Con demasiada frecuencia, oímos comentar que la familia, hoy, está en crisis, que ya no encarna los valores tradicionales, que en nuestros hogares se da más una coexistencia que una convivencia... Lo que sí podemos afirmar es que la estructura familiar se ve hoy zarandeada por movimientos contrapuestos. Quizá tenga que renovarse, pero la familia es un valor indestructible. La familia ayuda a realizarse y socializarse, a ser y amar. Cristo santificó la dimensión familiar, pero no la absolutizó. Es un valor, pero relativo, por lo que nunca debe instrumentalizarse.

Por otra parte, la realidad familiar que habitualmente han vivido y viven nuestros hermanos privados de libertad, nos presenta un panorama bastante deficitario: familias impregnadas de consumismo, familias adormecidas por la insolidaridad, familias alienadas por la irresponsabilidad, familias heridas por la pobreza, familia arruinadas por la infidelidad, familias achicadas por la increencia.
La familia es ese pequeño gran espacio en el que podemos aprender a irradiar los destellos del amor. Somos quienes somos debido al amor que, en un núcleo familiar, otros nos han dado. Nuestros valores positivos comenzaron como un regalo hecho por alguien que nos amaba tal y como éramos y que así alentó nuestro desarrollo particular. Sólo desde la ternura, afecto y escucha atenta, el ser humano se siente amado y puede realizar su apertura hacia el otro, descubriendo que el amor es el don más humano y más hermoso. Toda persona cuando es amada, nos dice su secreto hasta entonces silencioso: todo es un indestructible y eterno Sí.
La familia es la base de la propia realización: sólo en el caldo del amor se desarrolla la verdadera personalidad. Uno se realiza en la medida que se da Así es como la persona descubre el Amor auténtico, el que no está condicionado por las expectativas, la necesidad o el deseo de cambiar. Un amor que no controla ni aferra, sino que lanza en el ámbito de la propia libertad. Sólo el hombre maduro es capaz de situar su vida en el amor.
De este modo se desarrolla esa dimensión social que es el impulso gestor de toda persona: todo ello es fruto de una relación de amor más o menos adecuada, más o menos madura. Esa dimensión social humana se inicia y fragua en la relación familiar, semillero de los primeros sentimientos de atención, afecto y escucha. La familia es el pilar, donde el ser humano es educado para ser un ser en comunicación, que vive en relación. La familia ayudar a descubrir que vivir es convivir: relacionarse en interacciones personales.

La familia encauza y potencia la libertad; la familia no defiende la libertad “de” toda dependencia, sino la libertad “para” amar mejor; la familia no es fomento de una libertad que equivalga a independencia irresponsable, sino de una libertad que lleva a la armonía en convivencia.
La familia es el mejor laboratorio del amor y su mejor campo de entrenamiento; en la familia el amor se purifica, se desarrolla y da fruto. Sólo en la dinámica familiar se aprende a ver y disfrutar con naturalidad la gratuidad.
La familia es acogida para no ser atrapado por la masificación y la angustia; en la familia, cada mujer y cada hombre pueden desarrolla el diálogo y la solidaridad, en un adecuado ejercicio de autoridad y obediencia.
La familia nos preserva contra el consumismo, pues no es una empresa de producción y consumo, sino comunidad de personas. En ella se aprende a valorar el fruto del trabajo, se enseña a compartir. En la familia se ama a fondo perdido, se ama más de lo que se vale o se merece: se vive en gratuidad.
La familia es creativa: nunca es una lección aprendida, siempre una asignatura pendiente. Cada día se puede renovar el encanto de la sorpresa, pues no es herencia sino inversión; no es traje sino surco; no es arca, sino arco que lanza más allá de lo posible.
La familia es célula de toda sociedad, en interrelación constante con otras familias y agrupaciones. La familia no es una charca estancada, sino río navegable.
La familia es hogar, es comunicación: puede surgir en un diálogo distendido, en una palabra de comprensión y aliento, en una mirad inteligente, en un gesto elocuente, en un chispazo de amor... El mero hecho de estar juntos, sin muchas palabras, puede provocar empatía y felicidad.
La familia engendra la dignidad de la persona a la que se estima y se quiere como es. Hoy tenemos crisis de autoestima, porque nos ofrecen modelos inalcanzables, a los que se quiere imitar. Por otra parte, nuestra sociedad está muy masificada y despersonalizada.
La familia es maestra de tolerancia y respeto.
La familia invita a la servicialidad y solidaridad: en la familia todo es común, el uno es para el otro, se comparten los sentimientos, los ideales, la vida. Si la sociedad no aprende a ser solidaria, se destruye. El futuro de la humanidad es la solidaridad.
La familia educa en respeto y responsabilidad: en la familia se da respuesta a las necesidades de los demás, especialmente de los más pequeños e indefensos. Esta responsabilidad es el fundamento de toda existencia.
La familia es la defensa y cultivo del amor y la vida: fuera de la familia el amor es difícil y la vida sufre terribles ataques. La familia es fermento de vida y amor en contra de tantas y tantas enfermedades de corazón y semilla de muerte que por doquier pululan.
La familia reafirma, purifica, orienta y trasciende a la persona, para situarla en las coordenadas de la generosidad, la gratuidad, la comunidad, la paz, la misericordia y el compromiso.
1. ¿Qué experiencias tienes tú, particularmente, sobre la familia? ¿Coincide con lo que acabas de leer?
2. ¿Crees que una persona que sufre la carencia del afecto familiar va a arrastrar a lo largo de su existencia grandes lagunas? ¿Crees que se puede uno recuperar de esa ausencia o está destinado a transmitir a sus descendientes su legado personal?
3. ¿Sirve el esquema tradicional de familia para dar respuesta a los retos que se le presentan al hombre actual? ¿Qué hay que conservar y qué hay que transformar?
1. En una sociedad que supervalora la capacidad adquisitiva, el lucro y el consumo, el tener y el derrochar, los cristianos en familia tienen que preguntarse si su fe les ha ido enseñando el gozo de compartir con los necesitados y de valorar el ser sobre el tener.
2. en una sociedad que glorifica la agresividad en la política y en los negocios y que parece convencida de que el que pega primero pega mejor, los cristianos en familia deben saber buscar caminos de aproximación a los agredidos y de educación para la no violencia activa y comprometida.
3. En una sociedad que trabaja para holgar y que busca la diversión por sí misma, que hace del placer el máximo valor y del dolor una maldición, los cristianos en familia tienen que ir adquiriendo la sabiduría del estar disponibles para enjugar lágrimas ajenas y en ellas percibir las lecciones de los crucificados de cada día.
4. En una sociedad que institucionaliza la mentira y el fingimiento, que oculta sus intenciones y diviniza la propaganda, los cristianos en familia deben experimentar que la verdad hace hombres y mujeres libres.
5. En una sociedad que convierte la guerra en el máximo negocio y la discordia en el único modo de autoafirmación, los cristianos en familia han de saber hacer de la familia un espacio para la reconciliación y una escuela donde se formen promotores de la concordia y luchadores por la paz.
6. En una sociedad que condecora a los arribistas y convierte la tolerancia en ventajismo mientras vende los ideales y las promesas al mejor postor, los cristianos en familia sabrán ir creciendo en fidelidad al compromiso y educar hombres tenaces e invencibles, firmes hasta la persecución
(Javier Vitoria)
