Más allá del delito 

 

 

 

 

 


Introducción

           

 

Nos hemos acostumbrado a ver y escuchar noticias de denuncias, detenciones, instrucciones, acusaciones, juicios y condenas, a las que dedicamos menos tiempo y atención que a muchos spots publicitarios. Hoy puede ser oportuno encarar una serie de incógnitas: ¿qué hay detrás de una denuncia? ¿Qué proceso se ha seguido hasta este momento? ¿Qué se mueve detrás de cada delito? ¿Cómo viven esta realidad los afectados directamente? ¿Qué efectos y consecuencias produce someterse a un proceso y enfrentarse a un tribunal que puede decidir toda una vida? ¿Tiene la justicia la última palabra? ¿Nuestros procesos judiciales y penales ayudan a avanzar a las personas que sufren el conflicto?

 

 

Reflexión

 

Lo cierto es que detrás de cada delito hay una etiqueta que tiende a rotular a una persona, inhabilitándole para recobrar su identidad antes de la comisión del mismo delito; algo similar suele ocurrir con la víctima. Rara vez, el ejercicio de la justicia servirá para restaurar la dignidad perdida tanto en el caso del delincuente, como en el caso de la víctima.

 

         El contexto y entorno del delito colocan a las personas en la dinámica de la jurisprudencia y se relega a un plano secundario la realidad de la persona, que pasa a ser estudiada a un nivel criminológico, penal, jurídico, sociológico… por un hecho/hechos, que ya configuran para siempre su forma de ser y existir.

 

         Cuando a un ser humano se le imputa un delito, su realidad personal parece desaparecer: primero será un detenid@, luego un acusad@ y, por fin, un condenad@ pres@. Todo ello en torno a un proceso que, con demasiada frecuencia, convierte a víctima y agresor en caricaturas de una comunicación en aras a una Ley que la juzga y considera lógica y razonable.

 

         En un proceso lo que marca la pauta es una denuncia que se expresa en un sumario y un expediente: un conjunto de papeles en torno a un hecho negativo concreto que se desmarca de la realidad vital de la persona agredida y de la persona acusada. Las vidas de ambos, marco espacio-temporal en el que se desarrolla hecho o hechos estudiados, no son vistas y, mucho menos, evaluadas desde sus aspectos positivos.

 

         En lo que todos coincidimos, aunque nos sintamos con las manos atadas, es que las vidas y personas de víctima y agresor quedarán afectadas y modificadas por un hecho, al que se da mucha más importancia que el itinerario creativo de dos vidas. Conclusión: parece mucho más importante el funcionamiento de una maquinaria judicial y penal que la vida de dos o más personas que inequívocamente se verán alteradas.

 

         ¿Qué pasaría si nos atreviésemos a insertar cada delito en el devenir histórico de la víctima y del agresor? ¿Cuál sería nuestra sorpresa si cada delito le pudiésemos contemplar no en sí mismo, sino como el fruto y culminación de un proceso histórico, en que se desenvuelve la historia de cada persona?

 

         Por otra parte, cada código, cada ley tiene un contexto social, político, e incluso religioso, concreto que conlleva que haya distintas actitudes, posturas, leyes, procesos y condenas ante una misma realidad, que en unos lugares puede considerarse delito y en otros no. Incidiendo un poco más, el abanico de interpretación de cada ley es tan amplio que, con demasiada frecuencia, contemplamos sentencias bien diversas en delitos y procesos bastante parecidos.

 

 

Iluminación

 

         Un texto bíblico nos puede iluminar, a la hora de ver un mismo hecho desde una legislación vigente y desde la realidad de la persona misma. Es el pasaje de la adúltera en el evangelio de Juan (Jn 8, 2 - 11)). La ley vigente invitaba a lapidar a la culpable y nadie tiene ya presente a la persona: su realidad y su entorno. La ley por encima de la persona: hay un delito y se tiene que aplicar una pena, en este caso la muerte.

 

Nuestra mirada, retrospectiva en el tiempo, nos plantea ya, de por sí, varios interrogantes: ¿por qué una mujer casada era condenada a muerte por tener relaciones extraconyugales y al marido se le permitía siempre que no fuera con otra mujer casada y ello por respeto al hombre de quien era propiedad? ¿Qué equiparación existía cuando la esposa no tenía ningún derecho a exigir la fidelidad a su esposo?

 

         El texto nos señala como ante el delito, somos prontos al juicio precipitado y a la condena rápida; en la bolsa de nuestro corazón anidan un buen montón de piedras dispuestas a ser lanzadas sobre el otro, porque nunca nos atreveremos a aceptar esas variadas chinitas que se han colado en los zapatos del alma y nos impiden andar como personas sobre la vida.

 

         ¡Qué lección nos da, una vez más, Jesús! El no ha venido para condenar sino para perdonar y salvar; para perdonar hay que comprender la miseria humana, la que anida en el interior de cada hombre: “aquel de vosotros que no tenga pecado que tire la primera piedra…” Y es que cuando nos atrevemos a mirar nuestras propias miserias quedamos desarmados y resultamos obligados a abrirnos a la mirada compasiva y bienhechora del otro.

 

         Jesús no se fija en el hecho negativo desplegado que ha provocado la acusación y la condena; ni tan siquiera, si hay arrepentimiento en esta mujer prostrada en el suelo: sólo percibe miedo y hambre de verdad. Él vislumbra las posibilidades de la mujer y ofrece el único perdón que posibilita el arrepentimiento.

         ¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno; ve en paz y no peques más”. Sólo sabe condenar y castigar quien es incapaz de abordar la raíz del mal, la raíz del pecado. Es imposible ofrecer la salvación que yo no vivo, la misericordia que no disfruto junto al Padre y los hermanos. Invitar a la conversión conlleva acompañar al otro, teniendo claro el ideal hacia dónde encaminar nuestra conducta. Jesús no se ha fijado en el delito, en la ley, en la acusación, en la condena, en la ejecución: sólo se ha fijado en el corazón de la mujer y en el trasfondo de su historia, que desde su Padre, es una historia de perdón y misericordia. ¿Quién ha rehabilitado a la mujer: el perdón o la ejecución? Sólo, en y desde el perdón, se puede ofertar un futuro: “ve en paz y no peques más”.

 

 

Conclusión

 

Padecemos la constante tentación de girar en torno a nosotros mismos y a los asuntos de las instituciones que creamos, asegurando el poder de nuestras creaciones, constituciones y jerarquías, perdiéndonos, a veces, en un laberinto de mandamientos, preceptos, cánones y artículos, mientras que sorprendentemente no cuidamos, como es debido, lo más esencial: el respeto, la delicadeza y dignidad de la persona.

 

Todo poder, incluido el religioso, tiene cierta tendencia asesina pues, lejos de favorecer la vida de las personas, tiende a crear conflictos: prevalece la preocupación por el devenir institucional sobre el bienestar de la persona. El poder del perdón, que nos regala Jesús, es un poder liberador pues devuelve la integridad de la vida al que la tiene limitada.

 

Para seguir reflexionando

 

1.    ¿Por qué somos tan propensos a los chismes, a las críticas, a las condenas parciales y precipitadas? ¿Por qué en el siglo XXI, seguimos necesitando chivos expiatorios para resolver nuestras culpabilidades?

 

2.    ¿Qué grupos, entidades públicas, consideras, que se preocupan, realmente, del crecimiento de la persona, luchando contra tanta amenaza institucional?

 

3.    ¿Te atreves a desenmascarar los procesos de la violencia? ¿Sabrías proponer los pasos que hacen posible el perdón?

 

4.    ¿Cuál, crees, es el proceso que se debe verificar en el interior de la persona para resolver la dinámica de la violencia desde el perdón?

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Oración - plegaria

 

 

Enunciación del hijo pródigo

 

1184236666_1.jpgPadre, cuando llame yo a la puerta de tu casa,

cansado de luchar, abatido y desnudo,

¿me reconocerás?

 

Padre, si un día voy donde Tú estás

sin poder llevarte otra cosa que mis infidelidades,

mis amargos desengaños, mis batallas inútiles,

todo el mal que hice a los demás…

¿sabrás quién soy?

 

Padre, hoy sé que no soy quien yo hubiera querido ser.

Ni siquiera sé si me asemejo en algo a lo que esperabas de mí.

No soy un santo…

¿me aceptas así?

 

Padre, hoy puedo sentir que he sido el hombre perdido

que viniste a buscar,

el enfermo a quien sólo Tú podías sanar…

¿me reconoces así?

 

Soy un pobre ser que reclama tu amor, sólo amor.

Y veo que mis manos están sucias y que voy vestido de mugre,

pero creo ser ese hijo para quien reservas un traje de fiesta,

un anillo y, sobre todo, esa ternura infinita que emana de ti,

para poder sentir el abrazo del encuentro

y entrar en tu casa, y celebrar una fiesta que nunca ha de terminar.

 

(tomada del libro ‘El alma de la ciudad’ de Jesús Sánchez Adalid)

 

 

 

 

 

A ti, Padre

 

 

A ti Padre, por todo cuanto yo sufrí,

a ti Padre, porque jamás tuve bienes algunos,

a ti Padre, porque no supe escoger el camino acertado,

a ti Padre, por porque muchas veces me sentí atribulado y afligido,

a ti Padre, porque en momentos de conflictos no perecí,

a ti Padre, por todos estos años que he pasado en prisión,

a ti Padre, porque soy pionero de las nuevas enfermedades,

a ti Padre, porque un día me arrebataste lo que más amaba en esta vida,

a ti Padre, porque soy un consumado pecador,

a ti Padre, porque aún sigo siendo pobre,

por todo cuanto sufrí, y jamás me olvidaste... te alabo, Padre.

 

Te alabo porque nunca tuve nada, pero

Tú me enseñaste a no necesitar nada.

Te alabo porque aunque escogí el camino erróneo,

Tú estuviste siempre a mi lado, enseñándome el Camino de la Verdad.

 

Te alabo porque, muchas veces, me sentí atribulado y afligido,

pero al final me extendías tu mano y me consolabas con tu amor.

Te alabo porque en el sinfín de conflictos vividos

nunca salieron victoriosos mis enemigos interiores.

 

Te alabo porque a causa de mis errores,

pasé mucho tiempo en prisión y nunca me diste la espalda.

Te alabo porque en mi cuerpo infectado de virus,

Tú sigues fuerte y sano.

 

Te alabo porque a diario peco y Tú siempre estás ahí para perdonarme.

Te alabo porque aún siendo pobre,

nunca me faltaron unos zapatos, una cama, un techo, un plato de comida.

 

Te alabo porque todavía sigo vivo y mi corazón late fuerte.

¡Padre, te alabo y te doy mil gracias

por mi vida y la de todos mis compañeros!