El corazón del hombre ha sido creado para la fiesta; no para cualquier fiesta, sino para aquella que le transforma, plenifica y lanza a lo definitivo. Sin fiesta el hombre entra en el torbellino de la rutina y se va degradando en el gozne sin fin del abismo. La fiesta ha de desarrollar la dimensión de la gratuidad, del derroche de gracia, la dimensión lúdica que desarrolla ese niño agazapado que todos llevamos dentro. Cuando nuestro corazón accede a esta dinámica de fiesta, que sólo la relación con la transcendencia puede aportar, el gozo invade nuestra existencia en una alegría interminable.
El acto de fe profundo emplaza la vida humana en la fiesta de Dios, por lo que la vida cristiana es, ante todo, una epifanía de gozo festivo. Nuestra fiesta se basa en la Buena Noticia de que Dios viene a nuestro encuentro, para liberarnos de nuestras esclavitudes y abrirnos a la bienaventuranza evangélica.
La fiesta es la celebración de la liberación de la nada para existir. La fiesta es revivir diariamente la llamada de Alguien que nos llama desde las profundidades del abismo a Ser. La fiesta, en primer lugar, es un recuerdo de nuestra esencia, de nuestra vocación, del sentido de vivir. La fiesta es descubrir y celebrar la realidad constitutiva de nuestro existir cada día: hay que dirigir nuestros ojos y nuestra memoria hacia el acontecimiento primordial, salvador, que nos constituye. Es un intento de no dejarnos atrapar por la monotonía de lo cotidiano, para sublimar y situar nuestros sentimientos interiores y las aspiraciones más hondas en la gratuidad infinita. Este fenómeno interior lo expresamos de mil maneras: rituales, música, danza, canto, baños lustrales, comidas sagradas...
En cada fiesta reivindicamos el aspecto sagrado de cada acontecimiento.: a través de la celebración festiva queda abolida la duración temporal y se inaugura un tiempo sagrado, un tiempo singular portador de gracia y de salvación; hay que distinguir entre el tiempo del trabajo y el tiempo de la fiesta, entre el tiempo del hacer y del producir y el tiempo de expresar la alegría de vivir. Cada fiesta es una convocatoria, un memorial, un recuerdo, una conmemoración ritual del acontecimiento salvador: los cristianos evocamos no sólo el origen de la vida, sino que la eclosión de vida, verificada en el acto creador, llega a su máxima manifestación en la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.
La fiesta condensa la vida cotidiana y nos resitúa en la gratuidad divina para recrear el universo en el quehacer cotidiano. La fiesta que no condensa y expresa la vida aliena a quien dice celebrarla; la fiesta que es expresión de lo que se vive redimensiona la existencia en una acción de gracias. Así, la fiesta es incorporarse al descanso soberano de Dios para reconocer con El que la creación es buena. El fundamento último de toda fiesta, lo que la motiva y justifica en última instancia, es la convicción de que todo lo que existe es bueno y es bueno que exista.
La dinámica de la fiesta nos sitúa en la culminación del tiempo que vivimos, anticipándolo. Apoyados en el Resucitado, desarrollamos la fantasía cristiana, anticipando en el presente las nuevas formas de existencia humana, los nuevos estilos de convivencia, estructuras sociales nuevas, modos nuevos de entender la vida y el mundo, ..., que se manifestarán en el esjatón definitivo mediante el rito festivo, el futuro no sólo se proyecta y anuncia, sino que se anticipa y experimenta. En el aquí y ahora de la celebración confluyen el pasado y el futuro, en un intento de vivir ya la exuberancia contenida en nuestras potencialidades: esa exuberancia se manifiesta en el traje de gala, en la comida festiva, en el engalanamiento de calles y edificios, en la generosidad de la bebida y hasta en el derroche de medios...

El día de fiesta es un día distinto. Rompemos los tabúes y los convencionalismos sociales; la fiesta nos permite mostrarnos tal como somos, en libertad de acción y espontaneidad, sin caretas ni formalismos. La fiesta es el entrenamiento para la libertad definitiva, acompasada por la alegría exuberante y el derroche gozoso. La fiesta, el gozo, la libertad, es un “sí” a la vida, a Dios, a Jesús, nuestro Salvador. La fiesta nos permite experimentar como presentes los acontecimientos salvadores del pasado y la gozosa posesión de los bienes de futuro.
El Jubileo de este año 2000 es un intento de condensar, en nuestro modus vivendi, todo el júbilo divino, permitiendo que este derroche de fiesta trinitaria alcance a todos los hombres y a todo lo creado. La fiesta y el júbilo han de ser comunitarios o son falsos, han de abarcar a todos o no son válidos. El Jubileo del año 2000 no es algo distinto a otros años, sino la oportunidad de gracia que se nos regala para disfrutar lo que se nos ofrece día tras día, mes tras mes, año tras año, pero que no somos capaces de discernir y disfrutar por estar demasiado aferrados a la mecánica de lo cotidiano.
Cada Eucaristía es la mejor síntesis y la mejor epifanía de la fiesta cristiana; en ella se condensa y se ofrece en alimento esa Vida en abundancia que Dios Padre en su Hijo Jesús nos regala gratuitamente en el Espíritu. Cada Eucaristía celebra la fiesta pascual, transformación de la existencia: abandono de una existencia según las categorías de aquí abajo (pecado, fragilidad,...) para acceder a una existencia nueva, transfigurada, gloriosa en el Espíritu.
Dios, que es presencia perenne e incesante, a través de la fiesta, nos brinda a los cristianos la posibilidad de entrar, desde ahora, en su presente inmutable, en el “hoy” eterno de la divinidad. A través de la celebración festiva la comunidad se libera de los estrechos límites de lo temporal y se ve transportada a la órbita de lo divino, inmersa en el eterno presente de Dios, en un “hoy” inmutable y siempre nuevo.
1. ¿Cómo es la percepción de nuestro tiempo? ¿Desde dónde lo percibimos? ¿Cómo articulamos en nuestro vivir cotidiano el pasado, el presente y el futuro? ¿Cuál es la medida del tiempo en el interior de los centros penitenciarios? ¿Nos inquieta el pasado que hemos vivido? ¿Cómo afrontamos el futuro: desde la realidad profunda del presente o desde fantasías inverosímiles?
2. ¿Qué relación tiene la fiesta con la diversión? ¿Las fiestas tal como la vivimos, expresan lo que vivimos o son una válvula de escape?
3. ¿Cómo interpela, purifica y transforma tu vida cada fiesta que vives?
4. ¿Es posible la fiesta sin Dios? ¿Es posible la libertad sin la fiesta?
Pasado algún tiempo, advertí cambios en la
táctica de Jesús. No se limitaba ya a predicar a las multitudes. Prestaba ahora
mayor atención a sus discípulos. Solía retirarse con un grupo reducido de
seguidores y les instruía largo rato a solas.
Daba la impresión de estar preparando algo importante.
Un
buen día asistí a un acontecimiento que él quiso revestir de un significado
especial. Y que marcaría un hito en mi trayectoria personal. Nos encontrábamos
en la cima de un montículo desde donde se divisaban las aguas azuladas del
lago.
Jesús
conocía muy bien el simbolismo que la montaña tiene para un judío.. Empezó a hablar. Pausadamente. Emocionadamente. Decía:
Ø
Felices quienes han abierto al viento del Espíritu su corazón, y han
dejado que este les enseñe qué es amar.
Ø
Felices los que han elegido la parte de sus hermanos más pobres. Los
que se han hecho pobres con los pobres. Para aprender a amar donde no hay amor.
Ø
Felices los que lloran lágrimas de ojos ajenos, y hacen suyo el grito
de los que no tienen voz.
Ø
Felices, porque el Dios – amor derramará a manos llenas sobre ellos su
ternura.
Ø
Felices los humildes. Los que tienen los pies en la tierra, y saben
soñar sueños de inmensidad.
Ø
Felices los que buscan la justicia como busca el hambriento su pan.
Ø
Felices, porque conocerán lo que es la libertad.
Ø
Felices los compasivos. Saborearán el cariño de mi Padre Dios.
Ø
Felices los que tienen transparente el alma. Los que saben el nombre
de las cosas y osas pronunciarlo sin temor.
Ø
Felices, porque verán las huellas del amor en la playa fresca de la
vida.
Ø
Felices los que construyen la paz. Los que crean espacios de amor
y libertad.
Ø
Felices, porque con su estilo de ser proclaman ante el mundo que el
Dios – amor es un Dios de todos y para todos.
Ø
Felices los que padecen persecución a causa de su lucha por conseguir
que las cosas sean lo que pueden ser, lo que deben ser.
Ø
Felices, porque a pesar de todo, contra todos, el Dios – amor se hace
responsable de su felicidad.
Y seguía hablando. Explicaba
sin prisas el significado, las consecuencias de cuanto iba diciendo.