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Los
cristianos estamos comenzando la Cuaresma. Para nosotros este tiempo
tiene una connotación exigente. Se nos pide que, después de la
exteriorización, dispersión y frivolidad que han supuesto los
carnavales, retornemos a nuestro interior, a la intimidad y, allí, en
la soledad, nos encontremos con nuestro auténtico yo que es apertura al
mundo, al tú, a Dios. Interiorización que, coincidiendo con el
despertar primaveral, nos va a exigir un proceso de acercamiento
respetuoso a la naturaleza, tantas veces depredada, para cuidar el
ecosistema que ha de prevalecer sobre el sociosistema (sobrevivir es más
importante que vivir mejor). Igualmente, nos va a posibilitar un
encuentro real, no epidérmico, con el otro, sobre todo con el más
pobre, el desposeído, el nadie. La Cuaresma es una llamada a rehacer la
justicia, a devolver lo que es del otro y, por tanto, le pertenece, a
restablecer el equilibrio original. Luego, en un paso posterior, será
una llamada a la generosidad, a dar de lo propio y darse (limosna). Todo
ello posibilitado por el encuentro, también en silencio, con Aquél que
habita en lo más íntimo del corazón humano (oración). Silencio,
interiorización, encuentro, para poder vivir, celebrar, experimentar la
existencia auténticamente humana: la Pascua.
La
Cuaresma, por tanto, no es un tiempo triste, de renuncias superficiales,
de abstinencias aparentes. Todo lo contrario, es la alegría de volver a
la autenticidad, al camino que nos conduce a la armonía con la
naturaleza y a la paz, primero con uno mismo y, desde aquí, con los demás,
sólo posible desde el don recibido de nuestro Dios, de misericordia
entrañable, quien, con su perdón, nos capacita para perdonar. Esto sólo
será realidad si uno se libera. Liberación de uno mismo: el egoísmo cómodo,
narcisista, sádico que, instalado y encerrado en su autocontemplación
y autocomplacencia, todo lo orienta y subordina a sí y, así,
masoquistamente se autodestruye.
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