| Buena Noticia | ||
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Cuerpo y Sangre de Cristo Génesis 14, 18-20 1ª Corintios 11, 23-26 Lucas 9, 11b-17
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En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: - «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» Él les contestó: - «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron: - «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: - «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.
Es el único milagro del ministerio galileo que se encuentra no sólo en los tres sinópticos sino también en Juan. En el gesto de la multiplicación de los panes Jesús revela su condición de ser el que aporta la salvación definitiva a los hombres de todos los tiempos; salvación que el Antiguo Testamento describe como un banquete de abundancia. El recuerdo nos lleva, en primer lugar, al alimento que Dios proporcionaba a su pueblo en el desierto, y sobre todo a los textos que hablan de los tiempos mesiánicos con el símbolo de un gran banquete. Pero además, y sobre todo, el texto refleja claramente la Eucaristía celebrada por la Iglesia primitiva. La misma manera de contar el hecho nos lleva a los textos eucarísticos del evangelio. |
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San Juan Bautista Isaías 49, 1-6 Hechos Apóstoles 13, 22-26 Lucas 1, 57-66. 80
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A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: - «¡No! Se va a llamar Juan.» Le replicaron: - «Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: - «¿Qué va a ser este niño?» Porque la mano de Dios estaba con él. El niño iba creciendo y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.
Las promesas de Dios a Zacarías se realizan en medio de la alegría, signo de que los tiempos del cumplimiento han llegado. El origen del nombre del niño indica el carácter excepcional de Juan y su misión en los nuevos tiempos que se inician. Como era costumbre, los vecinos y parientes dan por hecho que el niño se llamaría como el padre. El acuerdo entre la madre y el padre en un nombre que no era familiar aparece como divinamente inspirado. De ahí que al recuperar Zacarías el habla, todos los vecinos se interroguen sobre el futuro del Bautista. La mención del desierto nos prepara para la próxima aparición de Juan en el evangelio, treinta años después. |
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