INTRODUCCIÓN

 

El rostro del pres@ es como un mapa del mundo contemporáneo: en él está todo. Como si de un microfilm se tratara, el rostro del pres@ lleva grabadas todas las contradicciones de nuestro mundo moderno. Y, al mismo tiempo ese rostro es un abismo en el que se hunden los más vastos proyectos de futuro: palabras altisonantes, promesas electorales, grandes interpretaciones del mundo, tecnologías punta que aseguran confort y velocidad...: todo se va colando a través de ese rostro gastado, como el agua abundante del estanque desaparece implacablemente por el estrecho agujero del fondo.

 

En ese rostro se ven reflejadas, también, nuestras actitudes y posturas eclesiales...; y hemos de reconocer que no siempre gozan de buena salud, pues, ante el nítido mensaje de liberación que transmite Jesús de Nazareth en su vida y evangelio, pesa la sospecha de nuestra vida y misión de seguir transmitiendo dicho evangelio. Y es que, también, el Evangelio pasa su prueba de fuego cuando se encuentra con el privado de libertad y no posibilita respuestas reales de libertad.

 

REFLEXIÓN

 

         Jesús, a lo largo del Evangelio nos es presentado como Liberador de dolencias, yugos, cargas, cadenas, cárceles, demonios, limitaciones... El encomienda está labor a su Iglesia, de modo que la pauta última de la actuación eclesial, tanto individual como comunitariamente, es la atención a los últimos (Mt 25, 31-46).

 

         Para Dios toda persona tiene un valor absoluto y merece toda su atención, más allá de la situación y respuesta dada. Y es que todo ser humano es imagen de Dios y en esa imagen suya, Dios, por así expresarlo, se está jugando algo de su ser. Cuando estamos mucho tiempo cerca de las personas encarceladas (podríamos decir lo mismo de toda persona excluida y marginada), aprendemos dos realidades esenciales del Evangelio, que con cierta frecuencia olvidamos, o al menos no contemplamos en toda su hondura: la encarnación y el perdón.

 

         La encarnación se inicia con la creación, presentada como un diálogo vital divino que se topa con el “no” del ser humano (Gn 1-2), y llega a su culmen en Jesús, Palabra encarnada y fuente posibilitadora de todo diálogo (Jn 1, 1-18). La vida y misión de Jesús son Evangelio porque habilita al quien le escucha para entrar en una relación sin igual con el Padre, recuperando su originalidad y desarrollando su posibilidad de relación y diálogo (Jn 14, 9-14). Cuando la Palabra de Dios sufre el efecto desencarnación pierde sus posibilidades y queda enredada en sutiles andamiajes teológicos, rituales o religiosos. El ámbito donde se desarrolla la Palabra es en el corazón humano, herido de muerte por la ausencia de diálogo.

         Esa Palabra se hace más nítida y patente en quienes están más heridos en su condición humana, en quienes sienten su vida atrapada y maltratada, a espaldas de toda posibilidad de futuro y libertad, en quienes están más encerrados en sí mismos, tras sufrir mil y un rechazo y faltas de afecto; el Evangelio nos muestra una lista innumerable de estas personas que en Jesús reciben el regalo de la presencia, cercanía y afecto de Dios, proximidad que provoca su curación y renacimiento: ciego de nacimiento (Jn 9), leproso (Mc 1, 40-45), persona impura (Mc 1, 26), hemorroisa (Mt 9, 20-22), endemoniado (Mc 9, 14-29)...

 

         Es la proximidad de la encarnación la que provoca el perdón: sitúa al otro en la dinámica del don y la gratuidad, liberándolo de la dinámica de la violencia que destroza y deja tirado en el camino (Lc 10, 25-37). Igual que hemos tendido a poner a Dios en las alturas, lejos de la historia humana..., hemos desposeído a la palabra perdón de su sentido más profundo: liberar al ser humano de todo lo que le impide ser humano. El perdón no es algo que se tiene que ganar quien se ha equivocado, sino ese camino que el Padre regala a sus hijos para que puedan sintonizar con la alegría de la fiesta (Lc 15).

 

         El sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano son incapaces de desmontar la cabalgadura de su autosuficiencia, atiborrada de culto y ritos vacíos; el samaritano se abaja y el herido -ahora atendido y tratado como persona- da categoría y loa a este extraño que se cuela en el relato para llevarle el parabién de todos. El Amor se desarrolla en Kenosis (Fil 2, 5-11), y esto sólo lo pueden comprender y vivir quien se han encontrado con ese Dios encarnado en nuestra miseria que muy quedamente nos dice: “todo lo mío es tuyo” (Lc 15, 31-32). Quien experimenta este acontecimiento pascual en su encuentro con el Resucitado está destinado a ejercer el don (per-don) en una  Eucaristía permanente: “esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros; haced lo mismo en memoria mía” (Lc 22,19).

 

         Las personas encarceladas son uno de los ámbitos privilegiados para toparnos con el Dios del Evangelio, ya que en su fragilidad se manifiesta - encarna más ampliamente la misericordia de Dios, posibilitando el perdón. Ellos son convocados, con un cariño y ternura especiales, en Eklesia para disfrutar del don de ser ellos mismos. La comunidad eclesial, alimentándose de la misericordia divina, ha de hacer suyas las miserias y carencias de estas personas para pasarlas por el corazón divino y llenarlas de libertad. Ojala, cuántos nos sentimos Iglesia descabalguemos nuestra comodidad, implicándonos en el dolor de víctimas y agresores, hasta llegar a transformar el lento tiempo de la cárcel en tiempo de Dios, en tiempo de gracia y misericordia, como nos invitaba Juan Pablo II en el mensaje Jubilar del 2002.

 

INTERPELACIONES

 

_    “Misericordia quiero y no sacrificios...”  ¿En qué afecta esta frase a la acogida y presencia de los pres@s-personas desfavorecidas en nuestra iglesia diocesana?

_    ¿Qué implicaciones conlleva tomarnos en serio “los pres@s son Iglesia?

_    Sin misericordia, sin perdón, sin kénosis ¿es posible alguna rehabilitación y sanación del ser humano? Señala pasos concretos, en este sentido, que juzgues urgentes en el espacio eclesial diocesano y en nuestras comunidades.

ORACIÓN – PLEGARIA

 

Escucha desde el corazón del Padre

y algo te dirán los expulsados y excluidos,

los explotados y exhibidos,

los no explicados y extinguidos,

los no explorados y exprimidos,

los penetrados y perseguidos,

los postergados y perdidos,

los pateados y prostituidos,

los perseguidos y prohibidos.

 

Sí, siente con dolor el gemido de

las amarradas y adormecidas,

las afectadas y absorbidas,

las apagadas y abstraídas,

las acusadas y aborrecidas,

las rematadas y retenidas,

las reservadas y retransmitidas,

las refugiadas y reabsorbidas.

 

Ese cúmulo de personas

desolladas y deprimidas,

descalzadas y desatendidas,

derramadas y detenidas,

anegadas y abducidos,

abaratadas y nunca atendidas,

zaheridas y maltratadas,

anestesiadas y no asumidas

quieren susurrarte algo

que quizá ponga en entredicho

tu comodidad y el dios en que crees.

 

Seamos capaces de escuchar a tantos

ignorados e invadidos, iletrados e inhibidos,

silenciados e impedidos, infectados y apestados,

desechados y desinstruidos,

despilfarrados y decaídos,

desenraizados y descosidos,

desesperados y desnutridos...

que reclaman una nueva creación

y gimen por el parto del nuevo mundo.

 

Ellos nos señalan tiempos de crisis,

de amenaza y destrucciones,

de idolatría y abatimiento,

de cambios de paradigmas.

Es la hora de dejar lo viejo y abrirnos a lo nuevo,

a lo creativo, a lo que Dios nos tiene destinados,

a eso que ningún ojo vio ni mente pudo sospechar.

Ellos son el espacio donde el Padre nos revela lo definitivo.