paradigma y modelo en el pasaje evangélico de la Anunciación. Como en María, la Virgen, el Señor ha tomado la iniciativa por puro don y gracia. Mediante el Espíritu, debemos dejarnos fecundar, para engendrar en nuestro interior y en el de nuestras comunidades, al mismo Jesucristo, y, finalmente, saber darlo a luz a los hermanos, principalmente a los más alejados.

Nuestro Sínodo no es sólo, ni principalmente, para nosotros, para el interior de nuestras comunidades. El Sínodo es una experiencia evangelizadora; quiere transformar la realidad socio-cultural que nos envuelve, con todos sus retos y en todas sus dimensiones.

Somos, todos, agentes y protagonistas de esa nueva evangelización. La comunión mira hacia la misión. Y la misión hace posible la comunión.

Una vez más, como en el relato evangélico de Emaús, se nos pide aportar lo mejor de nosotros mismos con un testimonio de vida sincero y coherente, ayudándonos a descubrir el designio de Dios en nuestras vidas, y al propio Jesús caminando a nuestro lado. Como en el camino de Emaús, el mismo Jesús estará junto a nosotros abriéndonos el corazón, sembrando su Palabra, alimentándonos, iluminándonos y asumiendo nuestra pobreza.

Con su Espíritu podremos formar, como nos pide san Pablo, "un solo cuerpo, rico en dones y carismas, edificando la única Iglesia de Cristo". Y, así, exclamar, como los Discípulos: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba por el camino?"

Todos, sacerdotes, consagrados y laicos, somos necesarios y estamos llamados a vivir la misma experiencia gozosa de evangelización. Nuestras comunidades, Institutos, Grupos, Asociaciones y Movimientos deben articular una única Iglesia, enriquecida por la diversidad de estados de vida, vocaciones, carismas, ministerios y funciones. Una Iglesia viva, como la que hoy se contempla en este Estadio. Llegados de diferentes puntos geográficos, creemos en un solo Señor y profesamos una sola Fe, un solo Bautismo, una sola Misión.

Nuestra Iglesia Diocesana, hoy más que nunca, se sabe Universal: Una, Santa, Católica y Apostólica. ¡Qué bella y real experiencia de comunión!

Concluyo con unas palabras de agradecimiento sincero:

Gracias a todos los participantes directos en el Sínodo, por vuestra ilusión, por vuestro esfuerzo cotidiano y por vuestra fidelidad en estos tres años de andadura.

Gracias, especialmente, a los miembros de la Secretaría del Sínodo, de las Comisiones Técnicas y de las diversas Comisiones Sinodales.

Gracias, a los responsables y animadores de los Grupos Sinodales y de las Asambleas.

Gracias a tantos Misioneros y Misioneras, a quienes la lejanía geográfica no les ha impedido estar cerca de su Diócesis y vibrar con los mismos deseos y esperanzas.

Gracias a las Instituciones burgalesas, civiles y religiosas, que, abiertamente o desde el anonimato, han colaborado con tanta generosidad en el proceso sinodal.

Gracias, Medios de Comunicación que, en todo momento, habéis recogido con solicitud los distintos momentos sinodales.

Gracias a quienes, en las distintas fases del desarrollo sinodal, desde su comienzo, en las naves de la Catedral hasta este Acto de Clausura en el Estadio de "El Plantío", habéis sabido llevar el peso de la organización.

En fin, que nadie se sienta ajeno a mi gratitud personal y al reconocimiento agradecido de nuestra Iglesia Diocesana.

Y, junto a este capítulo de agradecimientos, unos deseos sinceros:

Que no nos cansemos de soñar, juntos, "un mundo fraterno y más humano", abierto al misterio cristiano del Dios Vivo.

Que transparentemos una Iglesia más viva, corresponsable y misionera.

Que este Sínodo sea una verdadera primavera pascual y un renovado Pentecostés para nuestra Iglesia de Burgos.

Que nuestra Iglesia sepa aplicar las enseñanzas del Vaticano II, haga realidad la nueva evangelización, y participe, con gozo, de los frutos del Gran Jubileo del año 2000.

Que, con la ayuda del Espíritu Santo, acertemos a traducir en nuestra vida cotidiana los frutos del Sínodo.

Que experimentemos la fuerza protectora y la presencia constante del Señor.

Finalmente, que María, Virgen y Madre, Peregrina de la Fe, y tantos Santos y Mártires burgaleses, nos acompañen en esta hora presente y en el futuro.

+ Santiago Martínez Acebes

Arzobispo de Burgos