|
La Catedral, el centro |
|
Jesús Yusta Sainz |
|
La Iglesia, recogiendo la tradición judía, nos ha convocado al Jubileo. El año jubilar es tiempo de volver a Dios, conversión, que conlleva el acercamiento al otro. Cuatro imperativos a seguir: condonación de deudas, liberación de esclavos, descanso de la tierra, distribución de los bienes. Sin prejuicios, es fácil descubrir la enorme actualidad de los mismos. La condonación de la deuda, sobre todo referida a los países expoliados del tercer mundo; apostar por esa causa justa y humana, es un imperativo inexcusable. El grito por la libertad de hombres y mujeres, vejados, explotados, anulados, denuncia nuestra pasividad indiferente. El descanso de la tierra, descubrir los límites de la naturaleza, el cuidado escrupuloso de esta aldea global que nos ha tocado vivir y que hemos de dejar habitable a las generaciones futuras, es una obligación de justicia. Y, la mejor distribución de los bienes, la participación universal de lo que ha sido donado a todos no puede esperar otro milenio. La Catedral, símbolo y expresión de la Diócesis, se ha convertido así en ese corazón que purifica, bombea y difunde la sangre por todo el Cuerpo y, a la vez, es fuerza propulsora, expresión de juventud y vitalidad, para acercarnos a los necesitados. Al finalizar este «tiempo de gracia», el Día de la Iglesia Diocesana, nuestro día, volvemos de nuevo la vista a la Catedral. El Jubileo, la entrada en el Templo-Iglesia, no es término-llegada, sino inicio de una nueva vida, personal en comunidad. Entrados en la Catedral-Diócesis, revivificados, salimos a compartir los «gozos y esperanzas, las alegrías y tristezas de los hombres». |
|
|
|
|