Gracias, Señor, por los frutos de la tierra

En estos días en que veo cómo la tierra generosa nos ofrece los sazonados frutos de nuestros campos, ¡gracias, Señor, por tantos dones! Gracias por el pan y por el vino, por las sabrosas frutas, y por tantos manjares que llenan los supermercados.

Diste, Señor, la fertilidad a la Tierra, el talento al trabajador; llenaste los cielos de aves, y de peces el mar; y todo nos lo regalaste, como a hijos bien amados.

No se nos cae de los labios esta palabra de "Gracias, Señor". Y gracias, por tantos, que dedicaron su trabajo para que nuestras mesas estuvieran bien abastecidas.

Terminada la recolección, contemplo el campo pobre: apenas unos granos para los pajarillos; los árboles, sin los frutos y sin las hojas, inician un sueño invernal.

Cómo nos gustaría que fueran bien repartidos todos los dones que nos ofrecen los campos: que lleguen a todos los pueblos, cuyos hijos tienen que emigrar en busca del sustento.

Dios pone en nuestras manos los frutos de la tierra, para nuestro consumo, y para que los ofrezcamos a los demás.

¡Bendito seas, Señor, por este pan... por este vino! Justamente, cada día bendecimos a Dios por estos dones necesarios en nuestro vivir. Pan y vino que se convertirán en el cuerpo y en la sangre de Dios.

Agradecemos a Dios que se nos haga tan cercano en este Sacramento en que nos convierte en miembros de su cuerpo: Cristo vive en mí y me ofrece sus nobles sentimientos de adoración al Padre y de amor a los hombres.

El cristiano no vive para sí, no florece para sí. Como Jesús, el cristiano vive y florece para darse en comida a los demás. Hermosa tarea de cada día, decir como Él: "tomad, soy fruto para vosotros, mis hermanos".

Cuando regreso al campo y veo los árboles desnudos, pobres, sin frutos en las ramas, recuerdo a Jesús en la cruz, despojado de la vida, hecho alimento de los hombres.

Gracias, Señor, por los frutos: los frutos de los campos y el fruto de la cruz que, un día, fue también fruto virginal del seno de María.

Tiempo de otoño, tiempo de acción de gracias por tantos dones que pones en nuestras manos, Señor, para vivir y compartir.

Haz, Señor, que no quede vacío ninguno de los graneros de los hombres: que todos sientan el gozo de ser invitados por Dios a tomar parte en el banquete general, a donde acuden todos los hombres.

Que, como tú, Padre, aprendamos a abrir nuestras manos, mientras recorremos el mundo.

 

Santiago Martínez acebes, Arzobispo de Burgos
Santiago Martínez Acebes,

Arzobispo de Burgos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Dios pone en nuestras manos los frutos de la tierra para nuestro consumo, y para que los ofrezcamos a los demás"

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