Cada vez que oímos que los pobres son los preferidos del Reino y, por tanto, de la Iglesia, sentimos cómo que algo chirría en el fondo de nuestros corazones, algo que nos dice que eso debía ser así, pero no lo es en  realidad. No hace falta ser expertos en ninguna materia para corroborar como ciertos sectores eclesiales se sienten incómodos en el mundo de los desfavorecidos y por ello los ignoran; asimismo, comprobamos que los que llamamos ‘pobres’ hacen un gesto significativo que expresa, al menos, cierta desaprobación, cuando oyen hablar de la Iglesia.

 

En el mundo de la marginación se producen muchas paradojas y contradicciones; una de ellas es contemplar cómo se recurre a las acciones caritativas eclesiales, aunque se recele y sospeche de todo lo que proviene de la Iglesia. Da la impresión como si dentro del ámbito eclesial y en el corazón de los más desfavorecidos hubiera una ambigüedad y dicotomía eclesial.

 

En este cuadernillo vamos a intentar plasmar esta realidad, vista desde el mundo de la cárcel; en un primer momento acompañaremos la visión que las personas privadas de libertad tienen del acontecer eclesial; en un segundo espacio veremos cómo ve la realidad eclesial de nuestras diócesis a las personas presas; y acabaremos iluminando desde el Evangelio este encuentro para descubrir el rico potencial humano que nos perdemos.

 

Nuestro deseo es interpelar nuestra postura, nuestra fe y nuestras comunidades en orden a ser más fieles al mensaje de Jesucristo. Como en años anteriores, sólo nos atrevemos a sugerir, a abrir pistas que juntos, en Eklesia, unidos a nuestros herman@s privad@s de libertad y a quienes han sido y son víctimas del zarpazo de la delincuencia y la violencia..., nos ayuden a encarnar la liberación que conlleva la vivencia evangélica.

 

Ojala, estas páginas nos ayuden a todos a reflexionar para zanjar viejos recelos y concluir que si la Iglesia diocesana no se encarna en el mundo de la prisión estará parcelando su anuncio evangélico... y que si las personas privadas de libertad no se abren al anuncio evangélico..., que es el tesoro de la Iglesia, no acertarán en el camino de esa libertad tan añorada.

 

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