Justicia: Sueño de libertad


Introducción

 

         Todos coincidimos en que el concepto de justicia es ambiguo y es un término difícil de definir, aplicar, y mucho más vivir. Desde nuestra experiencia, sabemos que el fiel que separa la justicia de la injusticia es muy tenue. El abanico de la justicia es muy amplio y depende desde donde sea contemplada para que se vea y discierna de una manera u otra. Nosotros, hoy, queremos contemplarla desde la perspectiva cristiana, y en ese encuentro del hombre con su hacedor, desde la dinámica bíblica, el término justicia va abordando la vida del hombre desde el corazón de Dios Padre, hasta que en el patíbulo de la Cruz se identifica con la misericordia.

Reflexión teológica

 

         Cuando el hombre sueña, lo hace con la libertad; gusta saborearla, acariciarla, gozarla... El hombre es sueño de libertad. Sin embargo, cada hombre sueña de diverso modo. Habrá quien lo haga con ser grande y poderoso, y colocarse siempre por encima de quien con él vive; sin embargo, confundiendo soñar con la libertad con soñar consigo mismo, y con hacerse esclavo de sí mismo. Habrá también quien sueñe con la libertad de hacer su gusto y apetencia, confundiendo soñar con la libertad de los hombres con soñar con un mundo donde sólo existe un hombre: él. Habrá también quien sueñe con glorias y grandezas, con la omnipotencia, confundiéndose, puesto que soñar con la libertad es aceptar la cruz, fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1 Cor 1, 24).

 

         El sueño de libertad del hombre, lejos de ser agradable y complaciente, es duro y dramático; porque le enfrenta con sus límites y sus esfuerzos. El sueño de libertad es justo si se adecua a la realidad del hombre; con la conciencia clara de que la aceptación de la dimensión más atroz de la vida equivale a la resignación. El sueño de libertad es justo si también supone la capacidad de transformar la realidad del hombre para hacerla más humana, siempre partiendo de la aceptación  de sus límites y de sus condicionantes; conlleva, pues, revestirse del Hombre Nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad verdaderas (Ef 4, 24).

 

La Justicia Es Aceptación de la Realidad

 

         Nadie se complace en el malestar o en buscar el dolor. Todos hacemos nuestra la oración de Jesús: “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz” (Mt 26, 39); sin embargo, el sufrimiento es –querámoslo o no- inevitable. Inútil es la rebeldía contra el dolor, baldía la lucha contra el mal. Más aún, el por qué de todo ello tiene como respuesta un atroz silencio; Dios parece que, cobardemente, calla, cuando el hombre grita como Jesús: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mt 15, 34). Al hombre parece que en esos momentos no le queda otra alternativa que sumergirse en fantásticos paraísos cuyas sensaciones placenteras le anulan como persona y le merman su humanidad o seguir sufriendo, si bien descubriendo a la divinidad, a Cristo –escondida también en nuestro mismo dolor.

         Todos huimos de la soledad, de la angustia de sentirse solo en el desierto del mundo. Sabiendo que, por experiencia, la mayor de las soledades no es tanto la de no tener a quien hablar, sino por quien ser escuchado, o, más aún, no es tanto la de tener a quien amar, sino por quien ser amado. Si no se tiene alguien a quien querer, se carece de alguien por quien esforzarse y luchar, haciendo que se carezca de razón para continuar viviendo o motivos para seguir existiendo. El hombre ha de tener posibilidad de querer, ya que vivir es poseer libertad para amar: “hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis esa libertad como pretexto para la carne; antes, al contrario, servios por amor unos a otros”. (Gal 5, 13).

 

         Todos evadimos el pecado. El hombre, infinidad de veces, experimenta, como el apóstol, que no realiza el bien que quisiera hacer, sino el mal que no quisiera hacer (Rom 7, 19). Así el hombre se descubre condicionado por el pecado, en tanto incapaz de amar con amor total, perseverante gratuito y universal. Cometer pecado es renunciar a la libertad, porque todo el que comete pecado es un esclavo (Jn 8, 34); se esclaviza porque, amándose sólo a sí, se encierra en sí mismo y se olvida del hombre y rompe con Dios. Ante la dificultad de regir la convivencia humana sobre la base del amor, aparece la ley entre los hombres, sabiendo que cuantos pecaron bajo la ley, por la ley serán juzgados (Rom 2, 12).

 

         La muerte es, sin duda, la realidad más dramática del hombre; su mayor sinsentido y sinrazón. Es la realidad que, aunque al final de la existencia del hombre, le replantea toda su vida. Lo que quisiéramos que fuese intemporal, por la muerte, pasa a ser temporal y, a veces, efímero y fugaz. En el momento de la muerte cada hombre se encuentra a solas con su destino, cuanto más cruel si este instante se vive en el abandono y entre frías paredes y rígidos barrotes, sin una brizna de compañía y de amor. Con todo, feliz quien considera la muerte como un tránsito de vida a vida, sabiendo que, tras ella, ha de ser juzgado, pero con la confianza que la misericordia vence al juicio (St 2, 13). Mientras que desgraciada la vida de quien espera –o provoca- su muerte como una liberación..

 

La Justicia es Transformación de la Realidad

 

         La transformación del hombre implica, ante todo, reconciliarse, primeramente, consigo mismo: renunciando a una constante huída hacia delante y acepta los límites propios de su naturaleza humana, anteriormente referidos. Igualmente, supone aceptar las heridas del pasado, consecuencia de la dramática lucha en la vida. El pasado, en tanto que ya pasado, no ha lugar para abordarlo de nuevo y afrontarlo con actitudes y posturas distintas; sino que sólo cabe tener la audacia de aceptarlo y convivir muchas veces con la amargura de su recuerdo y el dramatismo de sus consecuencias. Así mismo, el hombre debe de reconciliarse con Dios, o mejor dicho, dejarse reconciliar por él (2 Cor 5, 20). Sólo en Dios encuentra el hombre su razón de ser y el sentido de la vida; mientras que desde la experiencia se afirma que los dioses y señores de esta tierra no me satisfacen (Sal 15, 2).

 

         La transformación de la realidad supone la capacidad de crear. El hombre debe continuar la labor iniciada por Dios  en la creación. Dios nos dejó un mundo siempre inconcluso, para que nosotros seamos responsables de él y protagonistas de su devenir. El hombre creador será capaz de dejar su impronta y su huella a su alrededor, haciendo su mundo algo más suyo. En un mundo impersonal y frío, limitado y pequeño, la capacidad de crear será capaz de abrir los horizontes del hombre en la medida que genere belleza: alegría en la amistad, sinceridad en el diálogo, disponibilidad para el otro... Crear es, pues, un derroche de imaginación y creatividad en el tedio y la monotonía del ambiente y de la vida.

 

         Asimismo, aceptar la realidad es capacidad para esperar, más aún, esperar contra toda esperanza (Rom 4, 18). Quien espera, lejos de sentirse encadenado al realismo humano, vive con la confianza de que sus sueños llegarán a ser realidad. La esperanza es anhelo de futuro; y, si hay porvenir, hay razones para vivir. No sólo hay un ‘hoy’, sino también un ‘mañana’. Así la rutina de existir se convierte en alegría de vivir; el destino en tarea por hacer, hasta llegar a decir con el apóstol: “nos aprietan por todos los lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan” (2 Cor 4, 8-9).

Interpelaciones

 

1.     ¿Por qué crees que es tan frecuente que cuando se habla de la justicia nos referimos a los demás o a instituciones, en vez de dejar que interpele nuestro estilo de vida y nuestra escala de valores?

2.     ¿Puede el hombre tejer un tejido social justo y equitativo? ¿Desde dónde? ¿Es una quimera?

3.     Desde la vivencia de la cárcel ¿cuáles son hoy las interpelaciones más fuertes que hemos de hacer a nuestro sistema jurídico? ¿Ya nuestro sentido de justicia?

4.     Desde el quehacer eclesial y desde nuestra pastoral ¿apostamos más por una justicia social o por una misericordia divina que amando hace justicia?

Oración – plegaria

 

ESTE ROSTRO, SEÑOR, ME VUELVE LOCO

 

Este rostro, Señor, me ha vuelto loco todo el día.

Es un reproche vivo,

un largo grito que golpea mi paz.

Es un rostro joven, Señor, y todos los pecados del mundo

se han ensañado en él,

que estaba indefenso, abierto a los ultrajes.

Vinieron de todas partes.

 

Vino la miseria, la chabola, la cama con montículos y baches,                        

el aire apestado, el humo, el alcohol,

el hambre, el hospital, el sanatorio.

El trabajo aplastante, el trabajo humillante,

el paro, la crisis, la guerra.

La lucha por la vida, la revuelta, el alboroto, los gritos,

los golpes, el odio.

Sí han llegado de todas partes,

horribles egoísmos de hombres de mil rostros horrorosos,

son sus gordos dedos sucios, sus uñas rotas, sus alientos apestosos.

Han acudido de todos los rincones del mundo,

de todos los extremos de los siglos, de todas partes, de siempre.

 

Y largamente, unos tras otros,

o bruscamente todos a la vez como toros,

han golpeado, azotado, estrujado, mordido,

moldeado, martillado, grabado,  esculpido.

 

Y he aquí, por fin, este Rostro, ese pobre rostro.

Han tardado dieciocho años para podérmelo enseñar,

han empleado cientos de siglos para producirle:

Ecce Homo: He aquí el hombre.

 

He aquí este pobre rostro del hombre, como un libro abierto:          

el libro de la miseria y del pecado de los hombres,

el libro del egoísmo, del orgullo,

de la cobardía; el libro de las avaricias,

de las sensualidades, de los despidos, de las trampas.

 

Helo aquí como una queja dolorosa, como un grito de rabia,

pero también como una llamada desgarradora,

pues en el fondo de este rostro atormentado,

en el fondo de esos ojos desorbitados,

como las manos tendidas del ahogado, blancas

bajo el agua sombría del muelle,

un destello, una llama, una trágica súplica:

el infinito deseo de un alma que quisiera vivir

más allá de su cieno.

 

Señor, ese rostro me vuelve loco,

me da miedo, me condena,

porque yo he trabajado como todos para que fuera así,

o, al menos, he dejado que lo hicieran así,

y ahora pienso que este rostro

es el rostro de un hermano mío y tuyo.

Oh Dios, ¡cómo hemos puesto a este miembro de tu familia!

 

Y ahora temo tu juicio, Señor.

Me parece que al fin de los tiempos,

Tú harás desfilar ante mí todos los rostros

de los hombres, mis hermanos,

y especialmente los de la gente de mi ciudad,

los de mi barrio, los de mi puesto de trabajo.

 

Y a tu luz inexorable yo leeré estos rostros:

la arruga que yo he abierto, la boca que torcí,

la mueca que esculpí, la mirada que manché, la que extinguí.

 

Vendrán todos  inexorables, desfilando ante mí,

maniquíes vengadores de la miseria y del pecado.

Vendrán los conocidos y los desconocidos,

los de mi tiempo, los de siglos pasados,

y todos cuantos vendrán a este taller del mundo,

y yo estaré allí, inmóvil, aterrado, en silencio.

 

Será entonces cuando Tú me dirás:

Aquel rostro era el mío.

 

Señor, perdón por este rostro que hoy me ha condenado.

Señor, gracias por este rostro que hoy me ha despertado.

(Michel Quoist)