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1 de noviembre |
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Jesús Yusta Sainz |
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Con la muerte está ocurriendo en nuestros días algo singular. En el plano sociológico, es objeto de una especie de censura previa, o de conjura de silencio; la sociedad tecnocrática se sabe impotente ante ella y entonces opta por ejercer a sus expensas el derecho de veto. Lo único que se le ocurre al respecto es invitar a sus sujetos pacientes a suscribir un seguro de vida (que es, en realidad, un seguro de muerte), o delegar su competencia en estancias especializadas que tomen a su cargo con discreción y con el menor grado de perturbación para el mundo de los vivos. La pregunta sobre la muerte es una variante de la pregunta sobre la persona. ¿La muerte despoja al individuo de su ser? ¿Es el hombre el valor absoluto y, como tal, irreductible a la nada, o la muerte significa la victoria de la nada misma, y entonces sólo resta la lógica de la arbitrariedad y el voluntarismo subjetivista? Sólo una apertura a la trascendencia es la que garantiza y posibilita la esperanza de que el mundo mejor será realidad mañana y que, justamente por eso, puede y debe ser factible (no sólo posible) hoy. |
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