Vivimos momentos, en que en amplios y diferentes ámbitos, todo lo que está detrás de la palabra religión tiene cierto carácter de sospecha. A ello contribuyen varios factores, entre los que nos atrevemos a enumerar algunos: identificación entre religión y una insuficiente cultura religiosa, décadas pasadas en que el estamento religioso y político tuvieron tintes constrictivos afines, apuesta global por un neoliberalismo que lleva a una obsesión por el triunfo y poder fácil, una confusión entre libertad y libertinaje que apuesta por la satisfacción inmediata de las propias apetencias, constante invitación a la utilidad y practicidad, identificación entre religión y jerarquía católica,...
En el espacio penitenciario esta sospecha y equívocos se amplían y, en general, la religión oficial es, comúnmente, contemplada como ámbito de poder y riqueza que impone un yugo del que hay que liberarse. Sin embargo, a la hora de concretizar en personas la religión, quienes viven y sufren nuestros Centros Penitenciarios, siguen recurriendo a capellanes y voluntarios como personas buenas que tienen que satisfacer sus necesidades y demandas de inmanente trascendencia y trascendente inmanencia.
El interrogante prolongado que provoca el misterio que rodea el existir del hombre, ha llevado al ser humano a transcenderse y abrirse al Absoluto. Las primitivas prácticas o ritos mágicos nos muestran la búsqueda a tientas de la respuesta al don de la vida y sus angustias. Las siempre actuales preguntas ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? llevaron al ser humano a relacionarse y religarse con fuerzas y seres superiores. Las diversas mitologías, ritos, festejos y celebraciones nos lo han ido expresando y comunicando.
Así, las primeras manifestaciones religiosas del hombre fueron interdisciplinando la trascendencia y la inmanencia, para entretejer sistemas que dieran cohesión a su vida particular y comunitaria, provocando así una convivencia armónica y un equilibrio personal, social y, en muchos casos, político.
En el devenir religioso, un hito importante será el paso del politeísmo al monoteísmo, lo que dará paso a la revelación, comunicación personal de lo Absoluto, que en ese bis a bis con el ser humano, se manifiesta como un Tú personal deseoso de compartir su felicidad e intimidad con su criatura preferida: el hombre.
La clave de la religión está en ese tú a tú que invita el Dios Personal a todo hombre, hasta participar de la intimidad divina como oferta definitiva de divinidad; así nos lo han manifestado la vida y testimonio de los místicos de diversas religiones. La autenticidad de la religión está en un recuerdo agradecido que alimenta el encuentro personal que compromete la vida en una relación madura y equilibrada con el mundo, los demás y uno mismo. La auténtica religión es la que no se reduce a creencias sino que se basa en la confianza incondicional en Aquel que nos llamó a la Vida y vive en el empeño de llevarla en nosotros a su plenitud.
El encuentro personal quiebra el egocentrismo del ser humano y le descubre lo absurdo de su egoísmo; a la vez, elabora la acertada síntesis entre razón y corazón, de modo que la criatura humana accede al mundo de la gratuidad hasta descubrir y situar su vida en la dinámica del don: la vida se nos da y la merecemos dándola. Esta gratuidad es la antesala del amor donde se llega a la unión de la criatura con su Creador.
Desgraciadamente, el ser humano es frágil y la ambición del poder y del triunfo fácil le ha llevado a explotar la religión, provocando una dispersión de sus componentes y una ruptura de lo esencial. Más allá de la gratuidad se ha intensificado la importancia de la razón, dando lugar a rígidos dogmatismos; más allá de la entrega se ha hinchado el sentimiento y explotado la emoción, hasta dar paso a desbordados fanatismos provocando enfrentamientos y absurdas guerras.
La afectividad humana se basa en el equilibrio entre razón y corazón, entre mente y emoción. Y es a este equilibrio al que ha de responder toda religión, que tiende esencialmente al bienestar integral de todo hombre.
En el cristianismo, la Biblia, revelación divina, nos cuenta un encuentro, aparentemente imposible, entre Dios y el hombre que llega a su culminación en el Calvario, donde el rechazo del hombre se convierte en manifestación suprema del amor divino, dando lugar al encuentro total de Dios y el hombre en la persona del Hijo. Todo el devenir e historia de la humanidad es la realización de ese encuentro, superando el abismo de infinitos desencuentros, hasta el Amén total del hijo en la cristificación de todo lo Creado.
Sólo en el contexto de esta amplia visión de la religión podremos situar la amarga realidad de tantas personas marcadas por el sufrimiento y el sinsentido de existir día tras día. La vida está llena de crucificados que nos revelan un devenir aderezado de injusticias, violencias y desigualdades. Existen diversos modos y formas de relacionarse con la divinidad y enjuagar nuestras desventuras existenciales y nuestras limitaciones disimuladas en autojustificadas compensaciones.
Sólo sí aceptamos la iniciativa divina, más allá de nuestras bondades y equivocaciones, seremos capaces de descubrir en cada ser humano, más allá de razas, culturas, colores, creencias, un ser querido por Aquel que nos llamó a la vida y no cesa de modelar su obra hasta llevarla a la consumación.
Creemos que desde esta amplia visión de la religión, las diversas religiones, hiladas a diferentes hitos culturales, tendrían que servir de punto de inflexión y enriquecimiento y nunca, como desgraciadamente ha ocurrido y ocurre, a enfrentamientos caóticos y fratricidas, aderezados con sangre y violencia.
1. Tu vivencia religiosa ¿te ayuda a integrar las diversas dimensiones de tu persona? ó ¿es simplemente un conjunto de creencias y sentimientos que sólo afectan a tu vida en momentos determinados?
2. La diversidad de religiones ¿es una riqueza o un punto de desencuentro?
3. En nuestros recintos penitenciarios ¿cómo se vive lo religioso?
Fue en un
templo jainista. Y lo notable era que los músicos
eran musulmanes. Todos en armonía –de notas y de amistad-. En sus instrumentos
sencillos tocaban músicas sagradas en el interior de mármol del templo
ancestral, mientras los asistentes, sentados enfrente de ellos en el suelo,
seguían en silencio y movimientos la música. Era arte y oración al mismo
tiempo, y todos la vivían juntos.
Bailó largo
rato. En la India siempre hay tiempo, y lo que merece la pena hacerse, se hace
despacio. Nadie tenía prisa. Aquella era la liturgia más bella del día. Yo
disfrutaba de ella entre los amigos que me habían invitado a rezar con ellos en
su espacio sagrado. Y entonces vi algo que no había
visto nunca. Y creo que ellos tampoco.
La muchacha llevaba un rato largo bailando entregada, ensimismada, olvidada, cuando todos vimos que fijaba sus ojos en la imagen de la deidad que presidía el templo, y seguía bailando sin apartar los ojos de ellas. Sus pies, sus manos, su cuerpo entero se movían con los ritmos del alma, con velocidad, con giros, con garbo, pero sus ojos estaban fijos en los de la imagen que tenía delante y no se apartaban ni un instante de ella. Bailaría así una media hora. Sin quitar los ojos de la imagen. Fascinación total de amor en su mirada. Al fin cesó. Se inclinó lentamente, profundamente, sagradamente ante la imagen con las manos juntas, y al erguirse, tenía dos lágrimas en los ojos. Se retiró y se sentó en su sitio. Los músicos callaron. Un silencio de adoración llenó el templo y se apoderó de todos.