¡¿VOLUNTARIO?!

 

INTRODUCCIÓN

 

Estamos en el año internacional del voluntariado; el voluntariado no es una moda surgida hace una década, sino una forma del espíritu humano a través de la cual expresar en gratuidad la riqueza interior que le ha sido regalada. Todos somos conscientes que cuando, la gratuidad intenta ser controlada y encauzada con argumentos y métodos sociopolíticos pierde su espontaneidad y va desapareciendo. Ser voluntario es una actitud que ha de ser vivida, compartida y expresada y, cuando es así, supera el estancamiento del tiempo. Quisiéramos que esta reflexión, en este año internacional del voluntariado, nos ayude a profundizar en aquello que ya late en nuestro corazón y que, de una manera u otra, vamos expresando en nuestro quehacer.

 REFLEXIÓN TEOLÓGICA

 

         La voluntariedad es una tendencia transitoria, una disposición momentánea, ser voluntario una actitud de vida que adopta la persona que ha alcanzado la madurez. El voluntario cristiano es aquel que esa actitud de vida la ha acrisolado en el taller de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad: el voluntario cristiano cree que su actividad es expresión de la actividad gratuita y creadora del Padre en el Hijo por el Espíritu, en su actuar espera la consumación del Reino por medio del Espíritu y vive su quehacer como epifanía continua del ágape divino.

 

         El voluntariado cristiano desde la fe, la esperanza y la caridad, tiene tres características propias, sin las cuales pierde su identidad:

 

+ es una experiencia vivida en gratuidad.

+ es una esperanza vivida en comunidad.

+ es la caridad que culmina toda solidaridad.

 

         La gratuidad es la experiencia de no pertenecerse y saber que todo es don recibido que se ha de administrar en un permanente compartir. Ello alimenta un sentimiento que nos obliga a agradecer el don recibido y existir en el, un sentimiento de estimación que despierta en nosotros el beneficio o favor recibido, y nos impulsa a vivir desde él, de un modo u otro. Gratuidad es, pues, descubrir la grandeza de lo propio y descubrirla como no-propia y, en concreto para un cristiano, como de Dios; descubrir el poder de Dios en la propia grandeza recibida, en lugar de buscarlo en la adaptación de Dios a todos nuestros deseos. La vivencia de lo gratuito quiebra nuestra inclinación innata a la ambición y la avaricia.

La gratuidad rompe nuestro hábito de ir distinguiendo entre lo “mío” y lo “tuyo”. Nos revela en el origen de la vida un Dios comunitario, que de tanto regalarse hace surgir el universo, iniciando  el misterio de la encarnación. Y es que la gratuidad sólo se vive y desarrolla en ámbitos familiares y comunitarios, donde el plan divino de amor (el Reino) camina hacia su culminación. De ahí que los voluntarios cristianos deban ser vistos como personas con experiencia de Dios, enviados por la comunidad eclesial para ser los “buenos samaritanos” actuales que atienden a los hombres y mujeres “malheridos / maltrechos” por ausencia de gratuidad en sus vidas. El voluntario cristiano ha de sentirse enviado por la comunidad divina y la comunidad eclesial a expresar y facilitar la dinámica del Reino allí donde el hombre, imagen de Dios, ha sido quebrantado y anulado.

 

La Iglesia ha de ser "samaritana" para todos los hombres y mujeres que sufren y esperan que alguien pase a su lado y se pare para ayudarle. Esa manifestación de la Iglesia, como servidora de la humanidad doliente, hace de ella portadora de buenas noticias para aquellos a los que se acerca. Sus palabras son más creíbles, la salvación y la gracia que actualiza y celebra parece más auténtica y la fraternidad que viven entre sí los cristianos llama más la atención. Cualquier cristiano mínimamente informado sabe que el servicio de la caridad pertenece a la esencia misma de la vida de la Iglesia. Es importante que cada creyente vaya descubriendo que una exigencia fundamental de su escucha de la Palabra de Dios, de su oración y de su vida sacramental es la de ponerse a disposición de los demás. Un modo adecuado de hacer esto es colaborando personalmente con nuestro tiempo en favor de los más pobres. Las comunidades cristianas han de saber ofrecer a los laicos, y en especial a los jóvenes, ámbitos de cooperación en estas tareas socio-caritativas. Para esto no hay más que estar muy atentos a las muchas necesidades que hay a nuestro alrededor y darle forma a nuestro servicio en el voluntariado. 

 

Lo habitual es movernos en un mundo de culpabilidad o de exigencia, un mundo de derecho y de pura justicia conmutativa que nos da seguridad, pero que nos deja cerrados sobre nosotros mismos. El mundo del don, por el contrario, nos pone en éxodo, nos hace salir de nosotros mismos. La gratuidad genera gratitud, y ésta genera, a su vez, movimientos de generosidad. La contemplación, que permite percibirlo todo como don, desencadena dentro de la persona un imparable movimiento de salida de uno mismo.

 

La culpabilidad y la condena es provocada por una actitud crítica como actitud primera y englobante: actitud que nos atrampa; el acercarse a la realidad con un juicio condenatorio no logra más que desencadenar una cadena de autoengaños. Todo juicio primero deforma la realidad Una actitud, por el contrario, de empatía con la bondad de las cosas que se trasforma en acción de gracias, cambia todo el panorama, incluido nuestro modo de enfrentarnos con la negatividad de la existencia. También las situaciones negativas pueden ser vividas contemplativamente si somos capaces de no darles la espalda y salir corriendo ante su mera presencia. Hombres que han sufrido mucho y no han dado la espalda al dolor -empezando por el propio Jesús- impresionan

 

         El creyente cristiano sostiene que la profundidad de la solidaridad se vive en el ágape divino, que da consistencia y posibilidad a la común-unión entre los seres humanos. Sólo una solidaridad, imbuida de caridad, tiene perspectivas de definitividad y eternidad, ya que permite que toda creatura prosiga su dinámica hacia la consumación del Amor.

 

         En la Biblia se nos revela un Dios solidario, que actúa en la historia del hombre, para ir situándole, de nuevo, en su proyecto de Amor, del que continuamente parece escaparse. Y esa solidaridad alcanza su punto máximo en Jesús de Nazareth: gracias a la encarnación, la humanización del hombre es posible: la muerte, resurrección de Jesús ha abierto a los hombres la posibilidad de ser los unos para los otros. La solidaridad de Jesús obliga a los hombres  a ser solidarios entre sí.

 

El cristiano vive en solidaridad básica con el mundo; vive en auténtica colaboración con su mundo, intenta el diálogo comprensivo con todos, capaz de alumbrar nuevos caminos.. la solidaridad cristiana es siempre crítica y responsable.

Nuestras vivencias de privación de la libertad han de seguir testimoniando el primado del ser sobre el tener: de este modo, contribuiremos a poner las bases de la civilización del amor. Dondequiera que insidias y peligros atenten contra la tranquilidad y la paz, y humillen y aíslen al hombre, seamos centinelas vigilantes e iconos vivos del buen Samaritano. La Virgen María, que, al saber que a su prima Isabel le hace falta ayuda, se dirige "con prontitud" a donde hay necesidad (cf. Lc 1, 39), sea nuestro modelo y vuestro apoyo

PARA REFLEXIONAR

 

1.     Si eres voluntario ¿cómo has madurado en tu labor voluntaria? Si no eres voluntario ¿cómo vives y expresas tu preocupación por los demás?

 

2.     Esa preocupación que sientes por el otro ¿es realmente un modo de compartir tu riqueza interior? ¿Hay nexo interior entre tu vivir y tu compartir: lo que vives lo compartes y lo que compartes lo vives?

 

3.     ¿Vives con intensidad la instauración del Reino de Dios o te contentas con que haya un poco más de justicia, igualdad y cariño en este mundo?

 

4.     ¿Cuál crees que son los retos del voluntario en la actualidad? ¿Y sus alegrías?

SOLIDARIDAD CARIDAD

 

Mantener siempre atentos los oídos

al grito de dolor de los demás

y escuchar su llamada de socorro,

es solidaridad.

 

Mantener la mirada siempre alerta

y los ojos tendidos sobre el mar

en busca de algún náufrago en peligro,

es solidaridad.

Sentir como algo propio el sufrimiento

del hermano de aquí y del de allá,

hacer propia la angustia de los pobres,

es solidaridad.

 

Llegar a ser la voz de los humildes,

descubrir la injusticia y la maldad,

denunciar al injusto y al malvado,

es solidaridad.

 

Dejarse transportar por un mensaje

cargado de esperanza, amor y paz,

hasta apretar la mano del hermano,

es solidaridad.

 

Convertirse uno mismo en mensajero

del abrazo sincero y fraternal

que unos pueblos envían a otros pueblos

es solidaridad.

 

Compartir los peligros en la lucha

por vivir en justicia y libertad

arriesgando en amor hasta la vida,

es solidaridad.

 

Entregar por amor hasta la vida

es la prueba mayor de amistad,

es vivir y morir con Jesucristo,

es solidaridad.