La presencia de
la Iglesia se despliega en los Centros Penitenciarios a través de la pastoral
penitenciaria; presencia que no se reduce al interior de las cárceles, sino que
trata de llegar a todos los ámbitos que articulan la vida de las personas
privadas de libertad, implicando a toda la Iglesia diocesana. Pastoral suena a
preocupación, mimo, ternura, desvelo, compromiso, dedicación y... mucho amor.
Penitencia, en esquemas bíblicos, supone espacios profundos de encuentro con Alguien
que mira a los ojos y propone caminos de perdón y liberación.
Apuesta por la persona
Un Evangelio, una Iglesia, una
pastoral... que no apueste por la persona en todas sus dimensiones y
situaciones, estaría traicionando el mensaje de Jesús de Nazareth;
una Iglesia que no apoye y colabore en la humanización y dignificación del
hombre, más allá de todo error y equivocación, no puede ser Buena Noticia para
el mundo de hoy.
Apostar por la persona exige
contemplarla desde un enfoque amplio, no desde la situación última que vive, y
mucho menos si esta es negativa y encima es la cárcel. Apostar por la dignidad
de la persona conlleva luchar por modificar esos factores sociales que crean
desigualdades en el proceso de formación y maduración de la persona: vivienda,
barrio, familia, educación, trabajo... En tanto, habrá que seguir haciéndose
presente en esos ámbitos y situaciones de alto riesgo, que son el prólogo de
toda delincuencia. Si todos sabemos que la prisión nunca soluciona problema alguno
(a lo máximo lo aparca temporalmente), será oportuno trabajar en la prevención:
apoyar y gestar una buena educación, favorecer espacios familiares donde se
auspicie una precisa afectividad; propiciar acceso a una vivienda digna;
insistir y colaborar en políticas laborales, sanitarias y de integración; dar
respuesta a la situación de los inmigrantes que solicitan nuestra acogida; apuntar
y acompañar esa dimensión trascendente que interpela a todo ser humano...
Esto nos parece imposible sin
dejarnos interpelar por el Evangelio que nos lleva más allá de nosotros mismos
para proponernos un cambio de mentalidad: ¿cómo es posible que en el interior
de la misma Iglesia, haya personas (clérigos, consagrados y laicos) que sigan
dando primacía a la ley del Talión, hasta su máxima expresión en la pena de
muerte, sobre el perdón y el amor? ¿Por qué todavía somos más propensos a
condenar y castigar que a perdonar y abrazar?
La presencia eclesial en el interior
de la cárcel, amén de realizar una escucha personal y comprometida hasta la
obtención de la libertad (exterior e interior), ha de hacer público el fracaso
del sistema penitenciario actual y apostar por alternativas que proporcionen a
la persona transgresora y agresora medios para hilvanar y recuperar su
dignidad. Para que esto sea posible es necesario, con mucha humildad, respetar
las diferencias en la percepción de los
valores que engrandecen a la persona, más allá de credos, ideologías, colores o
razas.
La Pastoral Penitenciaria no puede
ser cómplice de un sistema penitenciario que se ve incapaz de hacer plausibles
sus objetivos. Los objetivos de esta Pastoral han de superar la dinámica de
expedientes y regímenes disciplinarios para apostar por la persona más allá de
esas circunstancias temporales negativas que viven. La Pastoral Penitenciaria
ha de invitar a toda persona privada de libertad a encuadrar la privación de su
libertad en el contexto de su historia, hasta ser capaces de reconciliarse con
su pasado para convertirse en protagonistas de un hoy (muy condicionado, por
supuesto) que posibilite un futuro real donde la libertad sea posible.
Desde estos presupuestos, la
Pastoral Penitenciaria ha de apostar por programas específicos que, en lugares
adecuados (no macrocárceles) den respuesta a la
situación personal del delincuente (droga, inmadurez afectiva, falta de habilidades
sociales, enfermedad degenerativa, situaciones irregulares...), dejando en un
lugar secundario los expedientes, penas y sanciones.
La Pastoral Penitenciaria,
amparándose en el conocimiento de la realidad penitenciaria ha de alentar tanto
a Ayuntamientos e Instituciones Públicas como a Parroquias y entidades
religiosas a forjar lugares físicos y humanos donde las personas que sufren la
privación de su libertad puedan proseguir su proceso de integración personal y
social, hasta normalizar su situación. Ello conlleva una mentalización social
para implantar estos recursos en nuestro barrio, nuestro bloque de pisos o
nuestra parroquia.
Si la motivación primera y última de
la Pastoral Penitenciaria es la dinámica
del Reino de Dios, presentada como Buena Noticia en la vida y muerte de Jesús
de Nazareth, todo el compromiso en el proceso de
libertad y dignidad de la persona que sufre la privación de su libertad, ha de
ser integrado en ese proceso más amplio que es el proyecto divino de que toda
persona alcance el disfrute y gozo de la casa del Padre. De este modo, toda
labor y quehacer de la Pastoral Penitenciaria es evangelización y todo anuncio
explícito de la Buena Nueva de Jesús de Nazareth
conlleva, al hacerse realidad, un proceso de liberación en lo más interior de la persona privada de
libertad.
Si el evangelio es un ingente reto
al ser humano en sí mismo, el desafío se agiganta al proclamarlo y hacerlo
presente entre quienes, en la cárcel, sienten en propia carne el zarpazo de la
nada. En este lugar, el Evangelio sólo será creíble si se hace presencia
cálida, expresión de una comunión que contagia y acoge sin preámbulos ni
condicionamientos. Por ello, hoy más que nunca, la Pastoral Penitenciaria va
más allá de la figura de unos capellanes
o un grupo de voluntarios; la Pastoral Penitenciaria sólo será válida si es
expresión solícita de una comunidad eclesial diocesana que se desvive por
quienes más sufren el olvido, la exclusión y el menosprecio. Sin duda alguna,
nuestras cárceles son uno de los mejores crisoles donde el quehacer eclesial se
depura y refina de esos aditamentos no evangélicos que la ensombrecen y
empobrecen. El hermano privado de libertad es un buen filtro que purifica
nuestra fe de falsos intimismos, que libera nuestra esperanza de esperas
interesadas y siempre nos brindará espacios donde compartir y expresar esa
caridad que, día a día, el Padre comparte y reparte entre nosotros.
Desde la convicción de estas líneas,
cimentadas de Evangelio, no deja de resultar chocante que, mientras en
bastantes diócesis va abriéndose camino la Pastoral Penitenciaria, en otras no
se dé la importancia que merece esta pastoral, que sigue siendo la cenicienta
de la pastoral diocesana. Quizá todo ello sea debido a un cierto temor, que
parece observarse en altas esferas eclesiales, a abordar y afrontar, en serio,
temas sociales que provocan exclusión y marginación, bajo el pretexto de que no
es labor eclesial sino de instituciones oficiales y estatales.
Figuras claves de la Pastoral
Penitenciaria son el coordinadora de la Pastoral Penitenciaria Diocesana
(delegado, secretario,...) y los capellanes de los Centros Penitenciarios. Es
tan sugerente y aleccionador comprobar la labor ingente de muchos capellanes,
delegados y coordinadores, como penosa la situación de muchos capellanes que
además de la cárcel (a veces macrocárcel) tienen encomendada
la atención de varias parroquias, por lo que su presencia es más simbólica que
real; en ocasiones, da la impresión que ciertos nombramientos es sólo el
relleno de un hueco. Si nos tomamos en serio la Pastoral Penitenciaria, las
personas asignadas a estos menesteres habrán de contar con unos mínimos
requisitos y recibir, al menos, una cierta formación.
Una Pastoral Penitenciaria, no
integrada adecuadamente en una pastoral diocesana con todas las consecuencias,
será un parche y una afrenta a esos hermanos que sufren privación de su libertad.
Sólo una labor pastoralmente integrada dispondrá de medios para articular una
respuesta adecuada a quienes son agentes y víctimas de los delitos que
diariamente se cometen. Es en conexión y comunión con otras pastorales propias
y específicas como la Pastoral Penitenciaria podrá ofrecer una respuesta a las
múltiples interpelaciones que nos plantean las cárceles del siglo XXI.
Los retos y desafíos se incrementan,
pero el camino recorrido y la labor inconmensurable de tantas personas
voluntarias que entretejen esta pastoral, tan real como desconocida, nos siguen
invitando a confiar no en nuestras fuerzas y posibilidades sino en la energía
del Espíritu que a través de nuestra disponibilidad sigue haciendo realidad
hasta el final de la historia el programa de Jesús: “El Espíritu del Señor
está sobre mí, porque él me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, para
anunciar la libertad a los presos, para poner en libertad a los oprimidos”.
1. En la estructura y programación de tu
diócesis ¿se puede verificar que presos, pobres, desfavorecidos... son los
preferidos?
2. ¿Consideras que la articulación de la
Pastoral Penitenciaria, en sí misma y en relación a la pastoral de tu diócesis,
es acertada? ¿Qué es lo que más valoras? ¿Qué es lo que echas de menos?
3. En la visión que tienes de nuestros
Centros Penitenciarios y, después de lo visto en estos temas ¿qué estructuras
detectas como caldo de cultivo que favorecen, alimentan y complican las formas
de vivir de las personas que sufren la privación de su libertad?
4. ¿Cómo se valora en el Centro
Penitenciario de tu enclave la presencia, labor y ejercicio de la Pastoral
Penitenciaria?
5. “El cristiano del siglo XXI será testigo
o no será nada”. En tu vida de fe, en el seguimiento del Maestro ¿qué afirmas y
testimonias? ¿Testificas lo que contemplas, contagiando lo que vives?
6. Dijimos en la presentación de este
cuadernillo que lo en él expuesto es un esbozo, un sugerir, un abrir cauces.
Seguro que se te ha ocurrido otra serie de aspectos y puntos no tocados o desarrollados.
Apúntales y coméntales con tu grupo de trabajo.
Señor, bendice
nuestros oídos
y perciban claramente
el grito de los afligidos;
que sepan quedarse sordos
al ruido inútil y la palabrería,
pero no a las voces que llaman
y piden que les oigan y comprendan
aunque turben nuestra comodidad.
Bendice,
Señor, nuestra boca
para que dé testimonio de Ti
y no diga nada que hiera o destruya;
que sólo pronuncie palabras que alivian,
que nunca traicione
confidencias y secretos,
que consiga despertar sonrisas.
Señor, bendice
nuestro corazón
para que sea templo vivo de tu Espíritu
y sepa dar calor y refugio;
que sea generoso en perdonar y comprender
y aprenda a compartir dolor y alegría
con un gran amor.
Gracias,
Señor, en nombre de los presos que en Ti encuentran
motivo de esperanza y ánimos en la lucha por su
dignidad.
Gracias por el
impulso de liberación que, desde los profetas,
diste a la humanidad para hacer una tierra de
hombres libres e iguales.
Gracias por
ese Cristo que prefiere la misericordia antes que el sacrificio.
Nuestro canto
de gratitud se extiende a María, la mujer del Magnificat,
la que canta esperando que las cosas se
muden, aquella que proclama la superior certeza
de un Dios que está de parte de los
últimos, de los humildes, de los encadenados...
Ella nos da la
energía para anunciar, de nuevo, aquel año de gracia y amnistía
que tu Ungido inauguró en el mundo.