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Servidores de peregrinos |
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Claudiano Velasco |
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Se necesitan corazones generosos. Todas las personas de bien están llamadas a paliar en lo posible los problemas sociales de esta época que nos ha tocado vivir, pero, sobre todo, estamos llamados los cristianos, que, como dice el Evangelio, tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo. Un cristiano no puede permanecer impasible ante este fenómeno real y palpable; un cristiano coherente con su fe tiene que dar una respuesta urgente, precisa, allí donde esté más capacitado. Recuerdo un sencillo cuento: que un maestro fue requerido por su discípulo, para que le diera las orientaciones para ser santo. Y el maestro, lleno de seguridad, le contestó: QUERER. Querer es lo único que necesitamos para llevar a cabo esta misión, para entregar parte de nuestro tiempo, de nuestra sonrisa, de nuestro saber, de nuestra disponibilidad, de nuestra capacidad de escucha, de nuestra paciencia, de nuestras habilidades, de querer salir de nosotros para ir hacia los demás. Sé que es difícil, que cuesta, pero todo lo que cuesta es auténtico, valioso, enriquecedor, y hace crecer como personas. Y la alegría interior que se siente es el mejor premio. Un cristiano tiene que huir de la comodidad y el pasotismo, tiene que hacer de su vida una entrega a Dios a través de los demás, un acto de amor. El mundo necesita hospitalarios comprometidos, valientes y generosos, que hagan oír su voz, que sepan dar respuesta a las múltiples necesidades de su entorno cotidiano y próximo, nuevos samaritanos que no pasen de largo ante el grito desgarrado de los necesitados, sino que siembren el amor de manera callada, sin ruido, queriendo hacer suyas las palabras de Cristo: "No he venido a ser servido, sino a servir". |
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