Perdón Acogida

 

Introducción

 

Perdonar y acoger al otro son dos realidades difíciles en el mundo en que nos movemos, donde predomina el tener y el poder, inmerso en el consumismo y la ambición de enriquecerse aunque sea a cosa del otro. ¡Todo vale! ¿Cómo pedir el perdón y la acogida para los hermanos/as que sufren privación de libertad, presos por tantas causas y que la mayoría de la sociedad rechaza, margina y aleja de sí? ¿Es posible solicitar el perdón y la acogida para quienes desea esta sociedad desea ver encerrados de por vida?

 

El JUBILEO 2000, no obstante, nos invita a abrirnos a los demás, especialmente a los más pobres, con entrañas de reconciliación y misericordia ante toda la miseria humana.

Reflexión teológica

 

La historia de la Salvación, que es la relación de Dios Padre con la humanidad, con cada uno de nosotros, es un continuo perdonar y acoger. Desde el perdón a los primeros padres, Adán y Eva, prometiendo y ofreciendo un Salvador, toda la historia está tejida de esta constante: pecado (ruptura de las relaciones por no cumplir la ley del Señor),  perdón (predicado por los Profetas y ofrecido por un Padre – Madre que olvida, acogida (renovando siempre la amistad y tendiendo la mano a quien le busca). Los textos bíblicos al respecto son tan numerosos como conocidos: fijémonos en los que más nos interpelen.

 

Este es el talante del Padre que “tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo para que el mundo se salve” (Jn 3). Basta leer las parábolas de la misericordia: la oveja perdida y la consiguiente alegría por hallarla; la parábola del Hijo Pródigo, cuyo Padre prepara el banquete para celebrar el regreso del Hijo “que había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y se le ha encontrado”. (Lc 15)

El ejemplo mayor lo tenemos en Cristo Jesús que perdona dando la vida: en lo alto de la Cruz, en medio de dolores, humillaciones y despreciado como malhechor exclama: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Es por ello que, cuando resucita, lo primero que anuncia es el perdón (Jn 20, 23).

 

No en balde, nos enseñó y exigió en la oración del Padre Nuestro, “perdona nuestras ofensas para que nosotros perdonemos a quienes nos ofenden”. Su mandamiento nuevo es: “amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Consecuentemente, la condición para que Dios nos escuche y podamos celebrar la Eucaristía es que “perdonemos de corazón a quien tenga quejas contra nosotros” (Mt 5, 20 – 26).

 

Somos seres humanos y cometemos faltas y errores (Rom 7, 14 – 15). En el Sacramento de la reconciliación, a quien se convierte y arrepiente de sus culpas y las confiesa, Cristo, a través de la Iglesia, ofrece y concede la reconciliación y el perdón, acogiéndolo de nuevo. Bastaría recordar siempre la actitud del Maestro: “¡Vete en paz! Yo tampoco te condeno” (Jn 8, 1 – 10)

 

 ¿Cómo sería nuestro mundo si no existiera el perdón? Y ¿cómo cambiaría la estructura de nuestras cárceles si se buscara y se intentara provocar la reconciliación víctima – agresor? Pero...  Si la palabra perdón y acogida no forma parte de nuestra experiencia personal y penitenciaria..., si no existe la mano tendida ni tenemos entrañas de misericordia ante toda miseria humana (plegaria eucarística 6ª) acogiendo a todos..., si el que “peca” tiene que seguir siendo culpable y quedarse encerrado en sus yerros..., si sólo existe la venganza y el peso de la ley su sentencia..., olvidamos el Evangelio en su realidad más profunda y para nada sirve el júbilo que proclama el JUBILEO que queremos celebrar en el año 2000.

 

Desde la perspectiva de la pastoral penitenciaria nos gustaría emplazar, por así decir, a las partes contendientes: la sociedad, víctima en algunos de sus miembros, y los que delinquen, a una doble actitud y exigencia:

 

A cuantos formamos la sociedad, el año Jubilar nos invita a abrir nuestros corazones y no hacernos sordos y duros a la situación del hermano/a encarcelado que, proveniente en su mayoría de la marginación y sufriendo la postergación del mismo entorno social, precisan de la comprensión y acogida, pues muchos de ellos/as son, a la vez, víctimas de una estructura de pecado y exclusión. Para ellos/as va la gracia del Padre bueno Dios, a través de nuestra acogida y perdón

 

A cuantos habitan nuestros recintos penitenciarios, el año Jubilar les invita a que, reconociendo sus errores, pidan perdón a la Sociedad, a las víctimas y a sus propias familias y allegados

 

A todos, el año Jubilar nos urge a perdonar, a renunciar al desquite y la venganza, a no guardar rencor alguno, a no aprovechar situaciones de superioridad y poder para humillar y borrar al otro; son actitudes difíciles que rebasan nuestras fuerzas y posibilidades. Por eso el Señor, como a Pedro nos invita al perdón infinito, pero sabiendo que quien actúa en nosotros es el Espíritu (Mt 18, 21 – 22).

 

PERDONAR Y ACOGER, dentro de la Institución penitenciaria, implica a todos: sociedad, víctimas, poder judicial y policial, autoridades penitenciarias, equipos de tratamiento, funcionariado en general y a toda la población reclusa. Sin la experiencia del perdón recibido de una manera explícita ¿es posible la rehabilitación de la persona? El Padre nos acoge y perdona; nosotros sus hijos estamos llamados, también a acoger y perdonar.

 

Es en la dinámica del perdón y la misericordia donde los creyentes nos jugamos el Evangelio, pues el Padre Misericordioso que permanece con la puerta de la fiesta siempre abierta, sigue esperando a todos sus hijos.

Interpelaciones

 

1.     A la luz de lo expuesto, frente a una actitud de perdón y acogida, ¿vemos al otro como persona, digna de comprensión y apoyo, sin distinción de raza, religión, idioma e incluso delito?

2.     ¿Estarías dispuesto a favorecer y promover el perdón mutuo y a la reconciliación Víctima – delincuente?

3.     ¿Crees en la rehabilitación personal y en la reinserción social, como acogida de la Sociedad para ti y para el hermano/a?

4.     ¿Piensas que es una posibilidad real la reestructuración de la vida carcelaria o es una utopía? ¿Cuál sería tu aportación personal a esta reconversión?

5.     Crees que el perdón es un don del Espíritu o sigues pensando que es un reto y apuesta del ser humano? ¿Es posible el perdón sin mirar al Crucificado?

6.     ¿Cómo patentizar el perdón de un modo concreto en este año Jubilar?

Oración – plegaria

 

A Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, dirigimos nuestras plegarias en este año Jubilar, poniendo como intercesora a  María de la Merced, patrona de Cautivos y retenidos:

 

1.     Por la Iglesia, que se hace presente en las cárceles, para ayudar a la humanización de sus hijos e hijas privados de libertad, para que sea testigo prolongado de perdón y acogida liberadora.

2.     Por cuantos ejercen autoridad y está al servicio de los Centros Penitenciarios, para que trabajen en la rehabilitación de aquellos que privados de libertad, descubren como hijos de Dios.

3.     Por todas las víctimas del delito, para que con la fuerza de Dios, superen los quebrantos recibidos y se abran a la reconciliación.

4.     Por las familias de las personas privadas de libertad, para que no decaigan en el apoyo que les prestan y en su dolor acojan generosamente a los suyos.

5.     por toda la sociedad, para que no margine a quienes, desde su situación personal han sido víctimas de su propio delito.

6.     por todos los presos y presas que tengan la valentía y generosidad de manifestar su arrepentimiento y deseos de cambio personal.

7.     por cuantos colaboran en la Pastoral Penitenciaria para que sean fieles a su ministerio de llevar paz, reconciliación y amor a quienes viven la privación de su libertad.

 

Dios y Padre nuestro, por tu Hijo Jesucristo y la fuerza del Espíritu Santo, imploramos el perdón y la acogida, confiando en tu gran misericordia. Que tu gracia promueva, inspire y sostenga nuestros buenos deseos y sea una realidad el júbilo del Jubileo 2000, trayendo la alegría y la reconciliación entre la Sociedad y los que hayan equivocado su camino. Por Jesucristo nuestro Señor.