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Un
hombre joven, que vive en una población donde trabaja desde
hace años, regresa a su aldea natal al notificarle el fallecimiento de su
padre. Han desaparecido
muchos
vecinos y la costumbre de llevar a hombros el ataúd del difunto, no
parece
factible.
El alcalde se lo advierte así al joven para que intente convencer
a su
madre
de la imposibilidad de cumplir la tradición. Pero ella no lo acepta y se
pone intransigente hasta que el hijo analiza su postura
y la
comprende. Entre los comentarios de
unos conocidos y otros, rehace la
relación
que hubo entre sus padres. Desde el
enamoramiento de ambos, cuando él
llegó,
como maestro del lugar, su pronto matrimonio y la continuidad de aquel
sentimiento
que permanece inalterado hasta su ancianidad.
El ataúd se cubre con
un paño
que ella misma teje y, ante la sorpresa general, antiguos alumnos,
residentes
en otros lugares, acuden de improviso a acompañar al muerto a su última
morada,
en reconocimiento a su memoria. Su
entierro, con todos los honores, lleva
un
cortejo excepcional de generaciones que le fueron fieles, como su mujer y
su
hijo.
Probablemente
el jurado que le concedió a Zhang Yimou el Oso de Plata, en Berlín 2000,
tuvo igual sensación de hermosura y bienestar que nos invade a los demás
espectadores cuando nos sentamos ante esta
película
tan delicada, ordenada y armoniosa. Mientras
discurren las imágenes del
paisaje
rural chino, sus vallecitos y sus colinas, las casas de labranza y sus
moradores
ocupados en labores comunes y obreros ambulantes que llevan a cabo
sencillos
y antiguos oficios -como el leñador-, la marcha serena del tiempo se
despliega
discretamente contando una historia de cotidianidad de la que es
protagonista
una jovencita pueblerina que descubre sus emociones sin malicia, en
una
bella sonrisa,
y que en todo pone amor: cuando guisa y cuando teje.
La cámara
no se
entrega a giros sofisticados ni a fantasías; ni la interpretación es
pretenciosa,
sino contenida y correcta, adecuada al tema.
Nos hace pensar en la
gran
equivocación de quien afirmó que con buenos sentimientos no se hace
buena
literatura.
Admitir tal cosa como un axioma irrebatible es erróneo.
La literatura
ni
mejora ni empeora por causa de los sentimientos de los que se ocupa. Si
ella
es
buena, lo demás se da por añadidura. Y
si los buenos sentimientos hacen buena
literatura,
también hacen buen cine. Véase la
muestra de Zhang Yimou,
que lo
corrobora.
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