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Una casa para todos |
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Raúl Berzosa Martínez |
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"Mira, cuando eras pequeñín, y estabas en la cuna, tu madre encendió una estufa de serrín. De aquella estufa comenzaron a salir ascuas ardiendo e iban directas a tu cunita. Me interpuse, sin pensarlo dos veces, entre las ascuas y tu cunita, y aquellas pavesas se pegaron en mi cara impidiendo que ardieras tú. Por eso tu madre, desde entonces, tiene la cara fea y quemada". Manolito reaccionó y estampó un fuerte y sincero beso de agradecimiento a su madre. Esta historia, que he tenido que narrar en varias ocasiones, refleja lo que sucede con muchos cristianos, y con los no creyentes, en relación a la Iglesia-. no les gusta, porque sólo se fijan en sus defectos, en su cara quemada. Que, por cierto, la tiene. Pero no se dan cuenta que ella, la Iglesia, es su casa y el sacramento de sanación que Jesús mismo ha querido para cada uno de nosotros. Lo decían los primeros escritores cristianos, y lo seguimos repitiendo: la Iglesia, al mismo tiempo, es santa y pecadora. Y, la lglesia, al mismo tiempo, es nuestra madre (nos ha dado a luz a la vida en Jesucristo) y nuestra hija (depende, históricamente, de lo que nosotros hagamos de ella). Es, sin duda, una casa de todos y para todos. Todos somos necesarios en ella, y todos recibimos de ella. lo que necesitamos. Un escritor ruso de nuestros días, cuando experimentó desde dentro qué era en verdad el cristianismo, y la misión de la Iglesia, exclamó la misma frase que hemos escuchado en repetidas ocasiones: "¡Si no existiera, habría que inventarlo!" Este año, el 19 de noviembre, estamos llamados a ser responsables con nuestra Iglesia. En tres dimensiones: ayudando a su sostenimiento, orando, y, sobre todo, siendo coherentes y generosos con nuestro compromiso cristiano. |
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