No es
buen momento el de la justicia penal y penitenciaria. El espíritu del 11 de
septiembre, el incremento objetivo de ciertos delitos y la sensación de
inseguridad que se ha apoderado de algunos conciudadanos, hábilmente manejada
por los medios de comunicación que han convertido la página de sucesos en
primera plana habitual..., está
contribuyendo a que no nos encontramos en uno de los momentos más felices de la
historia penal. Por otra parte, se nos anuncia por el Gobierno una auténtica
cascada de reformas legales. Sin duda la intención es buena: mejorar la
eficacia del sistema penal. Pero cabe preguntarse a qué precio, hasta qué punto
la llamada “tolerancia cero” -singular-mente para el pequeño delito- es
compatible con las cotas de dignidad y garantías jurídicas que, mal que bien,
hemos alcanzado, o para cuándo una análisis más
riguroso de las causas de la delincuencia y las desigualdades sociales que
subyacen. Pero también es verdad que quizá es ahora más momento de proponer que de protestar, de
invitar a la iniciativa que a lamentarnos estérilmente. Todos tenemos por delante
mucha tarea y, sobre todo, no podemos olvidar que “la materia prima” de la pastoral
penitenciaria es ese bendito factor humano, que en cuanto hechura divina es
razón más que suficiente para que no decaiga la esperanza.
Proponemos cinco sencillas afirmaciones, con base en la realidad jurídico penal cotidiana, para invitar a la reflexión sobre la realidad que tenemos y, sobre todo, para presentar nuevos retos y dar pistas para la acción.
1. - Humanizar significa reconocer al
otro.
Ni
la víctima es una mera prueba de cargo al servicio de una futura condena, ni el
infractor es reducible a objeto de castigo y destinatario de la higienización
social. Las personas no pueden ser tratadas como objetos, incluso aun cuando su
comportamiento pueda haber sido enormemente desafortunado. El reconocimiento precisa apertura a la intersubjetividad y ello requiere contacto –inmediación
judicial-, comunicación, lenguaje inteligible, y una mínima capacidad de
ponerse en el lugar del otro, por “muy otro” que pueda ser.
Esta humanización no precisa inversión dineraria.
Basta un mínimo de eticidad. Tiene aplicación
práctica también en las situaciones más tremendas imaginables. Incluso la
comunicación del ingreso en prisión al imputado puede adoptar diversas
fórmulas. Una, la habitual fría comunicación a través del agente judicial,
del “queda constituido en prisión”
y “firme aquí abajo”, más la habitual
retahíla de artículos y una palabrería incomprensible. Por el contrario, la
otra, el “cara a cara” juez-imputado, en el que el primero, después de haber
escuchado y recogido cuantas circunstancias hacen al caso -y lo hacen todas las
que se refieren a la persona del autor y las circunstancias del hecho- le
indica que nadie puede abusar de nadie, y que nadie tiene derecho a ir por la
calle blandiendo una navaja y que a eso hay que poner límites y, por tanto, va
a ser ingresado en prisión, sin perjuicio de que en unas semanas esté dispuesto
a reconsiderar la posibilidad de una alternativa que satisfaga mejor la
necesidad de un tratamiento de la drogodependencia del autor. Soy testigo de
que el detenido así tratado se despide de su señoría hasta dando las gracias.
2.- Humanizar exige también diversificar
Sin
embargo, obviamente, no todo es cuestión de humanidad y buena educación. Humanizar exige también diversificar,
tratar de forma diferenciada lo que es distinto, individualizar adecuadamente
la respuesta al conflicto social que introduce el delito. Ello supone avanzar
en la superación de la, hasta ahora, única respuesta: la privación de libertad.
Con uno u otro nombre –prisión o internamiento- va ampliándose el campo de
acción de su idéntico contenido esencial (Incluso las personas inmigrantes en
situación administrativa irregular son sometidos a un régimen netamente más
restrictivo de derechos que el de la prisión provisional). Hay que superar la misma respuesta-tipo para situaciones tan diversas
como las de un drogodependiente que comete un robo para saciar su adicción, un
inmigrante que falsifica el permiso de trabajo, un empresario que impone
condiciones inaceptables a sus trabajadores, un muchacho que ha pasado 500
pesetas de hachís a otro, o el adulto que ha vendido dos kilos de la misma
sustancia. Por sorprendente que pudiera parecer, estas diversas situaciones
(distinta la naturaleza de los hechos, diferentes las circunstancias
personales) pueden recibir idéntica respuesta penal en la tarifa de tiempo de
cárcel. No será necesario un derroche de imaginación para pensar en fórmulas
diversas a la prisión para dar respuesta a los hechos enunciados y minimizar la
posibilidad de su reiteración.
3.- Humanizar la justicia penal reclama priorizar
Priorizar los hechos concretos
sobre la elucubración abstracta y el formalismo en que quedan atrapados los
operadores jurídicos las más de las veces. Recuperar la centralidad y el protagonismo
de los hechos. Para ello habrá que preguntarse qué ha pasado, por qué y cómo ha
ocurrido y de qué forma se puede disminuir el riesgo de que vuelva a suceder.
Los juristas, en general, son bastante dados a las abstracciones especulativas
pero huyen de lo concreto. Por ello no
se contextualiza adecuadamente el delito ni se
singulariza suficientemente al infractor y a su víctima. Como señala la jueza Manuela Carmena, abogados y fiscales se enzarzan en largas
y tediosas disputas forenses acerca de hasta dónde llega el “animus necandi” (ánimo de matar)
y el tipo de “dolo” concurrente (intencionalidad), y a nadie se le ocurre
preguntar por el cuchillo con el que se produjo la agresión (las más de las veces
nadie sabe dónde está) y si era grande y jamonero o
romo y pequeño. Mucho menos tiempo ocupa saber las circunstancias personales,
el proceso de socialización seguido por el infractor etc. por más que sean
circunstancias que tienen directa traducción técnica en la pena a imponer, con
una diferencia de un buen número de años de cárcel en muchos casos.
4. - No se puede humanizar mientras
se cierren los ojos a las consecuencias de la aplicación del sistema penal.
¿Cómo es posible que el tribunal que
condena a 15 años de cárcel a una persona no tenga ni la más remota idea
durante todo ese tiempo de las condiciones efectivas de cumplimiento, de su
evolución personal, las consecuencias
reales de la pena sobre ella, incidencias en la ejecución etc., salvo que se
produzca su fallecimiento o el licenciamiento de la condena? Tribunal y reo no
se volverán a encontrar jamás. Al igual que los médicos en su formación pasan
por la morgue, jueces, fiscales y
abogados no debieran poder ejercer sin conocer de primera mano el derecho penal
en sus consecuencias, sin haberse pasado por la cárcel y conocer su
funcionamiento real. De esta forma se aminoraría el abismo que separa la
legalidad formal de la cruel realidad.
5.- Humanizar es proscribir lo indigno e inhumano.
Si
el sistema penal, y de modo particular la cárcel, presenta serios déficits de legitimación ética, determinadas condiciones de
cumplimiento de la pena constituyen tratos inhumanos y degradantes. Nos
referimos a las penas de duración desmedida (que hacen ilusoria cualquier
posibilidad de recuperar la sociabilidad), a las penas sufridas en condiciones
de extremado aislamiento (casos hay con 10 y más años de régimen especial) y a
las penas de ejecución tardía (cuando la persona que cometió el delito y aquella
sobre la que va a recaer la prisión son “diferentes” porque el transcurso de
los años ha provocado importantes cambios a mejor –abandono de
drogodependencia, estabilidad familiar y laboral etc.). No podemos silenciar la
existencia en el estado español de varios centenares de condenados a penas de
50, 60 y más años efectivos (no meramente nominales) de cárcel y no precisamente por delitos de terrorismo o
contra la vida, sino debido a singulares avatares técnico-procesales, en buena
medida ajenos a los propios condenados.
Del mismo modo, resulta singularmente cruel la situación de determinados
primeros grados, sometidos a un cruel régimen de incomunicación que acaba por
enloquecerlos, como ha puesto de relieve el mismísimo Defensor del Pueblo.
Finalmente, el sinsentido de que un drogodependiente rehabilitado tenga que
ingresar en prisión para cumplir una pena de 3 años y 6 meses porque hace 8
años pasó a otro drogodependiente una
papelina con 5 miligramos de heroína,
sólo se ve superado por el hecho de que el llamado Código de la Democracia no
contenga ninguna previsión legal para estos supuestos en manos del juez.
6.- Humanizar exige lo elemental: conocer
No
es de recibo que no tengamos cifras fiables de la criminalidad en España. Ya no
se trata de que no cuadren las de unas y otras fuentes oficiales en muchos
ceros. No hay ninguna previsión para saber cuantos presuntos delitos acaban
siendo propiamente tales, qué sentencias se ponen, por qué delitos, cuántas se
suspenden, que sucede con las alternativas... No hay ningún dato de las resoluciones
judiciales que se ponen en España. No está siquiera contemplado. El Consejo General del Poder Judicial debiera
impulsar la facilitación de una estadística que evitase computar como asesinato
–engrosando la cifra de muertes intencionadas y la consiguiente alarma social- lo que fue una caída
accidental por la escalera, por más que inicialmente fuera imputada a quien fue
simple testigo del incidente (el caso no es ficticio). Así evitaríamos la
constante manipulación de datos a que nos someten unos y otros políticos y
podríamos conocer la evolución real de los problemas sociales. Impediríamos
afirmaciones que vinculan en el inconsciente colectivo la idea de delito con la
de la inmigración, al apuntarse, como se ha hecho por las autoridades, que más
de ¾ partes de los presos preventivos del primer trimestre del 2002 son
extranjeros, sin señalar al tiempo –sino
todo lo contrario- que eso en modo
alguno significa lo que parece que las ¾ de los delitos los cometan extranjeros.
El truco: siguiendo los criterios de la Fiscalía General del Estado se pide
sistemáticamente prisión para el extranjero en situación irregular, incluso por simples faltas que se podrían
saldar con multa de ¡2 euros! Mientras, los infractores autóctonos, incluso por
ilícitos más graves, obviamente tienen arraigo en el territorio nacional y
domicilio estable en los últimos años, con lo que eluden la prisión. La
correlación, por tanto, se da entre actuación selectiva, “tolerancia cero” e inmigración,
y no entre ésta y delito. Ello al margen de que los filtros selectivos del
sistema penal se ceben de manera singular en los sectores más vulnerables y precarizados (lo que en absoluto equivale a decir que éstos
delincan más: son, simplemente, más controlados, más investigados, más detenidos,
más juzgados, más condenados y, a la postre, más prisionizados).
Si en vez de fijarse obsesivamente en el color de la piel de los viandantes, la
policía investigase las tripas de los ordenadores domésticos de buena parte de
los lectores (“infectadas” de programas pirata no originales) el perfil de la
delincuencia sería muy otro y el
lamentable papelón que están jugando gobierno y oposición –tanto monta, monta
tanto- con el retrógrado y emotivista discurso de la
“tolerancia cero” sería, a buen seguro, muy otro.
1. ¿Es posible caminar hacia una justicia
que invite a una humanización de quienes no sepan o no puedan tener un
comportamiento social correcto y adecuado? O ¿esto es una utopía y la justicia
es la mejor arma que tienen quienes detentan el poder y el capital?
2.
Como
dice el título de este tema ¿estamos en manos de una justicia con un poder
implacable, o el sistema judicial es un instrumento adecuado para caminar
correctamente hacia una convivencia pacífica, promovedora de responsabilidades?
3.
Desde
vuestra experiencia ¿qué han aportado los juicios rápidos? ¿Comportan alguna
solución?
4. ¿Qué pasos se tienen que producir en nuestra sociedad para apostar por una justicia capaz de fijarse más en la regeneración de la persona que en la sanción y el castigo?
Entro
en la sala, todos me miran y el silencio me sobrecoge. Mi corazón se acelera y
mi respiración se hace profunda. Todos esperan una sentencia..., descubro el
poder de mi palabra; y pienso: sólo Tú, Señor, tienes el poder de la Palabra.
Ilumíname, ahora, que mi palabra se convierte en ley y justicia; que mi palabra
sea luz que ilumine la vida de este hombre roto. Tú sabes que de mi decisión
depende un trozo de la vida de este hombre: puedo decidir una vid en libertad o
una vida hundida entre rejas. En este momento martillea mi mente: “la verdad
os hará libres”, contemplo al acusado que me mira expectativamente y
descubro en él una persona tirada, moneda de cambio de ocultos intereses...
No
se cuál será mi sentencia pero en el fondo de mi corazón quiero pedirte, Señor,
que lleves a esta persona al taller de tu misericordia para restaurar la
verdad; así, su dignidad, integridad y libertad quedarán a salvo.
Me
piden que testifique lo que he visto y oído, pero, Señor, ¿qué es lo que
realmente ha sucedido? Yo he visto algo externo, pero ¿qué
se yo de lo que pasó por el cerebro y el corazón de aquellas personas. Y,
ahora, ¿qué? ¿qué debo hacer? ¿qué
voy a decir? ¿cómo puedo ayudar? Y todo se complica si
me empeño en verlo sucedido desde tu perspectiva de Dios Padre: ¿coincide
nuestra justicia con la tuya? ¿es igual tu visión de
los hechos que la mía? ¿dónde está la verdad? Señor,
dame la fuerza de tu espíritu para creer en la justicia, para saber poner en
mis labios las palabras acertadas que engendren esperanza y sean embajadoras de
tu misericordia.
Dolor,
odio, impotencia, rabia, rencor, desconfianza, venganza, miedo, inseguridad.
Todo se me viene a la cabeza cuando recuerdo aquel amargo momento. ¡Señor! Tú
sabes cuánto me cuesta traer a la mente ese instante cargado de violencia y
sangre. Líbrame de él, límpiame el corazón y hazme fuerte. Borra en mí todo
sentimiento negativo y lléname de amor, perdón, misericordia, confianza,
alegría, paz, libertad...
Ayúdame,
Señor, a entender a mi agresor para poder perdonarle y liberarme de tantas
pesadillas. Señor, dame fuerzas para liberar mi conciencia de miedos y complejos
y ser así instrumento de tu paz y perdón, aunque cuantos me rodean me tomen por
tonto y no me entiendan. Libérame del odio y a mi agresor bendícele con tu paz
para que los dos podamos orar tu oración: ¡Padre, perdónanos para que
podamos perdonar!