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Con Juan Pablo II |
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Miguel Ausín González |
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Cuentan sus más íntimos colaboradores que cuando tuvo noticia de los acontecimientos del pasado 11 de septiembre se retiró a orar visiblemente conmovido "para pedir al Señor el fin de esta violencia fratricida". Después mandó un elocuente telegrama al presidente George W. Bush para transmitirle su dolor y cercanía en la oración con todas las víctimas. A primera hora de la mañana del día 12 el Papa oficiaba la misa, y encomendaba a Dios "el reposo eterno de las víctimas de esta tragedia". Horas más tarde, el Papa Wojtyla, "profundamente afectado", introducía la alocución de la audiencia general mostrando su pesar "por tan incalificable horror", se unía a los que habían expresado su "indignada condena" y, al mismo tiempo, reafirmaba con fuerza que "jamás las vías de la violencia conducen a verdaderas soluciones de los problemas de la humanidad". Y añadió: "que no prevalezca la espiral del odio y la violencia". Juan Pablo II se preguntaba, ese día, "cómo era posible que se produzcan episodios de tan salvaje crueldad", para concluir que "aunque las fuerzas de las tinieblas parezcan prevalecer, el creyente sabe que el mal y la muerte no tienen la última palabra. Os invito a todos a que os unáis a mi oración". El Servicio a la Vida, de la Delegación Diocesana de Familia y Vida, respondiendo a esta invitación, realizó una vigilia de oración el 6 de octubre en la parroquia de la Sagrada Familia, con el lema "Por la vida, por la paz y por el cese del terrorismo". Es momento de reflexión honda y sincera, de condolencia cristiana y de oración intensa... Y, antes que nada, de conversión de todos al único Dueño de la vida. |
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