A mediados del año 2003, podemos enumerar
77 Centros Penitenciarios jalonando la geografía española, dentro de los cuales
se encuentran recluidas 54.543 personas. Según reza el artículo 25,2 de la
Constitución Española y el artículo 1 de la Ley Orgánica General Penitenciaria,
“Las Instituciones Penitenciarias tienen como fin primordial la reeducación
y reinserción social de los sentenciados a penas y medidas penales privativas de
libertad, así como la retención y custodia de los detenidos, presos y penados”.
Estas cuatro líneas nos describen y recuerdan una dura y triste realidad..., que vista desde dentro es todavía más dura y trágica, pues la cárcel está muy lejos de cumplir la finalidad que se describe en nuestra Constitución. Desde dentro, se puede, contrastando la realidad, afirmar que la cárcel sólo sirve para empobrecer al ser humano, acrecentar la situación de indigencia que acompaña el devenir de la mayoría de los presos y cebar la miseria de una equivocación que marcará toda una existencia.
Observando los fríos datos que la
realidad penitenciaria nos viene brindando en las últimas décadas, seguimos
constatando:
ü
Que
el número de la población reclusa sigue una dinámica in crescendo
y que la perspectiva a corto plazo no parece indicar otra dirección.
ü
Que
el grado de reincidencia es muy alto.
ü
Que
la cárcel sigue siendo para los pobres y clases desfavorecidas.
ü
Que
la articulación de una dinámica penitenciaria que encamine hacia una verdadera
reeducación y reinserción social brilla por su ausencia.
ü
Que
la política penitenciaria sigue incidiendo más en la pena que en la persona.
ü
Que
el tratamiento, en la mayoría de los casos, se reduce a la tramitación de la
pena hasta que el privado de libertad accede a la libertad.
ü
Que
la ociosidad, la droga y el trapicheo sigue campeando en la mayoría de nuestros
Centros Penitenciarios.
ü
Que
las nuevas macro cárceles, lejos de aportar algo positivo, se han convertido en
centros más fríos e impersonales donde prima la seguridad y la economía.
ü
Que,
a pesar de esto, seguimos construyendo macro cárceles alejadas de los centros
urbanos.
ü
Que
la política post-cárcel queda reducida al subsidio de excarcelación que, en
bastantes casos, es más perjudicial que beneficiosa.
ü
Un
alarmante aumento de la población extranjera.
ü
Una
inquietante acentuación de personas con enfermedades mentales.
ü
Que
la visión social de la cárcel sigue basándose en el castigo.
ü
Que
el sistema jurídico sigue sin apostar por penas alternativas a la prisión.
ü
..................................................
Estoy convencido que la mayoría de los
que leáis estas líneas podréis añadir más datos concretos que ratifican este
triste dato de que la cárcel degrada a la persona más que regenerarla y resocializarla. La mujer u hombre, que sufre privación de
la libertad, queda gravemente marcado por su estadía en prisión y es muy
difícil poder anotar y describir todas las secuelas que acompañarán su devenir.
Con mucho tacto y mayor respeto, nos atrevemos a apuntar que la persona privada
de libertad es una persona pobre en proceso de depauperación; ello supone una
disminución que conlleva:
1. Un desplome, un venirse abajo hasta caer
en una especie de inferioridad psicológica.
2. Un sentirse indefenso, extraño en un
mundo que no domina y del que tiene que vivir en permanente estado defensivo si
quiere hacer frente a un sinfín de agresividades.
3. Una pérdida de la iniciativa al quedar a
expensas de otros en quienes no puede confiar pues forman parte del mismo
sistema que le retiene; un sentirse pequeño, indefenso, a merced de...
4. Un sentimiento profundo de no interesar
realmente a nadie: surge un sentimiento de creciente abandono que invita a desaparecer de la historia. Es imposible
pertenecer a una sociedad que arremete y hace sufrir el aislamiento. Queda por
tierra todo lo conseguido hasta ahora, pues se pierde o queda en entredicho la
identidad social.
5. Un desarraigo familiar, social, laboral, político,
religioso; desarraigo que se incrementa con la perdida
de la intimidad, del status propio, con el alejamiento familiar, con la pérdida
de un trabajo...
6. Un sentimiento de habitar con los detritus sociales, condenados a cohabitar un espacio
cerrado, a hablar siempre de los mismos temas..., mientras el sistema y la
publicidad les invita a un derroche de posibilidades que generalmente nadie
ofrece por ninguna parte.
7. Un sentirse extraño con uno mismo, en un
intento inane de no perder pie para no ser devorado por un mundo que nunca será
el suyo y de aparentar ser idóneo para la convivencia en una sociedad que cada
vez más desconoce y teme. Esta especie de desdoblamiento provoca una ambivalencia
somática y psíquica que deteriora la persona, amenazando su personalidad. A la
vez se provoca una pérdida del tiempo-espacio real para perderse en mundos imaginarios
e irreales. Ello conlleva sentimientos y actitudes de impotencia, de desconfianza
para cuantos están en su derredor y de recelo ante toda posibilidad de
futuro.
8. Un martilleo de interrogantes que parecen
no tener respuesta: ¿Qué he hecho yo? ¿Por qué a mí? ¿Qué habré hecho yo para
merecer esto? ... ¿Por qué precisamente a mí? ... La imposibilidad de afrontar
su pasado le lleva a una culpabilidad que decrece su ya baja, de por sí, autoestima;
esta experiencia conlleva irritación, agresividad, hipersensibilidad..., que
tratará de dar respuesta con gratificaciones tan irreales como irregulares.
9. Una sensación de sufrimiento sin sentido que convierte la vida en un reproche existencial al que nadie parece encontrar respuesta adecuada.
Hoy casi una tercera parte de la población reclusa es extranjera; Esta situación se agrava en algunos centros penitenciarios donde la mayoría de los reclusos son extranjeros. El problema social de la inmigración, que sigue sin ser afrontado lúcidamente, se ha trasladado a la cárcel, agravando la situación, la convivencia y la tan cacareada como devaluada resocialización.
Aunque los extranjeros reclusos
proceden de tantos países como para formar un variopinto abanico mundial,
podríamos afirmar que existen como tres grandes bloques entre la población extranjera
reclusa: el bloque sudamericano, encabezado por los colombianos, el bloque
magrebí y subsahariano y el bloque de los países del
Este de Europa. Cada uno de los tres bloques
tiene unas características peculiares que condiciona su vida en prisión,
pero todos ellos son víctima de la situación internacional y de una realidad
irregular en lo referente a papeles que les permita poder emprender una vida
regularizada en nuestro país. Algunos de los agravantes de este núcleo de reclusos
son:
ü
Abandonan
sus países por situaciones angustiosas motivadas por diversas carencias, sobre
todo económicas, y por conflictos bélicos.
ü
A
menudo son engañadas por grupos de presión que les presenta un mundo idílico y
fácil de alcanzar, donde poder realizar sus sueños.
ü
Ruptura
de vínculos familiares, laborales, culturales...
ü
Fuerte
contraste de cultura, estilo de vida, habilidades...
ü
Enormes
dificultades para entrar en un mundo laboral que les permita regularizar su
vida y situación. Apenas pueden subsistir en muchos casos.
ü
Peso
de una familia que quedó lejos y que espera una respuesta para la situación
angustiosa que siguen padeciendo.
ü
La
urgencia de respuestas obliga a entrar en el submundo
de la delincuencia.
ü
La
entrada en prisión agrava la situación tanto de la persona como de la familia.
ü El futuro se percibe todavía más incierto e inseguro y...
También se va incrementando en los
perímetros de nuestros Centros Penitenciarios, personas con enfermedades
mentales para quienes la realidad penitenciaria no es la más adecuada en orden
a poder el día de mañana convivir en libertad. Personas que antiguamente se
encontraban en instituciones psiquiátricas y que hoy, al merodear por nuestros
enclaves urbanos, acaban cometiendo pequeños delitos; la sociedad se siente más
protegida teniéndoles recogidos en la cárcel que vagabundeando
por las calles.
En este mismo apartado no podemos
olvidar a quienes han soportado durante años regímenes de primer grado en
Centros de Alta Seguridad y al cabo del tiempo han perdido habilidades, referencias
y comportamientos sociales, encaminándose a un mundo ficticio donde confabulan
con el vacío y la fantasía, aderezadas con una sutil agresividad.
Para este grupo de reclusos, la
institución no prevé más que una medicación a base de fuertes tranquilizantes y
el régimen severo penitenciario, que no hace más que consolidar y agravar la
situación y realidad de estas personas.
Una vez más, contemplamos la situación de nuestras cárceles que son el espejo de nuestro devenir social; son datos que abruman a quienes les lea despacio y les perciba desde su responsabilidad social-personal. Los interrogantes que surgen son múltiples y variados..., pero ¿a quién interesa destapar este cajón de desastres? ¿A quién interesa la vida y situación de esas 54.543 a quienes hemos condenado a la privación de su libertad?
Son demasiadas las interpelaciones y
muchos los entresijos sociales y burocráticos que impiden dar una respuesta
adecuada a toda esta situación. Os proponemos algunas que puedan sugerir otras
muchas que se os puedan ocurrir desde vuestro quehacer y vivir de cada día.
1. ¿Por qué interesa tan poco lo que pasa en nuestros Centros Penitenciarios? ¿A quién beneficia esa desconexión entre cárcel y sociedad? ¿Por qué nos empeñamos en seguir afirmando que la cárcel es la respuesta al problema de la delincuencia?
2. Desde tu experiencia ¿crees que la
población reclusa extranjera sufre discriminación? ¿Cómo?
3. ¿Qué hacer con las personas enfermas
mentales que cometen delitos? ¿...?
4. ¿Tiene que ver algo la cárcel con tu forma de vivir y con tu forma de contemplar la existencia?
¡Señor!, cuántas noches me despierto sudoroso
y
sobresaltado y me veo en mi antigua celda.
Soy libre, pero los recuerdos de prisión me
atenazan.
¡Señor!, hazme nacer de nuevo
y
haz de mí una persona diferente
para
no seguir haciendo mal,
para
no caer en los errores de antaño.
Quítame las viejas etiquetas
que
esta sociedad se sigue empeñando
en
colocarme cuando voy a buscar trabajo,
cuando
intento alquilar un cuarto,
cuando
me encuentro con los míos.
Hoy he vuelto a mirar la cruz que siempre cuelga de
mi cuello,
esa
cruz que tantas veces he apretado fuerte con la mano
en
los momentos duros pasados en la cárcel;
esa
cruz que me recuerda que tú la viviste y sufriste;
esa
cruz que hoy me recuerda que tengo que cargar con mi cruz;
por favor,
haz que su peso sea ligero
y
que no la lleve con rencor y odio
hacia
los que me hicieron mal
y
hacia quienes se empeñan en recordarme mi pasado.
¡Señor! ayúdame a sentirme vivo,
a
sorprenderme con las cosas pequeñas y
valorar
el vuelo de un gorrión o una mariposa.
¡Señor!, quiero volver a confiar en ti,
a
quien tantas veces culpé de mi situación
e
incluso te cubrí con alguna que otra blasfemia.
Cierro los ojos, respiro hondo
y
desde lo más profundo de mi ser
quiero
sentir que ya no estoy sólo,
porque
Tú estás conmigo para realizar lo imposible.
¡Gracias!
Orar... en la cárcel, Rev. Orar nº 157, Burgos 2003,