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Me
piden, y con sumo gusto acepto, alcanzar con la memoria
los
orígenes de nuestra Hoja Diocesana Sembrar.
Estrenábamos
los 80 y en pleno posconcilio había en los
ambientes
eclesiales ansias verdaderas de renovación, de
acercamiento
a las gentes, de conocimientos recíprocos y de
ayudas
mutuas. Era aquella una ilusión
colectiva y un reto
a
los tiempos nuevos que, efectivamente, ya estaban encima.
En
nuestra Diócesis, por ejemplo, había que contemplar dos
mundos
bien diferenciados: el mundo rural, antiguo y nuevo,
enraizado
en sus tradiciones y abierto a la modernidad pero
con
señas inequívocas de un empobrecimiento demográfico, y
el
mundo urbano en cuarto creciente, lleno de vitalidad y
lleno
también de contradicciones. En
aquél se refugiaba la
tradición
secular; en éste, la nueva y compleja demografía
demandaba
infinidad de soluciones. Allá,
en los pueblos,
estaba
la rica hacienda de un patrimonio religioso que, poco
a
poco, amenazaba ruinas; aquí, en la ciudad, las nuevas
feligresías
exigían templos, colegios, instituciones, nuevos
modos
de atención.
Pues
bien, en ese contexto nace Sembrar
con el ánimo que
le
confería su título de poner en el surco de la geografía
burgalesa
una semilla de esperanza. La idea
fundamental de
aquella
"Hoja" era la de acompañar a los fieles de la
Diócesis
en esa andadura por los tiempos nuevos y la de
hacer
este viaje en sintonía.
¿Cómo
hacerlo? Esa fue, en aquel
entonces, una pregunta
esencial
a la que, seguramente, dieron, dimos, muchas respuestas y ninguna
suficiente. Pero iniciamos el
viaje en
el
que ahora otros perseveran con idénticos entusiasmos.
Aquellos
años iniciales estuvieron, eso sí, llenos de
iniciativas:
propusimos que la "Hoja" fuera, por decirlo de
algún
modo, el centro de información de las distintas zonas
pastorales,
de las diferentes delegaciones, de los
movimientos
apostólicos, de la Curia diocesana, etc.
Propusimos
y llevamos a cabo una sección litúrgica,
preferentemente
del domingo, para que todos los lectores
rezáramos
juntos. De igual manera, entre
los proyectos
llevados
a cabo figuran los de sacar a la luz aquellos
comunicados
o documentos eclesiales que analizaban o
zanjaban
cuestiones candentes.
La
Hoja Sembrar debía ser
también, y así lo hizo, la
crónica
fiel de cuantas empresas diocesanas, campañas,
obras,
cursos y otros programas realizaba la Diócesis.
En
su afán por conectar con las raíces de la tierra
burgalesa,
Sembrar hizo números
especiales dedicados
a la
Semana Santa, a la Navidad, al mes de mayo,
rescatando
hermosos cancioneros de los pueblos y
delicadas
costumbres lugareñas. Quisimos,
y ahí están
los
testimonios gráficos, que por sus páginas pasaran las imágenes fotográficas
de una buena parte de las
iglesias
burgalesas por humildes que fueran (un
formidable
archivo de don Emiliano Nebreda sirvió para
el
caso).
Se
buscó el humor, que sólo nos salía en ocasiones; se
buscaban
las noticias eclesiales que, en aquella hora,
sonaban
de distinta manera; se buscaron buenos
comentarios
catequéticos a la doctrina de siempre: la
s Bienaventuranzas,
el Credo, las obras de misericordia,
los
novísimos, el Padrenuestro, etc.
En
fin, queríamos ponernos y nos pusimos al lado de las
gentes
sencillas para compartir el pan y la palabra de
la
intrahistoria diocesana.
Fueron
aquellos unos inicios ciertamente modestos, pero
pletóricos
de ilusión al menos en cuantos, semana tras
semana,
soñábamos con un nuevo número de la "Hojita".
Sembrar
cumple ahora veinte años. Veinte años en la
historia
de una Diócesis son una anécdota, pero la
anécdota
trasciende cuando se sueña en una comunión
tan
singular como es la eclesial. Personalmente
creo
que
ese sueño sigue en pie en los que ahora dirigen y
llevan
a cabo este servicio modesto entre los que más,
pero
plenamente significativo para los que se saben
Pueblo
de Dios.
La
Hoja Sembrar nunca
pretendió hacer historia, se
conformaba
con registrar la intrahistoria diocesana.
Los
tiempos exigían ya entonces esta modalidad
evangelizadora;
ahora, si cabe, mucho más. |