Nº 720 - 24 de febrero a 9 de marzo de 2002

Punto de Vista

Ordenación presbiteral y diaconal en Burgos

Tres jóvenes postrados en tierra

José Luis Esteban Vallejo

Postrados de bruces. Es uno de los momentos más emocionantes de la impresionante liturgia de la Iglesia en las Órdenes Sagradas. En nuestra diócesis se celebraron el pasado día 26 de enero de este estrenado 2002 en el Seminario Diocesano de San José, recientemente remozado: Raúl Abajo González y Mario Vivanco Esteban son los dos nuevos presbíteros, y Leoncio González Urbán, nuevo diácono de la Iglesia de Dios. Una felicitación por parte de la Iglesia de Burgos que ve gozosa y esperanzada la promoción de estos tres jóvenes.

La postración en tierra es uno de los momentos más emotivos de la liturgia de las Órdenes Sagradas.Postrados así, con vestiduras blancas, como dice el Apocalipsis. ¿Quiénes son y de dónde han venido? Una voz responde que de una gran prueba, pero han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.

Son cristianos consecuentes con la vestidura blanca de su bautismo. Y jóvenes, como tantos otros, también bautizados. Alguno ha seguido el itinerario completo desde el Seminario Menor. Pero, sobre todo, vienen de la historia de las misericordias del Señor, que un día, largo día sostenido, hizo saltar la chispa de otra vocación sobreañadida a la bautismal: la del ministerio apostólico presbiteral. Y empezaron a dejarse seducir por Cristo, como Andrés y Simón, Felipe y Natanael, Juan y Santiago... y Saulo, y ahora refrendan, como estos apóstoles, su sí para toda la vida.

Juan Pablo II, al evocar la historia de su vida y su sacerdocio en su libro Don y Misterio, lo recuerda, ante todo, para dar gracias al Señor: "Misericordia Domini in aeternum cantabo!". "¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? -se preguntaba él-; la conoce, sobre todo, Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros, sacerdotes, lo experimenta claramente durante toda su vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuán indignos somos de ello". Afirma el Papa: "Éste (el sacerdote) actúa 'in persona Christi'. Lo que Cristo ha realizado sobre el altar de la Cruz, y que precedentemente ha establecido como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo".

Es la experiencia del que ha descubierto un gran ideal, es decir, un gran amor que ha prendido profundamente en el corazón: la del que se ha encontrado con Cristo de verdad. Esto vais a ser, queridos ordenados de presbíteros (el diaconado tiene sus funciones propias, pero también, en este caso, en vistas al presbiterado). Las felicitaciones en estos días no os hacen olvidar que las dificultades y las pruebas os acompañarán, pero os veréis libres de ellas. Si invocáis al Señor, la respuesta -como a Pablo- es bien clara: "Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad".

Y, ¿por qué hemos de felicitaros con toda la Iglesia, a cuyo servicio os hacéis ministros, si el don del sacerdocio es un don -no merecido- y un misterio? Porque sois generosos y os entregáis por Cristo para, como el apóstol Pablo, "gastaros y desgastaros" por los hombres.

Se dice que de por sí los jóvenes son generosos; se demuestra en gran medida en los que se entregan a voluntariados de servicio en la diócesis, como catequistas y ayuda a los necesitados de toda índole... Pero cuando vemos que algunos se entregan definitivamente y a fondo perdido en este ambiente cultural en que vivimos de opciones cambiantes y de amores efímeros, tenemos motivos para felicitaros. Muchos jóvenes dentro de su proverbial generosidad recelan de su propia capacidad, sospechan que su fidelidad, como les sucede a los mismos esposos, puede desgastarse y hasta romperse con el paso del tiempo. Por eso les da miedo hasta la misma vocación matrimonial. Pero vosotros vais todavía más adelante, renunciando al matrimonio -no por desprecio sino por vocación-, os entregáis de por vida al Reino de Dios y de balde y con todo lo vuestro, sabiendo que en cualquier carrera o profesión que hubierais elegido habríais ganado más dinero. ¿Por qué, pues? Porque los verdaderos amores no son a prueba de conveniencias, que siempre serían efímeros por frágiles, sino que tienen como ley, en su autenticidad, el ser de una vez para siempre. Además, ha escrito recientemente un eminente cardenal: "No ocurre con el sacerdocio católico aquello que es normal en otros estamentos que, para entendernos, podemos llamar 'carreras': abogados, médicos, ingenieros, etc. Todas ellas son muy dignas y santificantes, y que, además, conllevan en sí el valor y el esfuerzo del trabajo del hombre, pero éstas no continúan en la persona después de su muerte. No sucede así con el sacerdocio: Quien recibe este don queda configurado de tal manera a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que su 'existencia sacerdotal' queda sellada in aeternum" (Card. Darío Castrillón Hoyos). Por eso os felicitamos.

Necesitaréis la ayuda del Señor que tanto os ama, y de todos los santos. Esto es justamente lo que significa vuestra postración en tierra mientras toda la Iglesia invoca el auxilio de lo Alto por la intercesión de todos los santos; la necesitaréis y no os faltará si ponéis los medios de perseverancia que la Iglesia os ha enseñado y de los que disponéis abundantemente y que vosotros conocéis. ¡Ánimo, no tengáis miedo! "La fuerza se realiza en la debilidad".

¡Felicidades!

Queridos Mario, Raúl y Leoncio: continúo con mucho gusto la carta de felicitación que os dirijo con motivo de vuestra ordenación sagrada el pasado 26 de enero de 2002.

Queridos jóvenes, que no habéis sido doblegados por ningún poder humano, sino que habéis sido vosotros mismos educados y templados con la ayuda de la Iglesia en el amor de Jesucristo en los años del seminario, y del presbiterio que os acoge en su "Orden" dentro de la Iglesia; con la ayuda de las parroquias que os acompañan, y, sobre todo, de vuestra familia cristiana que goza al veros subir al altar, una vez descubierto el Amor de vuestras vidas. Por eso y para eso os habéis postrado en tierra suplicando la intercesión de los santos y mártires y especialmente de la madre sacerdotal, la Virgen María, y con la oración de todo el pueblo de Dios, al que pretendéis servir de una vez para siempre con el propósito de gastar vuestra vida en este ministerio porque confiáis en el amor de Cristo que os llena de gracia, que siempre será más fuerte que vuestra debilidad para vivir así como consagrados a Dios y pastores de los hombres, realizando vuestra fidelidad cada día hasta el fin y llenándoos de alegría. Por esta razón la Iglesia, después de que, como elegidos, os hayáis postrado en el suelo y la asamblea de los fieles haya cantado las letanías de los santos, dirige a Dios Padre esta súplica, por medio del obispo: "Derrama sobre estos hijos tuyos la bendición del Espíritu Santo y la potencia de la gracia sacerdotal". Y, en el momento culminante de la oración consecratoria, invoca: "Renueva en ellos la infusión de tu espíritu de santidad".

Por todo lo cual, os encontráis vestidos de blanco y postrados cuerpo a tierra. La misericordia del Señor en la parábola del hijo pródigo, le devolvió o vistió la túnica (a todos los bautizados en el bautismo), el anillo de la realeza, las sandalias de profeta; (por la penitencia) quedó blanqueada en la sangre del Cordero y ahora, por el orden sacerdotal, para actuar "in persona Christi".

Por todo ello, aflora en nuestros labios la felicitación de  nuestro corazón: ¡Felicidades!

En primer lugar, te damos gracias y te bendecimos, Señor Jesucristo, Hijo unigénito del Padre, porque has concedido a estos jóvenes participar de tu mismo sacerdocio. Que sean representantes tuyos ante el pueblo cristiano. Que difundan por los campos de la infancia y de la juventud, de los enfermos, de las familias, tu Palabra divina. Que recuerden a todos nuestra condición de hijos de un mismo Padre y de hermanos entre nosotros mismos. Que levanten los corazones afligidos a la esperanza de la Gracia y del Amor de Dios.

¡Felicidades!, a ti, Iglesia de Burgos, por estos dos nuevos presbíteros y un nuevo diácono, con quienes cuentas desde hoy, esperanza y realidad tuya para este siglo del tercer milenio.

¡Felicidades, enhorabuena!, familias de los nuevos presbíteros, y a tus queridos padres, Leoncio, ¡qué contentos te contemplan desde el Cielo!

¡Felicidades!, comunidades donde ejercéis y ejerceréis el ministerio recibido de la "dispensación de los misterios de Dios".

Y, sobre todo, ¡felicidades!, a vosotros: Mario, Raúl. No olvidéis nunca el motivo de nuestra felicitación: sois sacerdotes de Jesucristo "in aeternum", por la configuración sacramental con Él para actuar en su Nombre y Persona, Maestro, Sacerdote y Pastor, y para siempre; y pronto lo serás tú, amigo Leoncio. Que, como ministros de Dios, estéis al servicio de todos, que puedan reconoceros como dispensadores de sus misterios y como alfombra donde puedan pisar blando -eso significa también, finalmente, vuestra postración en tierra-.

Con los siguientes versos os expreso mis deseos y cordial felicitación:

Queridos ordenandos, regalo sois del Señor:

traed a Dios a vuestras manos,

cotidiana Encarnación.

Que el Señor sea vuestra suerte,

el lote de vuestra heredad (cf. Sal 15),

siendo incansables apóstoles, en servicio a los demás.

Que Dios bendiga vuestro trabajo,

regado con gran fervor,

y la fuerza de su Espíritu

os haga fieles en la vocación.

En medio de los problemas, hay solución cada día:

mirar a la Estrella siempre, invocar siempre a María.

 

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