
Introducción
El ser humano es un ser relacional y el tino en
este menester es, con demasiada frecuencia, su asignatura pendiente. No
estaríamos muy desacertados al afirmar que detrás de cada persona que sufre la
privación de la libertad subyace un rosario de relaciones desafortunadas. Ese
combate a muerte entre nuestro narcisismo y la necesidad de encontrar un “tú”
nos suele jugar malas pasadas y, a menudo, tenemos la impresión de que la
fuerza egocéntrica nos absorbe en una acción centrífuga que parece no tener
fin.
En esta cuita, se tiene la sensación (mal llamada
precaución) de que todo lo que provenga de fuera es sospechoso, a no ser que
entre dentro del organigrama interesado del propio egoísmo: hoy, más que nunca,
se busca el éxito rápido, los primeros puestos, el acaparar, lo inmediato, el
placer, la satisfacción de los sentidos. Curiosamente, ésta es la autopista que
lanza, a velocidad de vértigo, a la soledad, el aislamiento, la
superficialidad, el fracaso, el vacío… : es el lenguaje de la incomunicación
cuya atmósfera se respira en nuestras cárceles, cargadas de agresividad y cosificación.
Reflexión
Resulta llamativo que el amor y la libertad son dos
de los grandes valores y aspiraciones humanas que, en su mala orientación y
gestión, más conflictos generan tanto personal como socialmente hablando. Es
significativo que nuestros Centros Penitenciarios estén llenos de personas que
creen saber lo que es el amor y lo que es la libertad, personas que, en la
práctica, no aceptan ni aciertan a descubrir su corazón lleno de rendijas, por
las que parecen aventarse, precisamente, el amor y la libertad.
Dicen los entendidos que la agresividad es la forma
de comunicarse con el otro, cuando ya es imposible hablar con él. Y es que el
ser humano está hecho para la relación y la gestión de encuentros auténticos es
su labor primordial para dar con una acertada higiene mental y cordal. La clave
está en descifrar y alimentar una comunicación afectiva que supere la agresiva
violencia. Ésta incomunica y encierra en soliloquios desesperantes y vocablos
balbuceados.
El “yo”
necesita expresarse y comunicarse; para ello precisa ser escuchado en un
paciente proceso que va quemando etapas-peldaños psicológicas hasta alcanzar la
madurez. Los únicos cimientos que sostienen y soportan un amor maduro y una libertad personal son la acogida gratuita,
la escucha atenta, la atención afectiva, la educación personal, la
contemplación de lo esencial, el encuentro con el mundo y el “otro”. Todos necesitamos
educadores-profetas de la gratuidad.
Sin experiencia humana de gratuidad, el amor deriva
en intereses pasionales-pulsionales y la libertad en libertinaje. La libertad
no es la capacidad de optar, sino la capacidad de recorrer los espacios de la
gratuidad hasta ser uno mismo y paladear la existencia como salida de uno mismo
en acto permanente de regalarse. Si la Escritura nos revela algo de Dios es que
es yahvéh:
el que es estando presente en la historia
del ser humano. Su libertad es ser él mismo en actos gratuitos de libertad, que genera procesos de liberación. Tanto
la Alianza del Antiguo Testamento como la del Nuevo (ésta todavía más) son
expresión de la gratuidad divina: “por
pura gracia estáis salvados”.
Es la experiencia de la gratuidad divina la que va
transformando nuestro amor erótico (pulsión, tendencia, deseo, acción, poder…)
en agape (donación total de uno mismo. Es
en la mirada de la zarza ardiente del Crucificado donde muere el hombre viejo
(la única manera de ser yo mismo es negando a los demás) y surge, en el
Espíritu, el hombre nuevo (amar a los otros como yo he sido amado). Para que
nuestro sí a la vida sea real y auténtico, hemos de permitir, en
experiencia de gratuidad, que el Espíritu nos revele quiénes somos y dándonos
un sí
a nosotros mismos, podamos dar un sí a los demás en oferta gratuita
(Mt 5, 37; 10, 8). Es en ese tour gratuito por el país de la vida, donde
empezamos a percibir la respuesta a esa intuición de comunión-comunidad que
palpita en nuestro ser imagen de Dios.
Es la experiencia de la gratuidad donde percibimos
el amor: Dios convertido en don gratuito para llamar y compartir su existencia
con toda creatura: de un modo personal y singular con el hombre. Quien vive la
gratuidad entiende que “el amor es voluntad de promoción: el
yo que ama desea ante todo la existencia del tú; quiere además el desarrollo
autónomo del tú” (Nédoncelle).
Como ocurre en el amor agape, quien se empapa en la gratuidad es convertido en
portador de gratuidad, en profeta de la gratuidad. Ha sido educado en la pasión
de ser él mismo y lo que vive y experimenta necesita transmitirlo: es apóstol y
profeta de algo que vive y le sobrepasa. Es la pasión desbordante y contagiosa
de una fuerza siempre presente y actúate (Mt 28, 19-20). El actor de la
gratuidad es el Espíritu quien, al revelarnos el misterio del yo,
nos transforma en manantial que se ofrece incesante y gratuitamente. Así, el
amor gratuito, en frase de Ortega y Gasset, es una fluencia, un chorro de materia anímica, un fluido que mana con
continuidad como de una fuente.
Contemplando el rostro desfigurado del Crucificado vislumbramos
la total desapropiación del Amor para que la Vida sea posible en cada uno de
nosotros, luego de reconocer que el Amor es inmerecido: es pura gratuidad. Quien
acierta a contemplar al desfigurado, acaba contemplando al transfigurado
regalando el Espíritu (Jn 19, 30) que le capacita para hacer presente la
gratuidad en un mundo donde ‘lo gratuito’ no tiene ningún valor y genera
desconfianza, donde todo se compra y se vende, donde tiene más valor el
acaparar que el compartir, el individualismo que la comunión.
Prolongando la contemplación del desfigurado
ßà transfigurado, seamos testigos y profetas de lo gratuito, de lo que no se puede
explicar; que nuestro actuar emane el poder y la fuerza de la gratuidad,
desequilibrando las categorías del comportamiento ordinario: razonable,
utilitario, previsible... Cada acto gratuito que regalemos prolongará la
revolución de la historia, iniciada por el Crucificado
Para seguir reflexionando
1.
Dediquemos un tiempo a
compartir experiencias de gratuidad concretas y personales: ¡todos nos
sentiremos enriquecidos!
2.
¿Qué tienes que no hayas
recibido? Reflexionar y dialogar esta afirmación de S. Pablo hasta descubrir la
dinámica equivocada de algunas actitudes frecuentes.
3.
¿Es posible educar y
rehabilitar sin gratuidad? ¿Es posible en el ámbito de nuestras cárceles la
gratuidad?
4.
Reflexionar sobre la gratuidad
¿a qué nos compromete a quienes, día tras día, apostamos por hacer realidad la
liberación evangélica? Y ¿a
quienes viven la privación de su libertad?
5.
Relacionar la gratuidad con el
perdón y la reconciliación.
La gratuidad divina
El Padre llama a tu puerta buscando un hogar para su
Hijo.
F
El alquiler es barato de verdad -le dices-.
F
No quiero alquilarlo, quiero que me lo regales
-dice Dios-.
F
No sé si quiero regalártelo, pero puedes entrar y
echarle un vistazo.
F Sí, voy a verlo.
F
Te podría dejar una o dos habitaciones.
F ¡Me
gusta! -dice Dios-. ¡Voy a quedarme con las dos y quizás algún día decidas
darme más. Puedo esperar.
F
Me gustaría dejarte más, pero me resulta algo
difícil; necesito cierto espacio para mí.
F
Me hago cargo -dice Dios-, pero aguardaré. Lo que
he visto me agrada.
F
Bueno, quizá te pueda dejar otra habitación. En
realidad, yo no necesito tanto.
F
¡Gracias! -dice Dios-. ¡La tomo! Me gusta lo que
he visto.
F
Me gustaría dejarte toda la casa, pero tengo mis
dudas.
F
¡Piénsalo! -dice Dios-, Yo no te dejaría fuera. Tu
casa sería mía y mi hijo viviría en ella. Y tú tendrías más espacio del que
nunca has tenido.
F
No entiendo lo que me
estás diciendo.
F
¡Ya lo sé! -dice Dios-, pero no puedo
explicártelo. Tendrás que descubrirlo por tu cuenta. Y esto sólo puede suceder
si le dejas a mi Hijo toda la casa.
F ¡Un poco
arriesgado! ¿No?
F
¡Así es! -dice Dios-, pero ponme a prueba.
F
Me lo pensaré. Me pondré en contacto contigo.
F
¡Puedo esperar -dice Dios-. Lo que he visto me
gusta.