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En
aquel tiempo, dijo Jesús: - «Mis
ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy
la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi
mano. Mi
Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de
la mano de mi Padre. Yo
y el Padre somos uno.» El
evangelista ha unido en torno a la fiesta judía de la Dedicación las
disputas de Jesús con los "judíos". La escena muestra a Jesús
rodeado por sus enemigos, que le presionan para que revele su identidad y
puedan condenarlo por blasfemo. El
evangelista quiere destacar que Jesús es el "Mesías" y a la vez
"el
Hijo de Dios". Que sea el Mesías ya lo da por sabido, por eso insiste
en que es el Hijo de Dios. Y como tal confiesa su divinidad. Las "obras"
de Jesús testifican su identidad y misión. Al final, el evangelista
insiste en la relación entre las "obras" de Jesús ("señales
prodigiosas" para los que las ven) y su identidad y misión. Ahora
y aquí, las "ovejas" de Jesús (los cristianos) no han de temer, pues
en ningún lugar están más seguras que en las manos de Jesús pastor y
en las de su Padre, que también es el nuestro. Con esta imagen, la
tradición juánica sugiere que la base de la Iglesia se apoya en el
Padre y en el Hijo a la vez (el Padre y el Hijo "son uno"), y no sólo
en el Hijo. Aquellos que no creen en la divinidad de Jesús y en las obras
que la manifiestan, no son de sus ovejas. Éstas son los que creen
(obedecen y aman) y siguen a Jesús; el pastor las conduce "a las fuentes
de agua viva". Ahora y aquí, Jesús anuncia que los que le siguen viven
en su comunión con Dios. Y la comunión entre el Hijo y el Padre
asegura y fundamenta la comunión de los creyentes con Dios y entre ellos.
Liturgia
Dominical
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