
En estos últimos años, asistimos a una eterna renovación de la ley de educación que todos parecemos considerar necesaria, pero en las inclinaciones, tendencias y orientaciones no todos coincidimos. Lo que sí parece evidente es que el fracaso escolar existe, que seguimos confundiendo enseñanza con educación y que los profesionales de la educación tienen, hoy, un papel tan delicado como complicado.
Si a esto añadimos que los esquemas familiares han variado, que cada vez hay menos familias estables a causa de relaciones esporádicas, separaciones y divorcios, que los padres suelen pasar menos tiempo con sus hijos, que los tiempos de diálogo y convivencia entre padres e hijos escasean, la situación se complica. La familia tradicional parece no estar de moda.
En este ambiguo bosquejo, se presentan felicidades señuelo que llevan al adolescente, joven y adulto a quedar, fácilmente, enganchado en múltiples adicciones que distraen su atención de lo fundamental: la valoración y encuentro con uno mismo. Tal felicidad cebo resulta, a primera vista, atrayente pues es presentada con resultados inmediatos, que aparentemente quiebran esa rutina que enquista en el vacío; además no requiere demasiado esfuerzo y sacrificio.
Ni que decir tiene que los puntos de referencia son inmanentes pues cualquier atisbo de trascendencia y absoluto puede resultar sospechoso. El mundo de lo sagrado pertenece al pasado y a sociedades no civilizadas; lo que cuenta es el mundo de la ciencia y la técnica, del chip y la maquina. Consecuencia: el creciente surgimiento de personas inestables, con muy poca personalidad, incapaz de elaborar frustraciones, abocado a buscar compensaciones en la vorágine de la sociedad de consumo y evitar, así, reflexionar para no caer en el vértigo del caos.
Los problemas afectivos y psicológicos son múltiples, lo que comporta que las relaciones interpersonales sean cada vez más difíciles e imposibles. Podemos hacer nuestras aquellas palabras de Concepción Arenal: “la sociedad paga bien caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos”. Nuestras cárceles son la mejor expresión de esta afirmación, pues detrás de todo acto delictivo está latiendo un falso concepto de felicidad y una respuesta inadecuada a esos deseos alimentados por instintos primitivos.
Ante este boceto educativo en que nos desenvolvemos, la labor formativa de nuestras parroquias es un reto y un desafío, al reconocer que la vida es una educación prolongada: cada hombre es como un diamante en bruto que necesita ser pulimentado. Kant decía que sólo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre; el hombre no es más que lo que la educación hace de él. Educar conlleva encauzar las energías interiores en orden a unos valores (valores humanos = ética; valores sobrenaturales = religión-moral)que superen y encaucen positivamente los instintos.
Con S. Efrén, la parroquia pone alas a toda educación: “La verdad y el amor son dos alas inseparables. Porque la verdad no puede remar sin el amor, ni el amor sin la verdad”. La verdad y el amor dan profundidad a la persona, en tanto los aprendizajes superficiales la convierten en mediocre y presuntuosa. Cuando nos situamos ante la verdad y el amor palpamos nuestra indigencia y nuestra limitación. Quien se enfrenta a la Verdad y el Amor queda abocado y enfocado al Misterio. Sin respuesta a lo que nos transciende, la educación queda reducida.
Nuestras parroquias hoy deben educar para el misterio. Dios tiene que ser presentado como la buena noticia que responde a esas dos realidades que afectan al sentido y motivación profundos de nuestra existencia: el Amor y la Verdad. El misterio no puede ser reducido a ideas, lo sagrado no puede ser atrapado en ritos, lo religioso no puede quedar enmarcado en el cumplimiento de códigos morales. La parroquia ha de potenciar y colaborar la educación integral de toda persona; en esta perspectiva es preciso romper esa dicotomía (tan nuestra) entre lo religioso y lo humano: cualquier experiencia religiosa que no desarrolle a la persona en su dimensión humana siempre será sospechosa. Tal vez esta disgregación entre lo humano y lo religioso es lo que ha llevado a tantas y tantas personas a no entender ni captar lo esencial de la experiencia y dimensión religiosa de todo ser humano. Cuantas personas encarceladas se han distanciado del perímetro eclesial por, lejos de sentirse acogidos y comprendidos en sus par-vedades, se han sentido acusados y rechazados desde unos códigos y una moral.
La educación más que un adoctrinamiento ha de ser acompañamiento, donde la comunidad sirva de apoyo para ponerse delante del misterio y abrirse continuamente a la sorpresa de lo que sobrepasa. Si no hay sorpresa no hay misterio y si no hay misterio, la sorpresa no abre a la admiración y la gratuidad. Sin misterio no puede haber encuentro ni relaciones interpersonales, por lo que el ser humano quedará dañado en lo nuclear de su afectividad.
Es en el encuentro y en la relación interpersonal con Dios (oración) y con el hermano donde el deseo es purificado y equilibrado en la comunión con el otro. Al ser el deseo encauzado y compensado adecuadamente se evita toda represión y se vive con placer, paladeando la existencia como un don de lo alto. El dominio de uno mismo proporciona un placer ecuánime y experimentado con una acertada medida y dominio de los propios límites y posibilidades.
No debemos seguir presentando el placer bajo sospecha, pues la autenticidad y la correcta autoestima conllevan el deleite de saborear la realidad de existir. Nada hay más humano que expresar corporalmente y vivir con gozo las dimensiones del deseo, orientadas hacia la realización de lo que deseamos. Dios y el placer no son una disyuntiva, pues el encuentro con el Amor proporciona al hombre la mayor aquiescencia posible: y es que el Evangelio, vivido en comunidad, nos libera tanto del hedonismo como del puritanismo. El placer de ser uno mismo es el única ostentación posible de auténtica libertad.
1. Siempre me impresionó una afirmación que escuché en uno de mis primeros encuentros de Pastoral Penitenciaria: “cada persona encarcelada es un fracaso de nuestra pastoral”. ¿Consideras que las formas y modos de nuestras catequesis y dinámicas parroquiales contribuyen al crecimiento integral de la persona o, por el contrario...?
2. “Si educas al niño no será necesario castigar al hombre”, señalaba Pitágoras; desde lo reflexionado, ¿cuáles serían las pautas a seguir para una correcta educación de nuestros niños y jóvenes? ¿Piensas, como se apunta en la reflexión, que la presencia del misterio y lo absoluto es imprescindible?
3. “Abrid escuelas para cerrar prisiones”, anotaba Víctor Hugo. A tu parecer, ¿cómo se tendría que concretar esta apuesta en la marcha de nuestras parroquias e Iglesias diocesanas?
“Después de pasar tantas horas
contigo, pateando patios y galerías,
quisiera
estar seguro de haberte enseñado:
a disfrutar del amor, a confiar
en tu fuerza, a enfrentar tus miedos,
a entusiasmarte con la vida, a
pedir ayuda cuando la necesites,
a permitir que te consuelen
cuando sufres,
a tomar tus propias decisiones y hacer valer tus elecciones,
a ser amigo de ti mismo, sin
tenerle miedo al ridículo,
a darte cuenta que mereces ser
querido,
a hablar a los demás
cariñosamente,
a decir o callar según tu
conveniencia,
a quedarte con el provecho de
tus éxitos,
a amar y a cuidar ese pequeño
niño que hay en ti,
a no absorber las
responsabilidades de todos,
a ser consciente de tus
sentimientos y actuar en consecuencia,
a no perseguir el aplauso sino
tu satisfacción con lo hecho,
a dar porque quieres, nunca
porque creas que es tu obligación,
a exigir que se te pague
adecuadamente por tu trabajo,
a aceptar tus limitaciones y tu
vulnerabilidad sin decepción,
a no imponer tu criterio ni
permitir que te impongan el de otro,
a decir que sí, sólo cuando
quieras y decir que no sin culpa,
a vivir en el presente y no
tener expectativas,
a tomar más riesgos, luego de
revisar ideologías y apostar por el cambio,
a trabajar para curar tus
heridas viejas y actuales,
a tratar y exigir ser tratado
con respeto,
a valorar tu intuición y vivir
tu presente con planes de futuro,
a desarrollar relaciones sanas y
de apoyo mutuo,
a hacer de la comprensión y el
perdón tus prioridades,
a crecer aprendiendo de los
desencuentros y de los fracasos,
a permitirte reír a carcajadas
por la calle sin ninguna razón,
a no idolatrar a nadie, y a mí,
menos que a nadie”.