Monasterio de San José de Burgos 

IV Centenario de una presencia benedictina

Fr. Miguel C. Vivancos

Monasterio de San José.San Benito es un santo de permanente actualidad. La Iglesia, especialmente en Europa, continente del que es patrono, celebra su fiesta el 11 de julio, y lo hace como memoria agradecida de lo que fue y representó para los creyentes de su tiempo. Su fidelidad al evangelio, su forma de encarnarlo en la vida monástica, sigue siendo acicate para la Iglesia de hoy. Pero, al recordar su figura, nos proyectamos también hacia el futuro; son muchos los hombres y mujeres que hoy se esfuerzan por ser fieles al espíritu del patriarca de los monjes de Occidente, los que quieren vivir el Evangelio desde la obediencia a una Regla y un abad, los que hacen de la oración el centro de sus vidas. Los monasterios no quieren ser sino lugares donde se busca verdaderamente a Dios y donde las angustias y las esperanzas de los hombres de nuestro tiempo se hacen presentes en la plegaria litúrgica y en la oración silenciosa.

Herederos de un pasado con momentos de gran esplendor, nuestros monasterios quieren seguir siendo voceros del Evangelio para nuestro mundo. La mayoría de nuestras casas tienen un origen remoto, han representado un papel relevante en la sociedad y la cultura del pasado, son guardianes de un patrimonio artístico e histórico en ocasiones nada desdeñable. Pero no es esto lo que lleva hacia el claustro a hombres y mujeres de hoy. Así sucede en el monasterio de San José de Burgos, enclavado en el corazón del típico barrio de San Pedro de la Fuente de nuestra ciudad. Este año se celebran los cuatrocientos de su llegada a Burgos desde Los Ausines, donde fueron fundadas a finales del siglo XII. Su historia ha estado llena de momentos de esplendor y de zozobra, de situaciones de paz y de crisis que lo han llevado al borde de la extinción; asombra pensar en la fidelidad de un pequeño grupo de mujeres a su vocación monástica y su apego por el lugar concreto de su monasterio, varias veces destruido y vuelto a reedificar. Hoy, como ayer, esta fidelidad sigue siendo una realidad gozosa.

Las monjas han querido celebrar este centenario desde la intimidad y la oración callada. Pero sienten que deben mucho a la ciudad de Burgos, siempre atenta con ellas, especialmente en los momentos más críticos de su historia, y quieren hacer partícipes de su alegría a todos los burgaleses. Creyentes o no, ellos saben que, desde este tranquilo lugar de su ciudad, un grupo de mujeres tienen presentes sus necesidades y las hacen oración diaria. Confiemos en que siga siendo así por muchos años y nunca falten quienes quieran recoger la antorcha del pasado para proyectarse hacia el futuro, conscientes de que su misión en la Iglesia, sigue siendo hoy tan necesaria como ayer.

 

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