|
COMISIÓN EPISCOPAL DE APOSTOLADO SEGLAR |
|
|
|
|
|
III PARTE FUNDAMENTO Y OPCIONES DE LA PASTORAL DE JUVENTUD
La evangelización de los jóvenes constituye uno de los retos más importantes que tiene planteados nuestra Iglesia, pues de ella dependerá el tipo de comunidad cristiana de mañana. Por eso, la pastoral de juventud es una de las prioridades de la mayoría de las iglesias diocesanas. Esto implica atención preferente en el trabajo pastoral, subordinación de otras tareas y objetivos, dedicación prioritaria de mayores esfuerzos, cauces pastorales más eficaces, sacerdotes y educadores dedicados a este quehacer. Las "Orientaciones sobre Pastoral de Juventud de la Conferencia Episcopal" señalan los pasos que se deben dar en este orden de cosas[18]. En primer lugar, por "pastoral juvenil entendemos toda aquella presencia y todo aquel conjunto de acciones con los cuales la Iglesia ayuda a los jóvenes a preguntarse y a descubrir el sentido de su vida, a descubrir y asimilar la dignidad y exigencias del ser cristianos, les propone además las diversas posibilidades de vivir la vocación cristiana en la Iglesia y en la sociedad, y les anima y acompaña en la construcción del Reino"[19]. Fácilmente se deduce que las formas y los planteamientos pueden ser múltiples y diversos, pero, sin menoscabo de esto, la acción pastoral ha de manifestar la unidad del sujeto de la evangelización que no es otro que la Iglesia, comunión misionera. Por eso quisiéramos profundizar en lo que es el marco o las opciones pastorales desde donde entendemos que, todos a una, debemos trabajar, sabiendo que las distintas características nos enriquecen a todos, pero que todos formamos un solo cuerpo. "La comunidad eclesial se configura, más precisamente, como comunión 'orgánica' análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En efecto, está caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades"[20]. Así pues, presentamos las 5 opciones que aparecen en las "Orientaciones". Son estas:
1. Presencia de la Iglesia, en especial de los jóvenes cristianos, en los ambientes juveniles; 2. Protagonismo y corresponsabilidad de los jóvenes en la Iglesia; 3. Opción preferencial por los pobres; 4. Una espiritualidad que integre la fe en la vida; 5. Coordinación y articulación de la pastoral con jóvenes.
1. Presencia de la Iglesia, en especial de los jóvenes cristianos, en los ambientes juveniles Queremos hacer una opción clara por una Pastoral de Juventud que potencie y dé prioridad a la acción transformadora y evangelizadora, en la línea de lo que se entiende por pastoral misionera o de presencia misionera en los ambientes de los jóvenes. De hecho, la Iglesia está poco presente en el mundo de los jóvenes, sobre todo, en algunos sectores y ambientes como el obrero y el popular. Sin embargo, la presencia de la Iglesia entre los jóvenes es exigencia y, a la vez, condición para la evangelización de éstos. La Buena Noticia ha de llegar a todos los hombres y, por lo tanto, ha de ser proclamada en todos los ambientes. Evangelizar desde dentro es una exigencia que brota del misterio de la encarnación del Hijo de Dios[21]. En esta tarea los jóvenes han de ser los primeros protagonistas como recuerda el Concilio: "Los jóvenes deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los jóvenes, ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, habida cuenta del medio social en que viven"[22]. Por lo tanto, la Iglesia no convoca a los jóvenes para arrancarlos de su mundo, de su ambiente y que se encierren dentro de los muros de sus locales. Se convoca para que, continuando insertos en medio de los otros jóvenes, sean agentes de transformación de ese mundo, en todo lo que tenga de injusticia y deshumanización, y aporten los valores del Reino de Dios que van descubriendo, con todo lo que tienen de esperanza y de vida. A esto es precisamente a lo que venimos llamando evangelización. "Evangelizar significa llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro y renovar a la misma humanidad"[23]. En la evangelización es donde se concentra y se despliega la entera misión de la Iglesia, cuyo caminar en la Historia avanza movido por la gracia y el mandato de Jesucristo: "Id por todo el mundo y proclamar la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16,15); "Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20); "Evangelizar -ha escrito Pablo VI- es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda"[24]. Pues bien, evangelizar se puede decir que es hacer las cosas de tal manera que el Evangelio sea una Buena Noticia, noticia salvadora, liberadora, gozosa y festiva allí donde ya no está presente o donde todavía no está suficientemente vivo, como es el caso de muchos ambientes juveniles. Ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización. "Países y naciones, en los que en un tiempo la religión y el cristianismo fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a duras pruebas e incluso, alguna que otra vez, son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo... Urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales, que viven en estos países y naciones"[25]. El Papa Juan Pablo II sigue diciéndonos al respecto cosas tan concretas como ésta: "La nueva evangelización -dirigida no sólo a cada una de las personas, sino también a enteros grupos de poblaciones en sus más variadas situaciones, ambientes y culturas- está destinada a la formación de comunidades eclesiales maduras, en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y de comunión sacramental con El, de existencia vivida en la caridad y en el servicio"[26]. Cuando hablamos de presencia misionera en los distintos ambientes juveniles, en clave evangelizadora, queremos insistir en que sólo quien cree de corazón en el Evangelio de Jesucristo y tiene alguna experiencia personal de su fuerza salvadora y liberadora podrá evangelizar, porque para evangelizar de verdad hay que "reproducir" la experiencia de Jesús que es el primer auténtico evangelizador del mundo. Jesús evangeliza desde su fe y confianza en Dios-Padre, así como desde su amor y solidaridad total con los hombres. Jesús evangeliza actuando a favor de los más débiles, de los más oprimidos y manipulados, de los más despreciados y odiados, de los ignorantes e incultos, de los más marginados. Jesús evangeliza con un talante de servicio gratuito, desde la entrega de su persona y de su vida, desde la esperanza, sin hundir ni destruir a nadie, sin hacer depender a nadie de su servicio. Jesús evangeliza asumiendo la resistencia, el rechazo, la persecución y la muerte que provoca su acción decidida en contra del mal y la injusticia, asumiendo plenamente la cruz redentora de una vida vivida "haciendo el bien y curando a los enfermos". Por otra parte, para evangelizar, el testimonio de nuestras vidas es algo fundamental. La Palabra por sí sola no goza ya de credibilidad, es necesario ir llenando de contenido nuestras palabras, ir haciendo realidad nuestras palabras. Nuestro estilo de vida es parte esencial de la misma acción evangelizadora. Tenemos que ir configurando un estilo de vida nuevo que choque con los esquemas normales de la vida deshumanizante y alienada que vamos observando en nuestros ambientes. Hay que ir concretando un estilo de vida evangélico, un estilo evangélico de trabajar, de estudiar, de comprar y gastar, de hacer las vacaciones, de emplear el tiempo libre, de comprometernos ante los diversos acontecimientos, de buscar siempre la verdad, la paz, la justicia, etc. El Papa Pablo VI hablaba de la "Civilización del Amor", que hay que construir; una civilización basada en los grandes valores de la Comunidad, la Participación, la Verdad, la Justicia, la Libertad, la Paz y el Amor. Una civilización que rechace todo aquello que origine al hombre el Egoísmo, la Explotación, la Injusticia, la Violencia, los Desatinos morales. Una civilización que dé prioridad absoluta al Amor, en el sentido de poner la vida sobre cualquier otro interés o valor, poner la verdad sobre toda estrategia o eficacia, poner la persona sobre todo poder o proyecto, poner la ética sobre la técnica, poner la fe y la transcendencia sobre todo intento de minimizar al hombre. Civilización del amor cuyo gran programa está trazado en la doctrina social de la Iglesia como se nos recuerda en la "Centesimus annus"[27]. Pero, cuando hablamos del testimonio, no olvidemos que el más hermoso testimonio se revelará, a la larga, inoperante, si no es esclarecido, justificado lo que San Pedro llama "dar razón de nuestra esperanza" (1 Pe 3, 15); y, además, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. De hecho, "no hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el hombre, la doctrina, la vida, la promesa, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios"[28]. Pero tampoco se trata aquí de hablar de Dios porque sí, como Alguien venido del exterior que no tuviera nada que ver con nosotros y con nuestra vida, sino que, más bien, se trata de descubrir al que da nombre a lo que nosotros vivimos, al que nos da el don de creer, de esperar y de amar, allí donde nosotros amamos, creemos y esperamos verdaderamente aunque de modo imperfecto todavía. El testimonio y el anuncio han de entenderse como dos momentos complementarios de la evangelización. Porque el testimonio sin anuncio es un signo equívoco, no hace por sí sólo referencia a Jesucristo. "Cristo es la verdadera respuesta, la más completa, a todas las preguntas que se refieren al hombre y a su destino. Sin Él, el hombre es un enigma sin solución. Tened, por tanto, la valentía de proponer a Cristo! Ciertamente, hay que hacerlo con el debido respeto a la libertad y conciencia de cada uno, pero hay que hacerlo. Ayudar a un hermano o a una hermana a descubrir a Cristo, camino, verdad y vida (Cf. Jn 14,6) es un verdadero acto de amor hacia el prójimo"[29].
2. Protagonismo y corresponsabilidad de los jóvenes en la Iglesia "Si la evangelización define la Iglesia, la misión brota de la comunión y genera comunión. La Iglesia, animada por el Espíritu, es comunidad misionera. Los jóvenes cristianos, corresponsables con toda la Iglesia de su misión evangelizadora, han de participar activamente en la comunión eclesial; han de expresar, celebrar y alimentar su fe en la comunidad, y han de reconocer y asumir sus responsabilidades en el seno de ésta. Por su parte, la comunidad ha de reconocer y promover la presencia y participación de los jóvenes en la vida de la misma. "Los jóvenes no deben considerarse simplemente como objeto de la solicitud de la Iglesia; son de hecho -y deben ser incitados a serlo- sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de la renovación social"[30]. Es preciso que los jóvenes tengan una participación más activa en las comunidades cristianas. La responsabilidad en la comunidad cristiana no debe estar supeditada a la edad que uno tenga, sino a la honradez y compromiso con que sepa vivir y anunciar el Evangelio de Jesús. Los jóvenes cristianos han de ocupar un lugar activo en las estructuras pastorales de diócesis, parroquias, vicarías y zonas. Para ello es necesario que todos nos preocupemos de buscar canales eficaces que garanticen su participación y protagonismo. Admitir el "protagonismo" de los jóvenes en la Iglesia lleva consigo una serie de actitudes y compromisos para toda la comunidad. Adoptar una actitud de escucha atenta de la cultura, costumbres, psicología de los jóvenes; que se construya "desde" ellos y "con" ellos y, no sólo "para" ellos. Aceptar los procesos originales de acogida, asimilación y expresión de la fe de cada joven, respetando sus procesos de formación y de compromiso. Hacer posible el crecimiento de unos jóvenes cristianos comprometidos en su mundo, pero que viven, expresan, celebran y alimentan su fe en la Iglesia, en la comunidad, en donde se puedan sentir protagonistas de esta Iglesia-comunión que surge también en medio de ellos. El protagonismo eclesial de los jóvenes, en el sentido que venimos hablando, no se explicaría, si no fuera por la comprensión comunitaria de la Iglesia y de toda acción eclesial. El Sínodo extraordinario de 1985, celebrado a los 20 años del Concilio Vaticano II, nos recuerda que esta idea de la comunión fue la idea central de todo el Concilio y nos dice así: "La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio. La comunión, fundada en la Sagrada Escritura, ha sido muy apreciada en la Iglesia antigua, y en las Iglesias orientales hasta nuestros días. Qué significa la compleja palabra "comunión"? Se trata de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esta comunión tiene lugar en la Palabra de Dios y en los sacramentos. El bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión en la Iglesia. La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana (LG 11). La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia". "Los vínculos que unen a los miembros del Pueblo de Dios entre sí y con Cristo, no son aquellos de la "carne" y de la "sangre" sino los del espíritu"[31]. Como se nos recuerda en las "Orientaciones sobre Pastoral de Juventud", el protagonismo de los jóvenes en la Iglesia, que tiene su razón de ser y su fundamentación en el Bautismo y la Confirmación, está íntimamente unido al carácter educativo de esta pastoral, pues en la programación, trabajo, evaluación de las acciones pastorales y tareas de la comunidad, el joven va madurando en la fe y en su adhesión afectiva y efectiva a la Iglesia[32].
3. Opción preferencial por los pobres "La adhesión a Cristo y la comunión eclesial lleva al servicio del hombre y al compromiso por el bien común de la sociedad. "Cristo revela el hombre al hombre", la plenitud de su dignidad, la de ser hijo de Dios. Por su parte la Iglesia, cuerpo de Cristo, es fermento del Reino, de la nueva humanidad. Por Cristo, cada hombre y todo hombre, especialmente los pobres y los que sufren, se convierten en camino para la Iglesia, que prolonga la encarnación de Cristo entre los pobres y su compromiso liberador"[33]. El Concilio Vaticano II afirmó algo que debe ser escuchado y realizado cada vez mejor entre nosotros: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los más pobres y de cuantos más sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón"[34]. En la gran empresa de la nueva evangelización, en la que está embarcada la Iglesia, corresponde a los jóvenes impulsar desde su dinamismo y su generosidad y con la fuerza del Espíritu Santo la construcción de la "civilización del amor". Este compromiso se concreta en la solidaridad con los marginados y los empobrecidos y desde un compromiso eficaz en la defensa y promoción de los derechos humanos[35].
3.1. Compartir la situación de los pobres No es suficiente una actitud solidaria y un apoyo moral a los necesitados, desde una "prudente distancia". Tampoco basta una simple solidaridad verbal. Más bien, nuestro lugar natural deben ser los pobres allí donde están. Hemos de hacer un esfuerzo mucho mayor por conocer el mundo, sus problemas, y necesidades, pero no simplemente desde el estudio de los datos sociológicos, sino más bien desde el contacto y la relación humana más cercana, porque el trato cercano y pastoral con los pobres nos evangeliza a todos y nos puede transformar profundamente. Esto debe estar presente en todos nuestros procesos pastorales. Jesús identifica su causa con la causa de los pobres, marginados, afligidos (Mt 25, 31-46; Lc 6, 20-26) que serán los primeros en el Reino de Dios. No permanece indiferente ante las situaciones de injusticia que le rodean. Varios son los textos evangélicos y neotestamentarios que avalan esta afirmación. Por citar algunos: Mc 11, 15-19; 10, 41-45; 12,1-12; Lc 16, 13; Act 4, 32-51; etc. Frente a esas situaciones Jesús y los Apóstoles nos ofrecen un modelo alternativo: el Reino de Dios basado en la solidaridad y el compartir. Los datos sociológicos nos dicen que gran parte de la juventud actual del mundo occidental, no digamos del tercer mundo, entra dentro del marco que define al pobre sociológico. Las estadísticas colocan a los jóvenes como el colectivo en el que más se ceba el paro, el desarraigo, la economía sumergida, etc. con todas las lacras que les acompañan como la droga, el alcoholismo, la delincuencia, la prostitución y tantas manifestaciones de una marginación que contrasta con la ofrecida por una publicidad que hace a los jóvenes reclamo y sueños. Hemos de señalar, al llegar a este punto, la especial marginación a la que están sometidos los jóvenes rurales y marineros en una sociedad eminentemente urbana como la actual. Junto a estos, son muchos los jóvenes cristianos, que colectiva o individualmente han optado por la pobreza evangélica como forma de vida, y por los pobres, enfermos, marginados, oprimidos, como forma de hacer más explícita su opción de vivir esa misma pobreza. Es difícil hallar alguna organización solidaria con los pobres del primer o tercer mundo, de defensa de los derechos humanos y la paz, en la que no estén jóvenes cristianos. Merece la pena destacar a aquellos jóvenes que han elegido realizar su apostolado y servicio entre los mismos jóvenes marginados viviendo entre ellos como testigos y profetas. Es tarea de la pastoral de juventud potenciar esta presencia de los jóvenes cristianos entre los pobres[36].
3.2. Combatir las formas que hacen posible la pobreza La opción preferencial por los pobres no puede concretarse sólo en lo dicho anteriormente, es necesaria una formación de los jóvenes cristianos que les capacite para trabajar eficazmente por cambiar las estructuras que facilitan o hacen posible la pobreza. "Dentro de esta línea, se ve la necesidad de contemplar en los planes de formación de los jóvenes una seria formación social y política, siguiendo la doctrina social de la Iglesia"[37]. Esta formación es algo necesario para los jóvenes, pero también para toda la Iglesia en España[38]. La doctrina social de la Iglesia, más que teoría, es "fundamento y estímulo para la acción"[39], "forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia"[40] y "tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización"[41]. En 1985, Año Internacional de la Juventud, el Papa se dirige a los jóvenes en los siguientes términos: "El futuro del próximo siglo está en vuestras manos. El futuro de la paz está en vuestros corazones. Para construir la historia, como vosotros podéis y debéis, tenéis que liberarla de los falsos senderos que sigue. Para hacer esto debéis ser gente con una profunda confianza en la grandeza de la vocación humana, una vocación a realizar con respeto de la verdad, de la dignidad y de los derechos inviolables de la persona humana... Estad alerta contra el fraude de un mundo que quiere explotar o dirigir mal vuestra enérgica y ansiosa exigencia de felicidad y orientación. No quedéis bloqueados en la búsqueda de las auténticas respuestas a las cuestiones que os asaltan. No tengáis miedo![42]. En 1991 en Czestochowa insiste el Papa en la necesidad de conocer la doctrina social de la Iglesia y alerta del peligro del desánimo y el vacío interior, de la droga y del pasotismo político que manifiesta en muchos el sentimiento de impotencia en la lucha por el bien, y marca un programa de actuación social: "Os corresponde, pues, a vosotros, la misión de asegurar en el mundo futuro la presencia de valores como la plena libertad religiosa, el respeto a la dimensión personalista del desarrollo, la tutela del derecho a la vida, la promoción de la familia, la valoración de la diversidad de culturas con miras a un enriquecimiento recíproco y la salvaguardia del equilibrio ecológico amenazado por peligros cada vez más graves"[43]. Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido es la tarea central y unificante que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar este servicio a la familia humana. Entre todas las criaturas de la Tierra, sólo el hombres es "persona", sujeto consciente y libre y, precisamente por eso, "centro y vértice" de todo lo que existe sobre la Tierra[44]. La dignidad personal es también el fundamento de la participación y la solidaridad de los hombres entre sí. La dignidad personal es propiedad de todo ser humano y se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona. En consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema. La afirmación que exalta más radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el seno de una mujer[45]. Todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre el respeto a la dignidad personal y sobre el reconocimiento de los derechos humanos afecta sin duda a la responsabilidad de cada cristiano, de cada hombre[46]. Pero inmediatamente hemos de hacer notar cómo este problema reviste hoy una dimensión mundial. En efecto, es una cuestión que ahora atañe a enteros grupos humanos; más aún, a pueblos enteros que son violentamente vilipendiados en sus derechos fundamentales. Así, íntimamente unida a la responsabilidad de servir a la persona está la responsabilidad de servir a los pueblos. Los cristianos tienen la obligación de vivir abiertos a una perspectiva internacional que manifiesta la gran injusticia del orden económico internacional[47]. Ya son muchos los jóvenes que colaboran en los países en vías de desarrollo, sin embargo, es necesario animar siempre a mayores y más estables compromisos en este sentido[48].
4. Una espiritualidad que integre la fe y la vida "Es fundamental ayudar a los jóvenes en la búsqueda de una auténtica espiritualidad que integre la fe en toda la vida del joven, en su vida afectiva, en su vida familiar, de trabajo, de diversión, de compromiso; que desarrolle el sentido de la vida en la comunidad cristiana como fraternidad; y que por su experiencia de oración y vida sacramental puedan ser contemplativos en la acción; que ayude a aceptar la propia experiencia de fracaso y de pecado a la luz de la misericordia del Padre, manifestada en la cruz de Cristo. Espiritualidad que lleva a manifestar la fe en las obras, huyendo de toda privatización de la fe y buscando la unidad de conciencia"[49]. Los jóvenes tienen una manera de pensar y de comportarse que los define como tales (lenguaje, signos, estilo de vida, moda). Susceptibles de evangelización son los "criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida" que han estructurado esa "cultura juvenil"[50]. Los elementos de la cultura de nuestra sociedad, así como los hábitos, costumbres, prácticas sociales, tiempo libre, manera de percibir y de juzgar la realidad, son el "ethos" de una cultura vivida, y son susceptibles de ser apreciados, valorados y orientados a la luz del Evangelio. Evangelizar la Cultura e "inculturar el Evangelio" (es decir, introducir, penetrar e impregnar la cultura de la fe cristiana) no es una respuesta pastoral a un hecho coyuntural; "la ruptura entre Evangelio y Cultura es -según el Papa Pablo VI- el drama de nuestro tiempo", y se explica en gran parte, por la "tendencia" denominada "secularización". Si la religión o la fe religiosa informaba toda la vida de los pueblos (familia, trabajo, educación, organización social, saber, etc.), hoy esta relación es menos evidente. Por el contrario, la cultura también se ha secularizado, comprometiendo, muchas veces, la dimensión sagrada de la existencia humana y la comprensión del mundo, como creación de Dios; todo esto, porque la racionalización y el conocimiento científico, propios del saber y la tecnología actual, consideran a Dios una explicación menos útil y necesaria. Evangelizar la Cultura es iluminar con la fe cristiana todos los elementos propios de la vida de un grupo humano, desde sus valores hasta sus formas de vida, en todas sus expresiones y ambientes. La Biblia, como tal, nos muestra la inculturación de la Palabra de Dios en la vida del Pueblo de Israel. La Encarnación del Hijo de Dios es la inserción de la salvación en la historia, que asume todas las consecuencias que se derivan del existir espacio-temporal, condicionado por el pecado. Los apóstoles y los primeros cristianos, enviados por el Señor a anunciar el Evangelio "a todas las naciones", debieron afrontar el desafío de penetrar e impregnar de su fe diferentes culturas (griega, romana y aún la misma judía); se trataba de anunciar el evangelio a diferentes mentalidades y estilos de vida y de vivirlo en tales ambientes. Vale la pena traer un fragmento de la "Epístola de Diognetus" (Siglo II), en el que se deja ver muy claro el concepto y la práctica de la inculturación entre los primeros cristianos: "Los cristianos no se diferencian del resto de la humanidad por el país, la lengua o las costumbres... Cuando viven en las ciudades tanto griegas como orientales, como acontece con la mayoría de ellos, y siguen las costumbres del país en la vestimenta, la alimentación y la manera general de vivir, muestran el notable y reconocidamente sorprendente status de sus conciudadanos. Viven en países que son de ellos, pero como de paso. Comparten todo como ciudadanos; pero todo lo sufren como extranjeros... Transcurren su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las Leyes establecidas, pero superan esas leyes en sus propias vidas... Podemos decir que, en general, esos cristianos están en el mundo como el alma está en el cuerpo". El Concilio Vaticano II nos dice que, entre todas las formas organizadas de apostolado, hay que dar prioridad a las que favorecen la unión entre la vida práctica y la fe[51]. Se trata de hacer posible que la vida sea iluminada desde la palabra de Dios y que ésta arraigue en nosotros en la vivencia transformadora de lo cotidiano. Es, pues, una llamada a evitar la privatización de la fe y a procurar la búsqueda de una "unidad de conciencia"[52]. El objetivo de la síntesis fe-vida es ayudar a una mayor profundización en las exigencias de la fe respecto a los problemas juveniles y acentuar, de esta forma, la conciencia misionera de los jóvenes. Por otra parte, es patente la dificultad de conseguir este objetivo, por lo que habrá que tener una actitud de vigilancia y de revisión, y una mirada crítica sobre las formas y concreciones de vida en los ambientes. Momento fundamental de la síntesis fe-vida es la celebración litúrgica, especialmente las celebraciones sacramentales de la Eucaristía y de la Penitencia. La celebración es la forma concreta en la que la fe y la vida se funden en un abrazo: es el centro de la vida cristiana. La celebración es a la vez el culmen y la fuente del compromiso en la transformación del mundo. En la síntesis fe-vida adquiere capital importancia el testimonio. El joven cristiano militante es, ante todo, un testigo fiel, un mensajero de la Buena Nueva que hace, con su talante vital, una vivencia gozosa y esperanzada[53]. Para conseguir esta síntesis de fe y vida es necesaria una atención decidida a la formación. Cada vez se hace más necesario el formar teológica y vitalmente al testigo juvenil. Esta formación tiene que estar en íntima conexión con la vida del joven y su compromiso apostólico[54]. Si la formación humana y teológica es fundamental para el joven, no lo es menos su formación espiritual. Una espiritualidad encarnada y enraizada en la historia de la salvación, que presente claramente la llamada universal a la santidad, es decir, a vivir una vida nueva en Dios. Esta formación ayuda a discernir y a encarnarse más profundamente en las realidades temporales como sujetos activos del plan liberador de Dios.
"En la formación de esta espiritualidad no han de faltar los elementos más genuinos de la fe cristiana: - el misterio de nuestra comunión de fe y amor con el Padre por Cristo en el Espíritu Santo - la configuración con Cristo en su obediencia filial al Padre y en su compromiso por el Reino - el sentido de la comunión con la Iglesia y la participación en su acción evangelizadora - la participación en la liturgia, especialmente en los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía - la devoción a María, Madre de la Iglesia y modelo de vida de fe - la vida de oración - la alegría como manifestación de la salvación - la aceptación cristiana de la cruz en la propia vida - el compromiso en la práctica del mandamiento nuevo del amor fraterno en unión con Cristo - la contemplación esperanzada y comprometida del mundo con sus luces y sus sombras"[55].
5. Coordinación y articulación de la pastoral con jóvenes "La coordinación, como manifestación efectiva de la comunión, tiene su raíz en el mismo ser de la Iglesia y de nuestra fe en Jesús. Sus palabras "que todos sean uno como Tú, Padre, estás en mí y yo en Tí"(Jn 17, 19-23), son la raíz de la coordinación. A la vez la coordinación fortalece y acrecienta la comunión"[56]. "La Iglesia tiene unidad de misión, misión recibida de Cristo que, a su vez la recibió del Padre. Esta unidad de misión no impide que haya diversidad de acciones, de carismas, de vocaciones, de iniciativas. Pero cada grupo necesita de los demás para reconocerse e identificarse como Iglesia. La coordinación exige el esfuerzo de abrirse a los demás, de reconocer que nadie es autosuficiente, de escucha paciente, etc, pero también es fuente de gozo fraternal y de eficacia apostólica. La mutua estima y la recíproca colaboración entre los grupos es manifestación de la comunión eclesial"[57]. Estos textos de las "Orientaciones sobre Pastoral de Juventud" de la Conferencia Episcopal pueden ayudarnos a clarificar nuestra situación pastoral. En las diócesis es necesario el promover los encuentros entre los diversos grupos de jóvenes para que se conozcan y proyecten, realicen y celebren ciertas actividades. Pero es todavía mucho más necesaria una pastoral articulada, que permita una continuidad en el proceso educativo de los creyentes desde la infancia hasta la etapa adulta. La reflexión que venimos realizando nos está exigiendo una pastoral más organizada, más orgánica, es decir, una pastoral que, teniendo en cuenta la realidad del joven, tenga unos objetivos claros para conseguirlos; que se marque un proceso por etapas y un recorrido gradual, y que se exija una cierta disciplina. En este sentido se habla de la necesidad de contar con un proyecto diocesano de pastoral de juventud[58], que, a su vez, esté integrado en la pastoral general de la diócesis. Evidentemente no queremos uniformar y marcar una línea exclusivista y purista, ni tampoco pensamos en nada tan estructurado que "mate" la vida que hay en los jóvenes y en sus grupos, asociaciones y movimientos. Pero cada día somos más conscientes de la cantidad de energía que estamos "perdiendo" en una pastoral deslavazada, individualista y sin cuerpo. Además, la Pastoral de Juventud sólo puede ser verdaderamente eclesial en la medida en que está articulada con la pastoral de conjunto, enraizada en las comunidades de cada diócesis, y asuma los desafíos propios de ellas. Esto requiere que las Delegaciones Diocesanas de Juventud sean cauces adecuados que permitan la coordinación y el encuentro de las diversas iniciativas de las parroquias, asociaciones, colegios, órdenes religiosas y movimientos[59]. En este sentido es muy importante que los diferentes Movimientos, Asociaciones y Comunidades eclesiales, que trabajen con los jóvenes, fortalezcan la pastoral de juventud en su conjunto, en su globalidad e integralidad haciéndose partícipes de la pastoral de conjunto de cada diócesis. Estos Movimientos, Asociaciones y Comunidades, para ser un apoyo eficaz a la Pastoral de Juventud, deben evaluar, continuamente, su metodología y el contenido de su mensaje, así como profundizar en la eclesiología de la Iglesia particular, como también deberán asumir cierta tensión, inevitable, entre el ministerio de la coordinación pastoral, ejercida a través de los obispos y la pluralidad de carismas, servicios y funciones. Pues no puede darse verdadera eclesialidad en un grupo cristiano sin "comulgar" con la Iglesia particular, con el obispo."Cultiven constantemente -leemos en el Decreto sobre el apostolado de los laicos- el sentido de la diócesis, de la cual es la parroquia como una célula, siempre dispuestos, cuando sean invitados por su Pastor, a unir sus propias fuerzas a las iniciativas diocesanas"[60]. La necesaria coordinación de la pastoral de juventud diocesana, en torno al Proyecto Diocesano y a la Delegación de Juventud, se viene concretando a través de las coordinadoras diocesanas de jóvenes que facilitan un mayor protagonismo juvenil en la organización pastoral. Por otra parte, la coordinación ha de fomentarse en las parroquias, arciprestazgos y vicarías, fomentando la creación de equipos de pastoral de juventud[61]. La coordinación no sólo ha de alcanzar a los diversos grupos de jóvenes, sino que también ha de facilitar el encuentro de los movimientos de jóvenes y de los de adultos. En este sentido, el reciente Sínodo ha solicitado que se favorezca la creación de los Consejos Pastorales Diocesanos. Ellos son la principal forma de colaboración y de diálogo, como también de discernimiento a nivel diocesano[62]. Si para todos es importante vivir la riqueza de la comunión eclesial a través de la coordinación en sus distintos niveles, lo es de forma especial para los numerosos grupos parroquiales de jóvenes, que carecen de organización y servicios supraparroquiales específicos y a los que las delegaciones han de servir de una forma especial. Para finalizar queremos recordar lo dicho a este respecto en "Una experiencia de Pastoral Juvenil": "Es evidente que, sin actitudes de acogida, de confianza, de flexibilidad y solidaridad es difícil llegar a la coordinación, porque la coordinación exige una serie de tareas y un contacto personal con los grupos existentes. Es necesario hacer propuestas de acción conjunta y ofrecer medios para realizarla, el intercambio de materiales entre los grupos para desarrollar la conciencia eclesial, el espíritu misionero y la comunión. La coordinación no ha de tomarse como fin en sí misma, sino para lograr los grandes objetivos de evangelización de los jóvenes. El documento de Negrales/I, insistía en esta tarea de coordinación de todos los niveles: diálogo entre los diversos Secretariados que se ocupan de los jóvenes. Un trabajo más continuado de la Pastoral de Jóvenes para ir hacia una comunidad cristiana adulta. Más relación entre los grupos cristianos y movimientos apostólicos juveniles y entre los religiosos dedicados a la Pastoral de Juventud..."[63]. |
|
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
[18]Cf. OPJ 50-58. [19]OPJ 15. [20]Ch L 20. [21]Cf. EN 18. [22]AA 14. [23]EN 18. [24]EN 14; cf. ChL 33 [25]Ch L 34; cf. CLIM 43.45 [26]Ibid. [27]Cf. CA. [28]EN 22. [29]Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la VII Jornada Mundial de la Juventud, 4. Cf.RM 39. [30]OPJ 19; cf. ChL 46. Sínodo 87, Pro. 52. Cf. AA 12, EN 72, CC 248. [31]ChL 19. [32]OPJ 20. [33] OPJ 21, cf. GS 22, RH14, ChL 36; CA 53-56. [34]GS 1. [35]Cf. OPJ 22. [36]Cf. RM 79-80. [37]OPJ 23; cf. CA 56; ChL 42. [38]Cf. CLIM 66.80; cf. CVP 6.76.167.170.173.174. [39]CA 57.
[40]SRS 41. [41]CA 54. [42]Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1985, 3. [43]Homilía durante la Misa celebrada en Czestochowa, VI Jornada Mundial de la Juventud, 15-8-91. [44]Cf. GS 12. [45]ChL 37. [46]Cf. CLIM 44-45. [47]Cf. SRS 42. [48]Cf. OPJ 23; RM 79-80.
|