Nº 721 - 10 a 23 de marzo de 2002

Punto de Vista

Seminario

Jesús Yusta Sainz

Jesús Yusta SainzSan José, para los más (y para el consumo) día del padre; Valencia-fallas; Briviesca-novios; también san José-Seminario. Sí, aunque hoy no esté de moda e incluso, el recordarlo, puede ser que, para algunos roce con lo no políticamente correcto, el día de san José es el día del Seminario, el día de los jóvenes que se preparan para ser sacerdotes. Claro que, comenzando, como estamos, el siglo XXI, alguien, más de uno, se preguntará si aún hay jóvenes que piensen en esto y si hoy es posible y merece la pena ser sacerdote.

No faltará la ilustrada progresía que lo considere poco menos que un anacronismo insultante a una razón emancipada; otros, se asombrarán de cómo, después de acontecimientos muy concretos por más que elevados a categoría por efecto de los medios de comunicación imparciales y tolerantes, aún quede humor para presentar honradamente el sacerdocio como una posibilidad a los jóvenes; no faltarán quienes, cansados de tanta ideologización, de tantas promesas incumplidas, de tanta mentira ambiental, apoyen y favorezcan que haya jóvenes que, rompiendo tópicos, apuesten por la verdad sin demagogia, la honradez leal, el servicio desinteresado, la entrega generosa, la pobreza austera.

Presentar así las cosas, en toda su radicalidad, puede que asuste. Siempre fue difícil ser sacerdote, especialmente hoy cuando inevitablemente se impone nadar contracorriente. Ningún horizonte meramente humano parece vislumbrarse. Precisamente por eso, hoy, más que nunca, merece la pena ser sacerdote. Hoy más que nunca, se necesitan jóvenes lúcidos, emprendedores, transgresores, utópicos, jóvenes de verdad, capaces de soñar con un mundo mejor y con la generosidad suficiente para entregarse a esta Causa.

Sin apoyos humanos, todo lo contrario, incomprensiones, soledad, hasta, sí, vamos a decirlo, persecución, el discípulo del Crucificado no puede aspirar a otra cosa. Con la mirada puesta únicamente en Aquél que le llamó, el joven aspirante sabe dónde se encamina y dónde reside su fuerza.

Acabo. Merece la pena. La apuesta ya es gozar la Causa. Y esta Causa no anula a las personas, las libera, las plenifica, las realiza.

 

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