|
Seminario y Diócesis |
|
Saturnino López Santidrián |
|
Puesto que no hay efecto sin causa, uno se pregunta: ¿de dónde viene la actual sequía vocacional? Sin orden de grado, podemos indicar tres motivos: - La poca salud cristiana de la familia. Si los hijos, cuantos menos mejor, pues cuesta criarlos, y si la referencia a Dios es sólo en los momentos de convencionalismo social o de apuros, difícilmente hay tierra propicia para que brote una vocación. - En una cultura marcada por código de barras, en la que lo estimable es el lucro, la vocación orientada al servicio de los demás y a la realización personal tiene poca relevancia. La más alta aspiración suele ser una profesión con éxito económico para garantizar las satisfacciones sensibles. - Otra causa es la falta de oración y de testigos con fuerza vital. El clima de atracción lo crean los modelos de vida con alegría y esperanza. El más eficaz promotor de vocaciones es cada sacerdote feliz, seducido por Cristo, que en su vida ministerial se apoya en el primado de la gracia y sabe bien de quién se ha fiado. La atención a la calidad puede compensar la cantidad, pero el ideal es la convergencia de lo mucho y bueno, especialmente siendo la mies tan abundante. Gracias a Dios, nuestra diócesis ha podido atender las necesidades indispensables y ayudar a otras con generosos misioneros, pero cada vez se hacen más difíciles los relevos. Si cada comunidad de nuestros pueblos o ciudades, que pide con urgencia la presencia de un sacerdote, pensase en el modo de sensibilizar a sus niños para ir al Seminario, aumentarían sus alumnos. Juan Pablo II en la carta apostólica Pastores dabo vobis deja claro que "todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen responsabilidad de cuidar las vocaciones". Es hermoso sentirse copartícipe en esta tarea. La aportación económica es de agradecer, pero mucho más, la oración al Señor y la acción imaginativa de cada parroquia para que sus niños y jóvenes amen al Seminario. |
|
|
|
|
|
|