Parroquia: espacio 
de vida en libertad 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


         Cuantos trabajamos en el ámbito prisión sabemos la importancia de la prevención y de la reinserción. La entrada y estancia en prisión son duras y graves, pero es más grave el no encontrar puntos de apoyo y referencia distintos a los vividos en el interior. Es más duro contemplar como entre todos hilvanamos un tejido social donde la delincuencia es caldo de cultivo, donde los más débiles caen atrapados.

 

         Quienes sufren prisión y quienes habitualmente compartimos los lugares de detención, vemos la necesidad de crear e inventar formas nuevas que acojan, escuchen, acompañen y creen modos de convivir en el respeto y la tolerancia. Desde la perspectiva de la Pastoral Penitenciaria consideramos que nuestras parroquias tienen la posibilidad y misión de abrir brecha en este sentido. Todos sabemos que si reducimos las parroquias al aspecto sacramental, la persona queda relegada a un segundo lugar; la parroquia actual, basada en el más puro estilo evangélico, ha de ser espacio de encuentro, de celebración y convivencia, de educación que favorezca el crecimiento integral de la persona.

 

         La libertad es un don que se nos regala y que es preciso vivir y desarrollar en comunión y comunicación. Quienes, por circunstancias adversas no han conocido el afecto, la comunicación en diálogo..., quienes en la cárcel han abortado toda comunicación a expensas del amedrentamiento, han de encontrar grupos y espacios que favorezcan y les enseñen, con paciencia y ternura, a experimentar la comunión y la apertura a la comunicación.

 

         Para cuantos han perdido el tren de la Vida, para cuantos no han sabido entretejer su existencia en hilos de libertad, para cuantos han perdido la pista de la Verdad en la justificación de inútiles mentiras, nuestras parroquias, comunidades e instituciones eclesiales han de ser:

 

Comunidades de vida: circuitos abiertos y acogedores donde poder encontrar el afecto perdido o ignorado.

 

Educadoras en el amor y la verdad: indicadores de nuevos rumbos tan posibles como utópicos en la dinámica del Espíritu.

 

Acompañantes en el camino: facilitadoras de encuentros interpersonales con uno mismo, con los demás y el mundo, enfilando el camino del Absoluto.