Nº 712 - 4 a 17 de noviembre de 2001

Punto de Vista

Caso Gescartera: oportunistas y desmemoriados

Carlos Ruiz de Cascos

El caso Gescartera ha aireado ante la opinión pública y ante los propios miembros de la Iglesia cómo anda la gestión de los dineros en nuestras comunidades diocesanas. Lo primero que se ha evidenciado es la falta de transparencia, y lo poco que se ha cultivado y promovido la corresponsabilidad de los fieles en la financiación de la Iglesia. Ambas son imprescindibles para que haya de verdad una eclesiología de comunión y se trate a todos los bautizados como adultos.

Lo primero que ha florecido son los oportunistas de siempre. No pierden una en su campaña orquestada para desprestigiar a la Iglesia. Esta vez lo han hecho demostrando su hipocresía. En primer lugar la prensa, que mientras alaba cada día un sistema económico, principalmente financiero y especulativo, como la salvación para toda la humanidad, se rasga las vestiduras si la Iglesia participa en él. En qué quedamos, ¿no dicen ustedes que es un sistema aceptable?, ¿por qué entonces no puede la Iglesia participar en él?

Y no menos hipócritas sindicatos, partidos y otras asociaciones; profesionales de vivir de subvenciones, y con larga experiencia en organizar tramas ilegales para su financiación -no de ser estafados como lo han sido en este caso instituciones de la Iglesia-. Pero ahora resulta que les parece incorrecto que la Iglesia sea subvencionada por el Estado. ¿Llegaron a la misma conclusión tras los Naseiro, Filesa, PSV,... correspondientes?

Pero esta hipocresía de los que critican a la Iglesia no puede justificarnos. En la misma comunidad cristiana se ha visto mucha falta de memoria a la hora de "justificar" el caso. Se ha manejado el argumento de la "legalidad" de las inversiones, olvidando los obispos que son ellos los que piden continuamente la objeción de conciencia a la legalidad que autoriza el aborto o la eutanasia, ya que ésta es una "estructura de pecado" (EV 12; 17). Por cierto, lo mismo que lo es el sistema financiero (SRS 16; 43; 37).

Se ha hablado de "colaborar con la Providencia acumulando bienes" como una obligación de la Iglesia, cuando, curiosamente, en el Evangelio el Señor define la Providencia exactamente como lo contrario: "No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis (...) buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán como añadidura" (Mt 6, 25-34). Y no como una experiencia de "angelismo ingenuo", sino confiando en la continua comunión de bienes de los hermanos, que éste es el contexto histórico y nada celestial o utópico de los textos de seguimiento apostólico en el Nuevo Testamento. Y que son precisamente la corresponsabilidad y la comunión continua de bienes lo primero que se ha olvidado; buscando el camino fácil de la Bolsa, antes que el trabajo apostólico de educar a los creyentes en una comunión y corresponsabilidad adultas.

Y un último olvido no menos curioso. Al fundamentar doctrinalmente en el Concilio los fines para los que la Iglesia posee sus bienes, y los límites dentro de los cuales se permite al clero hacer con ellos algún tipo de negocio, se ha citado siempre el texto correspondiente del Decreto sobre los Presbíteros (17, 3). Sin molestarse en continuar con el siguiente párrafo donde se pone la comunión cristiana de bienes y la pobreza evangélica, como criterios para ello. Ambas no son en el Concilio actitudes restringidas a lo personal, sino que el mismo Concilio afirma en la Constitución sobre la Iglesia que deben conformar su ser institucional: "lo mismo que Cristo llevó a perfección la obra de la Redención en la pobreza y la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación" (LG 8, 3) Y una Iglesia institucionalmente pobre, evangelizando con medios pobres, que forma a sus seminaristas en ambiente pobre,... seguro que puede financiarse sin servir a Dios y al Dinero.

 

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