
En una sociedad, acostumbrada
al individualismo, es más habitual hablar de premios o castigos como
compensación a una serie de hechos-acciones buenos o malos del individuo. El
ciudadano de a pie se suele proyectar en el acierto y premio del laureado (en
ocasiones el éxito del compañero puede acrecentar el nivel de la frustración
personal) y se suele reconfirmar en su postura (con cierta frecuencia
estancada) ante el fracaso y condena del vecino.
Lo que
no suele ser usual, exceptuando pequeños grupos, es el compartir (disfrutar o
sufrir) el éxito o fracaso del que convive con nosotros. Asistimos a un
creciente deterioro de los lazos afectivos y de referencia; la familia, la vecindad,
el barrio, el pueblo, la parroquia, la escuela han dejado de ser aglutinadores
y todo intento de acompañamiento y encauzamiento por alguna de estas entidades,
es considerado como un atentado contra la libertad personal o un regreso a
métodos represivos del pasado.
Reflexión
Una
primera consecuencia de esta falaz libertad personal es, que al carecer de
auténticos y profundos lazos de afecto y pertenencia, nos desarrollamos sin
raigambre, por lo que los conflictos de relación se multiplican al infinito. Esta
es una de las razones por lo que necesitamos judicializar y prisionalizar todo
desorden relacional: es como si necesitásemos que las instituciones ratificasen
mi postura personal para que tenga algún sentido, pues toda mi vida carece de
significado, al estar incapacitado para el encuentro profundo con un tú.
Hasta no
hace demasiado tiempo, el premio o el castigo eran estímulos de un proceso
educativo con unos planes más o menos definidos; eran medios, nunca fines en sí
mismos. Hoy, premio y castigo, más que estímulos parecen sanciones-fines de
unos comportamientos en los que un prototipo de convivencia social nos estanca,
impidiéndonos crecer y desestimando el proceso personal. Da la impresión que
cuando alguien alcanza la meta propuesta le colocamos en la vitrina de trofeos
y cuando alguien sucumbe en el camino del éxito le defenestramos para siempre,
como si no hubiera posibilidad alguna.
La clave
de todo esto quizá resida en la manera de entender el éxito; el éxito auténtico
es la manifestación del crecimiento de la persona, una expresión de una madurez
que continua su proceso. En el momento actual, prevalece el éxito fácil y
rápido sin preocuparnos si la persona crece o decrece: eso no es evaluable en
la única economía que hoy prima: la de mercado.
Sucumbidos
en esta dinámica, la experiencia que viven muchas personas es la soledad y la
impotencia, con la sensación de que nadie puede escuchar, entender y comprender lo que viven. La única
salida: el infierno de la cerrazón, al ritmo contundente de una culpabilidad
nunca asumida ni posible de elaborar
Iluminación
El premio y el castigo posibilitan
el crecimiento de la persona si se desarrolla un acertado acompañamiento que
desvela todo el devenir de la existencia como don y regalo. La gratuidad rompe
y rasga la ley del mercado y sitúa a la persona en el afecto y la apertura
hacia la interioridad. Acertar a situar a la persona en la línea del don
(per-don) es resituar la vida en la línea del existir: salir de sí en un regalo
permanente. Veámoslo desde la parábola de los jornaleros que son enviados a
trabajar a la viña en diferentes momentos del día.
Una primera lectura de este
texto de Mt 20, 1-16 llama la atención y nuestra tendencia es a identificarnos
con quienes se sienten agraviados por la bondad del propietario de la viña. En
nuestros esquemas mentales, la justicia retributiva ocupa el primer lugar: en
los planes de Dios, prima la justicia restaurativa. La retributiva se basa en
las acciones y méritos de la persona; la restaurativa se basa en el derroche de
la gratuidad de Dios, que tanto nos cuesta aceptar.
La clave no está en el trabajo
de los jornaleros, sino en la actuación del dueño de la viña: quiere hacer
partícipes a los demás de su bondad y para ello les invita a laborar en su viña
(en la Biblia, espacio de intimidad, de comunicación, de fiesta). Es la
invitación a entrar en este espacio, donde es posible disfrutar del reinado de
Dios: la buena Nueva que Jesús anuncia es que Él ha sido enviado con la fuerza
del Espíritu para restaurar todo lo que estaba perdido. Ya no tienen la
primacía los méritos y habilidades sino el ponerse al alcance de la acción
divina; este abrirse a la bondad es más fácil para los últimos, para quienes
creen que ya no existen oportunidades de ser llamados por nadie.
Cuando la gratuidad se mide
desde los méritos personales se desfondan los derechos personales y se
desperdiga en el vacío la gratuidad. Dios continua y constantemente anhela
situarnos en la dinámica del per-don, pero nosotros soñamos con ser los
primeros y damos más importancia a nuestros esfuerzos que al sueño divino de compartir
su Vida con cada creatura. Sólo Dios es bueno y por eso es el único que puede
ser caprichoso y rezumar gratuidad El origen del pecado es apropiarse del don,
apoderarse de lo que es gratuito para enfrentarse al mismo Dios, quedando
convertido en ídolo vacío (Os 11, 1-9).
Toda la Escritura es una
historia de acompañamiento del Dios Padre que necesita situar la historia
personal y comunitaria de sus hijos en el per-don. El hombre parece ser su
creatura más escurridiza, que considera le hace daño la bondad del Creador: “¿ves con malos ojos que yo sea bueno y
generoso?” (v. 15).
Desde la Palabra, la primacía
no está en la competición, ni en el rendimiento, ni en los méritos, ni en
alcanzar antes la meta, ni en ser más ni mejor que nadie, ni en aprovechar bien
las circunstancias, ni… La primacía reside en el Padre bueno que nos llama a
trabajar y disfrutar su viña, que es la nuestra: “tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo” (Lc 15, 32).
Nuestro gozo y felicidad no es el justo salario, sino el acompañar a los
hermanos a la hora de compartir el don de la Vida. Así, somos divinos y, por
eso, somos humanos. Aquí reside toda justicia, la que nos restaura de tanto
inútil proceder.
Para seguir reflexionando
1.
Sin
duda, será interesante dialogar más ampliamente que lo que permiten estas
líneas sobre lo positivo y negativo de los premios y los castigos.
2.
Asimismo,
sugerimos incidir en las convergencias y divergencias entre la justicia
retributiva y la justicia restaurativa.
3. ¿Qué ámbitos y circunstancias
son necesarios para vivir y disfrutar el perdón, acompañando la realidad y
situación del otro?
Oración - plegaria
Te doy gracias, Padre, por el
milagro de la Vivir,
porque me sacaste de la nada y
me hiciste don y epifanía de tu Vida.
Palpo mi cuerpo y vislumbro
infinitas posibilidades:
espacio abierto en abrazos y
delicadezas.
Palpo mi corazón y soy un
regalo para el mundo:
has puesto en mi interior
tantas respuestas válidas
a los problemas y dificultades
que me rodean.
Te doy gracias, Padre, por el
milagro de la Vida,
porque tus bendiciones
desbancan mis errores,
porque tu ternura acrisola mis
decisiones,
porque tu Espíritu disipa mis miedos y temores,
porque tus sueños purifican
mis deseos.
Te doy gracias, Padre, por el
don de tu Viña,
porque mi quehacer se
transforma en regalo,
porque mi fatiga es descanso
para el hermano,
porque mi salario es estar en
tu Viña
disfrutando tu presencia.
Te doy gracias, Padre, por el
don de la Vida,
porque el mérito ya no me pone
límites,
porque el tiempo ya no conoce
horas,
porque ya no hay primeros ni
últimos,
porque en ti todos somos
hermanos,
porque apagas nuestra sed sin
límite,
con tu Palabra que salta hasta
la Vida Eterna.
El alacrán
Un maestro oriental vio cómo
un alacrán se estaba ahogando, y decidió sacarlo del agua, pero cuando lo hizo,
el alacrán lo picó.
Por la reacción al dolor, el
maestro lo soltó y el animal cayó al agua y de nuevo estaba ahogándose. El
maestro intentó sacarlo otra vez y otra vez el alacrán lo picó.
Alguien que había observado
todo, se acercó al maestro y le dijo:
- “Perdone maestro, ¡pero usted es terco! ¿No entiende que cada vez que intente sacarlo
del agua el alacrán lo picará?”.
El maestro respondió:
- “La naturaleza del alacrán es picar, el no va a
cambiar su naturaleza y eso no va a cambiar la mía, que es ayudar y
servir”.
Y entonces, ayudándose de una
hoja, el maestro sacó al animalito del agua y le salvó la vida.