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Hace unos
días fui al cementerio para rezar por cuantos descansan en ese lugar.
Qué buena impresión me causó el ver a no pocas personas que visitaban
ese recinto en que duermen el sueño eterno familiares y amigos.
Junto a las tumbas bien
conocidas, rezaban y recordaban la vida del ser querido. Se adivinaba un
diálogo dulce con los que, un día, vivieron con nosotros. Estoy seguro
de que, en el cielo, se escuchaba otra oración pidiendo por los que
desgranábamos el rosario por los pasillos que bordean las tumbas.
Ellas guardan,
en silencio, el amor que nos tuvieron y no han olvidado: con paz, hablan
al Padre Dios de nosotros, que vamos recordando nombres al ritmo de
avemarías. Me gusta evocar sus gestos y palabras que definen una vida
consagrada a hacer el bien.
Rezo,
también, por aquellos cuyos nombres no me evocan rostros y acciones:
los suyos conocen bien su historia.
Cuando regreso
a la ciudad me encuentro con las casas que habitaron, las escuelas donde
estudiaron, las iglesias en que rezaban. Dios les guió por el camino de
la vida. Dales, Señor, el premio bien merecido.
Al recorrer el
amplio camposanto, advierto tumbas bien limpias y floreadas, y algunas
en que abundan las malas hierbas o los nombres están apenas legibles.
Mi corazón se para en cada sepultura: Dios, mi Padre, lo es también de
todos los que yo no conozco. Por eso, mi oración es por todos.
Un cementerio
limpio es un lenguaje de amor, de cariño, de recuerdo: quienes han
embellecido el lugar, han pensado en los familiares y amigos que allí
reposan.
¿Es triste el
cementerio? Para el que tiene fe y amor, no. Porque sigue amando a
aquellos que, un día, vivieron a su lado, y cree en la resurrección de
los muertos y en la vida eterna.
Santa Teresa
gustaba de repetir: «creo en la vida eterna». Precioso don para el
creyente: ver a Dios, hablar con Dios y escucharle, gozar del regalo de
su presencia. ¡Claro, la Santa se pasaba las horas con esos
pensamientos!
Adiós, decimos, a los que se
van. Nos espera un encuentro con todos ellos en la Casa del cielo, bajo
la dulce mirada de Dios. El largo viaje, cuando se cierren mis ojos, me
llevará a la dulce paz, con cantos de ángeles, en la serenidad de las
eternas moradas. |
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Santiago
Martínez Acebes, Arzobispo de Burgos
"Un
cementerio limpio es un lenguaje
de amor, de cariño, de
recuerdo: quienes han embellecido
el lugar, han pensado
en los familiares y amigos
que allí reposan"
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