El camino a casa

Delicada, ordenada y armoniosa

Pantalla 90

Wo de fun qin mu qin. China. 2000. 100'. Drama . Dir.: Zhang Yimou. Guión: Bao Shi. Int.: Zhang Ziyi (Zhao Di joven), Sun Honglei (LuoYusheng), Zheng Hao (Luo Changyu), Zhao Yuekin (Zhao Di anciana), Li Bin (abuela), Chang Guifa (alcalde anciano), Sun Wencheng (alcalde joven). Prod.: Guangxi Film Studios y Beiging New Picture Distribution Company. Dist.: Columbia TriStar. Cal. Est.: Todos los públicos. Cal. OCIC-E: Todos.

Un hombre joven, que vive en  una población donde trabaja desde hace años, regresa a su aldea natal al notificarle el fallecimiento de su padre. Han desaparecido muchos vecinos y la costumbre de llevar a hombros el ataúd del difunto, no parece factible. El alcalde se lo advierte así al joven para que intente convencer a su madre de la imposibilidad de cumplir la tradición. Pero ella no lo acepta y se pone intransigente hasta que el hijo analiza su postura y la comprende. Entre los comentarios de unos conocidos y otros, rehace la relación que hubo entre sus padres. Desde el enamoramiento de ambos, cuando él llegó, como maestro del lugar, su pronto matrimonio y la continuidad de aquel sentimiento que permanece inalterado hasta su ancianidad. El ataúd se cubre con un paño que ella misma teje y, ante la sorpresa general, antiguos alumnos, residentes en otros lugares, acuden de improviso a acompañar al muerto a su última morada, en reconocimiento a su memoria. Su entierro, con todos los honores, lleva un cortejo excepcional de generaciones que le fueron fieles, como su mujer y su hijo.

 

Probablemente el jurado que le concedió a Zhang Yimou el Oso de Plata, en Berlín 2000, tuvo igual sensación de hermosura y bienestar que nos invade a los demás espectadores cuando nos sentamos ante esta película tan delicada, ordenada y armoniosa. Mientras discurren las imágenes del paisaje rural chino, sus vallecitos y sus colinas, las casas de labranza y sus moradores ocupados en labores comunes y obreros ambulantes que llevan a cabo sencillos y antiguos oficios -como el leñador-, la marcha serena del tiempo se despliega discretamente contando una historia de cotidianidad de la que es protagonista una jovencita pueblerina que descubre sus emociones sin malicia, en una bella sonrisa, y que en todo pone amor: cuando guisa y cuando teje. La cámara no se entrega a giros sofisticados ni a fantasías; ni la interpretación es pretenciosa, sino contenida y correcta, adecuada al tema.  Nos hace pensar en la gran equivocación de quien afirmó que con buenos sentimientos no se hace buena literatura. Admitir tal cosa como un axioma irrebatible es erróneo. La literatura ni mejora ni empeora por causa de los sentimientos de los que se ocupa. Si ella es buena, lo demás se da por añadidura. Y si los buenos sentimientos hacen buena literatura, también hacen buen cine. Véase la muestra de Zhang Yimou, que lo corrobora.

 

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