Ambitos sociales y eclesiales 

 

 

 

 

 

 


Introducción

 

            Hemos visto cómo detrás de todo delito hay un conflicto que deteriora la relación personal y social; y detrás de todo delito hay una o varias personas que, de una u otra manera, manifiestan su malestar interior al no haber sabido mantener un equilibrio y armonía entre sus posibilidades y la realidad que han de afrontar en su vivir día a día. Somos conscientes que detrás de todo delito emana una agresividad, no debidamente encauzada, que provoca actos que violentan la relación con los demás.

 

         Lo que, también, ha quedado medianamente claro es que en nuestros ámbitos sociales y eclesiales se tiende a la condena y al castigo como la respuesta más adecuada hacia todas las conductas desviadas: solamente, si después de cumplida la pena-castigo se vislumbra un cierto atisbo de arrepentimiento nos atrevemos a hablar de perdón.

     

Reflexión

 

 

            Si indagásemos dónde está el origen de toda violencia, llegaríamos a la conclusión de que está en esa pretensión de situarse unos por encima de otros. Tras la actitud de desprecio, de falta de respeto y desconsideración hacia el otro, se desarrolla ese sueño de considerarnos con más derecho, con más poder, con más autoridad, con más dignidad, con más fuerza, con más… que los demás.

 

         Y esta pretensión es hereditaria, pasando de generación en generación; somos educados no tanto en la instancia de llegar a ser personas adultas y maduras, sino con el reclamo de ser más que los demás para ocupar puestos importantes. Son muchos los padres que a la hora de educar a sus hijos, queriendo o sin querer, proyectan sus sueños de grandeza y omnipotencia en sus retoños, impidiendo germinar y desarrollar la originalidad que anida en el interior de todo ser humano. Casi sin darnos cuenta, emplearemos la mayor parte de nuestra existencia desarrollando sentimientos de omnipotencia, lo que nos encierra en el círculo vicioso del yo, hipotecando una sana afectividad que explayaría la riqueza personal en el acto de regalarse; sería la esencia de existir.

 

         Si el sistema operativo de la afectividad (-usando términos informáticos-) no se ha instalado correctamente en nuestras vidas por diversos motivos, los demás programas (niveles de relación, intimidad, educación, laboral, ocio…) que vayamos introduciendo y desarrollando, se introducirán alterados e irán en detrimento del desarrollo de la personalidad pues bien tratarán, vanamente, de suplir carencias afectivas o provocarán continuas interferencias que alterarán inexorablemente el adecuado crecimiento de la persona. Los ámbitos familiares son insustituibles a la hora de poner la base del crecimiento personal; si los ámbitos familiares no se desarrollan adecuadamente, con cierta frecuencia se suele producir un efecto dominó y los otros ámbitos sociales (relación, intimidad, educación, laboral, ocio…) no se desenvolverán correctamente.

 

         Con amplia reiteración, alimentando e impulsando estos sentimientos de omnipotencia aparece la religión sin que haya detrás una auténtica experiencia de Dios; en nuestras catequesis sacramentales (es lo que prima en nuestras parroquias) y en las clases de religión, en frase del teólogo Estrada, la religión sustituye el encuentro con el Absoluto, reduciéndolo todo a ritos y normas con cierto tufillo terapéutico, siendo lo que mejor encaja en la sociedad del consumo.

 

 

Iluminación

 

         Jesús, en el Evangelio, nos invita a ser como niños: “os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de Dios” (Mt 18, 1-5). El niño expresa aquí, en labios del Maestro, el ser humano no introducido todavía en la dinámica devoradora del poder, la riqueza y el éxito fácil.

 

         Así, Jesús nos presenta, con su vida, la experiencia de Dios como una relación íntima y profunda de un Padre con su Hijo. Nos presenta con insistencia la atención y preocupación de Dios por cada hombre, al que siente como hijo de sus entrañas; un Dios que sufre con la incomprensión, la marcha y equivocación de cada hijo (Lc 15, 12-32). Nos presenta un Dios apasionado que busca la felicidad y bien estar de cada hijo en ámbitos de fiesta.

 

         Jesús nos invita a ser como niños, porque nos hemos vuelto ariscos: no nos dejamos querer y como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, nos hemos convertido en lo absoluto de nuestra vida y pretendemos que hasta Dios esté dando vueltas en nuestro entorno. No nos dejamos querer y confundimos el amor con el auto perfeccionamiento, cultivando la pretensión de que somos más y mejores que nadie y al final todos acabarán aplaudiéndonos. En el fondo, lo que cultivamos es una melomanía infantiloide que nada tiene que ver con ese niño que ve con naturalidad depender totalmente de su padre.

 

         La conversión, a la que somos invitados, no parte de la exigencia y el sacrificio, sino de la experiencia profunda de volver a casa, a lo profundo de nuestra yo y dejarnos querer por ese Padre que es la Vida y que es capaz de formatear el disco duro de nuestras existencia para convertirlo en corazón de carne, capaz de experimentar el Amor. Entonces, los demás programas, –la Verdad, la libertad, la justicia, la misericordia, la paz, la felicidad…-, entrarán y se instalarán en nuestros corazones por sí solos.

 

         La dinámica del perfeccionamiento o de la frustración personal nos lleva a la insensibilidad ante el sufrimiento; la dinámica del amor nos revela que toda carne es parte de nuestra carne y no podemos permanecer impasibles ante cualquier situación de dolor. Nuestros ámbitos familiares, sociales, escolares, laborales, eclesiales necesitan esa transformación que favorezca la acogida, valoración y desarrollo de la persona para que en el desarrollo adecuado de su afectividad pueda apostar por un mundo mejor.

Para seguir reflexionando

 

1.    Seguro que, en los ámbitos de tu vida cotidiana, se dan manifestaciones de esos deseos y sentimientos de omnipotencia que todos albergamos. Enumera y comparte los que sean más visibles.

 

2.    Dialoguemos de cómo esos sentimientos y actitudes engendran frustración, marginación, delincuencia, cárcel…

 

3.    Tu experiencia religiosa ¿se basa en el encuentro-diálogo con el Absoluto, o en una religión impuesta con un rosario de normas y ritos religiosos?

 

 

 

Oración - plegaria

 

El pájaro del alma  (Mijal Snunit)

 

 

Dentro del alma, en su centro, está, de pie, un pájaro: el Pájaro del Alma.

Él siente todo lo que nosotros sentimos.

Cuando alguien nos hiere, el Pájaro del Alma vaga por nuestro cuerpo,

por aquí, por allá, en cualquier dirección, aquejado de fuertes dolores.

Cuando alguien nos quiere, el Pájaro del Alma salta,

dando pequeños y alegres brincos, yendo y viniendo, adelante y atrás.

Recorte 1.jpgCuando alguien nos llama por nuestro nombre,

el Pájaro del Alma presta atención a la voz

para averiguar qué clase de llamada es ésa.

Y cuando alguien nos abraza,

el Pájaro del Alma, crece, crece,

hasta que llena casi todo nuestro interior.

A tal punto le hace bien el abrazo.

Pero sucede que el Pájaro del Alma nos llama,

y nosotros no lo oímos. ¡Qué lástima!

Él quiere hablarnos de nosotros mismos,

quiere hablarnos de los sentimientos que encierra en sus cajones.

Hay quien lo escucha a menudo. Hay quien rara vez lo escucha.

Y quien lo escucha sólo una vez.

Por eso es conveniente ya tarde, en la noche,

cuando todo está en silencio, escuchar al Pájaro del Alma

que habita en nuestro interior, hondo, muy hondo, dentro del cuerpo.