Misericordia

 

Introducción

 

         Misericordia: regalo del corazón al mísero y miserable. Realidad que desborda las expectativas del hombre, realidad ininteligible desde la razón, pero realidad que configura al ser humano en su existencia. La misericordia se basa en la afectividad, en el sin sentido del regalo total, por lo que interpela y resitúa la realidad de justicia, entendido desde el mero plano jurídico. La misericordia rompe nuestras configuraciones y nos traslada a mundos desconocidos: el mismo corazón de Dios.

Reflexión teológica

 

En el Antiguo Testamento

 

         El antiguo Testamento utiliza la palabra hebrea “rehem” para denominar lo que nosotros decimos con la palabra misericordia. “Rehem” propiamente designa el seno materno como lugar de procedencia de toda vida y “rahamîm” designa el sentimiento de misericordia; originalmente, la sede de este sentimiento (entrañas, interior) sería el “sitio tierno” en la naturaleza de un hombre.

 

         Hay que hacer notar que en hebreo existe el verbo “rhm” : si lo comparamos con nuestro idioma veremos que necesita dos verbos para designar el mismo movimiento (ser misericordioso, tener misericordia, hacer misericordia) indica el carácter dinámico del concepto, aparte de que todas estas dimensiones (ser, tener, hacer...) no son disociables, es misericordioso el que tiene misericordia y a la vez hace misericordia. Quizá para acercarnos al concepto tendríamos que traducirlo por “entrañar”. Cuatro quintas partes de los textos con el verbo “rhm” tienen a Dios como sujeto (los escasos textos que tienen sujeto humano se suele aplicar a una madre).

 

         No se debe caer en el error de considerar que la misericordia de Dios es sólo una afección interior meramente psicológica, un sentimiento. La misericordia de Dios en el antiguo Testamento es inseparable del concepto “alianza”.

 

         Israel cuando reflexiona sobre el origen de su relación con Dios: “mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto [...] Loe egipcios nos maltrataron y nos oprimieron [...] Nosotros clamamos al Señor Dios de nuestros padres [...] nos sacó de Egipto con mano fuerte [...]”. Si quiere preguntarse el por qué de esa relación, por qué se fija en unos nómadas que no tienen donde caerse muertos (“el más insignificante de todos los pueblos de la tierra” Dt 7, 7). Por qué se puso de parte suya en lugar de ponerse de parte de los egipcios... La única respuesta que encuentras es porque Dios es así: misericordioso. Esa relación la explican, desde su contexto cultural de la época con la palabra “alianza”, [=berit]. “Berit” pertenece al mundo de la política internacional y expresa primariamente la relación jurídica entre dos partes desiguales en la cual la parte más poderosa se compromete a sí misma con la otra parte, es decir, es en principio unilateral y sólo el poderoso adquiere obligaciones.

         Lo primero que descubre Israel es que su relación con Dios y la manifestación de esa relación como misericordia de Dios se desarrolla en la historia. No son primariamente conceptos abstractos que se reducen al mundo del culto, sino que se desarrollan en la esfera de lo secular y de la vida cotidiana.

 

         Por eso, a medida que las condiciones históricas van transformando la vida, la reflexión sobre los acontecimientos va transformando su perspectiva sobre Dios, enriqueciendo su conocimiento y su relación con Él. Por eso, también, los conceptos de alianza y de misericordia van evolucionando y enriqueciéndose paralelamente.

 

~       En un primer momento la misericordia de Dios viene entendida como “bondad” [=hesed]. Viene expresado fundamentalmente con dos imágenes que designan a Dios como “padre y pastor de su pueblo”: con estas imágenes expresan la idea de protección ante las naciones más fuertes que les rodean o por las que tienen que pasar en su camino hacia la tierra prometida. También está incluida la idea de cercanía y de presencia permanente (en la tienda que está en medio del campamento, respondiendo a los problemas sucesivos que se van presentando...) y la idea de fidelidad: Dios es el que cumple las promesas, el que permanece...

~       En la época del profetismo, se reconoce el pecado del pueblo en toda su gravedad, es decir, como una infidelidad que desmorona la comunidad y crea exclusión y muerte dentro de ella. Se acentúa dentro de la idea de misericordia la dimensión de la parcialidad de Dios que no mira en abstracto sino desde los más pobres y que exige el cambio de la situación. Castiga con intención de corregir a su pueblo, siempre abierto a su vuelta al camino. Se relaciona íntimamente con justicia.

~       Cuando en el exilio todo se desmorona la misericordia de Dios es la que anima, levanta, recrea, reconstruye, perdona... se relaciona con perdón y con renovación.

 

En el Nuevo Testamento

 

         En el Nuevo Testamento, la manifestación de la misericordia de Dios se realiza a través de Jesús. Jesús es la trasparencia de esa misericordia.

 

         Lo mismo que en el Antiguo Testamento la misericordia de Dios la entendíamos como manifestación de la alianza, así también en Jesús, también la misericordia es expresión de su vivencia de la realidad de Dios como “Abba” y de la expresión de esa realidad en las tierras de Palestina del s.I como invitación a participar del Reinado de Dios que se acerca. Esa experiencia fundamental se expresa a través de la misericordia de Jesús que sale a los caminos y a las aldeas a anunciar, a sanar, a invitar a la conversión para sentarse a la mesa.

 

         En Jesús la misericordia se manifiesta en primer lugar en los relatos de curaciones. La realidad del dolor producido por la enfermedad, por la exclusión, por el dolor, penetra en lo más hondo de Jesús (“splagchnizomai” = “tener misericordia”  es el verbo que se utiliza para el movimiento de su corazón, viene de la raíz “splagchnos” = “entrañas” concebidas como los órganos donde residen estos sentimientos), y por ello reacciona desde lo más hondo transformando la situación. Así pues, también para Jesús la misericordia no es un mero sentimiento sino que es una reacción.

 

         Esta misericordia de Jesús como expresión de la misericordia de Dios va encaminada a la integración de las personas y por lo tanto no sólo supera la justicia distributiva basada en los méritos (parábola del amo bueno que paga a los jornaleros el mismo salario), sino que su sentido de la justicia le lleva a la parcialidad de su solicitud (oveja perdida, moneda perdida, hijo pródigo...) es más, la condición para participar en el banquete pasa por la conversión a esa parcialidad de la misericordia (el final abierto con que termina la parábola del hijo pródigo debe de ser entendido como invitación a los interlocutores a cerrarlo con su propio comportamiento). La apertura a esa misericordia de Dios, expresada a través de Jesús, debe de transformar y abrir hacia una vivencia misericordiosa, una conversión a la misericordia (Mt 18, 27; Lc 6, 36; Mt 25, 31 ss). Las comidas de Jesús con los pecadores se pueden entender dentro de la misma dinámica.

 

         La misericordia se manifiesta también en la fidelidad a su misión aun a sabiendas de que esta comporta la amenaza de la muerte. Jesús expresa esta fidelidad como entrega de sí mismo a favor de los hombres, y como entrega que Dios hace en su persona por amor a los hombres (Mt 21, 33 – 34: relatos de la cena...).

 

         Los teólogos escritores del Nuevo Testamento dirán que la misericordia de Dios prometida en el Antiguo Testamento, experimentada en la historia de la salvación de Israel, alcanza su plenitud en la clemente entrega que Dios hizo de sí mismo ante los insignificantes y los pobres en la encarnación de su Hijo.

Interpelaciones

 

1.     Relacionar y diferenciar “misericordia”  con “paternalismo” y “derechos humanos”.

2.     En nuestra historia personal ¿hemos experimentado, realmente, la misericordia de Dios? ¿Serías capaz de hacer un pequeño relato de tu experiencia de misericordia? ¿Te atreves a compartirlo?

3.     Desde nuestra pastoral apostamos por la misericordia divina, como única posibilidad de abrirnos a la justicia y libertad. Sin caer en vanas complacencias y desde la verdad y sencillez, hacer una lista de las pequeñas “maravillas” que el Padre hace a través nuestro en el mundo de la prisión y su entorno. Elaborar un “Magnificat”.

4.     Muchas de las personas privadas de libertad no se han experimentado como seres humanos, con condiciones y posibilidades normales de familia, amigos, estudio, trabajo, valoración social, autoestima.  Viven un sinfín de carencias: no libertad, no familia, futuro difícil, no trabajo, indigencia, relaciones agresivas, valoración social negativa, impotencias... ¿Qué acciones y qué actitudes hemos de cuidar de modo especial para “ser misericordiosos” al estilo bíblico?

5.     Conscientes de formar parte de una sociedad que crea desigualdad económica, cultural, política, que fomenta pobreza y exclusión social, que habla de bienestar pero prefiere las cifras, que habla de reinserción pero prefiere el castigo en aras de una mal entendida seguridad ciudadana ... ¿qué retos de cara a la transformación social se plantea a nuestra pastoral para ser “misericordia” al estilo bíblico?

6.     Si es verdad que cada vez hay más deseos de hacer un mundo más humano, en que se hagan realidad los derechos humanos, ¿con quién nos podemos relacionar, coordinar, trabajar juntos... para que la misericordia de Dios llegue mejor a los privados de libertad?

7.     Aceptando que la Iglesia tiene un potencial inmenso en sus creencias (qué dice de Dios, qué dice del hombre, qué dice del caído...) y en muchos de los creyentes y que a la vez está llena de contradicciones (una cosa es lo que creemos y otra lo que hacemos)... ¿seríamos capaces de hacer un decálogo para una Iglesia diocesana, misericordiosa con los privados de libertad? ¿Qué propuestas concretas plantearíamos ya a nuestra Iglesia diocesana?

Oración – plegaria

 

¡Señor! Lo más importante no es:

ü      Que yo te busque, sino que Tú me buscas en todos los caminos.

ü      Que yo te llame por tu nombre, sino que Tú tienes el mío tatuado en la palma de tus manos.

ü      Que yo te grite cuando no tengo ni palabra, sino que Tú gimes en mí con tu grito.

ü      Que yo tenga proyectos para ti, sino que Tú me invitas a caminar contigo hacia el futuro.

ü      Que yo te comprenda, sino que Tú me comprendas en mi último secreto.

ü      Que yo hable de ti con sabiduría, sino que Tú vives en mí y te expresas a tu manera.

ü      Que yo te guarde en mi caja de seguridad, sino que yo soy una esponja en el fondo de tu océano.

ü      Que yo te ame con todo mi corazón y todas mis fuerzas, sino que Tú me amas con todo tu corazón y todas tus fuerzas.

ü      Que yo trate de animarme, de planificar, sino que tu fuego arde dentro de mis huesos.

Porque, ¿cómo podría yo buscarte, llamarte, amarte... si Tú no me buscas, llamas y amas primero? El silencio agradecido es mi última palabra, y mi mejor manera de encontrarte.

 

El Abrazo Sin Ruptura (Salmo 65)

Dios de la fraternidad universal,

¿quién no se siente arrebatado de entusiasmo

ante la certidumbre de tu obra liberadora

que supera y hace inútiles todos los sistemas

basados en el principio del más fuerte?

 

Feliz el pueblo que, a la hora de la crisis,

confió más en Ti que en los programas

de restauración económica;

pues de Ti aprendió a compartir

y a poner en común la mesa

de la escasez y de la abundancia.

Tú nunca te callas ante el atropello,

y nos haces saber con la elocuencia de los hechos

que todo poder explotador se derrumba

dejando sus ruinas como lección permanente.

 

Por Ti se oyeron gritos de júbilo

en los sectores más míseros de nuestro planeta:

ya no se llamará nación culta

a la que despliega mejores medios de influencia,

ni se llamará pueblo desarrollado

al que posee técnicas más poderosas de producción.

 

El desarrollo y la cultura estarán contenidos

en la sabiduría de admirar y de compartir.

 

La admiración nos llevará a respetar y a comulgar

los valores de otras culturas distintas a la nuestra.

La admiración nos volverá a enseñar a hacer del espacio natural

una casa habitable para el hombre, en tanto que

El saber compartir nos abrirá los ojos para descubrir

que las riquezas de este mundo

tienen poder para satisfacer con creces

las más auténticas necesidades del hombre colectivo.

 

Jamás se volverá a oír hablar de escasez o de hambre;

jamás se volverá a creer en la necesidad de la guerra;

jamás un país se impondrá por la fuerza a otro país

ni un hombre por la astucia a otro hombre. ¡Jamás!

 

¡Todos beben de la fuente de tu salvación gratuita!

¡Todos se sienten sanados en la raíz de sus torpezas e iniquidades!

¡Todos se saben invitados al abrazo que jamás conocerá ruptura!

 (Antonio L. Baeza)

 

Credo Del Amor

 

Creo que Dios es Padre misericordioso.

Creo en Jesucristo, su hijo querido,

testigo del amor del Dios entre los hombres,

que pasó la vida haciendo el bien

y anunciando la buena noticia

de que Dios nos quiere,

y de que su Reino ya está entre nosotros.

 

Entregó su vida por amor,

pero resucitó al tercer día,

porque el amor de Dios es más fuerte que la muerte.

 

Creo en el Espíritu Santo

que es el amor de Dios

derramado en nuestros corazones.

 

Creo en la Iglesia,

llamada a ser en cada uno de sus miembros

presencia del amor de Dios

en medio de las necesidades de los hombres.

 

Creo que al final,

después de haber sido preguntados por el amor,

celebraremos la Pascua definitiva,

la vida regalada por Dios en plenitud.