Comunidades de vida
 

 

 

 

 


Introducción

 

         La presencia y labor de la Iglesia son cuestionadas en el mundo occidental, y concretamente en nuestro país. Esa presencia y labor llega al hombre de a pie, a través de las parroquias; constatamos que cada vez son menos las personas que se implican en la dinámica parroquial y, cada vez más, las que sólo recurren a la parroquia por cuestiones sacramentales. Parece quedar patente que el presente y futuro de la Iglesia y la parroquia no parece quitar el sueño al hombre de hoy, en los albores del siglo XXI

 

         Paradójicamente, sí se valora la labor y acción socio-caritativa que pueda prestar la Iglesia en parroquias u otras instituciones eclesiales. Los más desfavorecidos siguen acudiendo a estos medios para paliar sus necesidades más elementales, con la convicción de que parroquias, conventos y otras instituciones caritativo-religiosas, tienen la obligación de cubrir sus demandas...

 

Reflexión teológica

 

         Todos convenimos en que hoy no es representativa esa estampa, que todavía expresan muchos de nuestros pueblos y ciudades, donde la Iglesia-templo, ocupando el centro o el altozano, es el punto de referencia de la convivencia y estética de todo la población.

 

         Todo un conjunto de cambios sociales y culturales, tan rápidos como profundos, han afectado a unas formas y modos eclesiales que parecen no haber sabido evolucionar con la celeridad que el momento reclamaba. Es cierto, que tampoco sabemos a ciencia cierta hacia donde se orienta nuestro mundo, pues no existe un modelo preestablecido para su construcción: da la impresión de habernos lanzado por la rampa en caída de la gran montaña rusa del siglo XXI, sin saber qué nos espera al final de este declive.

 

         Si queremos que nuestras parroquias no se desvinculen y respondan a la realidad concreta del hombre actual, habrá que cambiar esquemas y mostrar un nuevo rostro, recobrando el frescor original de la Iglesia: apoyados en la dinámica evangélica y dejándonos impulsar por la fuerza del Espíritu, es precisa una mayor experiencia de comunión, unas celebraciones que conciten Vida y que comprometan desde la caridad en el devenir de nuestro mundo.

 

         Queda claro que no podemos renunciar al dinamismo evangelizador: “nuestras parroquias no serán evangelizadoras de verdad si no son evangélicas en sus pautas de pensar y actuar. Sólo hay evangelización donde hay evangelio vivido. Y la parroquia será comunidad evangelizadora si se esfuerza por vivir el Evangelio; somos conscientes de que nos falta dinamismo evangelizador. En su conjunto, la actividad que se realiza hoy en nuestras parroquias aparece muy centrada en la vida interna de la misma comunidad, replegada sobre los servicios y atención a los practicantes, con una pérdida de dinamismo evangelizador en medio de la sociedad” (Congreso de Parroquia Evangelizadora, 1991).

 

         Nuestras parroquias e instituciones están llamadas a ser levadura y fermento del Reino en medio de este mundo. Si nos complacemos en miradas tan íntimas como simplistas de visión, nos pareceremos al grupo de discípulos cerrados en el Cenáculo. Hoy, más que nunca, es preciso ese soplo fresco del Espíritu que rompe fronteras físicas e ideológicas y posibilita la comunión que crea comunidad.

        

         Descubrir el verdadero rostro de la parroquia es transparentar el misterio mismo de la Iglesia, presente y operante. La función de la Iglesia, y de toda parroquia, es anunciar, celebrar y compartir el Dios cristiano: un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en comunión y abundancia de vida que quiere compartirla con nosotros. La Iglesia, nuestras parroquias, sólo serán creíbles si son ejemplo de comunión y vibran desde la Vida que celebran y comparten. Las parroquias tienen que ser los sujetos activos que expresan la plausibilidad del Reino en el mundo concreto que vive la gente de a pie.

 

         Sólo en comunión de Vida, alentada por la comunicación divina, llegaremos a Celebrar la Vida para poder Compartir la Vida; Compartir la Vida para poder Celebrarla. Para compartir la Vida en Caridad, antes hay que recibirla y celebrarla. El criterio de que nuestras celebraciones son auténticas es la atención y servicio a los desheredados de este mundo, quienes nos han sido revelados en la celebración, como los preferidos del Padre.

 

         Quienes provienen del submundo de la exclusión buscan ávidamente esos ámbitos de afecto y acogida que siempre desearon y para los que nunca, por una razón u otra, fueron preparados: se sienten, a la vez impelidos y expulsados, deseosos y fracasados, dispuestos y condenados. Hace unos días, un recluso, con 18 años de prisión a sus espaldas, me confesaba: siempre he soñado que alguien de la parroquia de mi pueblo viniese a la prisión y compartiese conmigo un par de cigarrillos y una abierta sonrisa.  Ellos, demasiadas veces, no sabrán expresar ese deseo que late en su interior; otras veces, tendrán la imperiosa necesidad de alardear de su hueca fortaleza; en otras ocasiones, se encerrarán en el ostracismo logrando que su rudo silencio sea el mejor reclamo para suscitar la ansiada atención; a veces...

 

         Quienes se deslizan por el fiel de la mal equilibrada balanza de la justicia precisan grupos de referencia que palien esos desajustes personales que la vida les ha ido proporcionando. Nuestras parroquias – comunidades han de ser punto de referencia, por su seria apuesta por la persona, por su acogida y su perdón, por su paciente esmero en una formación integral, por su diálogo abierto y sereno, por su fe de que cada ser humano es un proyecto divino en el que el mismo Dios pide nuestra colaboración. Oremos al Espíritu que aliente la fuerza de la comunión en nuestras comunidades – parroquias, para que se favorezcan encuentros interpersonales, donde toda persona (y sobre todo la que más lo necesite) se sienta querida, acogida e impulsada a ser ella misma.

Para seguir reflexionando

 

1.   ¿Cómo es mi experiencia de Parroquia? ¿Cómo es mi relación con la Iglesia?

 

2.   ¿Has vivido la Parroquia como comunidad donde se comparte y celebra la Vida? ¿Te has sentido, en ella, acogid@, comprendid@ y aompañado@ en tu proceso de crecimiento humano y espiritual?

 

3.   ¿Es posible un correcto ejercicio de la Pastoral Penitenciaria sin una relación seria con las parroquias? A tu juicio, ¿cómo se puede ejercitar en el recinto parroquial actividades de prevención y reinserción?

 

Oración – plegaria

 

Al caer la tarde es la hora de sentarse como hermanos a la mesa,

es la hora de ser amigos entrañables en tu alianza,

es la hora de romper el pan y pasarlo a todos,

es la hora de beber la copa en vino reventada.

Es la hora de hacer, de tu grupo, comunidad abierta

a la humanidad que vive en tierra extraña desterrada;

es la hora de volver de nuevo al paraíso perdido

donde el hombre y Dios, como hermanos en ti, se abrazan.

 

Al caer la tarde, dejas el manto del señorío,

ciñes la toalla del servicio, nos vuelves a lavar los pies y nos dices

que a la mesa se sienta sólo el hombre con entrañas

de ternura, de perdón y comprensión para el hermano.

Al caer la tarde suena la hora del amor y la intimidad,

la hora en que nos revelas un hermano en cada hombre,

y nos invitas a tocar con manos misericordiosas los pies

del hombre que camina de toda sandalia despojado.

 

Señor Jesús, que el pan se haga sabroso en cada mano,

y la copa no se quede nunca en una sola mano amarrada,

que la toalla y el delantal vayan siempre primero

al encuentro de cada hermano en signo de fe labrada y regalada.

Señor Jesús, que el pan se parta y reparta en nuestra vida,

que el vino cure heridas, sane espíritus y achispe corazones

para que todos, en comunidad abierta, abramos resquicios

que hagan creíble y plausible tu presencia y la venida de tu Reino

a quienes mascan la amargura del desencanto sin futuro.