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Mons. José Manuel Estepa Llaurens |
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El Arzobispo Castrense mira de frente. No le importa el qué dirán. Por eso habla claro y alto. Su máxima preocupación es hacer la voluntad de Dios en cada momento. Experto catequeta, es el responsable, en buena medida, de la redacción del Catecismo de la Iglesia Católica. A punto de jubilarse como Arzobispo castrense, José Manuel Estepa ha concedido esta entrevista a Fe y Razón para hablar, entre otros asuntos, de la violencia terrorista de ETA, y el cauce adecuado para poner fin a esta lacra. |
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"No se puede dialogar con las pistolas encima de la mesa" |
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Álex Rosal (La Razón) |
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¿Hay que dialogar con los terroristas? No se puede dialogar con las pistolas encima de la mesa. Un ciudadano normal, cualquiera, no puede entablar un diálogo si el interlocutor pone la pistola sobre la mesa. Un grupo que quiere que yo dialogue, pero me acogota, no me deja dialogar con libertad. Mientras se persista en justificar los crímenes no hay posibilidad de dialogo. Hay dos presupuestos sin los cuales no se pueden dialogar: verdad y justicia. No se puede pedir a las víctimas que perdonen si se quiere ocultar lo que pasó. El perdón exige la búsqueda de la verdad. La Iglesia es la única institución que no ha sufrido atentados o amenazas en el País Vasco. ¿Cambiaría la posición eclesial ante ETA si los pastores estuvieran amenazados? Si la Iglesia estuviera amenazada por ETA, o sufriera alguno de sus miembros un atentado, la posición de los eclesiásticos ante este problema hubiera cambiado sustancialmente.
¿Debe cambiar la Iglesia vasca sus actitudes o caminos pastorales para lograr el fin de ETA? La Iglesia católica en el País Vasco debe cambiar de rumbo. Debe concentrarse en hacer posible el servicio que Dios pide hacia ese pueblo, aunque una parte de ese pueblo se haya desviado.
La pregunta del millón: ¿Cómo extirpar el mal o la confusión que se ha apoderado de algunas comunidades cristianas de Vascongadas? Aunque el mal se haya extendido entre una parte del clero y de algunas comunidades cristianas hay que empezar a trabajar para extirparlo. Y hay que hacerlo con honradez. No es de recibo que a aquellos sacerdotes que consideran que la pastoral actual no es del todo idónea para trabajar por la paz, se les arrincone, o no se les deje reunir para reflexionar en común sobre estos temas. Esta situación denota una falta de libertad. Por eso urge que los cristianos creemos una opinión pública en contra de actitudes u omisiones que favorecen este clima de violencia.
A algunos sacerdotes y teólogos que disienten de la línea que siguen algunas comunidades cristianas o pastores, se les aparta. ¿Qué opina de esta práctica? Hay ciertos sacerdotes y teólogos que tienen una situación de privilegio en el País Vasco, y hay que denunciar esto. Hay que preguntarse por qué un teólogo como Rafael Aguirre tiene que pronunciarse, pero casi en sordina. O por qué el jesuita Antonio Beristain está absolutamente marginado. ¿Por qué una Iglesia local puede hacer eso? Esta situación exige medidas. Que las gentes que quieran hablar se tengan que ir, o por su propia autoridad ser reducidos al silencio, es muy grave. Hay que cambiar es esto.
¿Qué habría que hacer? Yo no puedo propugnar la salida de una orden, pero hay un mínimo de libertad evangélica para poder decir las cosas. Recuerdo que de niño, las predicaciones de algunos curas eran valientes. Decían que la posguerra se estaba haciendo mal por los excesos de la represión. Y no recuerdo que ningún obispo les mandaran callar. Son temas susceptibles de debatir.
¿El Episcopado español ha sido claro con el asunto de ETA? El Episcopado siempre ha condenado la violencia de ETA. Ahí están las condenas. La Conferencia Episcopal siempre ha hecho un comunicado condenatorio, pero lo que yo lamento es que esas condenas han podido convertirse en un mero formalismo. No en una actitud hipócrita, no, pero hay que reconocer que ha faltado un proyecto de reflexión y análisis de todos estos fenómenos para sacar las debidas consecuencias en la pastoral ordinaria. Se han vivido estos momentos de violencia y atentados terroristas como extraordinarios de la propia pastoral, pero no se ha proyectado una pastoral ordinaria para solucionar estos males. Teníamos que haber hecho un análisis de lo que significa ese deterioro de las virtudes sociales. Una sociedad así se envilece y se humilla.
¿Cuáles son las claves para que veamos pronto el fin de la violencia etarra? Todo lo que se haga para poner fin a la violencia de ETA debe estar basado en la verdad y no en unos planteamientos confusos. Hasta ahora hemos ido permitiendo todos, todos, con esperanzas equivocadas, un deterioro de la verdad, degradando el propio lenguaje. Todas las viejas expresiones de «yo condeno la violencia venga de donde venga», crean mucha confusión. Crea una situación de convicción de que todo el mundo lo está haciendo mal. Y esto no es así. El que una sociedad democrática se defienda a través de sus propias leyes y fuerzas de seguridad ante una amenaza, es normal. Sin embargo, se ha creado un estado de desconfianza y esa evolución del lenguaje ha sido realizada por algunos con «muy buena intención». La salida a esta situación de violencia no puede estar nunca en la mentira.
¿Cuáles son los campos en la sociedad vasca en los que se percibe un mayor deterioro de la «verdad»? Uno de los sectores más deteriorados es el de la educación. Los propios textos, manuales y libros en el País Vasco, y en el resto de España, sufren un deterioro llamativo. También ha habido una desatención de los jóvenes, que ha dado como consecuencia una violencia callejera de «aprendices de terroristas». Que no haya habido una acción común en la Iglesia para frenar estas situaciones es triste: «Estos lodos vienen de aquellas lluvias».
¿Qué papel juega el nacionalismo en el nacimiento de la violencia etarra? El nacionalismo ha llevado a una legitimación de la propia violencia. No cabe duda. Cuando se organizan funerales en las parroquias del País Vasco, con grandes honores de la comunidad local a las gentes que han muerto llevando bombas en la mano, este hecho significa una confusión total de los principios. Las comunidades cristianas que acogen este tipo de actos en los propios templos están enfermas de confusión sobre el mal.
¿Ha habido muchas omisiones y disimulos egoístas para frenar este mal? La denuncia pública de la falsificación se tenía que haber hecho. No se puede dejar crecer a generaciones con esas mentiras. Se enseña la Historia de España para engendrar odio y deformación en los jóvenes. Teníamos que haber tenido más sentido de la responsabilidad. Y sobre este asunto de la falsificación de la Historia en los libros de texto no se ha expresado la Iglesia o casi nada. Ha habido, eso sí, intervenciones del cardenal Rouco muy precisas y claras sobre este problema, pero no ha habido declaraciones colectivas. ¿Como es posible que la Iglesia asista desde una presunta neutralidad, que se convierte en asepsia, a la almoneda de España? Yo no quiero dramatizar, pero el centrifuguismo que hemos vivido en estos años ha supuesto un déficit de responsabilidad. Por ejemplo, cuando se produce en Italia, hace unos años, el intento de secesión del norte del resto del país, todo el episcopado, el del norte, centro y sur, se manifiesta clarísimamente en común por la unidad italiana, al considerar que «hay más bienes en la unidad que en la fragmentación», y organiza, incluso, la gran campaña de oración por la unidad de Italia, y ahí estaban de acuerdo el cardenal de Palermo y el de Milán.
¿Está enferma la sociedad vasca? Hay una parte de la sociedad vasca que está enferma; no cabe duda. Hay carencia de libertad. Si en una barriada, un pequeño grupo impone su norma, su «poder», el resto de los componentes de la barriada se calla, y poco a poco van perdiendo sensibilidad.
¿Tienen razón los familiares de las víctimas de ETA en quejarse por la desatención de la Iglesia con ellos? Los familiares de las víctimas del terrorismo de ETA tienen razón en quejarse. Yo mismo me examino: hemos hecho condenas, pero no hemos sabido acoger. Se hacían condenas de los atentados terroristas, a veces llenas de equilibrios, de matices y de equidistancias; se hacían funerales a veces casi en la clandestinidad. Las pobres familias tenían que esperar para poder encontrar el verdadero calor del consuelo y de la fraternidad a llegar, para enterrar a su esposo o padre o hijo asesinado, a su pueblo salmantino o extremeño o granadino. Después, frecuentemente, quedaban aislados y olvidados de todas las instancias. Es duro de afirmar, pero en la Iglesia no hemos sido a menudo más fraternos y cercanos con estas personas víctimas que los restantes sectores. Y yo siempre he visto grandeza en estas víctimas y familiares. Aunque estallara el corazón en rabia y en llanto, esas gentes representaban, con su fortaleza, su capacidad de perdón y su dolor sereno, lo mejor de la sociedad y también de la Iglesia y de la auténtica fe y esperanza. A veces, su propia tristeza callada resultaba clamorosa; y ojalá todos nosotros hubiéramos estado más abiertos a su interpelación.
¿Un católico puede votar a un partido que apoye la violencia? Ningún católico puede votar o apoyar a ningún partido político o grupo que apoye la violencia.
¿Está incómodo hablando de estos asuntos de terrorismo? Cuando me veo obligado a hablar sobre el terrorismo, no estoy queriendo, de modo alguno, atacar a nadie de dentro ni de fuera de la Iglesia. Probablemente con torpeza, estoy queriendo decir que unos y otros no hemos estado a la altura, que nos hemos dejado atrapar en silencios; en consideraciones que no eran las sustanciales para un cristiano; en justificaciones más o menos conscientes o encubiertas de unos hechos que siempre envilecen a todos; superar afinidades ideológicas y vínculos de amistad con los sectores, de algún modo, más cercanos a los que asesinan, para proclamar que nada, nada, vale la vida de un hombre ni la orfandad de un niño. |
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"Si la Iglesia estuviera amenazada por ETA, o sufriera alguno de sus miembros un atentado, la posición de los eclesiásticos ante este problema hubiera cambiado sustancialmente" |
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"La Conferencia Episcopal siempre ha hecho un comunicado condenatorio, pero lo que yo lamento es que esas condenas han podido convertirse en un mero formalismo" |
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"La Iglesia católica en el País Vasco debe cambiar de rumbo. Debe concentrarse en hacer posible el servicio que Dios pide hacia ese pueblo, aunque parte de ese pueblo se haya desviado" |
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