San Martín de Don

Cantamisa de Juan María González

Benigno Sainz

Día 16 de diciembre del jubilar año 2000. Día grande para toda la Iglesia. Día grande para los cristianos que peregrinamos en Burgos. Siete nuevos presbíteros y un diácono eran ordenados por nuestro pastor y obispo don Santiago en la Catedral.

Juan María González Oña.Día grande para el Valle de Tobalina, para el pueblo de San Martín de Don, para la comunidad de religiosas hijas de Santa Clara, para los familiares y amigos del nuevo ordenado. Lo que durante años habían soñado era realidad: Juan María presidía la Eucaristía, donde Jesús renueva su salvación en el altar.

Un nutrido grupo de hermanos sacerdotes arropaban al neopresbítero en la celebración de la Eucaristía en el pueblo que ha visto nacer y crecer su vocación al sacerdocio ministerial. También le acompañaban familiares y amigos venidos de los cuatro puntos cardinales. No faltaron personas venidas de todos los pueblos del valle para sumarse en torno al nuevo sacerdote, que de alguna manera también a ellos les pertenece, pues han estado cercanos en su camino hacia el altar.

La no pequeña iglesia del monasterio de San Miguel Arcángel era insuficiente para acoger a cuantos querían acompañar a Juan María González Oña en la celebración de la Eucaristía. Los cantos bien cuidados de la comunidad de religiosas y de toda la asamblea pusieron tono de solemnidad y alegría, de júbilo y emoción. La palabra firme y serena, profunda y cercana del misacantano llevó a todos a agradecer a Dios el gran don del sacerdocio en la Iglesia y a la súplica confiada por quienes están constituidos en ese ministerio eclesial.

La presentación de ofrendas, el gesto tan expresivo del lavatorio de las manos, el ósculo de la paz, las palabras de acción de gracias... encontraban su cumbre en la comunión del Señor ofrecido en el altar.

El canto entrañable de la Salve, como lo viene haciendo la comunidad monástica todos los días a lo largo de cuatrocientos seis años, ponía tono mariano a la celebración que se cerraba con el caluroso y cariñoso besamanos al nuevo presbítero por parte de todos los asistentes.

La alegría continuaba después en los locutorios de las hermanas, alrededor de la mesa, con recuerdos y anécdotas regadas de buen vino.

Dios sea loado y servido en su Iglesia por éstos que en tan memorable día fueron ungidos para el servicio del altar y para hacer presente la salvación de Dios entre sus hermanos. Quiera Dios que también podamos vivir como este día muchos otros.

 

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