Pastoral Penitenciaria

 

Introducción

 

La presencia de la Iglesia se despliega en los Centros Penitenciarios a través de la pastoral penitenciaria; presencia que no se reduce al interior de las cárceles, sino que trata de llegar a todos los ámbitos que articulan la vida de las personas privadas de libertad, implicando a toda la Iglesia diocesana. Pastoral suena a preocupación, mimo, ternura, desvelo, compromiso, dedicación y... mucho amor. Penitencia, en esquemas bíblicos, supone espacios profundos de encuentro con Alguien que mira a los ojos y propone caminos de perdón y liberación.

La Pastoral Penitenciaria vive el compromiso de hacer presente en el ámbito cárcel, ámbito tan cargado de morbo y esperpento que se llega a mascar el sufrimiento humano, la solicitud de Jesús, el Buen Pastor, cuyo deseo es que todos tengan vida y vida en abundancia. Esta solicitud y preocupación se explícita donde eclosiona con más ebullición la miseria y la pobreza (Lc 4, 18-19). Todo el quehacer de esta Pastoral es una apuesta por esa Verdad que hace libre al hombre.

 

Reflexionando la realidad

 

        

Apuesta por la persona

 

            Un Evangelio, una Iglesia, una pastoral... que no apueste por la persona en todas sus dimensiones y situaciones, estaría traicionando el mensaje de Jesús de Nazareth; una Iglesia que no apoye y colabore en la humanización y dignificación del hombre, más allá de todo error y equivocación, no puede ser Buena Noticia para el mundo de hoy.

 

            Apostar por la persona exige contemplarla desde un enfoque amplio, no desde la situación última que vive, y mucho menos si esta es negativa y encima es la cárcel. Apostar por la dignidad de la persona conlleva luchar por modificar esos factores sociales que crean desigualdades en el proceso de formación y maduración de la persona: vivienda, barrio, familia, educación, trabajo... En tanto, habrá que seguir haciéndose presente en esos ámbitos y situaciones de alto riesgo, que son el prólogo de toda delincuencia. Si todos sabemos que la prisión nunca soluciona problema alguno (a lo máximo lo aparca temporalmente), será oportuno trabajar en la prevención: apoyar y gestar una buena educación, favorecer espacios familiares donde se auspicie una precisa afectividad; propiciar acceso a una vivienda digna; insistir y colaborar en políticas laborales, sanitarias y de integración; dar respuesta a la situación de los inmigrantes que solicitan nuestra acogida; apuntar y acompañar esa dimensión trascendente que interpela a todo ser humano...

 

            Esto nos parece imposible sin dejarnos interpelar por el Evangelio que nos lleva más allá de nosotros mismos para proponernos un cambio de mentalidad: ¿cómo es posible que en el interior de la misma Iglesia, haya personas (clérigos, consagrados y laicos) que sigan dando primacía a la ley del Talión, hasta su máxima expresión en la pena de muerte, sobre el perdón y el amor? ¿Por qué todavía somos más propensos a condenar y castigar que a perdonar y abrazar?

            La presencia eclesial en el interior de la cárcel, amén de realizar una escucha personal y comprometida hasta la obtención de la libertad (exterior e interior), ha de hacer público el fracaso del sistema penitenciario actual y apostar por alternativas que proporcionen a la persona transgresora y agresora medios para hilvanar y recuperar su dignidad. Para que esto sea posible es necesario, con mucha humildad, respetar las diferencias en la percepción  de los valores que engrandecen a la persona, más allá de credos, ideologías, colores o razas.

 

            La Pastoral Penitenciaria no puede ser cómplice de un sistema penitenciario que se ve incapaz de hacer plausibles sus objetivos. Los objetivos de esta Pastoral han de superar la dinámica de expedientes y regímenes disciplinarios para apostar por la persona más allá de esas circunstancias temporales negativas que viven. La Pastoral Penitenciaria ha de invitar a toda persona privada de libertad a encuadrar la privación de su libertad en el contexto de su historia, hasta ser capaces de reconciliarse con su pasado para convertirse en protagonistas de un hoy (muy condicionado, por supuesto) que posibilite un futuro real donde la libertad sea posible.

 

            Desde estos presupuestos, la Pastoral Penitenciaria ha de apostar por programas específicos que, en lugares adecuados (no macrocárceles) den respuesta a la situación personal del delincuente (droga, inmadurez afectiva, falta de habilidades sociales, enfermedad degenerativa, situaciones irregulares...), dejando en un lugar secundario los expedientes, penas y sanciones.

 

            La Pastoral Penitenciaria, amparándose en el conocimiento de la realidad penitenciaria ha de alentar tanto a Ayuntamientos e Instituciones Públicas como a Parroquias y entidades religiosas a forjar lugares físicos y humanos donde las personas que sufren la privación de su libertad puedan proseguir su proceso de integración personal y social, hasta normalizar su situación. Ello conlleva una mentalización social para implantar estos recursos en nuestro barrio, nuestro bloque de pisos o nuestra parroquia.

 

            Si la motivación primera y última de la Pastoral Penitenciaria  es la dinámica del Reino de Dios, presentada como Buena Noticia en la vida y muerte de Jesús de Nazareth, todo el compromiso en el proceso de libertad y dignidad de la persona que sufre la privación de su libertad, ha de ser integrado en ese proceso más amplio que es el proyecto divino de que toda persona alcance el disfrute y gozo de la casa del Padre. De este modo, toda labor y quehacer de la Pastoral Penitenciaria es evangelización y todo anuncio explícito de la Buena Nueva de Jesús de Nazareth conlleva, al hacerse realidad, un proceso de liberación  en lo más interior de la persona privada de libertad.

 

Pastoral Penitenciaria  ¡¿una pastoral eclesial?!

        

            Si el evangelio es un ingente reto al ser humano en sí mismo, el desafío se agiganta al proclamarlo y hacerlo presente entre quienes, en la cárcel, sienten en propia carne el zarpazo de la nada. En este lugar, el Evangelio sólo será creíble si se hace presencia cálida, expresión de una comunión que contagia y acoge sin preámbulos ni condicionamientos. Por ello, hoy más que nunca, la Pastoral Penitenciaria va más allá  de la figura de unos capellanes o un grupo de voluntarios; la Pastoral Penitenciaria sólo será válida si es expresión solícita de una comunidad eclesial diocesana que se desvive por quienes más sufren el olvido, la exclusión y el menosprecio. Sin duda alguna, nuestras cárceles son uno de los mejores crisoles donde el quehacer eclesial se depura y refina de esos aditamentos no evangélicos que la ensombrecen y empobrecen. El hermano privado de libertad es un buen filtro que purifica nuestra fe de falsos intimismos, que libera nuestra esperanza de esperas interesadas y siempre nos brindará espacios donde compartir y expresar esa caridad que, día a día, el Padre comparte y reparte entre nosotros.

 

            Desde la convicción de estas líneas, cimentadas de Evangelio, no deja de resultar chocante que, mientras en bastantes diócesis va abriéndose camino la Pastoral Penitenciaria, en otras no se dé la importancia que merece esta pastoral, que sigue siendo la cenicienta de la pastoral diocesana. Quizá todo ello sea debido a un cierto temor, que parece observarse en altas esferas eclesiales, a abordar y afrontar, en serio, temas sociales que provocan exclusión y marginación, bajo el pretexto de que no es labor eclesial sino de instituciones oficiales y estatales.

 

            Figuras claves de la Pastoral Penitenciaria son el coordinadora de la Pastoral Penitenciaria Diocesana (delegado, secretario,...) y los capellanes de los Centros Penitenciarios. Es tan sugerente y aleccionador comprobar la labor ingente de muchos capellanes, delegados y coordinadores, como penosa la situación de muchos capellanes que además de la cárcel (a veces macrocárcel) tienen encomendada la atención de varias parroquias, por lo que su presencia es más simbólica que real; en ocasiones, da la impresión que ciertos nombramientos es sólo el relleno de un hueco. Si nos tomamos en serio la Pastoral Penitenciaria, las personas asignadas a estos menesteres habrán de contar con unos mínimos requisitos y recibir, al menos, una cierta formación.

 

            Una Pastoral Penitenciaria, no integrada adecuadamente en una pastoral diocesana con todas las consecuencias, será un parche y una afrenta a esos hermanos que sufren privación de su libertad. Sólo una labor pastoralmente integrada dispondrá de medios para articular una respuesta adecuada a quienes son agentes y víctimas de los delitos que diariamente se cometen. Es en conexión y comunión con otras pastorales propias y específicas como la Pastoral Penitenciaria podrá ofrecer una respuesta a las múltiples interpelaciones que nos plantean las cárceles del siglo XXI.

 

            Los retos y desafíos se incrementan, pero el camino recorrido y la labor inconmensurable de tantas personas voluntarias que entretejen esta pastoral, tan real como desconocida, nos siguen invitando a confiar no en nuestras fuerzas y posibilidades sino en la energía del Espíritu que a través de nuestra disponibilidad sigue haciendo realidad hasta el final de la historia el programa de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los presos, para poner en libertad a los oprimidos”.

 Interpelaciones

 

1.      En la estructura y programación de tu diócesis ¿se puede verificar que presos, pobres, desfavorecidos... son los preferidos?

 

2.      ¿Consideras que la articulación de la Pastoral Penitenciaria, en sí misma y en relación a la pastoral de tu diócesis, es acertada? ¿Qué es lo que más valoras? ¿Qué es lo que echas de menos?

 

3.      En la visión que tienes de nuestros Centros Penitenciarios y, después de lo visto en estos temas ¿qué estructuras detectas como caldo de cultivo que favorecen, alimentan y complican las formas de vivir de las personas que sufren la privación de su libertad?

 

4.      ¿Cómo se valora en el Centro Penitenciario de tu enclave la presencia, labor y ejercicio de la Pastoral Penitenciaria?

 

5.      “El cristiano del siglo XXI será testigo o no será nada”. En tu vida de fe, en el seguimiento del Maestro ¿qué afirmas y testimonias? ¿Testificas lo que contemplas, contagiando lo que vives?

 

6.      Dijimos en la presentación de este cuadernillo que lo en él expuesto es un esbozo, un sugerir, un abrir cauces. Seguro que se te ha ocurrido otra serie de aspectos y puntos no tocados o desarrollados. Apúntales y coméntales con tu grupo de trabajo.

Oración – plegaria

 

 

Señor, bendice nuestros oídos

para que sepan oír tu voz

y perciban claramente

el grito de los afligidos;

que sepan quedarse sordos

al ruido inútil y la palabrería,

pero no a las voces que llaman

y piden que les oigan y comprendan

aunque turben nuestra comodidad.

 

Bendice, Señor, nuestra boca

para que dé testimonio de Ti

y no diga nada que hiera o destruya;

que sólo pronuncie palabras que alivian,

que nunca traicione

confidencias y secretos,

que consiga despertar sonrisas.

 

Señor, bendice nuestro corazón

para que sea templo vivo de tu Espíritu

y sepa dar calor y refugio;

que sea generoso en perdonar y comprender

y aprenda a compartir dolor y alegría

con un gran amor.

 

 

 

Gracias, Señor, en nombre de los presos que en Ti encuentran

motivo de esperanza y ánimos en la lucha por su dignidad.

 

Gracias por el impulso de liberación que, desde los profetas,

diste a la humanidad para hacer una tierra de hombres libres e iguales.

 

Gracias por ese Cristo que prefiere la misericordia antes que el sacrificio.

Nuestro canto de gratitud se extiende a María, la mujer del Magnificat,

la que canta esperando que las cosas se muden, aquella que proclama la superior certeza

de un Dios que está de parte de los últimos, de los humildes, de los encadenados...

 

Ella nos da la energía para anunciar, de nuevo, aquel año de gracia y amnistía

que tu Ungido inauguró en el mundo.